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PRÓLOGO
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A la "Recherche" de Proust Javier Marías cuenta en la narrativa más joven. Su obra ya es muy extensa (Literatura y fantasma, El monarca del tiempo, Los dominios del lobo, Travesía del horizonte, El siglo, etcétera) y le aseguran un puesto de privilegio. Ahora, la Colección Austral reedita una novela de 1986 que, a buen seguro, tendrá feliz andadura. Novela que tiene de teoría y praxis, con recursos complejos que hacen pensar en mundos disociados, aunque se aúnen en la creación narrativa. En el prólogo que el autor pone a su novela, nos da la explicación de su "manera habitual de trabajar": "Necesito ir tanteando, y nada me aburriría y disuadiría tanto como saber cabalmente de antemano, al iniciar una novela, lo que ésta va a ser: qué personajes la van a poblar; cuándo y cómo van a aparecer o desaparecer, qué será de sus vidas o del fragmento de sus vidas que voy a contar". No muy lejos están algunas afirmaciones de Unamuno en Cómo se hace una novela, pero más cerca acaso otras posteriores de Giménez Arnau. Hace años, cuando me preocupé por la novela española de la posguerra, copié un texto de La canción del jilguero que bien vale para esta ocasión: "el escritor no manda sobre sus personajes, y que apenas se celebra el matrimonio de la tinta con el papel, sus hijos tienen una independiencia que desconcierta y sorprende constantemente al creador". Y sigue con explicaciones que alargarían más comentarios. Javier Marías ha vuelto a una tesis calderoniana que tuvo su desarrollo en la obra de Unamuno: en ella los personajes se hacen libres de su creador y una retahíla de recuerdos nos salta en este momento: algo de ello hay en la Vida de don Quijote y Sancho, no poco en el prólogo a las Tres novelas ejemplares y su culminación en el capítulo XXXI de Niebla. Al analizar el proceder de Javier Marías se nos obliga a pensar en la técnica de su -excelente- novela. Porque en ella hay dos partes distintas, por más que estén acertadamente trabadas: en la primera, morosidad en las descripciones y en el acercamiento a los personajes. Es el "tempo lento" que, desde Proust, se ha instalado en la novela contemporánea y, sin embargo, en estas páginas vivimos un tiempo adensado, como si se hubiera contraído, según la expresión de Michel Butor. No me parece que sea pequeño este mérito de disponer de muchas páginas para irnos presentando las quiebras de una psicología y, por otra parte, damos la imagen nerviosa del cantante que cambia incierto o muy seguro. Cuando se lo compara con los viajantes de comercio, pensaríamos en el despropósito si no tuviéramos esa imagen del hombre que se encierra en un hotel lujoso para meditar para su propio destino, y en contrapunto de otro cuyo acaecer es caminar frenéticamente. No me vale decir que el cantante también viaja desaladamente. Cierto. Pero en él los viajes no son el fin o la justificación de su vida, sino el medio para llegar a un destino que, tiempo interpuesto de una a otra representación, le permite meditar. Georges Jean, en Le Roman, dijo, y acaso nos valga, que leer una novela es viajar, exploración y conquista del mundo y de las cosas, en unos espacios que se nos reducen o se nos agrandan. Y creo que bien vale esto como definición de El hombre sentimental (con toda la problemática que se encierra en tan ambiguo título). Esta consideración de un tiempo que pudiéramos llamar legendario (el que pertenece a un pasado) y el actual también tiene su no poco de proustiano. Leo en Javier Marías: "yo no quiero morir como un imbécil -le he dicho poco tiempo después a esta mujer en una habitación de hotel estrecha y oscura y de una sordidez que entonces no supe advertir, con las paredes desnudas y las colchas grises o quizá luctuosas o simplemente pasadas por alto, tiradas en el suelo de moqueta limpia, pero ennegrecida y en el que no había espacio ni para caminar, con dos maletas a medio deshacer ocupando el espacio por el que se hubiera podido caminar hasta un cuarto de baño tan vacío, etcétera." A mi modo de ver, estamos ante esa novela intelectual en la que el narrador nos da luces sobre su arte y justifica sus teorías. como si Javier Marías quisiera explicar el porqué de lo que ha dicho en el prólogo a su relato, está justificándose con esta morosidad en la que el tiempo colabora con él para