miércoles, diciembre 20, 2006

El centro Caixafórum celebra el vínculo entre el juego y su efecto cultural

Otro estadio para el mismo fútbol

La discutida relación entre fútbol y cultura se ha vuelto a revisar en Barcelona, donde El juego del hombre ha titulado una semana de charlas, lecturas y películas. El escenario no ha sido un recinto deportivo. En el Caixafórum, intelectuales, periodistas y gente del fútbol han abordado un territorio de discusión tan vasto como la vida misma. Organizado por el escritor mexicano Juan Villoro, el título responde a una obsesiva frase que Ángel Fernández, famoso locutor, repetía durante sus transmisiones en la televisión mexicana. Era su estrategia para situar a este deporte en un nicho entre la ontología y la antropología.

Hay notables ejemplos de la prolífica verborrea de don Ángel, que era una rigurosa mezcla entre fútbol y cultura; cuando veía que el tiempo de juego se agotaba y que era inminente que uno de los equipos perdería el partido, gritaba a todo pulmón en su micrófono: "¡Se hunde la nave!, ¡los niños y las mujeres primero!"; y cuando estaba en vena hacía traducciones de su invención como ésta, que tenía como motivo a un distinguido delantero de la selección alemana: "Ahí va Rumennige, que en castellano quiere decir Ferrocarriles Nacionales de Alemania".

Pues bien, un grupo de escritores, periodistas y ex futbolistas se entregó a la tarea de desmontar el juego del hombre en diversos formatos, uno de ellos el del derbi literario, un jugoso encuentro entre Javier Marías, que defendía los colores del Real Madrid, y Enrique Vila-Matas, del Barça, en una conversación moderada por Ramón Besa, ponderado árbitro para un encuentro de este género. El partido comenzó con el regalo que hizo Marías, siguiendo la tradición del intercambio de banderines, a sus dos acompañantes en la mesa: un juego de fotocopias a color del álbum de cromos de la temporada 58-59, que el escritor recuperó en una subasta de Internet.

Enrique Vila-Matas contó cómo, cuando tenía cuatro años, dejó de ser culé durante un rato para convertirse en forofo del Espanyol, todo porque su tío Ramón le regaló la camiseta blanquiazul del equipo. Vila-Matas, por pura coherencia con el regalo y con su tío, dejó de ser culé durante unos cuantos días. Después reveló sus nexos sentimentales con Kubala y con Di Stéfano, con cuyas hijas bailaba el escritor en las fiestas.

Javier Marías observó que últimamente al Barça se le ve demasiado cerca de la Generalitat e instó a los culés que lo oían en la sala a que no vuelvan a permitir que el equipo salga al campo con pantaloncillo rojo. Después dijo que no le gusta cuando el Barça atraviesa por malas temporadas porque la Liga pierde intensidad y anotó la idea de que Ronaldinho es un jugador para niños y que si no empieza a administrar su júbilo puede terminar convirtiéndose en un personaje de Disney. Para redondear la idea, añadió que el fútbol es una cosa muy seria para un niño.

Vila-Matas matizó apuntando que la risa de Ronaldinho, como el mismo futbolista ha procurado aclarar, no necesariamente quiere decir que se esté riendo, sino que así tiene la boca. Este derbi de escritores se extendió durante más de una hora, y entre otros temas Javier Marías trató el de los besos de Beckham, una rara muestra de afecto, por la forma en que el inglés lo representa. Sin mucha fortuna, intenta parecer menos flemático y más mediterráneo. Vila-Matas reveló, cuando este derbi insólito llegaba al final, que ha estado dos veces en el palco del Camp Nou, pero que nadie lo ha reconocido porque se presentaba a sí mismo como el nieto de Miró.

