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La morada maligna Richmal Crompton Traducción de Panteleimón Zarín
430 PÁGINAS |
Richmal Crompton Pertenezco a una generación que nació demasiado tarde para tener a Guillermo Brown como el héroe de su infancia y demasiado pronto como para flipar con las mágicas aventuras de Harry Potter. A falta de héroe literario que tomar como referencia, tuvimos que buscar nuestros modelos en las series de televisión. Quizá quien se llevó el honor de representar a mi generación lo fue Matzinger Z, un robot gigantesco que se enfrentaba a las hordas robóticas del mal, conducido por Koyy Kabuto y enamorado de Afrodita, la de los pechos veloces. Como se ve, muy por debajo del prestigio mundial tanto de la criatura creada por Richmal Crompton como de la criatura creada por JK Rowling. No deja de ser, por otra parte, curiosa la coincidencia de que hayan sido dos mujeres las que han aportado al caudal de grandes personajes literarios mundiales a dos varones, mientras es difícil encontrar una hembra infantil (la Celia de Elena Fortún no deja de ser un milagro local) que equiparar a esos dos modelos. En fin, los testimonios acerca de la importancia de Guillermo Brown en la salida al mundo de los niños de la década de los 50 no dejan lugar a dudas y ni siquiera recurren a la cursilería, por lo que han de ser considerados sinceros, no sólo por la convicción con la que se han expresado sino también por el hecho de que quienes las han expresado se llaman Fernando Savater, Eduardo Mendoza o Javier Marías. Este último asegura que debe en gran medida a Richmal Crompton haberse dedicado a la literatura, y aunque sólo sea por eso, ya merece la autora británica un mínimo de atención, al menos por parte de los fans de Marías. Me acerqué pues a algunos libros de Guillermo Brown, con sus preciosas portadas y sus lomos blancos llenos de letras, y no conseguí acabar ninguno de ellos. Me pasó lo mismo con Salgari cuando traté de leerlo, cuando supe que José María Conget lo veneraba. La devoción de Marías por Richmal Crompton, su agradecimiento en definitiva, le ha llevado a editar dos libros de una autora que se hizo célebre con los 38 volúmenes de andanzas de Guillermo Brown pero que también escribió literatura para adultos, cuentos y novelas que pertenecen al género de misterio, o de terror o fantástico: Los relatos de Bruma y la novela La morada maligna. Esta es una típica novela de terror en la que una casa The House, es el título original de la edición inglesa pervierte a sus moradores, lo que nos lleva a recordar aquella apreciación de Félix de Azúa según la cual los edificios contaminan de su ideología a quienes los habitan, y el que vive en una casa diseñada por un arquitecto fascista acaba siendo fascista. La casa de la novela de Richmal Crompton está habitada por el Mal, y quienes la ocupan, seres encantadores al principio, irán contagiándose de ese poderoso ente invisible que dirigirá sus actos y cambiará sus comportamientos. Es una novela que se lee de un soplo. Una de esas novelas que se leen en una noche si llueve fuera, mucho mejor; si estás en el campo y solo, mejor que mejor y de las que se sale inevitablemente con la sensación de que alguien te observa y conspira para inyectarte la esencia del Mal. Una novela de miedo que atiende a la pretensión esencial de ese tipo de literatura: entretener dando miedo, y lo consigue excelentemente.
Juan Bonilla El Mundo 15 enero, 2002 |
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Los papeles de Hanleigh Richmal Crompton (1890-1969) se hizo famosa con las aventuras de Guillermo Brown, nacido en 1922, y protagonista junto a su pandilla de decenas y decenas de libros. La editorial Reino de Redonda, de Javier Marías, publicó los relatos fantásticos de Bruma, y ahora nos ofrece la novela gótica La morada maligna, 1926, una de las cuarenta nada menos- que su autora dedicó al público adulto. La novela de Miss Lamburn nos narra la historia de una familia inglesa de los felices años veinte. Por momentos, nos sentimos como en una novela de Forster -Howards End- o de Huxley -Crome Yelow-, con ese tono un poco snob de las familias británicas adineradas, pero, poco a poco, vamos entrando en un tipo de novela bastante más sugerente y complejo. La familia Crofton forma un curioso puzzle o rompecabezas. La autora de Guillermo nos regala a trechos algunos islotes de guillermitis, y es como ver a los proscritos hablando de política laborista, página 295. Acaso el personaje más extravagante de la novela es el ermitaño, un tipo de catadura eslava colado de rondón en una novela inglesa. El interés y el atractivo de la obra residen en el personaje de Donald Crofton, protagonista hamletiano