domingo, junio 22, 2008

LA ZONA FANTASMA. 22 de junio de 2008. Las tres noches fantasmales de Abilene

Quienes hayan visto Deadwood, una de las mejores series recientes de televisión (casi a la altura de Los Soprano, El Ala Oeste de la Casa Blanca y Hermanos de sangre), sabrán cómo, el 2 de agosto de 1876, murió el legendario Wild Bill Hickok, que yace enterrado en esa pequeña ciudad de South Dakota, lo mismo que su acompañante Calamity Jane. Tenía treinta y nueve años, que si hoy parecen pocos, en el Oeste de la época lo convertían, si no en un viejo, sí en un veterano superviviente. Su verdadero nombre era James Butler Hickok, y aunque estuvo del lado de la ley en sitios como Hays y Abilene, también se ganó una reputación considerable como pistolero y tahúr: un hombre de gatillo fácil, o más bien de gatillos, pues, como recordé el domingo pasado, se lo representa siempre con dos pistolas y se dice que era igual de rápido con las dos manos. Aquella tarde, en Deadwood, estaba jugando a las cartas en el saloon de Nuttall and Mann cuando un individuo llamado Jack McCall lo vio, se le acercó por la espalda y le pegó un tiro en la nuca, sin darle oportunidad ni de levantarse de la mesa. McCall adujo que Hickok había matado a su hermano en Abilene, años atrás, pero pronto se descubrió que el asesino no había tenido ningún hermano, lo cual no fue impedimento, extrañamente, para que se lo declarara inocente en el juicio que se celebró allí mismo. Se le hizo justicia algo más tarde, pero esa es otra historia, y me llama más la atención la del fantasma que se vengó de Wild Bill en Abilene.

La he conocido gracias a Nancy Roberts, autora de la que sólo sé que nació en 1924 y que es una de las mayores estudiosas del folklore fantástico americano, y se encuentra en su libro Ghosts of the Wild West. Hickok fue contratado como marshal de esa población de Kansas cuando era un lugar tan salvaje que ya se había llevado por delante a su predecesor, Tom Smith, pese a no haber hecho éste mal trabajo, y nadie quería heredar su puesto. Los vaqueros disparaban a los carteles de “Se prohíbe disparar” y, cuando se intentó erigir una cárcel, la demolieron. Esa clase de sitio. Hickok imponía miedo, con su fama y con su porte, y obtuvo algunos logros que le crearon más enemigos. No menos de ocho se presentaron en Abilene con la sola intención de cargárselo, y a siete de ellos les quitó sus armas antes de que pudieran emplearlas contra él. Pero no al octavo. Una noche salió del saloon The Alamo y estaba ya cerca del Merchant’s Hotel cuando vio a un hombre salir de las sombras y llevarse la mano a su funda. Wild Bill era más rápido que casi todos, así que desenfundó al instante y su rival cayó abatido. Pero antes de morir éste alzó la cabeza y le dijo: “Wild Bill, ya me las pagarás”. Nadie sabía quién era, así que se lo enterró en Boot Hill en una tumba sin nombre.

A la noche siguiente, Hickok hizo el mismo recorrido, y, cerca ya del hotel, vio a otro pistolero salir de las sombras y tuvo la sensación de que aquello ya había ocurrido, porque el hombre se parecía al de la víspera y buscó su revólver con el mismo ademán. La sensación de déjà vu o vécu hizo que Hickok dudara y fuera menos veloz que de costumbre. Así que creyó que esta vez le tocaría caer a él, pero sorprendentemente, a pesar de su lentitud, sólo oyó el estruendo de sus dos armas, y no el de la que lo amenazaba. Y aún le sorprendió más ver que no sólo él seguía en pie contra todo pronóstico, sino también su enemigo. ¿Cómo podía no haberle dado? Entonces la figura empezó a desaparecer por los pies, y luego se deshizo entera como si fuera humo. Hickok fue a beberse un whisky y no se lo contó a nadie.

A la noche siguiente un individuo que se la tenía jurada, el tahúr Phil Coe, se presentó ante el saloon con sus secuaces y abrió fuego en la calle. Hickok salió a ver qué sucedía y Phil Coe lo desafió. “Me he cargado a un perro”, le dijo. “Si ahora quieres mi pistola, ven por ella”, y la desenfundó. Hickok sacó las dos suyas y disparó, alcanzándolo mortalmente en el estómago. Pero en aquel mismo instante vio a una figura surgir de las sombras, la mano sobre el revólver. No se arriesgó a ser lento esta vez y le disparó, seguro de estar ante el mismo hombre por tercera noche consecutiva. En esta ocasión, sin embargo, éste no siguió en pie ni se desvaneció en el aire a continuación, sino que se desplomó. No era su fantasma particular, sino su ayudante y amigo Mike Williams, que acudía en su apoyo.

Cuenta Nancy Roberts que Hickok fue por un párroco para que atendiera al tahúr agonizante, y luego recogió con tristeza el cuerpo de su amigo. Mandó dinero a la madre para que pudiera desplazarse a Abilene, compró un buen ataúd y corrió con los gastos del envío del cadáver a Kansas City, de donde era originario Williams, aquel amigo a través del cual se vengó el pistolero sin nombre que él había matado dos noches atrás y que le había jurado que se las pagaría. Poco después de aquel trágico e inexplicable error, las fuerzas vivas de Abilene le pidieron a Hickok que devolviera la placa y siguiera su camino. Lo que no cuenta Nancy Roberts es lo que se me ocurrió pensar nada más acabar su relato: que acaso aquel fantasma fuera el hermano que nunca tuvo el asesino de Hickok, y que, lo mismo que éste lo vio y le disparó la segunda noche, cerca del Merchant’s Hotel, tal vez Jack McCall también lo llevara viendo su vida entera, desde su infancia en común.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de junio de 2008