Tu rostro mañana
Aunque con la publicación de Veneno y sombra y adiós, tercer y último volumen de la obra, ya sea posible ahora disfrutar de una lectura continuada de Tu rostro mañana de Javier Marías, con las nuevas perspectivas críticas y de análisis que ello supone, no ha sido en realidad necesaria la espera para sentenciar. Desde que en 2002 apareciera el primer volumen, Fiebre y lanza, estaba claro que nos hallábamos no sólo ante la mejor novela de Marías hasta la fecha, la más honda, compleja y estéticamente madura, sino muy probablemente ante una de las mejores novelas en español en muchos años. Desde el punto de vista puramente narrativo, no cabe duda de que Veneno y sombra y adiós es el más logrado de los tres volúmenes, el más entretenido de leer y el que más “engancha” al lector, superando las cotas de suspense alcanzadas en los dos anteriores, a los que ilumina y da nuevo sentido. Con él, Marías remata brillantemente esta peculiar novela de espías, logrando anudar todos los cabos sueltos de la intriga de forma tan convincente como a veces inesperada: prácticamente no hay detalle que no quede explicado a entera satisfacción del lector, o anclado sólidamente en la trama principal, que sigue las vicisitudes del narrador, Jaime (o Jacobo, o Jacques) Deza, al servicio de una oscura dependencia del MI6 británico. El autor consigue incluso darles nuevo sentido a episodios que podían parecer “menores” en la historia, si no ya cerrados del todo, como el del cantante Dick Dearlove, y que sin embargo acaban por cobrar todo su sentido en este tercer tomo, y por consiguiente en la historia en su conjunto.
Conviene matizar, de todos modos, la proclamada “superioridad” de este tercer tomo, ahora que es posible una lectura de corrido de la novela que acaso altere la percepción de la misma y sus distintas partes. Hasta hoy, por ejemplo, podía parecer que la segunda entrega, Baile y sueño, dominada por la brillante y larga escena de la discoteca, en la que Marías consigue literalmente detener el tiempo, así como por la honda reflexión sobre la violencia como experiencia física y moral (y que resulta en algunas de las páginas más líricas y estremecedoras jamás escritas por el autor), frenaba un tanto el desarrollo de la intriga tan bien planteada y dosificada en el primer tomo; ahora, por el contrario, es más que probable que se perciba como la piedra de clave que sostiene toda la novela.
Y es que las consideraciones sobre la violencia que formaban el meollo de Baile y sueño se amplían en este Veneno y sombra y adiós de forma inquietante para el lector, que no puede evitar verse reflejado en las andanzas y pensamientos de Deza. Marías logra darle una nueva vuelta de tuerca a la historia del misterioso departamento de los servicios secretos británicos dedicado a la interpretación de vidas futuras, y el “rostro mañana” del título no sólo acaba por ser el del narrador, sino por extensión, el de todos los hombres. Esta tercera entrega contiene una lúcida reflexión sobre el proceso de “inoculación” del veneno que suponen el deseo de violencia, el de infundir pavor en el prójimo, así como acerca del papel que tiene la imagen en la propagación de esta infección. Así, resulta que no es lo peor que no seamos capaces de “ver” claramente a los que nos rodean (no todo el mundo puede tener el don –o la maldición– de Deza y sus colegas), sino el no saber hasta dónde podemos llegar nosotros mismos en un momento dado y, sobre todo, qué pasará después, cómo podremos vivir con el conocimiento de quiénes somos o podemos llegar a ser en verdad. Pero lo verdaderamente admirable, por encima de la hondura y rigor ético del pensamiento literario de Marías, es cómo consigue éste, pese a la complejidad de lo tratado, que su arte narrativo no se vea lastrado nunca por la reflexión que recorre la novela.
