martes, febrero 21, 2006

Curvas de nivel Jordi Doce [ARTICULOS | 1997-2002]

En Oxford


Para alguien de mi generación empieza a ser imposible hablar de Oxford sin echar mano de Todas las almas de Javier Marías, novela o memoria en clave sobre su estancia como lector en esta universidad esquiva donde vida y ficción se entremezclan y alimentan mutuamente. El libro de Marías, con o gracias a sus evidentes exageraciones, se ha convertido en guía de un territorio irreal, nunca definido del todo, semejante a un escenario donde la ficción teatral dependiera no tanto de los protagonistas como del silencio cómplice y deliberado de los figurantes. Que los figurantes (estudiantes, lectores, invitados) seamos mayoría refuerza esa primera imagen y explica, por lo demás, nuestra obligada condición de aves de paso. Las leyes y hábitos que rigen este territorio tienen algo de reglas de juego que muchos aceptan y siguen con alegría, pero también con las facultades críticas adormecidas por el asombro y la curiosidad. Pasado el primer destello cegador, ese umbral de ignorancia provinciana que nos lleva a medir cada gesto en las cenas de gala o a exhibir nuestro mejor inglés con necia pedantería, empezamos a ver grietas en el decorado y a notar que algunos de los actores principales no saben o no quieren estar a la altura de la obra. Como un espejo deformado que corrigiera las deformaciones del original, la novela de Marías relata con ingenio paródico esta decadencia progresiva de rituales y usos, esta lepra de escepticismo que ha alcanzado a muchos dons y fellows demasiado conscientes de estar ensayando un papel vacío y algo ridículo en su anacronismo. Pero las reglas y hábitos persisten, como persiste la ilusión de orden en esa imposible cena bufa que reúne a los diversos personajes de la novela en un sostenido descenso a la ebriedad y la inconsciencia. Resulta curioso e incluso paradójico que Marías se despojara de su atrezzo culturalista y sus estrategias de distanciamiento al escribir sobre esta "ciudad de almíbar", como él la describe. Lejos quedan las ficcciones librescas y un punto amaneradas de El siglo y El hombre sentimental, donde el cuidado de la prosa no esconde la inanidad de lo relatado. Todas las almas es, por el contrario, una novela necesaria, que es como decir que el lector la siente necesaria y comparte la urgencia que llevó al autor a escribirla. La ironía ya no es aquí una afectación del estilo sino una manera de hacer justicia al relato, de que no derive en elegía o incluso melodrama. Pareciera que, enfrentado a la irrealidad de Oxford, Marías (o su narrador, es difícil deslindarlos) hubiera tomado conciencia de su propia e ineludible singularidad: a esto se refiere el narrador, tal vez, cuando comenta el sentimiento de "perturbación" que acompañó su estancia de dos años en Oxford y que de un modo u otro veló sus acciones. Mientras camina uno entre las fachadas de los colleges con la impresión de haber entrado en alguno de los libros o películas que tanto han hecho por moldear nuestra imagen de la ciudad, cuesta no sustraerse al mito y mantener a la vez plena conciencia de lo que somos. Pero lo ficticio de ese mito y la fragilidad del decorado que nos rodea nos hacen sentir como nuestra lejanía de la ciudad, lo imposible que resulta entenderla o abarcarla en toda su complejidad.(...)