lunes, marzo 27, 2006

LA ZONA FANTASMA. 26 de marzo de 2006. Demasiada nieve alrededor

A quienes hayan leído mis novelas Todas las almas o Negra espalda del tiempo, el nombre de John Gawsworth, segundo rey de Redonda, como tal Juan I, les resultará familiar. No lo será, por tanto, para la mayoría de los lectores de este dominical. Baste decir aquí que mi inicial interés por este personaje, nacido en 1912 y muerto en 1970, se debió al inmenso contraste entre sus comienzos y su final. Muy precoz y prometedor, autor publicado desde los diecinueve años y miembro más joven de la Royal Society of Literature, casado dos o tres veces, monarca de ese Reino real y ficticio y eminentemente literario (la isla de Redonda es vecina de las de Montserrat y Antigua, indiscutibles destinos turísticos), acabó sus días como un mendigo, a la edad de cincuenta y ocho años.

Ahora una de esas extrañas y desinteresadas sociedades literarias inglesas, The Friends of Arthur Machen, ha desenterrado y editado en un DVD parte del material que la BBC emitió dos meses y medio antes de la muerte de Gawsworth en un hospital. Hacía dos años que el poeta había abandonado, por la fuerza de la penuria, su último domicilio fijo: una habitación alquilada en Bayswater. A partir de entonces se convirtió en lo que hoy se llama “un sin techo”, y cuando sus pacientes amistades o su última novia no podían o no querían darle cobijo, no tenía más remedio que dormir al raso, en algún banco de Hyde Park. Hubo un llamamiento para conseguirle ayuda, y de él se hizo eco la BBC, que a principios de 1970 rodó un breve y desangelado documental, con la intervención del propio Gawsworth y de algunos de sus viejos amigos, siendo el novelista Lawrence Durrell el más conocido de ellos.

Resulta irreal ver hablar y moverse -en color- a quien ha sido más que nada un personaje de ficción. Alguien que siempre supe que había existido, desde luego, pero a quien incorporé a mis novelas y cuya historia, durante mucho tiempo sabida sólo a retazos, más parece salida de un relato de Kipling que de la realidad. En las imágenes que acaban de llegar a mis manos, Gawsworth estaba ya en las penúltimas. Según dice la voz de Barry Humphries, al principio, “se vio corroído por algo que ha afligido a muchos otros artistas, más grandes y más pequeños que él. En mayor medida que nadie más que yo conozca, abrazó el fracaso, quizá con excesiva afectuosidad”. El día del rodaje de la BBC, sin embargo, Gawsworth debió de arreglarse con esmero, lo mejor que pudo. Con un traje cruzado y corbata, y encima una gabardina “de cesante” (como se decía antiguamente), se lo ve caminar por las calles de su Londres natal a buen paso y con un bastón, en el que sin duda se apoya pero con el que también es capaz de trazar a veces una garbosa floritura en el aire, reminiscencia de su antigua época de espadachín. Sus zapatos marrones no se ven muy viejos, y debió de limpiarlos a conciencia para la ocasión. Algo grueso, no le falta agilidad en las piernas, y aunque el rostro le aparece un poco hinchado, posiblemente por el alcohol que fue la causa de su ruina y sus males, sus ojos vivos y su gran nariz le confieren un aire despierto, casi zorruno, acentuado por el bigote rojizo, en todo caso mucho más claro que el pelo, quién sabe si se lo tiñó. Su nariz es en verdad insólita. Tildarla sólo de larga llevaría a confusión, porque, si bien lo era, y además con una torcedura extraña, lo era hacia abajo y no en horizontal, que es como suelen imaginarse las narices largas. Hay algo en el conjunto de la figura que trae a la memoria a Rafael Sánchez Ferlosio.

A los amigos se los ve un poco incómodos, aunque con buena voluntad. Durrell, que tras su Cuarteto de Alejandría había abrazado el éxito con afectuosidad, habla de él con una mezcla de sincero aprecio y condescendencia a su pesar, y no resulta convincente cuando lo saluda al grito de “¡Salve, oh Rey!” en un pub; parece estar cumpliendo con un melancólico deber. La novelista Kate O’Brien lo recibe en su casa, y allí tiene lugar la única escena humorística, cuando Gawsworth forcejea endemoniadamente con el corcho de una botellita de espumoso; se la pasa a la dama para que lo intente ella, sin resultado (“Nunca nos ha derrotado una botella, Kate, ni a ti ni a mí”, le dice Gawsworth); ella se la devuelve y por fin él la descorcha tras gran esfuerzo. En una visita a una editorial en la que había trabajado años atrás, un ejecutivo lo recibe y charla artificialmente con él, se nota que está deseoso de que se largue de allí. Poco antes del final, la voz del poeta, en off, confiesa su penosa situación: “Ahora carezco de domicilio, ya ven … Antes de nada, necesito un techo”. El material no da para más. La última imagen lo muestra avanzando por un parque nevado, el bastón en la mano derecha y la izquierda airosamente metida en el bolsillo, no de la gabardina, que con coquetería lleva abierta, sino de la chaqueta, como si fuera Cary Grant. Al llegar a un banco se sienta en él y junta las dos manos sobre el mango del bastón. La imagen se congela y uno sólo desea que aquella noche, cuando se hubieran marchado el equipo y las cámaras, no le tocara dormir en ese mismo banco. Demasiada nieve alrededor.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal
, 26 de marzo de 2006