Entrevista

 
 

 

Javier Marías ha tenido la cortesía de aceptar la propuesta de El ojo de la aguja, a propósito de su última novela Corazón tan blanco, y contestar por escrito el cuestionario que le enviamos.

Los lectores más o menos asiduos de Marías, sin duda, reconocerán en sus declaraciones el peculiar tono irónico -ironía a medias entre la broma ácida y el sarcasmo inteligente- que tanto le caracteriza (seguramente, es uno de los pocos que sabría dar una respuesta lógica a la pregunta: "¿Quiénes comen más, las ovejas blancas o las ovejas negras?").

Con la publicación de Corazón tan blanco, Javier Marías (Madrid, 1951) deja tras de sí una trayectoria de más de veinte años de dedicación a la literatura, desde la aparición, en 1971, de su primera novela, Los dominios del lobo (recuperada por Anagrama en 1987, con un prólogo del autor). En esos más de veinte años, Marías ha publicado un total de siete novelas, un libro de relatos y una selección de algunos de sus artículos en prensa y revistas. Ha editado, además, una antología de cuentos, y desarrollado una importante labor como traductor y docente, esto último en España y fuera de España.

La crítica ha recibido Corazón tan blanco con toda suerte de elogios, siendo calificada como un "prodigio de virtuosismo narrativo". Aquí nos habla, entre otras cosas, del contar; de cómo en la ficción se descansa, expresando su deseo de convertirse él mismo en ficción.

 
 

Ahora que han pasado tres años desde la publicación de Todas las almas, y teniendo en cuenta la excelente acogida que tuvo esa novela tuya, ¿qué es lo que te lleva a Corazón tan blanco? ¿cuál es su germen u origen?, ¿ era un proyecto antiguo o posterior a Todas las almas?

Ningún proyecto mío puede ser anterior a su realización, ya que carezco enteramente de visión de futuro. Es más, cuando termino una novela ni siquiera puedo tener la certeza de que vaya a escribir otra. Es de suponer que sí, con el tiempo, pero no hay ninguna seguridad. En todo caso no me fuerzo, ni me preocupa que pase más tiempo del "debido" entre una y otra. Espero, y si no se me ocurre nada, vivo tranquilo. Corazón tan blanco surgió poco a poco, de una o dos ideas, de una o dos imágenes o frases, como me pasa siempre. A partir de ahí trabajo con brújula, no con mapa, como hacen otros escritores que antes de empezar saben casi todo lo que va a ocurrir en el libro. Yo lo voy averiguando a medida que escribo. Recuerdo que en El hombre sentimental no sabía, a falta de pocas páginas, quién iba a morir o si alguien iba a morir. Que allí se matara el banquero Manur me parece hoy necesario, pero recuerdo perfectamente haber ignorado el final hasta llegar a él. En todo caso, supongo que en cualquier libro anterior se quedan ideas flotando, sin desarrollar. En Todas las almas y en el cuento "Mientras ellas duermen" aparecían elementos desarrollados en Corazón tan blanco, como el secreto, la sospecha, el asesinato conyugal y la instigación.

¿Te importaría comentarnos la frase que cierra Corazón tan blanco: "el silencio de la vida adulta, o quizá es masculina"?

Supongo que si me preguntas al respecto es porque la frase es misteriosa. Y si lo es, así debe quedar. Justo antes, sin embargo, como en otras partes de la novela (es un motivo importante en el libro), se ha hablado del tarareo de las mujeres, y se dice claramente, yo creo: es lo único no traducible, no interpretable, en un mundo en que todo tiene su correspondencia y, lamentablemente, su significado: hasta los gestos, hasta lo interjectivo o inarticulado tienen significado. Ese tarareo de las mujeres del que se habla, no. En cierto sentido es lo único inocuo, o, si se prefiere, lo único que salva.