En Tu rostro mañana, y más particularmente en esta entrega final (sin duda por su mayor extensión), se aprecia con nitidez la evolución de los recursos estilísticos del escritor: Marías ha modificado el empleo de su famoso y muy imitado método de pautar el texto con “ecos” o ritornelli (por emplear un término suyo), de tal manera que el efecto obtenido es ahora sutilmente distinto. Otro tanto cabe decir del recurso, también muy del autor, a las citas literarias (propias o ajenas) como comentarios o ilustraciones de lo vivido o pensado por el protagonista. En Veneno y sombra y adiós, ambos expedientes han adquirido, si no más madurez, en todo caso sí mayor eficacia narrativa: ecos y citas sirven ahora también, integrados en la narración, para hacerla avanzar. Lejos de ser una pedantería gratuita, la presencia de las citas resulta de algún modo consustancial o inherente a lo relatado.
Por su construcción y forma de narrar, Tu rostro mañana, en la estela de obras anteriores de Marías, supone una decisiva aportación a la renovación del género novelístico. Sin embargo, da la impresión de que la crítica ha obviado hasta ahora toda reflexión al respecto, limitándose a ponerle a Veneno y sombra y adiós el sambenito de “autoficción” o “metaficción”, términos del todo carentes de sentido. Si con ello se pretende decir que la novela es de algún modo autobiográfica, o con mayor precisión, que está basada en las vivencias del autor, o que en ella aparecen personajes “reales”, no deja de ser una tremenda tautología. ¿Qué novela no es entonces una autoficción? En todo caso, lejos del ombliguismo que parece caracterizar a la mayoría de las novelas que se publican ahora en España, Veneno y sombra y adiós no se circunscribe a la prolija relación de las circunstancias y divagaciones del autor de turno, sino que alcanza, como toda la gran literatura, resonancia universal.
La calidad de la prosa de Marías no resulta a estas alturas ningún descubrimiento, y en Veneno y sombra y adiós raya a tanta altura, si no más, como en las dos primeras entregas. Son tantos los pasajes deslumbrantes que resulta difícil destacar alguno en particular, pero sería injusto no citar, por distintos motivos, la hilarante escena del recital de hip hop que De la Garza le brinda al profesor Rico (Marías, cosa que no suele señalarse, tiene un gran sentido del humor y sabe usarlo), la visita del narrador al Museo del Prado y sus reflexiones ante una serie de lienzos ahí expuestos, o el recorrido por el Madrid de los Austrias tras los pasos de Deza, quien a su vez sigue, como si fuera su sombra, a un temible rival. Estas dos últimas escenas, lejos de ser meras digresiones (y en Marías, en todo caso, la narración es función de la digresión), están perfectamente enclavadas en la trama, y funcionan, a escala distinta, como los famosos “ecos” ya discutidos.
En Veneno y sombra y adiós, Marías se ha permitido introducir en la historia nuevos personajes, y de muy afortunada composición. Así, el diplomático Garralde resulta un inefable y eficaz contrapunto al siempre estupendo De la Garza, pero el que resulta de todo punto entrañable y está magníficamente esbozado es el torero amigo de Deza, el maestro Miquelín (y qué bien visto y contado, por cierto, lo de las episódicas “amistades madrileñas”). De todos modos, los protagonistas de las mejores escenas de este tercer tomo son los personajes “principales” de la novela, en particular, el padre de Deza y sir Peter Wheeler. Están más lúcidos y vivos que nunca en estas páginas, y el lector por fuerza ha de sentir verdadera tristeza por sus muertes, que precipitan en cierto modo el desenlace; sin ellos no existiría en realidad la historia que le permite a Deza ver su rostro de mañana, y también poder seguir adelante. Marías ha tenido el acierto, y el buen gusto narrativo, de dejarles a su protagonista y a la mayoría de los personajes el futuro abierto, por lo menos en la imaginación del lector: es ésta señal inequívoca de una gran historia, estupendamente contada.
Después de vivir más de ocho años con el mundo de Tu rostro mañana, Javier Marías ya ha anunciado que necesita tomarse un tiempo de respiro y alejamiento de la novela: sólo cabe esperar con curiosidad, si no con impaciencia, cuáles serán sus nuevos derroteros literarios.
ANTONIO IRIARTE
Cuadernos hispanoamericanos, n. 691, enero de 2008
[En este mismo número Ana Solanes entrevista a Javier Marías]

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