lunes, noviembre 27, 2006

Aguirre o la cólera del libro

No sé por qué estoy tan cascarrabias. Quizás sea porque últimamente escucho poca música. Y, como explicaba Lorenzo a Jessica (El mercader de Venecia, III, 2), el hombre que no tiene música en su interior no es de fiar. Aunque, en el fondo, no tengo motivos para ser tan cenizo: serán cosas de la edad. Al fin y al cabo, y según la presidenta de mi Comunidad (también condesa de Murillo), los que vivimos en Madrid «nos distinguimos» por lo que leemos: según sus estadísticas, 7 de cada 10 madrileñitos (de nacimiento o de adopción) nos dejamos las cejas en la lectura. Yo no los veo casi nunca con libros (tienen demasiada prisa), pero leer, lo que se dice leer, sí leen. Leen, sin ir más lejos, los exiguos avisos que advierten de una nueva zanja abierta por el faraón Gallardotep I (eventual y ciclotímico colega de Aguirre), y que no siempre impiden que, distraídos por la lectura ambulante de variadas joyas de la biblioteca, se rompan las narices contra el suelo de la inopinada trinchera. Por cierto que a ese frenesí urbanístico de nuestro primer edil hace referencia el proyecto de reforma del escudo de la Villa que he recibido a través de la Red: en vez de un oso de sable apoyado en un madroño de sinople (¡la heráldica, estúpido!), el plantígrado se apoyaría en una reluciente hormigonera. No queda nada mal, aunque, la verdad, lograría más eficacia metonímica si el oso estuviera afectado de descomunal priapismo (como si la máquina le «pusiera»), igual que esos ministros de Heliogábalo nombrados exclusivamente enormitate membrorum, según releo en la nueva edición (Turner) de la Historia y decadencia del Imperio Romano, de Gibbon. La oportunidad del nuevo escudo queda clara si se tiene en cuenta que los osos -salvo los de peluche y los más humanos de la subcultura gay de varones peludos y robustos (dense un paseo por Chueca)- son especie extinguida en la Comunidad de Madrid, lo que está lejos de ocurrir con las cada vez más frecuentes hormigoneras. En todo caso, Aguirre promete invertir 500 millones de euros (han leído perfectamente) para imponer la «cultura de la lectura» (sic) en la parte del planeta que controla (por ahora): para crear 700 nuevas bibliotecas escolares (ya es hora, rápido, rápido), para construir y reformar las públicas, y para adquirir para ellas 8 millones de nuevos libros, y que, al menos, toquemos a dos por madrileñito (espero que no sean sólo novelas históricas).


Para ayudarla a escoger le recomiendo 1.001 libros que hay que leer antes de morir, de Peter Boxall, que acaba de publicar Grijalbo. Muy duro han trabajado mi admirado (y esquivo) José-Carlos Mainer y su equipo para adaptar el original británico (que allí prologaba Peter Ackroyd) y rebajarle su insoportable sesgo anglófono. Si las notas que tomé en su momento no están equivocadas, en la versión original no se mencionaba más de media docena de obras de autores españoles de todos los tiempos entre las 1.001 que habría que leer antes de entregar el alma al Creador (o al Cosmos, en el caso de Stephen Hawkins).
Recuerdo sólo Don Quijote, Fortunata y Jacinta, y Corazón tan blanco. Ahora se han incluido muchísimas más, quizás demasiadas (lo que no impide que se mantengan algunas inanes boberías escritas en inglés). Supongo que lo mismo habrán hecho los adaptadores del libro en otros ámbitos idiomáticos, de manera que lo mejor sería conseguir la versión italiana, alemana, portuguesa, japonesa, etcétera, y que los 1.001 se convirtieran en 10.000.001. Total: como para llenar una biblioteca borgiana imaginada por Piranesi o Escher. Y todo con el agravante de que en el centón sólo se mencionan novelas, relatos y libros de, digamos, prosa narrativa. Inútil buscar fruslerías como la Crítica del Juicio o Las flores del mal, pongo por caso. Esos, al parecer, no los tenemos que leer antes de morirnos. Ya los leyeron otros (que, a pesar de haberlo hecho, fallecieron convenientemente).

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

Abc de las artes y las letras, 25 de noviembre de 2006

[En la edición española de 1.001 libros que hay que leer antes de morir, se recogen tres libros de Javier Marías: Todas las almas, Corazón tan blanco y Tu rostro mañana]