martes, septiembre 25, 2007

Presentación a la Prensa de Veneno y sombra y adiós


"España es una sociedad con pocos escrúpulos y moral muy laxa"

Javier Marías ha concluido tras ocho años su obra más ambiciosa, Tu rostro mañana (Alfaguara), un proyecto inusual tanto por número de páginas -entre las tres entregas que componen la novela suman 1.600- como por la amplitud de los temas tratados, desde las relaciones de pareja a la huella que uno deja, desde las cloacas del Estado a la violencia y la traición.

La primera parte de Tu rostro mañana, subtitulada Fiebre y lanza, apareció en el 2002. Marías explicó entonces que la obra se completaría con otra entrega. Quedó corto. Las vivencias del protagonista, Jacobo o Jaime o Jacques Deza, con la inteligencia británica -en la que trabaja gracias a su capacidad para saber de lo que la gente es capaz, de ver su rostro futuro-, pero también con su ex mujer y con su padre, muy parecido al del propio Marías, y con un viejo profesor de Oxford -un trasunto del profesor Peter Russell, que trabajó para el espionaje inglés-, dieron lugar a Baile y sueño en el 2004 y, desde ayer, a una tercera y última parte, Veneno y sombra y adiós, todo un monumento de 700 páginas.

- Tu rostro mañana ha crecido bastante más de lo que pensaba. ¿Le ha dado una sorpresa o excepto el metraje estaba todo calculado?

- Nunca tengo la totalidad de las historias de mi novela pensadas y apenas tomo unas notas a lo largo del proceso. Cuando empecé a escribir la obra sabía que sería larga pero no tanto. Pero ya el propio Quijote iba a ser una novela corta, sólo los seis primeros capítulos... Eso sí, de haber sabido que mi novela iba a ser tan larga, no la habría abordado, me habría parecido desmedida para mis fuerzas.

- ¿Cómo ve ahora todo ese trabajo?

- Aunque no estaba en mi ánimo, la novela aspira a hablar de todo, entre comillas. De cómo somos y nos comportamos, de la vejez, del olvido, la memoria, del tiempo de guerra, del tiempo de paz, de cómo se viven las cosas en un tiempo y en el otro, y cómo un tiempo juzga al otro, del miedo, de la violencia, de la conveniencia de contar o no las cosas, de que perduren o se disuelvan, del amor, de lo que el Estado hace bajo cuerda, de cómo seremos mañana, de hasta qué punto podemos conocer a las personas más importantes y cercanas y hasta qué punto podemos conocernos a nosotros mismos también, de que no se puede dar nada por descontado. Y sobre nuestro tiempo: hay pocas novelas que hablen de él. Hay novelas históricas, esotéricas y otras que se llaman de ahora porque hablan de los after, pero es costumbrismo puro como el de los 50.

- ¿Tu rostro mañana es una novela sobre el conocimiento y el autoconocimiento?

- Sobre todo sobre el conocimiento de las personas... y la imposibilidad de conocerlas. Del autoconocimiento no tanto, porque como se dice en el libro no tiene mucho interés o es una pérdida de tiempo. A quien más nos interesa conocer es a nuestros seres queridos. Hay gente que se ausculta constantemente, pero sobre nosotros sabemos lo bastante... y por otro lado nunca podremos saberlo todo, estar seguros de que no haremos tal cosa o, y es otro de los temas, de que algo que involuntariamente decimos no desencadene cosas muy dañinas. Hablamos y hablamos. Y las palabras desencadenan a veces cosas inimaginables. Y a veces perfectamente imaginables.

- En la obra sugiere que todos podemos ver muchas cosas, pero no queremos mirar.

- Como con el Estado democrático, que si hace algo muy malo preferimos no saber. O con amigos con los que cuando te pasa algo bueno no se alegran lo suficiente, pequeñas deslealtades que prefieres ignorar... De hecho, en la novela sólo un personaje no comete una traición, el padre del narrador.

- Un trasunto de su padre, Julián Marías.

- A él le traicionó su mejor amigo al final de la Guerra Civil, y se salvó del paredón por azar. Ese asunto me ha interesado siempre, está en mi vida y me ha hecho reflexionar mucho sobre los motivos y el carácter de la traición. Y sobre cómo ver su rostro mañana.

- Uno de sus personajes, Tupra, denuncia la actitud infantil de nuestra sociedad hacia la muerte. ¿Qué piensa usted?

- Tupra tiene algunas ideas que han surgido al hablar con mi amigo Arturo Pérez-Reverte, que ha conocido guerras. Hoy la sociedad es un poco cobarde, exagera un poco. La vida humana es sagrada, pero en épocas menos ñoñas no se hacía tal drama, se contaba con que la gente podía morir, y no siempre por fallos. Estamos intentando abolir el azar, como si fuéramos perfectos. Lo que se sale del discurrir de las cosas se vive como una grandísima tragedia. Que lo puede ser a nivel personal, pero no lo es en sí mismo, como lo pasado con la muerte de ese joven futbolista. Pero parece que la única manera de soportar a los muertos es convertirlos en espectáculo.

- El narrador ve España como "un país envilecido hasta la médula". ¿Lo cree así?

- Es exagerado, pero algo hay. Se ha convertido en una sociedad de nuevos ricos con pocos escrúpulos y una moral muy laxa. Por no hablar del grado de ignorancia y, sobre todo, de satisfacción con esa ignorancia, y eso sí es más nuevo. Estoy bastante a disgusto en mi país y mi época. Y hay otra cosa que no es nueva que la riqueza no ha eliminado: es un país con mucha saña, mucha mala leche, con mucha gente dedicada a joder por joder.

- En la tercera entrega muere el trasunto de su padre, tal como le ocurrió a usted mientras la escribía. ¿Le costó narrarlo?

- Mi padre murió mientras escribía. Si no, no sé si me habría atrevido a que muriera en la novela. Me costó escribirlo y me consoló también. Fue como mantenerlo vivo en la ficción. Al terminar el libro tuve una sensación de pérdida, de que ahora sí que había muerto del todo y ya no podía hablar más con él.

JUSTO BARRANCO

La Vanguardia, 25 de septiembre de 2007

(Foto: EFE/Bernardo Rodríguez)




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