domingo, julio 09, 2006

Con la erre mayúscula de Rey


El azar se ha aliado con Javier Marías, que como nuevo miembro de la Real Academia Española ocupará el sillón erre mayúscula, que dejó vacante Fernando Lázaro Carreter al morir en marzo del 2004. Es la misma erre que por cuadruplicado acompaña a este Rey Republicano del Reino de Redonda: un islote situado en el Atlántico, que gobierna desde el 6 de julio de 1997 y donde se hallan censados ilustres como el nobel J. M. Coetzee y los cineastas Francis Ford Coppola y Pedro Almodóvar. Esta aventura nobiliaria es una más en la vida de este escritor nacido en Chamberí (Madrid) en 1951, predestinado a la literatura desde niño, pues su madre le recitaba la Odisea de Homero mientras le daba la papilla, según contaba su padre, el filósofo Julián Marías, fallecido el pasado diciembre. «No lo recuerdo y además suena algo pedante», afirma el autor, que sí rememora con agrado otro relato de infancia, El castillo de irás y no volverás: «Nunca lo he podido encontrar», lamenta. A esa edificante labor maternal hay que añadir la paternal, que le permitió disfrutar de una biblioteca familiar de 20.000 volúmenes, alimentada por su progenitor, durante años miembro de la RAE, motivo por el cual rechazó Marías en 1994 pertenecer a la institución. «Con un Marías era suficiente», dice.

Tanto alimento intelectual, sumado al inolvidable arroz a la cubana de su abuela, le permitió a los 15 años publicar unos artículos en El Noticiero Universal y, ya con 19, editar su primera obra, Los dominios del lobo (1971; Alfaguara, 1999), a la que siguieron otras como Travesía del horizonte (1972; Alfaguara, 1999), El hombre sentimental (1986; Alfaguara, 1999) -Premio Herralde de novela 1986, que devolvió años después tras enemistarse con el editor Jorge Herralde-, Corazón tan blanco (1992; Crítica, 2006) -Premio de la Crítica, del que ha vendido cerca de dos millones de ejemplares- y Mañana en la batalla piensa en mí (1994; Alfaguara, 2000) -Premio Rómulo Gallegos, entre otros-.

Con semejantes credenciales, era inevitable su entrada en la RAE, que acogerá así a uno de los autores más polemistas -«me siento un poco justiciero y no está bien»-, aunque espera que su ingreso no le impida seguir siéndolo -«si me han aceptado como soy ahora no entiendo porqué tendría que cambiar»-. Famosas son sus disputas con Camilo José Cela y la familia Querejeta, pero ya entrado en la cincuentena, este devoto de Ann-Margret, la película Coronel Blimp y el Real Madrid parece más relajado en lo emocional que no en lo profesional, ya que está enfrascado en la tercera parte de la trilogía Tu rostro mañana, de la que han aparecido Fiebre y lanza (Alfaguara, 2002) y Baile y sueño (Alfaguara, 2004). Tanta actividad literaria no le impedirá seguir fiel a sus hábitos y manías, como vivir solo, hacer de Oxford su Yoknapatawpha County particular, continuar con su propia editorial, Reino de Redonda, -«si no me lleva a la bancarrota»- y con su máquina eléctrica, pasar del carnet de conducir y de asistir a tertulias -«hoy en día existe una cháchara increíble en las radios y televisiones»- y licitar en las subastas de internet, que le han permitido conseguir joyas de William Faulkner y Arthur Conan Doyle. Estas inversiones las realiza gracias a los cinco millones de ejemplares vendidos en todo el mundo de sus libros, traducidos a 34 idiomas. Y aunque muchos destacan sus inicios, él, afirma, nunca se obsesiona con ellos.

De su nombramiento seguro que se alegran amigos presentes y ausentes, como el escritor Juan Benet, una de las personas «más influyentes» en su vida, que solía pedir dinero en la calle junto al también autor Juan García Hortelano mientras un joven Marías hacía acrobacias. De él conserva un papel que le dio el penúltimo día que se vieron antes de su muerte. Es una cita de su puño y letra de Gilbert Murray: «Teo Pompo, fragmento 134 refiriéndose al rey Dionisio II de Siracusa: ‘El rey tenía la vista estropeada a causa de sus excesos con la bebida. Solía sentarse en las barberías a entretener a los clientes’». «Es muy graciosa y nada solemne, propia del humor de Benet», afirma el nuevo académico. El de la erre de rey.

OSCAR LÓPEZ

El Periódico, Libros, 6 de julio de 2006