miércoles, junio 11, 2008

Tu rostro mañana. Nuevas reseñas


Tratar con hombres

En El espejo del mar (1906), un Joseph Conrad de sintaxis serpenteante y densa transparencia expositiva dejaba escrito un apunte que bien valdría como germen de la glosa monumental -más de mil seiscientas páginas- que configuran los tres volúmenes de Tu rostro mañana (2002-2007), la mejor novela para inaugurar las letras castellanas del siglo XXI. Decía: «para que los términos de la relación de un barco sean de fructífera asociación lo que interesa saber no es lo que ese barco dejará de hacer; lo que más bien se debería tener es un conocimiento preciso de lo que estará dispuesto a hacer por uno cuando se le pida que muestre lo que guarda en sí por un movimiento de simpatía». No es ocioso imaginar el influjo de la prosa conradiana en el estilo de Javier Marías (Madrid, 1951), ya conocido y expresado con mejor tino por otros no menos conradianos como Juan Benet, pero debe considerarse el alcance de la potencia del escritor polaco en el madrileño si se tiene en cuenta que el entonces joven Marías fue el traductor de los recuerdos e impresiones biográficas que sirvieron a Conrad de respiro durante la redacción de ese otro monumento que es Nostromo. «Un conocimiento preciso de lo que estará dispuesto a hacer por uno cuando se le pida que muestre lo que guarda en sí...», escribe Conrad; Marías, alterando el aviso y encaminándolo hacia el lugar que ocupa en el mundo, persigue algo más completo, puesto que en la historia que ha venido narrando Jacobo Deza en la novela tripartita se pretende dar respuesta a lo que somos y a lo que podemos llegar a ser, en un retrato actualizado del adagio socrático y antes délfico del gnôthi sautón. No ya «conócete a ti mismo», sino conoce a los demás, más de lo que se conocen ellos mismos: saberse en profundidad supone vislumbrar a modo de prolepsis lo que podrá ser uno en el futuro, cuáles podrán ser sus actos y pensamientos, y si puede adelantar ese conocimiento a la sabiduría que otorga la experiencia (siempre asumida con posterioridad a los acontecimientos).

Los jefes de Jaime, Jacques o Jacobo Deza -con Tupra a la cabeza-, etéreos aunque omnipresentes en los más insignificantes actos cotidianos, saben tan bien como San Agustín que «en el interior del hombre habita la verdad». Y lo que sin duda entienden es que el conocimiento de esa verdad otorga poder, capacidad de lidiar con ventaja en los aspectos más insospechados de la existencia. Aquí sí merece la pena saber lo que alguien dejará de hacer, lo que estará dispuesto a hacer, no tanto por la simpatía de la que hablaba Conrad cuanto por intereses ajenos a cualquier forma de samaritanismo. El lector acaba entonces por conocer parte sustancial de los intereses envenenados, envenenados porque se conocen, porque se narran, porque se explicitan... La novela entronca así con perspectivas insospechadas de la trama: Deza necesitará hacer uso de los procedimientos que su moral trata de no juzgar cuando sepa que el ruin Custardoy interviene en la vida de Luisa, la mujer del narrador, quien todavía sigue con su vida en Madrid. Hasta allí se desplaza Jacobo, haciendo de los lugares más frecuentados en el día a día por el propio Marías una geografía propicia al cierre de la historia. El momento en que Jacques diga el adiós definitivo a su desapasionada tarea como escrutador de voluntades insospechadas, las que todo rostro y sus tropismos dejan expuestas sin remedio al alcance de cualquiera que sepa leerlas, esto es, interpretarlas. El respeto por el desenlace del argumento obliga a dejar aquí al trío de personajes, al que debe añadirse un encuentro definitivo -para bien o para mal- entre Jacques y la joven colega Pérez Nuix, y una no menos definitiva solución al enigma sanguinolento que se arrastraba desde volúmenes precedentes.

