domingo, mayo 11, 2008

LA ZONA FANTASMA. 11 de mayo de 2008. No esperen por las mujeres

Con motivo de mi reciente toma de posesión de una plaza en la Real Academia Española –lo de toma de posesión suena un poco bélico, pero es así como se llama la cosa–, algunos periodistas me han preguntado por el Diccionario, por el estado de nuestra lengua en España, por la marabunta de anglicismos innecesarios que padecemos, por la responsabilidad de los medios de comunicación en el deterioro general y demás. Como quiera que aún no he asistido a ninguna sesión de la casi trisecular institución que ha tenido a bien acogerme, y por tanto ignoro su funcionamiento, puede que esté equivocado en las observaciones que haré a continuación, pero así es como yo veo hoy estas cuestiones sobre las que se me ha inquirido en estos días:

a) Buena parte de la sociedad española está muy confundida respecto a las atribuciones y competencias de la RAE. Ésta no impone nada, sobre todo porque no está capacitada para hacerlo y porque además a la lengua no se le ponen rejas ni barreras nunca. La gente habla y escribe como quiere –faltaría más–, lo cual no obsta, sin embargo, para que otros opinen que tal o cual persona habla como un perro o escribe con los pies. Por un lado, la RAE recoge, registra y refleja lo que los hablantes sancionan mayoritariamente; y, por otro, aconseja, sugiere, orienta e intenta poner cierto orden para que sigan existiendo unas convenciones mínimas –un pacto entre los hablantes– que nos permitan entendernos. Eso es (más o menos) todo.

b) Por eso es absurdo, además de dictatorial, que diferentes grupos –sean feministas, regionales o étnicos– pretendan, o incluso exijan, que la RAE incorpore tal o cual palabra de su gusto, suprima del Diccionario aquella otra de su desagrado, o “consagre” el uso de cualquier disparate o burrada que les sean gratos a dichos grupos. La Academia no puede borrar el vocablo “judiada”, por ejemplo, por mucho que su origen nos resulte antipático o condenable. Se puede intentar desterrarlo del uso actual, podemos procurar evitarlo por sus connotaciones evidentes, pero no somos nadie, ni siquiera la RAE, para quitarle a nuestra lengua un término que, nos guste o no, ha existido y es historia y se encuentra en textos clásicos. Suprimirlo sin más supondría, entre otras cosas, hacerles una faena a los traductores del español a otros idiomas. Imaginen que los diccionarios de inglés, por melindre y diplomacia estúpida, hubieran borrado “Spanish pox”: no habríamos tenido manera de saber que la adecuada traducción de eso es “sífilis”, o, si se prefiere, “mal francés” (todas las lenguas echan la culpa de las lacras a los extranjeros).

c) Los anglicismos superfluos son hoy una verdadera amenaza para cualquier idioma. No así los necesarios. Si el español carece de equivalente o palabra para algo existente en otra lengua, o sencillamente nuevo, no sólo no hay inconveniente en adoptar –y quizá adaptar– el término, sino que es lo recomendable. Un buen ejemplo es el verbo “zapear”, que todos utilizamos ya con absoluta naturalidad, pero que proviene directísimamente del neologismo inglés “to zap”. Lo que echa a perder una lengua es, en cambio, que los españoles –como ya he oído más de una vez– empiecen a decir “vamos a esperar por ellos”, en un ridículo calco de “to wait for them”, que es la forma inglesa de decir “esperarlos”. O que se suelten “implementar”, “esponsorizar” o “monitorear”, que son producto a medias de la pomposidad y la ignorancia. O construcciones como “Anoche, en la calle Bailén, fue disparado un hombre”, calco grotesco de “a man was shot” y que propiamente significa que a un hombre se lo metió en un cañón –esperemos que de circo– y se lo disparó desde él como si fuera una bala.

d) Pero no se trata sólo de los anglicismos. En textos recientes (traducidos o escritos originalmente en castellano) he leído cosas como “izó los ojos” (como si fueran banderas), o “se le llenó la cara de sonrisas” (como si a la persona en cuestión le hubieran brotado unas cuantas en la frente, la nariz, el mentón y las mejillas). Hace unas semanas oí decir a una ministra que “asumía” su cargo “en primera persona”, uniéndose así al latiguillo periodístico, cada vez más extendido, según el cual la gente vive una experiencia, un susto o lo que sea “en primera persona”, como si fuera posible hacerlo en segunda o en tercera. La expresión “en primera persona” sólo cabe para relatar, por ejemplo una novela. Las cosas se viven a secas, o a lo sumo “personalmente” o “en persona”. Lo de “en primera” está de sobra, y además es una horterada sin paliativos.

e) No insistiré hoy sobre las pretensiones de acabar con el “lenguaje sexista”. La antigua acepción de “mujer pública” no puede suprimirse del Diccionario por lo mismo que no se puede borrar “judiada”. Ni la palabra “coñazo”, compensada, de hecho, por la expresión “de coña”, ya que ambas comparten etimología, para mal en un caso y para bien en el otro. En cuanto a “cancillera”, “bedela”, “ujiera” y otras aes innecesarias, ya que la terminación en “-er” o en “-el” rara vez indica género masculino ni femenino, a este paso se acabará exigiendo que no se diga “mujer”, sino “mujera”. Ustedes verán, señoras. Y señores.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal
, 11 de mayo de 2008