"La gente intenta no ser culpable ni de su propia estupidez"
Foto: Jon Aguirre
El recientemente nombrado miembro de la Real Academia Española, Javier Marías, reúne varias facetas artísticas en su persona. Por un lado ejerce de articulista en El País Semanal. En su currículum también figura su paso por el mundo de la traducción, e incluso apareció en una película de su tío más cinematográfico, Jesús Franco. Sin embargo, la que le ha valido el reconocimiento ha sido la de escritor. El hombre sentimental, Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí y Todas las almas son algunos de los libros surgidos de la máquina de escribir –se niega a adoptar el ordenador– de un escritor que vive cada creación literaria como un proceso de descubrimiento. Esta tarde, Javier Marías participará en el ciclo de Club Siglo Futuro “El autor y su obra”. La cita es a las 20 horas en el Salón de Actos de Caja de Guadalajara.
Le va a presentar don Valentín García Yebra, miembro como usted de la Real Academia de la Lengua Española.
Como yo no. Yo he sido elegido, pero todavía no he ingresado, y él es ya un miembro muy veterano. No somos igual de miembros, él lo es mucho más.
Hace unos años usted decía que no se veía cara de académico, ¿se la ve ahora?
Me la sigo sin ver. Cuando me ofrecieron presentarme por primera vez, hace doce años, dije que no me parecía adecuado siendo mi padre miembro. Recuerdo que Víctor García de la Concha, que fue quien me lo preguntó, me dijo: “Bueno, pero con esto no me estás dando un no tajante” y yo le contesté que no, que más adelante hablaríamos. Pasaron muchos años, hasta que murió mi padre el pasado mes de diciembre, y ya se me había olvidado que tenía adquirido ese compromiso telefónico. Ahora agradezco mucho el gesto de los académicos que me han propuesto y votado. Se podría decir que la Academia es la primera institución española en la que siento que soy bien recibido. Pero sí, la cara me la sigo sin ver. Claro que a lo mejor es que me veo mal cuando me miro en el espejo. A fin de cuentas, ya tengo las sienes plateadas, como decían en las novelas antiguas.
Con don Valentín usted comparte la faceta de traductor, ¿cree que es un campo poco valorado?
Sin duda, sobre todo teniendo en cuenta la importancia de la tarea. Lo que pasa es que es un trabajo tan antiguo y al que estamos tan acostumbrados, que raramente se para nadie a pensar en el milagro que supone estar leyendo a Tolstoi cuando no se tiene ni idea de ruso. Los traductores están mal pagados e incluso se les da poca relevancia en la crítica de los libros. Aparte de eso, siempre he dicho que es algo de sumo valor para quien quiere ser escritor. No todos pueden ejercer bien la traducción, porque hay que conocer al menos dos lenguas, pero para el que sí las sabe, es un ejercicio literario extraordinario. Si yo tuviese una de esas Escuelas de Letras, sólo aceptaría alumnos que supiesen traducir y les haría traducir, traducir y traducir.
¿Controla usted mucho las traducciones de sus propios libros?
Lo hacía antiguamente, cuando tenía más tiempo, y sólo en las ediciones traducidas a las lenguas que conozco. Ahora lo he dejado porque lleva bastantes horas leerse la traducción de un libro propio al italiano, al francés o al inglés y cotejarlo con el original. Lo que sí hago es prestarme a responder todas las dudas que tengan los traductores extranjeros sobre cosas que no entiendan. Si yo hubiera podido consultar a algunos de los autores que he traducido, como Conrad o Stevenson, lo habría agradecido mucho.
Entrando en su faceta creativa, ¿cómo ve el conjunto de su obra?
Pues no lo veo. No tengo la costumbre de releer lo que he escrito. Es un pequeño inconveniente porque van pasando los años y las cosas se me olvidan. Hace poco tuve una videoconferencia con unos estudiantes que acababan de leer varios libros míos. Me hicieron preguntas muy concretas que no pude responder. Además, no pertenezco al tipo de escritor, que los ha habido y los hay, que tiene una idea global de su obra incluso antes de empezarla. Yo escribo cada novela cuando tengo algo que contar. Es más, cuando termino una ni siquiera estoy seguro de que vaya a haber otra. Y aparte de todo eso, tampoco soy la persona adecuada para evaluar con objetividad el conjunto de mi obra.
¿Tan fácil sería para usted dejar la escritura?
No creo que lo haga porque es una actividad que me acompaña desde hace varios años, pero si no hubiera otra novela no pasaría nada. No tengo ninguna planificación, improviso mucho y sobre la marcha.
Eso de no releer sus libros casa bien con su costumbre de no retocar páginas.
