En estado de gracia

Me gusta especialmente esta entrevista con Marías porque en ella el escritor se comporta talmente como el personaje de un relato. Y no es que actúe o finja, sino que se está representando a sí mismo. Quiero decir que él es así, incluyendo en este así unas buenas dosis de sentido del humor sobre su propia persona. Marías es un escritor notable y tal vez no pueda evitar el novelarse o escribirse a sí mismo cada día.

 
 
 
 

 

Javier Marías debe de ser un hombre de natural más bien obsesivo y meticuloso, porque, antes de comenzar la entrevista, insiste en dejarlo todo bien atado:

Entonces, ¿empezamos ya? Lo digo porque a veces los fotógrafos prefieren tirar las fotos antes y... ¿Y cómo nos vamos a tratar, de usted? Porque he visto que en las entrevistas siempre usas ese tratamiento y... ¿Que eso es una norma del periódico? ¿Que me pondrás de usted y a mí de tú? Ah, pero eso me parece mal, ¿no quedará raro? ¿Y ahora nos vamos a hablar de tú, o de usted? Qué risa, resultaría divertido...

Quiere tenerlo todo claro, aspiración curiosa en un hombre que, como Javier Marías, parece vivir en medio de una extraña indefinición, en una confusión menor pero inquietante, en la que hasta los objetos parecen contagiados de esa indeterminación que le rodea. Y así, cuando llamé por teléfono no reconocí su voz en el contestador (aunque era él); en su portal había una verja que al principio creí cerrada (aunque estaba abierta); el ascensor no subía cuando apretabas el botón (aunque al final subió); y el timbre de la puerta parecía no sonar (aunque sonaba).

Pero al cabo nos abrió Javier Marías y entramos en la casa, un piso de los años sesenta grande y estupendo, pero también extraño y oscuro porque tienen las persianas echadas y porque todo el espacio disponible, lo que se dice todo, está devorado por un mar de papelotes y de libros. Vamos avanzando por un sombrío pasillo con puertas entreabiertas a los lados que dejan entrever nuevos paroxismos de papelería, en medio de un silencio reverberante y como submarino. Hasta que al fin se acaba el corredor y entramos en una habitación minúscula y también llena de libros, pero ordenada con un primor casi diría yo que vengativo: ése es el cuarto de Javier Marías. Porque Javier vive con su padre, el conocido pensador Julián Marías, o quizá sería mejor decir que ambos viven juntos, como después se encargará Javier Marías de especificar puntillosamente.

Acaba usted de sacar una novela de gran éxito, Corazón tan blanco, y un libro de biografías de escritores, Vidas escritas. El escritor José María Guelbenzu me decía el otro día: "Marías está en ese momento de gracia en el que todo lo que hace cae bien". Se está convirtiendo usted en el escritor de moda de 1992.

Supongo que eso es un poco porque he sacado dos libros juntos y entonces parece que se habla más de ti... Y es casual que hayan aparecido juntos, porque Vidas escritas es una recopilación de veinte artículos que he ido publicando durante casi dos años en la revista Claves, y.. Hombre, sí es cierto que la gente ha recibido bien estos dos libros, pero no tengo mucha sensación de eso de la moda que tú dices, porque como mi trayectoria ha sido como muy paulatina, pues... Cada vez que me veo incluido entre los nuevos narradores me quedo perplejo, porque llevo publicando veintiún años, con diferente resonancia, y no necesariamente creciente; por ejemplo, mi cuarto libro, El siglo, una novela en la que en su día, ahora ya no sé, pero que en su día yo había puesto mucho, sólo tuvo tres críticas y dos de ellas en periódicos de provincias.

Lo que ocurre es que antes tenía usted fama de ser un escritor intelectual, en el peor sentido de la palabra, esto es, un novelista pesado y difícil de leer. Y esa fama ha cambiado.

Sí... Eso del "escritor intelectual" creo que fue una etiqueta un poco falsa, porque quizá por haber empezado muy joven he tenido por lo menos tres etapas distintas, y mi primero y mi segundo libro no tenían nada de difíciles, eran frenéticos, pasaban miles de aventuras... Luego vinieron dos libros que sí, que eran más densos, más difíciles, incluso más experimentalistas... No sé, todo el mundo cambia mucho a lo largo de su vida, y eso se nota en tus novelas, y más si has empezado a escribir muy joven. Tal vez yo hice mucho ejercicio literario, primero de un tipo y luego de otro, y ahora he empezado a escribir de las cosas que también me importan a mí en la vida.