Concluida la novela, puede ya afirmarse que Javier Marías se ha convertido en el escritor contemporáneo que con mayor solvencia utiliza el flujo de pensamiento. Los personajes que cuentan en sus novelas pertenecen a esa extraña estirpe en la que la locuacidad ensimismada se funde con la inteligencia más despierta. Los tres volúmenes de Tu rostro mañana son la mejor muestra del dominio narrativo y de los dominios personales del escritor. Dispuesta en forma de tríptico -Veneno y sombra y adiós-, la novela continúa las peripecias de Jacobo Deza, un «intérprete de vidas» reclutado por los Servicios secretos británicos, en estos tiempos ya reconvertidos casi en empresa detectivesca. La novela en marcha deviene espejo de un sustancial cambio en el mundo tras los atentados del 11-S de 2001. Transcurrido ese tiempo, la voz narradora ya no puede ser la misma, así como tampoco lo es la propia experiencia del escritor, tan cercano al universo de Deza: el mundo se ha vuelto «más melindroso», y algunos seres queridos ya no están entre los vivos (Julián Marías, Peter Russell Wheeler). La evidencia de estar asistiendo a un tiempo de decadencia globalizada convierte la escritura en una obligación moral para el propio Marías. Más que nunca, en este último volumen de Tu rostro mañana se aprecia la intromisión de la vida civil en la artística, aunque el resultado está muy lejos de convertirse en manifiesto. Eso sí, se ofrece una abismada reflexión sobre la contemporaneidad; aún más, se trata de un esfuerzo narrativo que persigue una perspectiva global sobre asuntos mayúsculos como la Muerte, el Dolor, el Miedo, la Amistad, la Educación, el Estado, el Mal, la Venganza o el Lenguaje, con alguna puya suelta, el humor de siempre y un-quedarse-a-gusto muy saludable.

Veneno y sombra y adiós consigue arrojar un poco de luz a todo cuanto debería concernir al lector, tan afanado por insignificancias y ajeno a los intereses principales en la existencia (sobrevivir, sin ir más lejos). Si es cierto que cada cual asiste a su relato -se es protagonista directo de lo vivido-, lo es también el que uno sólo vea lo que desea ver, en un autoengaño permanente que encenaga cualquier acto cotidiano. Como reactivo a esa progresiva tendencia generalizada, cabe hablar también del esfuerzo de Marías por socorrer con su prosa en la conquista de la vida, bajo la idea valerosa de acabar siendo el que se es de veras, y no una sombra que muestra con orgullo su ignorancia («satisfechos insipientes», les llama una de las almas tutelares de la novela). El análisis pormenorizado de cuanto acontece en la mente de los personajes, sustentado por bifurcaciones y acumulaciones disyuntivas, es la estrategia que pone en funcionamiento el escritor para reflexionar sobre el Tiempo, deteniéndolo sin nostalgias, porque suspender el Tiempo es hablar de él con eficacia; y la novela, el arte mejor dotado para hacerlo. Por todo ello, vale decir que Veneno y sombra y adiós es el mejor volumen de Tu rostro mañana, la novela que Javier Marías esperaba escribir en esta vida. Una novela que no trata con barcos sino con hombres; aunque ya se sabe que, a tenor de lo escrito por Conrad, «tratar con hombres es un arte tan bello como tratar con barcos».

ENRIQUE TURPIN

Turia, núm.85-86, marzo-mayo de 2008



Un monumento literario

Con la publicación de Veneno y sombra y adiós, Javier Marías ha completado su gigantesca novela Tu rostro mañana, de la que es el tercer volumen tras los dos anteriores ya dados a conocer, Fiebre y lanza y Baile y sueño. Juan Cruz apuntó, desde la aparición de la primera entrega, que se trataba de un auténtico “monumento literario”, lo que no ha hecho sino confirmarse ahora que la narración entera está a disposición del público lector. Su carácter de obra total, abarcadora del mundo ficcional del autor, viene dado en principio porque se trata de un relato en primera persona del mismo narrador protagonista de Todas las almas -novela de 1988-, de la que es una especie de continuación, aunque ambas se puedan leer con independencia la una de la otra. Además aparecen personajes de Corazón tan blanco, el primer gran éxito de crítica y de lectores de Marías a nivel internacional, y se hace mención explícita a frases de Shakespeare, como esa de Mañana en la piensa en mí, título de otra de sus aclamadas novelas. Y luego está ese estilo digresivo llevado aquí a la más depurada expresión, tan acorde con la particular reflexión sobre la condición humana, que es el más profundo sustrato de su escritura y de los proyectos narrativos que emprende.