Las corrijo muchísimo sobre la marcha, mientras las hago. Cuando trabajo en una página, la escribo cuantas veces me parezca necesario. Soy capaz incluso, yo no escribo con ordenador, de volver a teclear la página entera para cambiarle dos o tres palabras. Pero lo que no suelo hacer después es cambiar lo que ya está escrito, rehacer. La página que doy por terminada, es más o menos seguro que llegue intacta a la imprenta. Yo tengo esta manía de atenerme a lo que he escrito y convertir lo que inicialmente puse de manera intuitiva en algo necesario. Tiene que ver con el mismo proceso de conocimiento que rige la vida. Cuando uno tiene cuarenta años puede que desee haber hecho o no haber hecho algo a los veinte, pero no se puede cambiar.
¿Cree que rehacer lo escrito haría el libro más artificial?
Posiblemente sí. En todo caso, lo que tampoco suelo saber, tanto cuando empiezo el libro como cuando me acerco al final, es la totalidad de la historia. La voy averiguando mientras la escribo. Si no tuviera que averiguar lo que va a pasar, no creo que escribiera las novelas. Si supiera, como algunos autores saben, la historia completa antes de empezar, probablemente no me apetecería escribir. Mis libros pueden tener sus defectos, pero no son previsibles. Si ni el propio autor sabe lo que va a pasar, es difícil que el lector pueda adivinarlo, cosa que sucede con otras muchas novelas. No sé si serán menos artificiales, pero son más imprevisibles.
¿Hay algo que tenga claro al escribir?
Tengo ideas. Algunos escritores tienen un mapa, yo tengo una brújula. Más o menos sé dónde quiero ir, pero no sé cómo ni qué voy a encontrar en el camino. El escritor que tiene un mapa sabe qué personajes va a haber, qué es lo que va a pasar, la historia completa. Si se va a encontrar aquí un bosque, un desierto o un río. Yo me los encuentro igualmente, pero no sé que me los voy a encontrar hasta que llego. Si supiera la historia completa, entonces haría un mero ejercicio de redacción y no podría acabar la novela.
Es un proceso muy íntimo de creación.
Sí, pero supongo que todos lo son.
El hecho de que sea algo tan personal, ¿le hace sentirse especialmente protector con la novela una vez está terminada?
No veo mucha relación entre ambas cosas. La palabra inventar, etimológicamente, viene del verbo latín invenire, que no quiere decir inventar, sino descubrir, averiguar. Yo invento y averiguo. Eso no quiere decir que la historia vaya por su cuenta.
Se ha defendido de las críticas a su estilo diciendo que un escritor no es un notario, ¿cómo definiría su estilo?
Tampoco soy la persona más adecuada para decirlo, pero sé que fuerzo la sintaxis y, a veces, también la gramática española más convencional a favor del ritmo de la prosa. Hay muchas comas que un notario pondría, pero que a mí me parecen innecesarias porque convierten en tartamudo el ritmo de una prosa determinada. Supongo que también he incorporado cosas que pertenecen a otras lenguas. Precisamente por mi faceta de traductor, quizá he pensado que, siempre y cuando no se cometieran barbaridades, algunas cosas podrían aplicarse al castellano.
¿Cree que esa preocupación por el ritmo puede deberse a una preocupación por la emotividad de la obra?
Sí, claro que tiene que ver. Es un factor primordial en la literatura, y no sólo en la poesía, donde es obvio, sino también en la prosa. Muchos lectores me han dicho que mis novelas producen una extraña adicción momentánea, que no pueden dejar de leer. Y no creo que sea porque tengan argumentos trepidantes y se quiera saber qué ocurrirá a continuación. Intento explicármelo pensando que hay una cierta musicalidad en la prosa que atrapa al lector, y claro que eso está afectado con la emotividad.
En su faceta de articulista, ha dicho que critica mucho porque ésta es una época que no le gusta demasiado.
Bueno, también porque creo que hay muchas cosas criticables.
Entonces, ¿ser un articulista crítico es un deber o una consecuencia?
El mundo nunca está como debería porque, para empezar, ninguno sabemos cómo debería estar. Eso, me temo, es consustancial a todas las épocas. De todas formas, no me interesa mucho el artículo de prensa en el que se hacen ejercicios literarios y parece que el articulista se está aburriendo. La prensa tiene una cierta responsabilidad con sus lectores de decir cosas que no se dicen mucho, de intentar pensar por uno mismo y no limitarse a decir lo que la época piensa por todo el mundo. En ese sentido, intento llamar la atención sobre cosas que veo como muy negativas o perjudiciales para la sociedad. Sin ánimo moralizante, sólo intentando decir lo que me parece mal, injusto o estúpido.
También ha dicho que hoy en día hay un cierto infantilismo.
No, un cierto no. A estas alturas, en la sociedad ya hay un infantilismo total.
¿Y no le choca que también haya tantos artistas que se declaren intelectuales?
Bueno, eso también es una forma de infantilismo. ¿No? La gente es intelectual o no lo es, pero colgarse un cartel... Eso también es propio de la extrema juventud, el decir “mire usted cómo soy”.
¿A qué se refiere concretamente con eso del infantilismo?