ambientar lo que va a ser el desarrollo de sus acciones. Creo que Jacques Bret acertaba cuando veía la "gran originalidad de la concepción proustiana del arte" en esa manera de establecer la relación entre la vida y el propio relato. La manera íntima en que esto se lleva a cabo ha hecho pensar que el arte del narrador es como un personaje simbólico que sirviera para hacernos vivir lo que el protagonista está experimentando, y que poco tendría que ver en una novela de acción. Javier Marías está en lo cierto: su relato es una experiencia de la vida, pero organizada de manera, que poco a poco, va explicando el procedimiento seguido por el narrador, como si de una novela policiaca se tratara, y, al fin, aquí tenemos una segunda parte de la historia en la que los resultados parecen extraídos de una novela de ese tipo, pues tantas pueden ser sus afinidades, y, sobre todo, la inesperada terminación. Lo más ajeno a una literatura de tópicos es esta búsqueda de una fórmula que justifique la falta de fórmulas, con lo que nos hace llegar a la situación definitiva del lector, que, ante el libro, ha estado vacilando hasta leer lo sorprendente del resultado. Manuel Alvar ABC, BLANCO Y NEGRO 5 marzo 1995 |
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Todo un hombre
Javier Marías nos ha descubierto su arte de narrador. Nada nace de la nada.. Saber es una cosa. Yo no tendría ningún temor en filiar su relato dentro de una tradición proustiana (hasta cierto momento). Su "recherche" de Marcel Proust es para mí, estéticamente, una experiencia. Y me imagino a nuestro novelista encontrándose con un antecedente francés en algún rincón de esas ciudades que visita, obligado por su profesión. El cantante ha recalado en Madrid, su propia ciudad. Las impresiones que recibe son detestables ("Madrid, en cambio, parece tener prisa por decirlo todo, como si fuera consciente de que una sola posibilidad de conquistar al viajero reside en el aturdimiento y la vehemencia sin freno [ ] Madrid es rústico y dicharachero como una ciudad sin enigma [ ] nada tan opresivo para el visitante". Los juicios negativos no acaban ahí, pero que ahora nos basten). El gran fotógrafo Eugene Atgot publicó un buen libro A vision of Paris (Nueva York, 1963) acompañado de textos de Marcel Proust. Atget ha ido buscando todos aquellos motivos que hablan de la "recherche du temps perdu". Algo que en la novela de Marías también se da, pero con muy otro sentido. Meses atrás, en los medios de comunicación, se ha discutido sobre la suciedad de Madrid. Dejémonos de sutilezas: Madrid es una ciudad sucia. Pero lo que entristece no es que nos lo digan ahora, sino que el mal viene de lejos y no se remedie. Léase el epílogo que Pedro Laín Entralgo puso a su Generación del 98. Entonces ya la misma pesadumbre que aqueja al personaje de Javier Marías: Renán se encontró con un París agradable; los hombre del 98, con un Madrid agrio. Seguimos cultivando retazos de España negra. Y este hombre sentimental con el que compartimos unas horas nos plantea un problema sociológico: el de reflejar una ordenación burguesa tal y como la encontramos en la capital de España. Todo esto pertenece al mundo de la teoría de la novela, según nos lo presentarían Lukáks o Goldmann, y pertenece al arte de narrar tal y como la encontramos en la capital de España. Todo esto pertenece al arte de narrar tal y como se hace en la novela contemporánea. Pero es necesario que veamos también la cara de los personajes, toda vez que no hemos salido de comentar al artista. Las figuras que se nos presentan en esas páginas son con frecuencia seres hieráticos que no pasan, sino que se van quedando en el escenario que el cantante les tiene dispuesto. Natalia, la criatura que desencadenará la tragedia, apenas es sino la sombra de un "pathos": apenas visible, es el velo que cubre a todos los personajes. Digamos la figura de la tragedia griega que hace sonar las voces del coro. Todo gira en torno suyo y ella no mueve los dedos para ordenar las piezas, y, sin embargo, cada uno de esos trabajos actúa desplazado por la imagen de aquella nube. Decir la maestría de Javier Marías es repetir un lugar común, pero es indudable. El protagonista, cuya psicología conocemos paso a paso, es un hombre soberbio e indolente (no tomemos las palabras en acepciones brutalmente negativas, porque el personaje es refinado y choca en ese mundo de agresividad desaforada