¿Para quien escriben? (I)
¿Qué sentido tiene plantear a siete novelistas españoles contemporáneos las mismas preguntas que la revista Partisan Review hizo a varios escritores estadounidenses en 1939? La curiosidad de ver en qué medida cuestiones que entonces y periódicamente atraviesan el sistema literario como asteroides siguen siendo pertinentes o impertinentes, desde el «pasado utilizable» al destinatario de lo que se escribe, el valor de la crítica y los siempre espinosos asuntos de las lealtades y el compromiso...
Los siete escritores españoles contemporáneos a los que se volvieron a plantear los mismos interrogantes -con algunas correcciones y adaptaciones al momento presente: en las referencias literarias de Partisan Review se ponía en contraposición a Henry James con Walt Whitman, y cuando se hablaba de la guerra se refería a la inminencia de la que sería Segunda Guerra Mundial- reaccionaron de forma amable e infinitamente más paciente a preguntas que, en opinión de Agee, eran «tan malas y tan reveladoras que es casi imposible contestarlas». A pesar de todo, tal vez las respuestas ayuden a entender mejor en dónde nos encontramos y cómo entienden su condición de escritores y su arte los novelistas Álvaro Pombo (Santander, 1939), Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947), Miguel Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950), Javier Marías (Madrid, 1951), Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956), Belén Gopegui (Madrid, 1963) y Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970).
1. UN «PASADO UTILIZABLE». ¿Es usted consciente, en sus escritos, de la existencia de un «pasado utilizable»? ¿Es esto en su mayor parte español? ¿Qué figuras designaría como elementos en él? ¿Diría, por ejemplo, que la obra de Valle-Inclán es más pertinente para el presente y el futuro de la literatura española que la de Cervantes?
Marías: Sí, claro que hay un pasado utilizable, aunque la expresión sea inadecuada, en mi caso al menos. No es que uno mire al pasado a ver qué puede sacar de él, novelísticamente, ni que «busque» temas en él que puedan quedar bien o ser resultones, sino que el pasado es parte de nosotros y de nuestro presente, por mucho que la tendencia de las autoridades -véase la actual enseñanza- sea la contraria, es decir, a procurar que la gente olvide el pasado o, a lo sumo, lo asimile deformado por los intereses de los gobernantes actuales. En mi caso particular, la generación de mis padres atravesó la Guerra Civil en plena juventud, y a su término mi padre padeció consecuencias directas (fue encarcelado y juzgado y luego represaliado). Todo eso yo lo he conocido de primera mano, lo mismo que numerosos episodios de la Segunda Guerra Mundial, relatados por mis viejos amigos ingleses. Ahora bien, el que usted mismo haya empleado esa expresión inadecuada, significa probablemente que hay ya instalada, en parte de nuestra narrativa reciente, una actitud ventajista, que se aprovecha del pasado de manera artificial, y meramente como «decorado». Si se refiere a autores, uno aprende de los mayores más allá de las lenguas en las que escribieran, o yo así lo veo. Tan importante para mi presente literario (del futuro no sé nada) son Cervantes como Shakespeare, Valle-Inclán como Nabokov, Quiroga como Isak Dinesen.
2. PARA QUIÉN SE ESCRIBE. ¿Considera usted que escribe para una audiencia determinada? En caso afirmativo, ¿cómo describiría a esta audiencia? ¿Diría que la audiencia de la literatura española seria ha crecido o disminuido en los últimos años?
Marías: No, nunca lo he hecho, en mis ya treinta y cuatro años como novelista publicado. No escribo para nadie en particular, lo cual viene a ser lo mismo que escribir para cualquiera. Es más, dirigirse sólo a una determinada franja de lectores me parece (a no ser que uno sea un escritor de género) una falta de respeto, y algo rutinario. Me temo que me aburriría. Los lectores de literatura española seria crecieron sin duda en los años 90, y sin duda han disminuido con el nuevo siglo. Con todo, yo he tenido y tengo más lectores de los que nunca habría imaginado (y aunque yo no lo crea demasiado, se me tiene por autor de literatura seria); así que tampoco puede uno quejarse.
3. EL VALOR DE LA CRÍTICA. ¿Concede mucho valor a la crítica recibida por su obra? ¿Estaría de acuerdo en que la distorsión de los suplementos literarios por los anuncios y presiones políticas ha hecho de la crítica literaria seria un culto aislado?