Eso se ve, no sólo en las películas y en los libros, sino en cosas más graves. Una de las características más palpables de nuestra época es la irresponsabilidad de las personas. Hay una tendencia a culpar a los otros de todo lo que ocurre, a no reconocer las propias limitaciones o faltas. En política, por ejemplo, qué raro es ver a alguien diciendo “sí, la verdad es que en esto me equivoqué”. Todo el mundo sale diciendo “yo no he sido, yo no he sido”.
¿Afecta al resto de la sociedad?
Claro, por ejemplo cuando una familia demanda a los constructores de un microondas porque en las instrucciones del aparato no se especificaba que allí no se podía secar al perro y ellos lo metieron y se quedó frito. “Es que en las instrucciones no ponía que no se podía meter al perro.” La gente intenta no ser culpable de nada, ni siquiera de su propia estupidez. Es una actitud generalizada.
¿Cree que la ausencia de auténticos intelectuales también puede deberse a que no tienen cabida en esta sociedad?
No sé si habrá pocos intelectuales, eso depende de a quién se le conceda la categoría de intelectual, pero yo creo que no faltan. Lo que sí pasa respecto a otras épocas es que, quizá por la sobreabundancia de intelectuales, han dejado de tener importancia. Cuando en el siglo XIX Émile Zola se tomaba la molestia de escribir su famoso artículo sobre el caso Dreyfus, la gente se preguntaba “¿qué hace un novelista haciendo caso a este tema?”. Pero como todos los escritores están escribiendo en periódicos o haciendo manifiestos casi todos los días, deja de tener importancia. Cuando las cosas dejan de ser excepcionales se convierten en rutinarias. Cuando alguien se encuentra dos o tres manifiestos en la prensa cada semana firmados por intelectuales o supuestos intelectuales, al final no hace caso. Es la sobreabundancia lo que resta importancia a que un intelectual, por respetable que parezca, proteste sobre una cosa.
Se fue de El Semanal porque le censuraron. ¿Prefiere la censura reglada del franquismo o la empresarial de hoy en día?Bueno, no la sufrí porque me negué. Simplemente, me marché de donde escribía. Toda censura es mala y la propia Constitución Española la prohíbe. Si a uno le censuran algo, quienes lo hacen están delinquiendo, pero ya sabemos todos lo que pasa en la vida real. Hay gente que si no lo acepta puede perder su empleo. De todas formas, siempre es mucho peor una censura instaurada, permanente y que afecta a todos los niveles de la vida, como era la de Franco.
Aun así, se quedó solo cuando ocurrió aquello.
Sí, ha habido un par de cosas en mi vida que me han hecho pensar que no hay mucha solidaridad entre los literatos. Es una cosa un poco decepcionante porque uno piensa que, precisamente entre los escritores, debería haber un poco más de arrojo y de pasarse por montera los peligros, pero no debe ser así. Hablo en términos generales, siempre hay excepciones, pero he visto que es un gremio un tanto apocado y conservador con lo que ya tiene.
Es usted sobrino de Jesús Franco, legendario director de películas de terror, ¿no echa de menos algo de serie B en nuestro cine?
Es que la serie B me temo que sólo es posible en un país como Estados Unidos, que tiene una industria fortísima y se puede permitir hacer grandes películas y otras menores. Es algo poco factible en la industria española, donde hay películas que son serie B porque tienen un presupuesto bajo, pero no por el espíritu.
Pero, ¿lo echa de menos?
Hombre, el cine de terror de los setenta era simpático, pero las películas solían ser bastante malas. Muchas de las que hacía mi tío lo eran, lo que pasa es que también eran graciosas. En ese sentido, quizá sí falta algo, pero es que en aquellos años había mucha coproducción con el resto de países europeos. Había una industria un poco más potente que daba unas películas más simpáticas. Actualmente, con la televisión y con el DVD, es difícil que la gente vaya al cine, y más difícil podría ser conseguir que vayan a ver esos subproductos, sin ánimo de ofender.
Supongo que se lo habrán preguntado muchas veces, pero no tiene ordenador, no tiene correo electrónico, imagino que no tendrá móvil y el teléfono prefiere dejarlo en manos del contestador, ¿por qué?
No, no tengo teléfono móvil... Cada cosa es por un motivo. No tengo ordenador porque tengo máquina de escribir y me gusta trabajar sobre el papel, corregir a mano y volver a teclear la página, hacer flechas, tachaduras. El mail prefiero no tenerlo porque ya me llegan muchas cosas a través del correo ordinario, el fax y las editoriales. Y el teléfono móvil creo que es una trampa. Lo único que hace es esclavizar a la gente. Las personas ya no dejan de trabajar nunca. Antes cuando uno iba en el autobús tenía un ratito para pensar en sus cosas. Eso ya ha acabado. La gente no para nunca y eso me parece aberrante. De todas formas, no digo que no sean utilísimos, si me fuera a un viaje por el desierto del Sáhara me llevaría el móvil, no soy idiota.
ENTREVISTA DE JAVIER PASTRANA (GUADALAJARA)
Nueva Alcarria, 6 de octubre de 2006

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