miércoles, agosto 15, 2007

Conrad al espejo de su "Maríntimo"

Lo más personal y entrañable del gran narrador Joseph Conrad sería justo llamarlo su "maríntimo". Algo encontramos en el libro en que recuerda sus años de experiencia marina: The Mirror of the Sea (1906), (El espejo del mar / Recuerdos e impresiones, Reino de Redonda: Barcelona, 2005) donde en traducción de Javier Marías, el autor de Under Western Eyes nos acerca, con toda la fuerza de una envolvente prosa, su voz fuerte y compasiva, vibrante de simpatía por aquellos barcos, balandros y bergantines, y por los hombres que los amaban como a casa en fuga bajo las estrellas: "Ningún marino ha querido nunca a un barco, aún cuando le perteneciera, meramente por las ganancias que le llevara al bolsillo. No creo que ninguno lo haya hecho jamás; pues ni los mejores navieros han llegado nunca a participar de ese sentimiento que une, en términos de igualdad, al hombre y al barco, en un espíritu de íntima camaradería, y que hace que se apoyen el uno en el otro contra la implacable, aunque a veces solapada, hostilidad de su mundo de agua. El mar -ésta es una verdad que debe reconocerse- carece de toda generosidad".

Aquel huérfano polaco que dejó la tierra a los 16 años huyendo de recuerdos terribles, tras una veintena de años se despidió del mar para dedicarse a la escritura -cuyo jeroglífico en el antiguo Egipto era idéntico al de viaje- y respondiendo a un llamado interior, abandonó sus primeras lenguas (polaco y francés) para conformar con su espíritu un estilo inusitado y magnífico en lengua inglesa. La "insondable crueldad" del piélago y del Atlántico resultó luego en sus obras el espejo del siglo XX, así como el "jardín de las infancia de nuestros antepasados navegantes", el Mediterráneo de gloriosas aventuras odiseicas, había sido la "venerable (y a veces espantosamente malhumorada nodriza)" cuando su amor por el mar era aún ciego y respondiendo por el nombre de Jósef Teodor Konrad daba su primeros "pasos" por "La cuna del arte" dentro de un "álamo temblón" llamado Tremolino. "¿Cómo habría de traducirse? ¿El Temblón? ¡Vaya nombre para ponérselo a la embarcación pequeña más animosa que jamás haya sumergido los costados en la embravecida espuma!"

Hijo de patriotas polacos de Ucrania, que murieron a causa de los rigores del exilio en Rusia a que fueron sometidos, la formación de Conrad es ajena a cualquier noción del llamado Eslavismo: decididamente occidental y cristiana. A los 7 quedó huérfano de madre y a los 12 de padre, pero desde pequeño bebía la solidaridad y la dignidad que ellos encarnaban y se iniciaba en los grandes escritores (Cervantes, Hugo). Quizá el mandato que lo llevó al mar fue el mismo que luego lo hizo instalarse a escribir en tierra habiendo matizado su percepción del corazón de la tiniebla, que tantos estragos hace en las almas y por ende en la historia, con la de la intuición suprema de la Fidelidad y la Piedad; las ideas clave de su vida y obra cuyo fundamento entrevió en alta mar en momentos privilegiados: "La paz de aquella mañana hechizante era tan profunda, tan imperturbable, que parecía como si cada palabra pronunciada en voz alta en nuestra cubierta penetrara hasta el mismísimo corazón de aquel misterio infinito nacido de la conjunción de agua y cielo". ¿El corazón de la luz?

Mucho de lo más revelador del maríntimo conradiano se encuentra en A Personal Record (1912). Traduzco fragmentos que celebran la palabra a la que quizá debamos que no haya echado al mar el manuscrito inconcluso de su primera novela, Almayers' Folly. La pronunció en un barco su primer lector, un tal Torrens, cuando Conrad le preguntó si valdría la pena terminarla. “¿Y qué es una novela sino la convicción de la existencia de nuestros semejantes, suficientemente fuerte como para hacerse cargo de una forma de vida imaginada más clara que la realidad y cuya acumulada verosimilitud de episodios selectos humillan la soberbia de la historia documentada? ... El propósito que infundió en mí su simple y final `Distinctly' permaneció dormido, pero vivo, en espera de su oportunidad. Me atrevo a decir que me siento compelido ... Las hojas deben seguirse una a otra como las leguas se seguían en los días ya idos, sin cesar hasta el fin señalado, que siendo la Verdad misma, es Uno -uno y para todos...''.

JUANA ROSA PITA

El Nuevo Herald, 12 de agosto de 2007