Es fácilmente percibible en tus libros una evolución del personaje femenino, que ha ido cobrando entidad y protagonismo. Pero, incluso en Corazón tan blanco sigue siendo un personaje secundario, visto siempre a través del narrador, y sólo en contadas ocasiones éste le cede la palabra. La mujer, sobre todo y por razones obvias, Luisa, nos es mostrada en tonos suaves, en su faceta positiva en otras palabras. ¿No hay quizás cierta condescendencia por lo que respecta al tratamiento de la mujer en tus libros?

En absoluto, o no más que hacia los personajes masculinos; y en todo caso no emplearía la palabra "condescendencia" para unos ni otros, sino si acaso "comprensión" o incluso "piedad". En mis tres últimas novelas hay un narrador y el narrador es un hombre, por lo que es normal -desde el punto de vista de la verosimilitud para empezar- que su voz se imponga y él dirija la narración. Todo -no sólo los personajes femeninos- está visto a través de él, es una mirada sesgada. En lo que respecta al personaje de Luisa, está más difuminado que el de otras mujeres (Berta, Miriam, tal vez la abuela, aunque sean más secundarios) por dos razones: por un lado, Luisa es la mujer del narrador, alguien demasiado próximo para que el narrador la vea con distanciamiento y, por ejemplo, la describa: es Luisa a secas; por otro, el papel que ella hace en la novela es el mismo que hace en la escena en que se conocen: hace de intérprete, de intermediaria, sobre todo al final. Ella se hace cargo de la conversación imposible, la conversación que el narrador y su padre no pueden tener.

Se habla en la novela del matrimonio como una "institución narrativa", pero ¿por qué una visión tan pesimista del matrimonio? ¿Es el narrador, Juan, un individuo vocacionalmente pasivo, que ve pasar las cosas sin querer intervenir (su matrimonio sería un ejemplo de su actitud apática)?

No estoy seguro de que la visión del matrimonio sea "tan" pesimista. Hay un momento en que Ranz, el padre, dice que incluso cuando queda muy poco en ellos, ese muy poco es algo a lo que por lo general no se quiere renunciar. Juan Benet, en carta privada, me dijo, contrariamente a lo que tú apuntas, que en la novela el matrimonio se aparece como la forma más depurada del amor. Si se dice de él que es una "institución narrativa", y por otra parte se habla del contar como de un regalo, o como de una forma de hacer méritos, entonces no sé. Supongo que cada lector percibe una cosa diferente, y así debe ser. Lo contrario sólo les sucede a las novelas de tesis o sin claroscuros, es decir, a la mala literatura.

Juan no ha querido saber; pero ha sabido. Y tras saber; cuenta lo que ha sabido. ¿Sería el contar una manera de hacer soportable la existencia?

Me resulta muy extraño que hables de "Juan". Ese nombre, el del narrador, se menciona sólo dos veces, y muy al final. Me temo que para mí es el "narrador". Por lo demás, me parece que tu pregunta está ya contestada en la respuesta anterior. Aunque también se dice que contar difumina los hechos, el mero hecho de contarlos los deforma y a veces anula. También se dice que las historias llega un momento en que quieren contarse ellas mismas, para descansar o para hacerse por fin ficticias (cito de memoria). Hay muchas razones por las que contar, también la que tú mencionas, es una idea de Isak Dinesen que yo he citado varias veces.

Se dice que la novela, tal como la entendemos modernamente, es en gran medida repetición o reiteración. Puede decirse que has incorporado ese rasgo estructural y estilístico de manera explícita en Corazón tan blanco. ¿Qué piensas de todo esto y qué te planteas como autor al servirte de la repetición?