Le diré que su literatura me parecía antes totalmente gélida, artificial y artificiosa, llena de corazas. No me interesaba absolutamente nada. Y, sin embargo, ahora, a partir de Todas las almas, y sobre todo con Corazón tan blanco, me interesa mucho.

No sé, es que cada uno empieza de la manera que empieza, yo tanteé mucho. Al principio, con dieciocho o diecinueve años, la verdad es que no tenía nada que contar, aunque esos libros primeros me siguen divirtiendo... En fin, el caso es que ahora, y desde hace algún tiempo, escribo sobre los mismos temas que me interesan en la vida real, y eso quizá tenga que ver con la manera en que los libros son percibidos.

Supongo que los libros cambian porque uno cambia... A usted siempre le han acusado de ser pedante.

Sí, yo soy algo pedante, sí.

En 1978, cuando publicó su libro más experimentalista, El monarca del tiempo, dijo en una entrevista a El País: "Este libro es una novela en el sentido más extenso, si es que se pueden llamar novelas el Finegans Wake, Don Quijote, Tristram Shandy o la Fenomenología del espíritu". ¿No le parece excesivo eso de compararse con Joyce, Cervantes, Sterne y Hegel?

No, es que ya sabes que en las entrevistas a veces... Creo que esa entrevista a la que te refieres es una que además estaba llena de confusiones, porque fue la que dio origen a un malentendido que luego me ha perseguido durante años, y es esta fama de haber denostado a la novela española.

En efecto, en esta entrevista asegura no haber leído la literatura española.

Eso es. Pues yo recuerdo cómo se produjo esa conversación, y fue un equívoco, salió como una especie de jactancia mía y de menosprecio a la literatura española, cuando en realidad yo lo dije de una manera... Reconociendo una laguna, vamos, un vacío que tendría que llenar. Y lo que sucede es que cuando salió hubo personas que se enfadaron tanto, incluso gentes así como de izquierdas tuvieron una especie de ataque de patrioterismo y empezaron a decir que yo no debería escribir en español. Y ante esa reacción a mí la cosa ya me hizo gracia y empecé a insistir en el asunto a modo de provocación, pero el principio fue un malentendido.

Y ahora, ¿ya ha llenado esa laguna?

Bueno, sí, sí, claro... Pero es que uno no puede leerlo todo, ¿no? Cuando dije eso yo tenía veintisiete años, y bueno, yo no sé tú, pero en fin, yo no lo he leído todo, así como de niño, y por entonces, por una serie de circunstancias, yo conocía más la literatura anglosajona, y la francesa, y... Pero volviendo al principio, a lo que decías de la pedantería, creo que sí, que es verdad, que en aquella época era más pedante que ahora. Y posiblemente también más pedante que antes, cuando era más joven lo era menos...

Es decir, que atravesó usted una época horrorosa.

Pues debo de haber tenido varias, debo de haber tenido varias épocas malas, sí, y nadie me garantiza que no lo sea también ésta...

Riiiiing.

(A lo lejos, al otro extremo de oscuridad y silencio del pasillo, suena el timbre de la puerta, pero Javier Marías ni siquiera pestañea y prosigue impertérritamente su discurso):

Nadie me lo garantiza. Y es que yo creo que la pedantería viene dada en muchos casos por timidez. Esas corazas que tú percibes en un libro pueden estar en tu vida, y yo creo que sí, que uno puede atravesar periodos que...

Riiiiing.

No sé si se ha dado usted cuenta de que están llamando a la puerta -advierto prudentemente.

Sí, pero esto ya no es para mí, ya abrirán, porque yo ya no espero a nadie más.

Vaya, así es que lo tienen ustedes muy organizado todo...

Riiiiing.

Sí, en esta casa estamos muy compartimentados, si suena el teléfono y no es el mío, yo no lo cojo, y si es el mío no me lo coge mi señor padre. Y ahora él debe de estar esperando visitas, creo...

Riiiiing.

Aunque a lo mejor se ha ido, ¿o será algún impaciente?

Riiiiing.

Bueno, si insisten de nuevo, iré yo, a lo mejor a mi padre le ha dado algo en este rato y está caído en el suelo y por eso no abre la puerta, no sé...

