martes, agosto 29, 2006

El hombre tranquilo que aún sigue perplejo

Un rasgo de Javier Marías que siempre me ha dado paz cuando le veo es su tranquilidad; he atribuido eso a que es un hombre de tardes, o de noches, e incluso de madrugadas, y no uno de esos seres acosados por las obligaciones pospuestas, esos hombres que amanecen ya con la lengua fuera, dispuestos a comerse el mundo, sin saber todavía que están ahí precisamente para ser ellos los engullidos.

Las mañanas (y él tiene una novela cuyo título incluye la palabra mañana, pero del apartado día siguiente, no del apartado madrugada, o amanecer: Mañana en la batalla piensa en mí) convierten a las personas en obligadas y urgentes, recelosas y ocupadísimas, y las noches, o el atardecer, ayudan siempre a creer que todo lo que ha sucedido es relativo, que igual ya no será así nada al día siguiente, y quienes aprenden a vivir en esa simulación de la oscuridad total con la que acaba el día siempre han tenido más tiempo para tachar lo urgente e instalarse en lo probable, en lo que la noche ennoblece hasta el olvido. Y Javier Marías es de estos seres que disfrutan de ese momento en que acaba la ansiedad del día y se instala alrededor la armonía que Albert Camus relacionaba con las playas en las que había sido feliz... Ésa es la luz que a Javier le ayuda a mantener la apariencia de alguien perplejo pero tranquilo, y lo transmite.

Seguramente él mismo no se siente así, pero eso es lo que emite su semblante, sus ojos pícaros, un poco cansados a veces, detrás de sus gafas o protegidos por las lentillas que se cambia como si estuviera limpiándose una lágrima, y ése es también sus semblante cuando le ves aparecer, o despedirse, en los restaurantes y en los sitios, y en su propia casa.

No es una persona de recibir mucho en casa, me da la impresión, aunque ahí da entrevistas de trabajo, al atardecer, cuando él empieza y los demás tienen ya el aire de los días vencidos; entonces te abre el inmenso portalón que da a dos casas, te introduce en su universo, que es elegante, ordenado y limpio, y ahí ves, con la envidia que los que escriben bien dan a los que escribimos, la máquina de escribir enorme e impoluta, ya casi histórica, en la que ejerce su voluntad de huir, acaso para siempre, del ordenador; las colecciones de libros -antiguos, modernos, recientes, leídos, subrayados, desechados- están en un orden casi colegial, entusiasta, como si él mismo se hubiera pasado horas comparando colores, estaturas y asuntos para dar de sí la biblioteca que siempre quiso tener. De mi visita recuerdo vídeos, algunos de ellos de goles famosos de su Real Madrid ahora tan frustrante, así como de películas que le sirven para sus memoria de ficción tanto como los libros que prefiere, empezando, acaso, por William Shakespeare. Y también recuerdo, nítidamente, una colección de soldaditos de plomo, o quizá varias colecciones de soldaditos de plomo, con los que la parte bien visible de su adolescencia saluda cada día -es decir, cada noche- la perplejidad de sus ojos de adulto.

En algunas de las declaraciones de su padre, don Julián, recientemente fallecido, observé que éste tenía tantos volúmenes que no tenía ni lugar para ordenarlos, y acaso su hijo ha querido ordenar sus libros, su casa, el estudio donde recibe a la gente, para que así en cierto modo se ordenara también aquel universo en el que tantos años vivió también, el universo bibliográfico de su padre. Ya su padre no está, pero ahora le veo más que nunca a su lado, como si aquella presencia menuda -como la de su madre, Dolores Franco- se agrandara a medida que pasan el tiempo y los años.

Tengo esa imagen del padre, en su biblioteca, sentado en medio de pilas y pilas de volúmenes y papeles, pero feliz, leyéndole al hijo en griego, y leyéndole también en griego cuando ya se acercaba la hora de su muerte; y cuando viene a mi memoria esa imagen de don Julián Marías rodeado de los libros que fueron su biblioteca múltiple y dispersa, recuerdo también una fotografía que vi en un libro de formación política de mis años adolescentes; un niño estaba en medio de una sala en la que había violines y otros instrumentos musicales, y al pie una leyenda decía: “Este niño será músico”.

Así que cuando vi, yo también, aquella foto en la que creció Javier, la foto de su padre en medio de la biblioteca, no tuve duda alguna: Javier Marías ya iba a estar intoxicado para siempre por la nicotina indeclinable de la letra impresa.

Yo mismo estuve un día allí, en su casa, frente al Ayuntamiento de Madrid, vecindad que tanto le ha servido para constatar la falta de respeto con la que las autoridades municipales confrontan su responsabilidad de hacerle cómoda la vida al ciudadano.

Y en la casa de Javier, como digo, se respira también esa atmósfera de tranquilidad y de sosiego con el que te recibe o te despide en los bares, en los restaurantes, en las salas de cultura, en la misma calle donde se prolonga luego su despedida detenida y tierna, la despedida de una persona que no tiene nada que perder, y que cuando siente que nada tiene que perder tampoco siente que sienta la amenaza del tiempo, y fuma.

Él dice que no, que no es el hombre tranquilo que luego se me queda en la memoria, que tiene insomnio, ansiedad, desasosiego, que se tarda en dormir horas y horas..., y cuando da esas explicaciones sobre las dificultades que tiene para conciliar el sueño, para dormir como todo el mundo, seguido y desde temprano en la noche, hasta la hora razonable de las personas por la mañana, me lo imagino con el café, el café con leche, la Coca-Cola doble, el café doble americano, el café doble italiano, el tabaco que no para de aparecer con sus volutas ante sus rostro, entre sus dedos, el tabaco que fuma con la ansiedad tranquila de los adictos a la nicotina, y entonces ya te explicas que no duerma, que tarde en dormir, que escriba también de eso...

Pero aunque él te hable de la ansiedad de vivir, de los asuntos que se apilan con la urgencia pegajosa de la vida, yo no puedo imaginármelo sino tranquilo junto a su mesa enorme llena de papeles que tacha y que reescribe en su inmensa máquina de escribir.

Y me lo imagino levantándose para ir a dormir cuando nosotros mismos estamos a punto de regresar a una urgencia que no vale casi nada, o que casi es pasado para él cuando ya vuelva otra vez a contemplar lo que fue la escritura de ayer noche...

Ahora lo han hecho académico, para que por la tarde, casi al anochecer, ayude a encontrar palabras que pueden estar perdidas en los recovecos de lo que se habla. Las llevará en un cartapacio casi escolar, y las mostrará con su aire tranquilo. Le veo reír, irónico ante las cosas que parecen importantes, y me lo imagino con su chaqué el día -¡por la tarde!- en que le guiñe un ojo a su padre al ocupar un sillón cerca de donde él estuvo.

JUAN CRUZ