en el que vive). Dato es otra figura encubierta en un traje de apariencia distante y, sin embargo, vive en un mundo incomprensible, pero en el que actúa como amortiguador o estímulo. Y la figura de Manur: Júpiter olímpico que tensa los hilos de aquel retablo. Con su superioridad. Con su aplomo, con su dominio de la situación. Júpiter olímpico que sabe todo, que comprende todo, que señorea todo. Su dominio sobre el cantante se convierte en una retahíla de consejos: es el hombre dueño de la situación, que permite el juego de los monigotes. Pero los homúnculos se sublevan suavemente; Natalia se enamora y el cantante la hace suya. Y aquel hombre casado por conveniencias, que quiere ganarse día a día el amor de su mujer, al sentir el fracaso, abandona las posturas teatrales para adoptar la máxima teatralidad: la del suicidio. En más de un motivo he pensado, en Nada menos que todo un hombre: Natalia, como Julia, fue instrumento para una liberación económica; Alejandro Gómez, una especie de Manur, seguro, digno y enamorado, "rudo y hermético"; la pobre Julia, insegura en el amor; el galán que cerca a la mujer. Y en relato de Unamuno, el marido confesándose "todo un hombre, nada menos que todo un hombre". Y cumplió con su código oral (Manur con el suyo silencioso). El proceso del enamoramiento del marido también se realiza en las dos novelas ("Al principio, cuando nos casamos, no [te quería]. Pero ¿ahora? ¡Ahora, sí! Ciegamente. Locamente") Y el suicidio acaba con aquella pasión recoleta. Javier Marías ha escrito una excelente novela. Sutil en los análisis psicológicos, preciosista en su desarrollo, insospechada en su final. He pensado -pienso- en Proust y en Unamuno. Dos espíritus hasta diferente. Don Miguel pudo servirle de modelo en la conducta de aquel Manur, que fue un hombre. Proust, en el refinamiento de su arte. El protagonista de su novela es un cantante y el mundo en el que está inserto es la música: Javier Marías no tiene por qué haber leído el Retour a Marcel Proust, de Benoist-Mechin (París, 1957), donde se dijo: "El mérito de Proust es haber asignado a la música un papel bien distinto del que le atribuían la mayor parte de los medios mundanos que frecuentó en su juventud [ para él es una promesa de liberación y una especie de azar para poder sobrevivir."
Manuel Alvar ABC, BLANCO Y NEGRO 12 marzo, 1995 |
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"Epílogo" de Juan Benet Protegida por un título decididamente neutro y decimonónico, El hombre sentimental, la novela de Javier Marías, aborda una situación tan antigua como el mundo: el conflicto desencadenado en un triángulo amoroso que -a nadie se le oculta- para quedar bien resuelto ha de concluir en un desenlace fatal, con la muerte, la desgracia o la separación de los tres protagonistas. Todo menos el final feliz de dos a costa de la desdicha de uno. Se puede decir que la novela de Javier Marías en nada se aparta de la línea clásica del género; por si fuera poco el relato está escrito en primera persona, una vez que han concluido los sucesos del drama, envuelto en parte por las brumas de un sueño tan intenso que obliga al narrador -el vértice del triángulo que provoca la discordia- a transformar la reviviscencia en una confesión escrita. Así pues -se dirá-, no añade nada nuevo al asunto, apenas aporta algo inédito a un argumento no por muy extenso en sus escasas variables, menos conocido. Y eso, justamente, es lo que a mi entender se ha propuesto Javier Marías, un constante lector de la novela europea, tan aficionado a los clásicos como atento a los últimos y menos llamativos productos del mercado. Es muy posible que el lector ávido de novedad -bien sea en busca de una nueva variante del eterno conflicto, bien de un tratamiento ultramoderno del mismo, saturado con los tópicos y la palabrería de 1987- llegue al final de las páginas con la sensación de que le han hurtado lo que más le interesaba. Pero también es muy posible que advierta que ha sido sorprendido por otra clase de novedad, mucho menos llamativa y muy escasa en los productos habituales del mercado: la excelencia literaria con que el autor aborda el asunto como si, consciente de que un argumento es poco más que un artificio que le permitirá recrearse en los detalles o un campo de observación donde ensayar las virtudes de un instrumento capaz de captar lo que otros no han reflejado, a sí mismo se hubiera