Riiiiing.

"Está bien, iré", murmura; se levanta de la silla tan resuelto como el héroe clásico que sabe que va a enfrentarse a su destino y desaparece pasillo adelante, y no se escucha nada, ni un abrir de puertas, ni una voz de saludo, en esta casa de espesísimos silencios. Hasta que al ratito regresa Javier Marías con cara satisfecha: "Todo en orden". Y se sienta, y prosigue:

De modo que uno atraviesa, sí, ciertos periodos de timidez, de inseguridad, y una de las maneras más tópicas en que esta inseguridad se manifiesta es a través de cierta soberbia, de afirmaciones rotundas propias de la juventud.

Hay que explicar aquí que Marías posee un curioso sentido del humor. Todo lo dice en broma o medio en serio, como quien se está observando constantemente desde fuera y se considera, en conjunto, un personaje bastante chistoso. Y desde luego resulta listo y muy gracioso, y tan amable como si estuviera de visita. Es pequeño, y carnoso, y sobre todo imperturbable: me imagino que no se le movería el gesto ni se le alteraría el tono de voz aunque, viera volar un elefante por el pasillo. Pero por debajo de tanta impavidez me parece adivinar a un Marías frenéticamente empeñado en tapar todo tipo de fisuras. Tan sutil y sensible como su Corazón tan blanco.

De muy jovencito, usted empezó a frecuentar a un grupo de escritores (Juan Benet, Hortelano) que le adoptaron a usted como una especie de mascota...

Sí... En esa época yo era aún más tímido todavía, y recuerdo haber estado muy callado durante años, en aquellas reuniones yo fundamentalmente lo que hacía era escuchar y casi tenía que tomar carrerilla para decir algo...

Y, por lo que he oído, se dedicaba usted a deleitarles dando volatines. No tenía ni idea de que fuera buen gimnasta, no le pega nada.

Pues sí, yo había sido un buen gimnasta en el colegio, además fui a un colegio en el que además de correr y tal te enseñaban algunos saltos con nombres tales como la paloma, la ballesta y cosas así. Y también el pino, que yo era capaz de aguantar mucho rato y que creo que sería lo único que hoy sería capaz de hacer.

Pero cuando habla de saltos, ¿se refiere a volatines laterales y cosas así?

No, no, de laterales nada, eso no es más que una pirueta y es facilísimo de hacer... No, eran saltos más complicados, de correr y... de levantarse en... Bueno, son difíciles de explicar. Total, que era bueno en gimnasia, y entonces en aquellos días, cuando yo tenía diecinueve o veinte años, a la salida del pub de Santa Bárbara, que era adonde se iba a las tres de la madrugada, pues no sé cómo se tomó la costumbre de irnos caminando hacia las terrazas del paseo de Recoletos, y entonces allí yo daba volatines sobre el pavimento, que ahora me da pavor de sólo pensarlo. Y yo creo que Hortelano y Benet se interesaron más por mí no porque yo hubiera escrito un libro, sino porque les distraía y daba esos saltos y luego ellos recaudaban un dinero porque la gente que estaba en las mesas empezaron a decir: "Vamos a ver esos volatines", y Juan Benet, sobre todo, y un poco Hortelano, dijeron: "Qué es esto de hacerlo gratis". Y pasaban la mano y recogían unas propinas y luego a mí me daban para que me volviera en taxi.

O sea, que lo explotaban vilmente.

Sí, me explotaban. Se lo embolsaban. O sea, se lo embolsaba Benet, y luego yo llevaba a Hortelano en taxi, y en vez de llevarme él a mí yo le llevaba a él con la parte que me daban.

A sus cuarenta años, Javier Marías ha hecho infinidad de cosas. Ha publicado una decena de libros propios y ha traducido otros tantos, entre ellos el monumental clásico La vida de Tristram Shandy, de Sterne, "que la verdad es que ahora ni yo mismo sé cómo lo hice", por el que ganó el Premio Nacional de Traducción. Además ha dado clases (en España, en Oxford, en Estados Unidos), y escribe regularmente artículos en prensa. Y dice Javier que de chico quiso ser futbolista o artista de circo, pero nunca escritor. Si la escritura se le impuso fue sin duda porque era una actividad que realizaba desde pequeñito. ¿Lee su padre sus novelas?, le pregunto. Y Marías contesta: "¿Mi padre? Pues sí", con ese aire de casualidad y de extrañamiento con el que habla de las cosas, como si en vez de estar refiriéndose a su padre estuviera comentando, sin interés, lo nublado que se está poniendo el cielo.

