jueves, marzo 06, 2008

Nuevo libro del Reino de Redonda: VIDA DE ESTE CAPITÁN


VIDA DE ESTE CAPITÁN
ALONSO DE CONTRERAS

Prólogos de Arturo Pérez-Reverte y José Ortega y Gasset

Reino de Redonda, 2008


Este decimoquinto volumen del Reino de Redonda
está dedicado a Sir John Elliot,
Duke of Simancas redondino,
que a tantos nos ha enseñado
a mirar como es debido
este más viejo Reino de España

EL EDITOR

ÍNDICE

Como tiros de arcabuz (Prólogo),
por Arturo Pérez-Reverte

Sin mirar adelante ni atrás (Prólogo),
por José Ortega y Gasset

VIDA DE ESTE CAPITÁN

Libro primero: Del nacimiento, crianza y padres del capitán Alonso de Contreras, caballero del hábito de San Juan,
natural de Madrid

Libro segundo: En que se da cuenta de mi venida a España y peregrinos sucesos que me sucedieron

Cuadro cronológico

APÉNDICES


Como tiros de arcabuz (Prólogo)

Según el diccionario de la Real Academia Española, levente proviene del turco lawandi, levantino, con el significado de guerrero. Era ésa la denominación que en los siglos XVI y XVII se aplicaba a los soldados turcos de marina; y también, debido a la enriquecedora y fascinante ósmosis léxica que caracterizó el Mediterráneo de la época, a los soldados de infantería españoles que, embarcados en las galeras de Nápoles, Sicilia y Malta, practicaban el corso con métodos idénticos a los del enemigo, a medio camino entre la guerra formal y la piratería desprovista de complejos, asolando las costas griega y turca, y las islas del Egeo.

Alonso Guillén Contreras, más conocido como capitán Alonso de Contreras, era uno de aquellos leventes. Él mismo se hace llamar de ese modo, sin disimular un punto de orgullo nostálgico, en las páginas de su espléndida autobiografía. Buena parte de su vida transcurrió en el Mediterráneo, y casi toda sobre las armas. Eso hace que el relato, además de ser un valioso testimonio directo del carácter y la vida de los soldados profesionales de la España de su tiempo, constituya también un documento extraordinario sobre aquel espacio ambiguo e impreciso que fue el Mare Nostrum: frontera móvil de aventura, horror y prosperidad, patio trasero de Oriente y Occidente donde se conocía todo el mundo, recinto interior de potencias ribereñas que allí ajustaron sus cuentas, mezclaron carne, acero, sangres y lenguas, renegando, negociando y al mismo tiempo combatiendo entre sí con la tenacidad memoriosa, mestiza, cruel, de las viejas razas.

El capitán Contreras no es el único soldado español de ese tiempo que puso su vida por escrito. Otros que navegaron y combatieron en aquellas aguas, como Jerónimo de Pasamonte, Diego Duque de Estrada y Miguel de Castro, dejaron memorias que hoy son documentos de un valor extremo; no por su estilo literario, sino por el rigor de sus recuerdos y el lenguaje preciso, especializado. Todos ellos escriben sin pretensiones de que la posteridad los adorne con el laurel de las letras inmortales. Hacia el fin de su vida, de una u otra forma, esos veteranos sienten la necesidad de poner cuanto vivieron por escrito; y se aplican a la tarea, cada uno según su cultura, condición y carácter, con la sobriedad de quien no pretende sino recordar, y que lo recuerden. No se trata de jactanciosos milites gloriosi, chorrilleros de Nápoles, matasietes o bravos de contaduría; cada uno a su manera, todos son honrados narrando. Por eso leerlos resulta una experiencia asombrosa. Suelen ir sin rodeos al grano, describen acciones, combates, temporales, lances de mujeres, peripecias cortesanas, duelos, abordajes, venturas y desventuras con la naturalidad de quienes durante largos años encararon todo eso como gajes de un oficio, la milicia, que a cambio de riesgos y sangre vertida, propia y ajena, les permitió dejar atrás una oscura y triste España asfixiada por reyes, nobles y curas, y probar suerte en mares azules, bajo cielos luminosos, jugándose la piel sobre el tapete de la Fortuna con la esperanza de medrar, de ascender en la escala social, de conseguir botines y respeto; haciendo suyo lo que Miguel de Cervantes -que también fue soldado y navegó el mismo mar- pone en boca de don Quijote cuando éste explica al ama la diferencia entre los cortesanos que "sin salir de sus aposentos ni de los umbrales de la corte se pasean por todo el mundo mirando un mapa, sin costarles blanca ni padecer calor ni frío, hambre ni sed" y los caballeros audaces que, expuestos "al sol, al frío, al aire, a las inclemencias del cielo, de noche y de día, de a pie y a caballo, medimos toda la tierra con nuestros mismos pies, y no solamente conocemos los enemigos pintados, sino en su mismo ser, y en todo trance y en toda ocasión los acometemos".

[...]

ARTURO PÉREZ-REVERTE


Sin mirar adelante ni atrás (Prólogo)

[...]

Al leer las memorias de Contreras, lo primero con que tropezamos es con su inverosimilitud. No conviene resbalar sobre esta impresión porque es esencial. Se trata, precisamente, de una narración sobremanera inverosímil, a la cual acontece la gracia de ser la pura verdad. Cuanto en ella es, por su naturaleza, susceptible de comprobación, ha sido confirmado por otros documentos y datos. Hasta el punto de que lo más increíble de estas memorias es la memoria del memorialista, porque escritas en once días, alojado en una posada romana, probablemente sin viejos papeles a mano, resumen treinta y tres años de una vida arriscada y en puro zigzag, sin que uno solo de los nombres de personajes que cita como ocupando este o el otro cargo, resulte trabucado, ni una sola de las innumerables localidades que sesga en sus viajes esté fuera de lugar. Más aún: la única cosa de que Contreras se jacta es de que, no siendo hombre de estudios ni marino de educación, logra redactar un minucioso Derrotero del Mediterráneo. Da a entender que considera su obra como perdida, porque el Príncipe Filiberto de Saboya, que oyó hablar de ella, se la había pedido. Pues aun esta hazaña, de tipo más mental que las realizadas de sólito por él, es rigurosamente auténtica, tanto que el manuscrito de su Derrotero yace tranquilamente a estas horas en la Biblioteca Nacional de Madrid.

Más cuenta, pues, que hacer remilgos nos trae poner, desde luego, proa hacia lo estupendo. Con ello obtendremos un beneficio nada desdeñable: habremos dilatado largamente y de un golpe nuestro horizonte de humanidad. Porque al tragarnos la inverosimilitud de esta vida no tenemos más remedio que digerirla, y ello nos obliga a aclararnos cómo es posible una forma de ser hombre tan distinta de la que nosotros ejercitamos. La existencia de Alonso de Contreras nos presenta un ejemplo superlativo y químicamente puro del hombre aventurero. Hoy son los pueblos, las colectividades nacionales, los Estados quienes practican en grande y a todo meter la aventura, dándose la circunstancia tragicómica de que en lo interior de la inmensa turbulencia la vida de cada individuo transcurre más metodizada y reglamentada que nunca.

[...]

JOSÉ ORTEGA Y GASSET