obligado a demostrar que ningún terreno, por abusivamente que haya sido cultivado, está clausurado para la acción de la pluma. El hombre sentimental es la quinta novela de Marías y, a mi modo de ver, tanto como cierra una etapa suya abre otra nueva de caracteres que ya se advierten muy particularmente. En 1971 había publicado, a los diecinueve años, un excelente y cruel pastiche, Los dominios del lobo, cuyo título constituye una sintética metáfora de algunas preocupaciones del autor, bastante obsesionado por las personas duras e impenetrables que en el amor se deslíen. En Travesía del horizonte, El monarca del tiempo y El siglo los caracteres intencionadamente artificiosos y melodramáticos fueron progresivamente perdiendo relieve para dar más entrada a las notas íntimas, las reflexiones de cierta hondura y los detalles escrupulosamente dibujados. En El hombre sentimental aquellos caracteres han quedado reducidos a dos cantantes, uno de los cuales, el Heldentenor, protagoniza la sorprendente anécdota cómica de la novela (página 114), y el otro trata por todos sus medios de parecer, sentir, amar y escribir como una persona educada. Con tres vértices -nos viene a decir Marías, como un corolario literario de un principio geométrico- se crea un mundo de infinita figuras y relaciones.
El hombre sentimental
[Barcelona, Círculo de Lectores, 1987] marzo, 1987 |
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El hombre sentimental, de Javier Marías: cara y cruz de la narrativa española
Pocas novelas habrá en la narrativa española de los últimos quince años que plasmen tan claramente la historia reciente de nuestra novela. Nada tiene de extraño si se recuerda que su autor, Javier Marías, hizo su aparición en la escena literaria hacia 1972, con una novela, Los dominios del lobo, que para muchos sigue siendo lo mejor de su, si no extensa obra -cinco novelas-, sí sólida y asentada. Javier Marías fue uno de aquellos nuevos novelistas que inauguraron el posrealismo, y acaso de entre todos ellos fuese el que lo hiciese de modo más consciente y radical, aunque en sus primeras entregas el referente de Benet se manifestase insoslayable. Hasta el momento su novelística se había desarrollado sin grandes fisuras ni sorpresas, destacando la naturalidad con que se movía en el terreno estético que había elegido. Su escritura se inscribía en los nuevos modos que Benet estrenó en su momento -estreno en España- y se atuvo a seguir aplicada y cómodamente los nuevos cánones: discurso reflexivo, narrador omnipresente y viajes en espiral alrededor de los inefables castillos del alma. A diferencia de otros compañeros de generación, su fácil acomodo evitaba que su prosa sonase a ejercicio de escribiente, si bien, como en gran parte de ellos, su mundo narrativo apenas asomaba un centímetro más allá de la aventura o desventura interior de un narrador que, incapaz de construirse novelísticamente con los materiales propios de la novela -tiempo, historia, trama, personajes, conflicto, etc.- se refugiaba en los meandros de un texto al que la falta de sustancia convertía, en los mejores casos, en un instrumento gramático hipnotizante que muchos aplaudieron por razones tan varias y equívocas como el ajuste de cuentas con la estética del realismo anterior -y la ética que ello conllevaba-, o la fe entusiasta de los conversos a aquella religión que llegó a identificar el mundo con la lingüística. El hombre sentimental es síntoma evidente de que aquellos cánones fenecen y agonizan. No es, para el diagnóstico, el más importante de entre todos los síntomas, pero sí el más significativo tanto por venir de quien viene como por el hecho de que la novela en sí misma encierra, como veremos, el fin de un horizonte narrativo y el comienzo de otros modos de enfrentarse a la novela. Modos que de ninguna forma nos reenvían al realismo creyente de los años sesenta, pero que trabajan aquellos materiales propios de la narrativa ya mencionados, y sin los cuales la novela deviene escritura intrascendente por mucha metafísica que se le eche. No deja de ser curioso que acaso las mejores novelas de este último año, El bobo ilustrado, de Gabriel y Galán; Burdeos, de Soledad Puértolas; La fuente de la edad, de Luis Mateo Díez; La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, o el mismo Testimonio de Yarfoz, de Sánchez Ferlosio, se hayan construido, en mayor o menor grado, con una libertad