No sé quién ha podido decir eso de la novela, yo no lo he oído y más bien me parece que los novelistas rehúyen la repetición (con alguna excepción). En mi caso la repetición en realidad no es tal: tanto en Todas las almas como en Corazón tan blanco hay frases o imágenes que reaparecen, pero no como repetición, es decir, no como letanía ni como ritual, sino que pretenden tener un sentido y una trascendencia distinta cada vez que reaparecen, iluminando la vez anterior incluso. Eso sucede en la música, y es una de las pocas que un prosista puede tomar de ese arte envidiable y no traducible. Nada emociona tanto, por lo demás, como reconocer una melodía o un tema que ya apareció antes, sobre todo si ahora, en vez de tocarlo el piano, lo toca la orquesta, etc. En mis novelas hay un sistema de ecos y resonancias que aspiran a ser de este tipo, no sólo dentro de una misma novela: hay frases de El siglo que pasaron a El hombre sentimental, o de Todas las almas o "Mientras ellas duermen" a Corazón tan blanco. Y normalmente las habrá de Corazón tan blanco que pasarán a lo que pueda venir después.

¿Sigues interesado (parece que sí aunque de manera distinta a Todas las almas) en la ficción autobiográfica en la línea de algunos libros de Bernhard, M. Duras y Félix de Azúa?

Duras me ha interesado siempre poco. En cuanto a Bernhard, por desgracia murió y no puedo seguir interesándome por lo nuevo que haga, porque ya no habrá más. Realmente es terrible, se mueren siempre los buenos: en poco tiempo, Bernhard, Chatwin, Manganelli, Carver, Kis, gente apreciable. Espero que en España no tengamos tan mala suerte y gente como Azúa, Benet, Mendoza o Millás sigan escribiendo muchos años. Además, aquí hay tantos que merecerían morir, me refiero literariamente... Quiero decir que no importaría mucho, ¿no?

Sabemos, por declaraciones recientes, que estás preparando para mayo una recopilación de los artículos aparecidos en la revista Claves, la serie llamada Vidas escritas, en la que según tus propias palabras cuentas "vidas de escritores conocidos como si fueran ficciones", y añades: "En el fondo, así es cómo nos gustaría a los escritores que se nos describiera". ¿Quieres decir con esto que aspiras a que la posteridad te recuerde no como hombre sino como ficción?

No, no hablo de la posteridad, algo con lo que es ridículo contar, cada vez más ridículo habida cuenta de lo poco que dura ya todo. Como en Hollywood, parece que uno vale lo que su última novela, y esa novela dura seis meses con suerte. Me gustaría ya ser ficción, como a todo el mundo, por lo demás, yo creo, no sólo a los escritores. Entre otras cosas (y de ahí que en Vidas escritas yo haya optado por tratar a Faulkner, Rilke o Nabokov como a personajes de ficción) porque, como dije antes, en la ficción se descansa, y en ella todo es posible, hasta falsear, hasta callar.

Siguiendo con tus proyectos futuros, ¿tienes ya en mente una nueva novela?

Muy vagamente, tan vagamente que ni siquiera me he comprado la nueva brújula de la que antes hablaba. Tengo ganas (lo cual no quiere decir que tenga ya una idea) de hacer una gamberrada, quiero decir un libro irresponsable y, si puede ser, cómico. Pero no sé cuánto me van a durar las ganas. Quizá, para cuando llegue la idea, ya se me habrán pasado.

¿Crees que es verdaderamente cierto que, como postulan algunos fatalistas, hoy día se lee menos que nunca, y que el hábito de la lectura tiende a su desaparición sustituido por la televisión y el vídeo?

No, no lo creo. Creo, por el contrario, que se lee más que nunca, entre otras cosas porque hay más gente en el mundo de la que nunca hubo. Pero en conjunto se lee poco, como siempre. Siempre se ha leído poco, la literatura siempre ha sido algo minoritario, lo cual no quiere decir que su influencia (que se ejerce también indirectamente, no sólo por medio de la misma lectura) no haya sido y siga siendo mayoritaria, enorme. Yo mismo veo mucha televisión y mucho vídeo (pero mucho), y eso no me ha apartado de la lectura. Nada excluye necesariamente a nada.

 
 

 

 
 

Por Inés Blanca

El ojo de la aguja, n.2

mayo de 1992