Marías: No mucho. Ni a la positiva ni a la negativa. Todo autor puede reunir un buen puñado de citas elogiosas, y aunque no sea costumbre, también de citas denigratorias. El gran problema actual de la crítica española -bueno, desde hace años- es que a menudo es insincera, y eso uno lo nota, cuándo alguien elogia en vacuo o cuándo ataca o ignora por razones espúreas (manías personales, «castigo» al que ya ha subido muy alto, banderías periodísticas). La gente es bastante crédula, pero no tonta. Nota eso, ve que la crítica está muy desprestigiada y se aparta de ella. Lamentablemente (y lo digo porque creo que su función es importante, o lo fue), cada vez se le hace menos caso. Otra cosa que vengo observando es un creciente mal gusto, o una creciente incapacidad para distinguir lo bueno de lo que pretende serlo. Hoy cualquier «estilista» suele conseguir que los críticos engullan su gato, creyendo que es liebre. Es asombroso. En honor a la verdad, hay que añadir que esto no ocurre sólo en España. Es un fenómeno bastante generalizado.
4. GANARSE LA VIDA. ¿Ha encontrado posible ganarse la vida escribiendo lo que usted quiere, y sin la ayuda de muletas tales como la enseñanza y el trabajo editorial? ¿Cree que hay algún lugar en nuestro actual sistema económico para la literatura como profesión?
Marías: Sí, aunque supongo que por un golpe de suerte que no es frecuente. De una de mis novelas, Corazón tan blanco, se vendieron 1.200.000 ejemplares sólo en alemán (contando todo tipo de ediciones), y eso me permitió un desahogo económico considerable. Con todo, siempre escribí lo que quise, incluso cuando de algunos libros vendía sólo 3.000 ejemplares. Entonces compaginaba la escritura con la enseñanza y con mis traducciones. El éxito de ventas, de esa y de otras novelas, me pilló de sorpresa, por lo que no le veo sentido a buscarlo. Llega o no llega, y eso tiene algo de azaroso. Sigo escribiendo, por tanto, lo que yo quiero, y así espero que siga ocurriendo. Indudablemente, hay lugar para la literatura como profesión. No está al alcance de muchos, pero sí de más autores que nunca antes. De Baroja, Valle-Inclán o Unamuno se tiraban, tal vez, 2.000 ejemplares, que tardaban en agotarse, a veces, varios años. Ellos no habrían imaginado una situación tan favorable a los (o a algunos) escritores como la actual.
5. LEALTADES. ¿Cree, recapacitando, que sus escritos revelan alguna lealtad a un grupo, clase, organización, región, religión o sistema de pensamiento, o lo concibe en general como la expresión de usted mismo como individuo?
Marías: La literatura no entiende mucho de lealtades. La literatura «edificante», que ahora vuelve con parabienes de la confusa crítica, es siempre mala y ñoña, independientemente de qué quiera edificar o qué valores aspire a inculcar. Lejos de mí esa tontería.
ALFONSO ARMADA
Abc de las artes y las letras, 7 de enero de 2006
Los siete escritores españoles contemporáneos a los que se volvieron a plantear los mismos interrogantes -con algunas correcciones y adaptaciones al momento presente: en las referencias literarias de Partisan Review se ponía en contraposición a Henry James con Walt Whitman, y cuando se hablaba de la guerra se refería a la inminencia de la que sería Segunda Guerra Mundial- reaccionaron de forma amable e infinitamente más paciente a preguntas que, en opinión de Agee, eran «tan malas y tan reveladoras que es casi imposible contestarlas». A pesar de todo, tal vez las respuestas ayuden a entender mejor en dónde nos encontramos y cómo entienden su condición de escritores y su arte los novelistas Álvaro Pombo (Santander, 1939), Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947), Miguel Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950), Javier Marías (Madrid, 1951), Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956), Belén Gopegui (Madrid, 1963) y Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970).
1. UN «PASADO UTILIZABLE». ¿Es usted consciente, en sus escritos, de la existencia de un «pasado utilizable»? ¿Es esto en su mayor parte español? ¿Qué figuras designaría como elementos en él? ¿Diría, por ejemplo, que la obra de Valle-Inclán es más pertinente para el presente y el futuro de la literatura española que la de Cervantes?
Marías: Sí, claro que hay un pasado utilizable, aunque la expresión sea inadecuada, en mi caso al menos. No es que uno mire al pasado a ver qué puede sacar de él, novelísticamente, ni que «busque» temas en él que puedan quedar bien o ser resultones, sino que el pasado es parte de nosotros y de nuestro presente, por mucho que la tendencia de las autoridades -véase la actual enseñanza- sea la contraria, es decir, a procurar que la gente olvide el pasado o, a lo sumo, lo asimile deformado por los intereses de los gobernantes actuales. En mi caso particular, la generación de mis padres atravesó la Guerra Civil en plena juventud, y a su término mi padre padeció consecuencias directas (fue encarcelado y juzgado y luego represaliado). Todo eso yo lo he conocido de primera mano, lo mismo que numerosos episodios de la Segunda Guerra Mundial, relatados por mis viejos amigos ingleses. Ahora bien, el que usted mismo haya empleado esa expresión inadecuada, significa probablemente que hay ya instalada, en parte de nuestra narrativa reciente, una actitud ventajista, que se aprovecha del pasado de manera artificial, y meramente como «decorado». Si se refiere a autores, uno aprende de los mayores más allá de las lenguas en las que escribieran, o yo así lo veo. Tan importante para mi presente literario (del futuro no sé nada) son Cervantes como Shakespeare, Valle-Inclán como Nabokov, Quiroga como Isak Dinesen.