de La morada maligna. Richmal Crompton teje sus páginas con una mezcla brillante de ensoñaciones líricas a lo Katherine Mansfield y una soltura notable para el diálogo casamentero digna de Jane Austen. Pero todavía no he dicho una palabra de la protagonista invisible o latente, Hanleigh, la casa Tudor o renacentista inglesa, que acaba por traerlos de calle. La novela bien podría llamarse Los papeles de Hanleigh, papeles góticos, of course, en la mejor tradición de M.R. James o Henry James. Ruego excusas al posible y dudoso lector de esta reseña por citar tantos autores, pero la obra tiene algo de pequeña sinfonía u homenaje ramificado a todos ellos. Si lo pienso un poco mejor, el duende más logrado de la novela es su capacidad para pintar el mundo de la adolescencia encarnado en Donald Crofton. Si Guillermo Brown era la infancia perenne, Donald es la rotura del cascarón, la entrada crítica en el mundo adulto. Quizá donde queda más de manifiesto esa crítica es en el desenlace. Miss Lamburn o Richmal Crompton toma partido por la inocencia como valor esencial, reflejada en Donald o William Brown, frente a un mundo adulto que fluctúa entre el cinismo sarcástico y el disparate absoluto. En este sentido, el personaje del ermitaño o la madre de Donald son dos excepciones, dos adultos ilusos o con un alto grado de inocencia intacta o superviviente en territorio enemigo. La morada maligna lleva un prólogo de Mendoza que conviene leer como epílogo. Una novela deliciosa y perfecta para leer de un tirón o dos- en una tarde o noche de la incipiente Navidad.
César Pérez Gracia |
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La morada maligna Al igual que otros personajes, Guillermo Brown ha trascendido la fama de su creadora, una discreta profesora de lenguas clásicas que, gracias a su mala salud, pudo abandonar la docencia y dedicarse por entero a la literatura. Aunque escribió novelas y relatos para adultos, el éxito le llegó a través de un irreverente niño de 11 años, que explotaba su fantasía y dotes de liderazgo para desafiar la autoridad de los mayores. Las aventuras de Guillermo y sus proscritos consiguieron un enorme éxito en la España de los 50. Savater ha reconocido que su vocación literaria no nació con la lectura de Aristóteles o Goethe, sino con la de aquellos libros de colores chillones que lograron burlar la censura franquista, incapaz de advertir su carga subversiva. En guerra permanente con el mundo de los adultos, Guillermo Brown devoró a Crompton. Su nombre no suele aparecer en diccionarios y enciclopedias. Algunos de sus más fieles lectores han llegado a preguntarse si realmente existió. La morada maligna intenta disolver esas dudas. Soltera, aquejada de poliomielitis y algo misógina, Crompton publicó esta obra en 1926. Se trata de una novela de misterio y con elementos fantásticos, pero que puede leerse como una fábula moral. Ésa es la lectura de Eduardo Mendoza, que prologa el relato. Una familia convencional de la alta burguesía inglesa se traslada a una hermosa casa de campo. Al principio, todo discurre con normalidad, pero poco a poco se irá manifestado la presencia de una fuerza maligna, que despierta los sentimientos más abyectos. Sus habitantes cambian de conducta y manifiestan inclinaciones hasta entonces reprimidas. El final catártico no resuelve los enigmas que plantea la narración. No sabemos si la casa estaba infectada por el mal o si la "oscura sombra" que flotaba sobre ella sólo era el reflejo de un desorden disfrazado de corrección moral. Crompton no disimula sus ideas conservadoras, pero no desaprovecha la oportunidad de escarnecer las convenciones, evidenciando una innegable facilidad para la sátira y el retrato psicológico. A pesar de la indulgencia de su crítica, consigue crear una atmósfera inquietante. Sin embargo, no prevalece el misterio, sino la capacidad de recrear emociones y conflictos morales. Tal vez a su pesar, Crompton desliza en el relato determinados elementos que cuestionan los pacatos valores de una burguesía sin otros horizontes que el sermón dominical. Sin duda, el gran protagonista de la novela es la mansión donde acontecen los hechos. Pintada en rojo tenue y rodeada de hayas y castaños, Hanleigh se confunde con un espacio metafórico, donde el instinto se rebela contra las inhibiciones. Es imposible leer la novela sin advertir que sus muros ejercen una influencia liberadora. La urgencia del sexo o el desafío contra las normas que condenan a la mujer a una rutina embrutecedora sugieren que la "Cosa maligna" no yace en la inmundicia, sino "en el corazón de la belleza". Excelentemente traducida, La morada maligna confirma una vez más las cualidades de la mal llamada "literatura popular".