¿Y le critica sus libros?

Pues muy levemente. En mi casa hay mucho pudor, nadie se mete mucho en la vida de los demás, y yo nunca he tenido mucha confianza para contar cosas ni siquiera con mis hermanos; cuando se casó el mayor, por ejemplo, yo ni sabía que tenía novia... De modo que sí, él lee mis cosas y yo leo las suyas, y... Así como muy sobriamente dice: "Pues ya he acabado esto, no está mal". No sé, muy levemente.

Usted, que es el único de los hermanos que no se ha casado, es algo así como el rebelde de la familia...

Bueno, rebelde, no, menuda rebeldía... Pero sí he sido el que he tenido la vida más desorganizada, una vida menos estable.

Y dígame, ¿no resulta un poco raro que siga viviendo con su padre a los cuarenta años?

Ehhhhhh, supongo que lo puede parecer, lo puede parecer... Pero claro, no es exactamente así. Digamos que, ehhhhhh, yo he vivido en varios sitios diferentes, tres años en Barcelona, y luego en Inglaterra, y unos meses en Boston, y después, durante varios años, he vivido a caballo entre Italia y España. De tal manera que nunca me he sentido muy estable en Madrid. Y supongo que todo esto tiene que ver en parte con cierta voluntad de provisionalidad. Y bueno, mi padre vive aquí desde hace muchos años, la casa es bastante grande como para no interferirnos mutuamente... En el fondo, más que vivir en la casa de mi padre es como compartir la casa con otro varón que resulta ser mi padre, y es un poco como si fuéramos dos viudos o dos solteros, como prefieras. Además, creo que es un privilegio tener cerca a una persona de edad, sobre todo si es una persona con la que uno se lleva más o menos bien y con la que se puede hablar, una persona civilizada, como sin duda mi padre lo es. Y es que la gente de cierta edad es la que mejor conserva la memoria, y a mí algo que me angustia de los tiempos actuales es que nadie se acuerda de nada. En parte eso viene, creo, porque el país acordó no pasar factura tras la muerte de Franco, y eso fue muy útil y estuvo muy bien, sin duda alguna, pero con el tiempo ha creado, me parece, una burbuja excesiva de desmemoria que arrastra hasta lo más reciente.

Hablando de memoria, por cierto, la suya tiene fama de ser portentosa.

Procuro acordarme de las cosas, sí, pero ya he perdido mucha memoria. Antes me acordaba perfectamente de la que había hablado con cada persona, no existía jamás el riesgo de que volviera a contarle dos veces a alguien la misma cosa y, por supuesto, a la hora de mentir no tenía ningún problema, porque recordaba perfectamente lo que había dicho.

¿Miente usted mucho?

No, no mucho, lo normal.

¿Y qué es para usted la normal?

Pues lo normal es... Lo normal es... Más o menos, dos veces a la semana. Me estás haciendo recordar la confesión, que es algo que abandoné hace ya mucho... Bueno, se miente mas por omisión que por otra cosa.

Cuantifica Marías su respuesta sobre la normalidad y hay algo profundamente serio en su contestación humorística, del mismo modo que siempre hay algo humorístico en sus contestaciones serias. Aquí está Javier Marías, amable y cortés. Vestido siempre como debe ser y diciendo siempre lo que debe decir. Y, sin embargo, hay algo en él absolutamente excéntrico, una rareza que le hace mucho más interesante. "Si yo tuviera que escribir sobre mí mismo una de esas biografías que he hecho para el libro Vidas escritas, me temo que tendría que hacer muchas bromas sobre mí", dice él, inteligente como es, intuyendo el agujero. Pero lo más fascinante de Javier Marías, lo que le convierte en todo un personaje, es su empeño en parecer normal hasta la imposibilidad y convencional hasta el aburrimiento, mientras que dentro de él, afortunadamente, bulle lo estrambótico.

Observo en usted varios rasgos de carácter... Uno de ellos es cierta tendencia al fatalismo.