y consistencia narrativa que el imperio del discurso omnipotente había arrojado al baúl de los recuerdos. Las setenta y seis primeras páginas de esta novela, es decir, la primera mitad del relato, son un ejemplo palpable de a qué extremos de gratuidad, pedantería e ineficacia puede llevar la falta de la necesidad o voluntad de contar algo; en otras palabras, del callejón sin salida al que lleva la presencia de un narrador dispuesto a parasitar y fagocitar cualquier otro elemento narrativo que no sea él mismo. A lo largo de todas esas páginas parece como si el autor hubiera estado huyendo con tozudez extrema de hacer lo que tenía que hacer: escribir una novela. La ambigüedad, algo con lo que muchos han querido sustituir la necesaria complejidad que toda novela comporta, juega a sus anchas desde las primeras frases: "No sé si contaros mis sueños. Son sueños viejos, pasados de moda, más propios de un adolescente que de un ciudadano. Son historiados y a la vez precisos, algo despaciosos, aunque de gran colorido, como los que podría tener un alma fantasiosa, pero en el fondo simple." Es decir, la estética de Era de noche y, sin embargo, llovía. Esa voluntad de que nada quede claro, patente en la insistencia del narrador en recordarnos una y otra vez que acaso la historia sea tan sólo un sueño -insistencia que además demuestra su impotencia para plasmar en texto lo que anuncia-, el fácil recurso de inaugurar con comillas la andadura de la novela o las excedentarias reflexiones donde la sutileza busca ocultar lo horro ("e intentaba hacerme a la idea de que mi propio pensamiento dormido debía comprender su sueño, es decir, comprenderla dormida"), convierte la lectura de esta primera parte de la novela en todo un emblema de hasta dónde puede llegar un relato que no quiere o requiere interiormente llegar a sitio alguno. Ya se sabe que a un velero sin destino ningún viento puede serle favorable y, por desgracia, en todo este largo tramo de la novela ni los ajustados diálogos, ni la creación de un espacio inicial atrayente, ni los sugerentes apuntes sobre diversas actividades y actitudes que allí se encuentran, ayudan a nada. A esas alturas, la novela es un total fracaso. En aras de la exhibición permanente del narrador todo queda asolado: los personajes (narrador incluido), la historia y el sentido. Y, sin embargo, quien en ese momento, con toda la razón del mundo, abandonase la lectura de El hombre sentimental, perdería la oportunidad contraria: la ocasión de comprobar cómo un escritor es capaz de levantar un escenario narrativo complejo, sugestivo, inteligente y significativo. A partir del instante en que el narrador se pregunta: "¿Cómo se puede aniquilar y suplantar a un hombre al que no se conoce apenas, del que poco se sabe y con quien no se tiene trato?", la novela funciona; es más, me atrevería a decir que es entonces, y sólo entonces, cuando la novela empieza, cuando la escritura cobra dirección y sentido. Ciertamente podría argumentarse que para que tal hecho se produzca ha sido necesario todo lo anterior, y sin duda en la aceptación o negación de tal argumento reside el juicio global que la novela merece. Por mi parte, debo confesar que tal argumento no se mantiene, pues, a mi entender, todo lo anterior podría ser sustituido por un breve resumen -abarcando lo que en la novela decimonónica llamamos panorama de presentación- sin que el resto se resintiese. Cuando la novela abandona los castillos interiores del narrador y permite que éste recupere su función de personaje -lo que implica la creación de otros personajes- los talentos narrativos de Javier Marías se ponen en marcha. El juego amoroso entre el narrador-cantante de ópera y la mujer del banquero Manur alcanza entonces cotas equiparables a los mejores períodos de latencia amorosa de las mejores novelas de adulterio, el mundo de la ópera se afila y multiplica sus sobresignificados, los recuerdos del narrador encuentran su lugar, el estilo deja de molestar y entrometerse en la lectura y la novela toda, cruzada -ahora sí- de ironía, distancia y sustancia, deviene una pequeña joya. Es entonces cuando se puede constatar la vitalidad de un género -la novela- que permite a un escritor utilizar todas las posibilidades que encierra para desplegar y crear a través de ellas una realidad autónoma, plena y bella.
Constantino Bértolo ÍNSULA Números 488-489 julio-agosto 1987 (pág. 23) |