COMO LA COMEDIA HUMANA

Empecé a darme cuenta de lo extraordinaria que era Los Soprano cuando comprobé -muy pronto- que casi me entusiasmaban más aquellos capítulos en los que "no pasaba nada", en los que no había acción, ni asesinatos, ni amenazas, ni conspiraciones, ni apenas intriga, y si había alguna discusión era de índole doméstica. Captar la atención del espectador con lo que acabo de enumerar es fácil y está al alcance de cualquiera, pero limitarse a esos recursos lleva aparejada, a la larga, la condena de la obra que echa demasiada mano de ellos: no suele dejar el menor rastro en la memoria, su efecto dura sólo mientras dura la obra y ni un minuto más, al poco el lector o espectador la confunde con otras que tienen parecidos elementos, la borra y la olvida. La propia acumulación se vuelve en su contra.
En Los Soprano hubo un episodio temprano que, por así decir, ahuyentó a los seguidores que esperaran una sucesión de actos violentos y de tramas criminales, de los que la serie no está exenta, desde luego, pero que dosifica cuidadosamente. Y ahuyentó a esos seguidores porque en cierto modo los retrató en el episodio. Algunas amistades de la doctora Melfi, la psiquiatra de Tony Soprano, se sienten intrigadas por el trato de ésta con un conocido gangster e intentan sonsacarla con las preguntas que probablemente haríamos cualquiera en las mismas circunstancias. Por su parte, Tony Soprano se siente tentado a entablar relación con lo que él llama ameriganos -creo recordar que son unos vecinos adinerados-, con los que va a jugar al golf en un par de ocasiones. Pero en seguida se da cuenta de que no tienen por él más que la curiosidad que sienten los amigos de la doctora Melfi, la curiosidad por el fenómeno. Se acuerda entonces de haber él sentido lo mismo, en el colegio, por algún chico anómalo, aunque se me escapa ahora cuál era la anomalía que había hecho creer a ese muchacho que por fin era aceptado. Tony se aparta inmediatamente de los ameriganos que sólo buscan su contacto para después poder contarlo en una reunión social como la de la doctora.
Lo maravilloso y singular de Los Soprano es que, como Tony, rechaza a ese tipo de espectadores. Es como si declarara: "Miren, esto es como La comedia humana de Balzac y nos atañe a todos y todos vamos a salir retratados. Si creen que trata de una especie exótica, la mafia de Nueva Jersey, ya pueden apagar el aparato". Los Soprano viven entre nosotros, aunque no sean exactamente como nosotros, o no en todo. Comen sin parar, pierden el tiempo, ven películas, se emocionan con documentales sobre la Segunda Guerra Mundial, se vuelven locos por la tecnología punta -sólo que la roban, en vez de comprarla-, tienen ambiciones y debilidad por los animales, viajan a París y los asalta el vértigo temporal ante la contemplación del poso de los siglos; temen por sus hijos que estudian carreras y sufren por sus primeros amores, se desconciertan, están insatisfechos, desean participar de "lo artístico" y escriben guiones de cine, juegan al billar, se echan amantes y se aburren, se aburren enormemente. Y es en gran medida por esto último por lo que maquinan y les surgen pasiones y odios, por lo que se provocan unos a otros y acaban matándose a pesar suyo. Por eso no cuesta nada identificarse con una familia de gangsters y quedarse a vivir en su mundo durante siete años y sentir que se nos han hecho cortos.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 5 de octubre de 2008
La caja tonta es más lista

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