Hubo otro encuentro apasionante, con un punto de delirio surrealista que cuadraba muy bien con las intenciones de los organizadores. Sergi Pàmies, escritor catalán con un sólido historial culé, y Pep Guardiola, cuyo historial azulgrana no es menos rotundo, conversaron a la misma hora que se disputaba el Barça-Internacional de Porto Alegre. Si la conversación resistía esa prueba de fuego, es que el fútbol es más que cultura. Es amianto. Al fondo del escenario, dos pantallas gigantes recogían en directo las imágenes de la final de la Copa Intercontinental. Lo que de entrada parecía una aberración se transformó en un exitoso experimento. La esforzada conversación, que en todo momento resistió la presión de las imágenes, fue un memorable intercambio de cultura futbolística, de cultura a secas, y hubo momentos mágicos en que una línea contundente de Pàmies coincidió con un tiro de Ronaldinho, y una lúcida reflexión de Guardiola se reflejó en un paradón de Victor Valdés. En otro momento, esa conversación se habría considerado como un subversivo ejemplo de arte contemporáneo. A los presentes, les pareció algo natural, un juego entre personas inteligentes. El fútbol, en fin.

JORDI SOLER


La gran parada de Nabokov

Cierto papanatismo español encontró la excusa del uso político que el franquismo hizo del fútbol para establecer una distinción que no nos honra. A saber, la que cree que el fútbol es en esencia incultura. No son muchos los escritores europeos ni latinoamericanos que coinciden con nuestro triste tópico, y se podría hacer fácilmente una fantástica selección mundial de fútbol formada por novelistas de primera. Eduardo Mendoza debería ser el seleccionador, con Enrique Vila-Matas como primer ayudante. El húngaro Peter Esterhazy sería un buen central, y en el centro del campo habría que alinear a dos británicos, Julian Barnes y Salman Rushdie, ambos apasionados de este deporte y frecuentes cronistas de fútbol, ambos con gran sentido del humor y visión de aficionado que, además, puede alardear de entendido. Imborrable también el recuerdo de Nick Hornby, que hizo de su pasión por este deporte el tema único de su primer libro.

En una selección mundial de fútbol literario estarían también autores de otras lenguas y otras culturas, como Albert Camus, que sería el Zidane de la selección mundial si no fuese porque cuando jugaba lo hacía de portero.

Pero mi favorito para el puesto de guardameta titular es un ruso, Vladímir Nabokov, cuyo retrato del portero como chiflado constituye uno de los momentos más brillantes de su inagotablemente brillante autobiografía, Habla, memoria. Nabokov hace un elogio del individualismo radical que en sus tiempos adornaba al portero, el único jugador que no vestía con la camiseta del equipo. Hoy en día, con el portero jugando de líbero en los equipos de espíritu generoso, atacante, el guardameta está más unido al resto del once que antaño, pero la veta de la singularidad sigue ahí: véanse si no las mangas recortadas de la camiseta del más sensato y seguro de los porteros españoles, Iker Casillas.

Ayer jugó (en campo contrario, en las jornadas de Caixaforum) el mejor escritor-delantero de los tiempos recientes, el argentino Jorge Valdano, poderoso jugador que, en sus tiempos de entrenador, demostró que la sabiduría futbolística no tiene por qué estar reñida con la capacidad de decir cosas articuladas e incluso imaginativas sobre este deporte.

Menos mal, porque este país futbolero por excelencia, suma a la vergüenza de su lamentable historial en las competiciones internacionales, la tontez del divorcio entre fútbol y literatura. Que Manuel Vázquez Montalbán empezó a subsanar, y que otros siguen subsanando. Debo admitir que con dos de los escritores españoles que más admiro y con quienes mantengo una larga amistad, Javier Marías y Ray Loriga, hemos hablado de fútbol tanto como de literatura. Dos puntas de lujo, de antigua afición. Sólo que ahora, con el Barça jugando como juega, les noto menos proclives a la charla de fútbol que cuando su equipo, el Real Madrid, dominaba la escena nacional y europea. Justo Navarro formaría con ellos una línea atacante que, por supuesto, debería completar un culé como él.

ENRIQUE MURILLO

El País, 20 de diciembre de 2006