Probablemente... No sé, hay periodos en los que uno se retrae mucho, en los que te dices: "Bueno, tengo tantos líos que casi voy a estarme una temporada sin ver a nadie, me voy a aislar". Pues bien, yo creo que aun aislándote siguen sucediéndote cosas, no estás a salvo. Incluso en esos periodos en los que dices, no quiero nada, ni bueno ni malo, sólo aislarme..., pues no se puede. Porque el mero hecho de hacer algo que es el no hacer también trae sus consecuencias. Lo que a veces angustia es saber que incluso el no hacer tiene consecuencias.

En sus novelas últimas está ese fatalismo, y la sensación de que ahí fuera hay un mundo enemigo.

Yo no creo que el mundo sea enemigo. En la vida hay cosas estupendas, y las consecuencias son buenas, o, por lo menos son buenas momentáneamente. Porque un poco pesimista sí que soy, en fin, pienso que todo termina.

Que todo va a peor.

No, no necesariamente a peor. Es decir, a veces las cosas van a mejor, pero es para ir a peor luego, más tarde todo acaba deteriorándose antes o después. Lo cual no impide afortunadamente que pueda haber momentos buenos.

Y otro de los rasgos a los que me refería es que usted me parece un hombre dubitativo.

Mucho, mucho, enormemente. Aunque más que dubitativo es... Antes me preguntabas que por qué seguía viviendo con mi padre, y yo te contestaba que en parte porque me da una sensación de provisionalidad y, de hecho, aquí tengo las maletas, a la vista, porque no me caben en ningún otro sitio. Yo creo que lo que soy, la palabra más adecuada, es que soy un indeciso. Me gusta la indecisión, y no ver claro lo que va a pasar.

Si uno no decide, siempre es inocente. Si uno no decide, no crece.

No, no, creerme eso ya sería muy ingenuo por mi parte. Porque uno ya se va dando cuenta de que no decidir es también decidir. Quizá hace diez años, quizá entonces sí, funcionaba algo de ese engaño, eso de decirte: "Mientras no tenga un trabajo normal, mientras no decida vivir en esta ciudad, mientras no me case y no tenga familia, sigo siendo una especie de joven...". Ahora ya no puedo pasarme ese engaño ni a mí mismo, y en el fondo me voy dando cuenta de que estoy determinando mi propia vida, y mi propia historia. y de que es así.

 

 
 

La edad de las mujeres

La habitación de Javier Marías, minúscula y llena de libros, posee ese aspecto austero de los cuartos estudiantiles de los años sesenta. Pulcrísimamente ordenada, tan sólo unas cuantas hormas de zapato, amontonadas bajo la librería, acechan como tiburones de madera y mensajeros del peligroso caos. Aquí, en este refugio provisional, ha ido viviendo Marías y envejeciendo, cosa "especialmente molesta" para alguien que, como él, ha sido un joven prodigio:

Aunque creo que a todo el mundo le cuesta mucho acostumbrarse a dejar de ser joven, porque precisamente ser joven es a lo que uno está acostumbrado, esto es una tautología pero es así. Además, contrariamente a lo que suele pensar la gente, que tiende a sobreproteger a los niños y a los jóvenes, yo creo cuanto más mayor uno es, más vulnerable es, hay menos tiempo para rectificar, para enderezar entuertos. Y así, digamos que el disgusto que alguien de edad se lleva es un disgusto mucho más irreversible, y la ofensa que alguien de edad padece es una ofensa más doliente y más grave.

Decía usted antes que vivía con su padre como dos solteros, o dos viudos. ¿Se siente usted viudo alguna vez?

Sí, sí. Alguna vez me siento un poco viudo, en el sentido de la persona que ha tenido una pérdida conyugal.

¿Una o varias?

Varias pérdidas. Demasiadas pérdidas.

Pero piensa seguir probando.

Sí, sí, ¿por qué no? Hay viudos disponibles, y viudos de buen ver, como se decía antes.

De manera que usted ya no es una promesa de la literatura española, sino un viudo de buen ver.

Eso es. Bueno, no sé si exactamente de buen ver, pero por lo menos no demasiado ajado, ni demasiado escéptico.

 

 
 

Rosa Montero

Fotografía: Chema Conesa

(Entrevista aparecida en El País Semanal, 23 de agosto de 1992, y reimpresa en Rosa Montero, Entrevistas, El País-Aguilar, Madrid, 1996, pp. 263-276)