jueves, julio 06, 2006

Un rey en la academia

Desde hace casi una década mi amigo Javier Marías es rey de Redonda. Por una de esas voluntariosas carambolas literarias un escritor republicano se ha visto coronado rey de una isla fantasmal y fantástica. Ahora otro azaroso destino ha querido que Xavier I, H. M. King of Redonda, sea elegido miembro de número de la Real Academia Española. La primera parte de esta caballeresca acción podría ser muy bien el comienzo de un cuento de Borges, en el que un joven rey va a la busca de su reino, se pierde en un dédalo de corrientes marinas, y pese a intentarlo con perseverancia, el reino siempre le resulta inalcanzable.

Pero el que ese mismo rey que defiende el lema Ride si sapis, y que ya tiene una numerosa corte de lustrosos duques literarios, sea promovido a ingresar al coro de justos que cuidan la excelencia del idioma castellano es noticia de fuste, que alegra a quienes le quieren y le admiran más allá de las fascinaciones institucionales. Javier Marías tiene sobrados méritos como escritor cultísimo, excelente traductor, profesor y hasta articulista contundente, para formar parte de la Academia, pero además -y eso es lo que importa- ha tenido los votos de sus pares. Porque a la Academia no sólo se entra por méritos, hay que concitar además los votos. Algunos muy admirables, como don Juan Benet, se quedaron fuera por no reunir las papeletas suficientes.

He leído muchas de las novelas de Marías desde aquella primerísima Los dominios del lobo, cuando todos éramos niños y lucíamos magníficas cabelleras. Pronto Javier se hizo parte imprescindible de nuestras tertulias nocturnas en los primeros años 70, y Rosa Regás le publicó Travesía del horizonte, su segunda novela. El éxito llegó bastante después, pero él no era un buscador de éxitos, y cuando llegó lo recibió con resignación y prudencia. Hace ya muchos años que Marías se retiró de la vida social, entregado a sus libros, a los que escribe y a los que colecciona, y desde entonces nos hemos intercambiado algunas cartas o visto en encuentros casuales.

Pero sí que hubo un tiempo en que nuestra amistad era frecuentada y esa relación resultaba siempre fértil y enriquecedora. La noche nos reunía con Savater, Villena, Lourdes Ortiz, Rosa Pereda, y él nos puso el mote de The Quintet, un quinteto al que se incorporaba avanzada la noche, después de cenar para tomar una copa en la terraza del Dickens. Vivían los maestros, don Juan Benet y Juanito García Hortelano, a los que se escuchaba hasta cuando no tenían razón, y con quienes discutíamos sin llegar nunca a las manos. También estaba Guillermo Cabrera Infante en Londres, con una luz encendida en el bajo de Gloucester Road, a la que podíamos acudir confiados.

Compartimos juventud, proyectos, ilusiones y desencantos con otros muchos poetas, novelistas, gente del cine, novias, y después los años nos fueron colocando a cada uno en un sitio. Quizá en el sitio que nos correspondía. El tiempo y la vida han sido generosos con el rey de Redonda, una generosidad que se merecía.

MARCOS-RICARDO BARNATÁN

El Mundo, 6 de julio de 2006 (Noveno aniversario del nombramiento de Xavier I, Rey de Redonda)