2. PARA QUIÉN SE ESCRIBE. ¿Considera usted que escribe para una audiencia determinada? En caso afirmativo, ¿cómo describiría a esta audiencia? ¿Diría que la audiencia de la literatura española seria ha crecido o disminuido en los últimos años?
Marías: No, nunca lo he hecho, en mis ya treinta y cuatro años como novelista publicado. No escribo para nadie en particular, lo cual viene a ser lo mismo que escribir para cualquiera. Es más, dirigirse sólo a una determinada franja de lectores me parece (a no ser que uno sea un escritor de género) una falta de respeto, y algo rutinario. Me temo que me aburriría. Los lectores de literatura española seria crecieron sin duda en los años 90, y sin duda han disminuido con el nuevo siglo. Con todo, yo he tenido y tengo más lectores de los que nunca habría imaginado (y aunque yo no lo crea demasiado, se me tiene por autor de literatura seria); así que tampoco puede uno quejarse.
3. EL VALOR DE LA CRÍTICA. ¿Concede mucho valor a la crítica recibida por su obra? ¿Estaría de acuerdo en que la distorsión de los suplementos literarios por los anuncios y presiones políticas ha hecho de la crítica literaria seria un culto aislado?
Marías: No mucho. Ni a la positiva ni a la negativa. Todo autor puede reunir un buen puñado de citas elogiosas, y aunque no sea costumbre, también de citas denigratorias. El gran problema actual de la crítica española -bueno, desde hace años- es que a menudo es insincera, y eso uno lo nota, cuándo alguien elogia en vacuo o cuándo ataca o ignora por razones espúreas (manías personales, «castigo» al que ya ha subido muy alto, banderías periodísticas). La gente es bastante crédula, pero no tonta. Nota eso, ve que la crítica está muy desprestigiada y se aparta de ella. Lamentablemente (y lo digo porque creo que su función es importante, o lo fue), cada vez se le hace menos caso. Otra cosa que vengo observando es un creciente mal gusto, o una creciente incapacidad para distinguir lo bueno de lo que pretende serlo. Hoy cualquier «estilista» suele conseguir que los críticos engullan su gato, creyendo que es liebre. Es asombroso. En honor a la verdad, hay que añadir que esto no ocurre sólo en España. Es un fenómeno bastante generalizado.
4. GANARSE LA VIDA. ¿Ha encontrado posible ganarse la vida escribiendo lo que usted quiere, y sin la ayuda de muletas tales como la enseñanza y el trabajo editorial? ¿Cree que hay algún lugar en nuestro actual sistema económico para la literatura como profesión?
Marías: Sí, aunque supongo que por un golpe de suerte que no es frecuente. De una de mis novelas, Corazón tan blanco, se vendieron 1.200.000 ejemplares sólo en alemán (contando todo tipo de ediciones), y eso me permitió un desahogo económico considerable. Con todo, siempre escribí lo que quise, incluso cuando de algunos libros vendía sólo 3.000 ejemplares. Entonces compaginaba la escritura con la enseñanza y con mis traducciones. El éxito de ventas, de esa y de otras novelas, me pilló de sorpresa, por lo que no le veo sentido a buscarlo. Llega o no llega, y eso tiene algo de azaroso. Sigo escribiendo, por tanto, lo que yo quiero, y así espero que siga ocurriendo. Indudablemente, hay lugar para la literatura como profesión. No está al alcance de muchos, pero sí de más autores que nunca antes. De Baroja, Valle-Inclán o Unamuno se tiraban, tal vez, 2.000 ejemplares, que tardaban en agotarse, a veces, varios años. Ellos no habrían imaginado una situación tan favorable a los (o a algunos) escritores como la actual.
5. LEALTADES. ¿Cree, recapacitando, que sus escritos revelan alguna lealtad a un grupo, clase, organización, región, religión o sistema de pensamiento, o lo concibe en general como la expresión de usted mismo como individuo?
Marías: La literatura no entiende mucho de lealtades. La literatura «edificante», que ahora vuelve con parabienes de la confusa crítica, es siempre mala y ñoña, independientemente de qué quiera edificar o qué valores aspire a inculcar. Lejos de mí esa tontería.
ALFONSO ARMADA
Abc de las artes y las letras, 7 de enero de 2006

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