Su ambición literaria ha culminado en este texto al que sólo encuentro comparación con el teatro shakesperiano, con Cervantes o con aquel Proust que en su búsqueda del tiempo perdido lo reencontró a través de una literatura en la que la frase larga y laberíntica es tanto opción estética como expresión del propio pensamiento, de su profundidad y de una muy elaborada visión de la vida y del transcurrir de la misma. Esta es también, en alguna medida, la de Javier Marías, que narra las vivencias extraordinarias o cotidianas, de ese personaje, Jaime, o Jacobo, o Yago, o Jacques Deza, un madrileño contemporáneo nuestro que, muchos años después de dar clases en Oxford, vuelve a Inglaterra para formar parte de un “grupo sin nombre”, más o menos perteneciente al Servicio Secreto británico, especializado en interpretar la posible evolución de numerosos hombres y mujeres a partir de su personalidad y de sus rasgos actuales o, lo que es lo mismo, en descifrar cómo serán sus rostros mañana proyectando hacia el futuro los gestos y actitudes de los rostros que son hoy.

Este sugestivo punto de partida se abre en un despliegue verbal minucioso, para que el narrador cuente su peripecia en esa peculiar actividad y de qué manera afecta a su comprensión –y a la nuestra- acerca de las actitudes de las personas, empezando por las suyas propias, y cómo va descubriendo, aun sin quererlo, las posibilidades ocultas en la personalidad de las más variadas gentes. Su horror ante la violencia –“el estilo del mundo”, según la contundente definición del jefe del grupo, el enigmático Bertram Tupra- no le impide usarla en un momento dado, y cuando se le revela el miedo que puede despertar en otra persona siente, por ello, una mezcla de satisfacción y desprecio de sí mimo que le envanece y le repugna a la vez. En esta complejidad de la existencia es en la que se sumerge Marías –a través de Deza, claro, y con ellos los lectores- al percibir que nuestras contradicciones son parte esencial de una realidad que nos obliga a preguntarnos de qué podemos ser capaces ahora y de qué lo seremos en ese futuro ignorado que, sin embargo, podrá determinar en la consideración de los demás, de los otros, lo que habremos sido y cuáles fueron los hechos que terminarán, o terminaron, marcando nuestra vida.

La emoción forma parte igualmente de estas páginas en las que la memoria y los recuerdos de la Guerra Civil española y de la Segunda Guerra Mundial juegan un papel fundamental y son determinantes tanto en la existencia de algunos personajes como en la propia concepción de la novela. Y esta emoción alcanza incluso momentos de una rara intensidad, como cuando, por ejemplo, se evoca la figura de Antonio Machado y de su joven esposa muerta, Leonor, en un contexto y en unas circunstancias trágicamente diferentes, pero enlazadas por esa voz narrativa que explica de qué forma se pueden llegar a relacionar los episodios más aparentemente lejanos de nuestras particulares historias con la historia toda del mundo. Porque, a pesar de que el dilema planteado en el inicio de la obra sea el de hablar o callar, nunca nada se está quieto, tal y como cuenta después Deza. Acompañémosle, sigámosle, en su magnífico relato.

MIGUEL REVUELTA ITURRIETA

Noticias de la UGT, El Rinconcillo, abril-mayo de 2008


Dos presentaciones de Fernando Iwasaki

Enlaces a las presentaciones (documentos en .pdf) que Fernando Iwasaki hizo de las últimas dos novelas de Javier Marías en el Aula de Cultura del diario ABC de Sevilla.

Ambas fueron publicadas en Renacimiento (Sevilla), El Mercurio (Chile), El Comercio (Lima) y Milenio (México)