Rafael Narbona El Cultural (suplemento cultural del periódico El Mundo) 27 febrero, 2002 |
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Almas envenenadas Los lectores de Bruma y otros relatos (Reino de Redonda, 2001) esperábamos impacientes La morada maligna: no nos ha decepcionado. Richmal Crompton (1890-1969), la célebre creadora de Guillermo y sus Proscritos, vuelve a encandilarnos sin las trampas ni malas artes que tanto abundan en las novelas de hoy en día; y lo hace mediante su estilo eficacísimo de no agobiar ni aburrir al lector, de darle exactamente lo que promete desde las primeras líneas, y todo ello con amenidad, interés, emoción y misterio, mucho misterio. La morada maligna (1926) cuenta la historia de una encantadora, bien avenida y adinerada familia inglesa, los Crofton, cuyo cabeza de familia tiene la fatal ocurrencia de comprar Hanleigh, una antigua casa de campo habitada por un ente maléfico. El espíritu demoniaco de Hanleigh está muy inteligentemente tratado: es incorpóreo, no hay fantasmas con cadenas y los personajes de la novela son seres normales y cuerdos a los que les cuesta mucho aceptar lo sobrenatural. La explicación del fenómeno, dada hacia el final del libro por el ermitaño (la figura que, en el relato, representa la clarividencia y la sabiduría), es coherente, lógica, convincente y muy acorde con la historia: "El primer habitante, o los primeros habitantes eran... malvados. La casa se llenó de pensamientos malvados. Y los pensamientos malvados son las cosas más contundentes de este mundo. Son más contundentes que las malas acciones o las palabras malvadas" (p. 364). La influencia de Hanleigh consiste básicamente en anular la personalidad y virtudes de sus habitantes y despertar o potenciar su lado oscuro, los malos instintos; el espíritu de la casa se aprovecha de las fisuras de los personajes para colarse de rondón y envenenar sus almas de pensamientos malvados. El ente maléfico actúa lentamente y no afecta a todos por igual, con lo cual el lector siempre está en vilo. De los miembros de la familia, sólo Donald, inmerso en su paso a la edad adulta, tendrá la lucidez para advertir, bien que confusamente, sin acabar de creérselo, sin saber explicarlo, el mal que anida en la casa, e intentar proteger y salvar a los suyos. Así, Donald es el héroe del relato; cuando lo conocemos es un estudiante de Cambridge, deportista, despreocupado y jovial; la experiencia a la que se ve abocado muy a su pesar lo convertirá en un hombre maduro que acepta sus responsabilidades. Seguramente La morada maligna no es una novela literariamente ambiciosa; para entendernos, su autora no es Henry James o Edith Wharton. Pero esto no quiere decir que estemos ante una obra ingenua o naïf; lo que les pasa a los personajes no es nada trivial: dos gemelas enamoradas del mismo hombre, una mujer joven que está pensando en abandonar a su marido e hijos por una pasión, la depresión de una madre por el desapego de su hijo mayor. Sin que nos demos cuenta, lo misterioso, lo extraordinario no sólo contaminan la casa sino que también impregnan las relaciones de los personajes; no está de más señalar la delicada piedad y comprensión con que éstos son tratados por la autora. De igual manera, Crompton tiene la habilidad de retratar con pocos trazos los caracteres de sus personajes y hacerlos "vivir" con fuerza ante los ojos del lector. En este sentido, es sobresaliente el retrato que traza de los padres de Jack, el mejor amigo de Donald: los Mostyn, matrimonio de la clase alta tan ocupados con sus propios e importantes asuntos que apenas tienen tiempo de ocuparse de sus hijos, que acusan seriamente el desafecto. La morada maligna es una novela gótica que a ratos se convierte en otras cosas: relato del primer amor (Donald y Peggy), de la transgresión y marginación sociales (la pintora bohemia Elsa y el ermitaño), de la vida cotidiana de un pueblo de la campiña inglesa a la manera de farsa costumbrista (los terratenientes sir Arthur y lady Frene), la religión en su forma más mundana y convencional (el señor Foster, el párroco), pero también en su forma más espiritual (Duckkums, la madre)... y más. Ambientada en los años veinte, estructuralmente sencilla y convencional (y con esto quiero decir de factura impecable), con excelentes diálogos, nada sobra y todo es interesante en esta novela. Me viene a la memoria el concepto de levedad propuesto por Italo Calvino para cierta clase de textos: "La levedad para mí se asocia con la precisión y la determinación, no con la vaguedad y el abandonarse al azar". Gravedad sin peso, melancolía teñida de humorismo: no encuentro mejor definición que ésta para el estilo narrativo de Richmal Crompton, que la versión castellana ha sabido reflejar muy bien. Sin trucos fáciles ni condescendencia con el lector, La morada maligna es todo lo contrario de descreída y cínica y sí muy verosímil (un antiguo y valioso concepto literario por desgracia en desuso), y proporciona descanso y unas horas de diversión y emoción para los lectores resabiados de hoy en día. Nota bene: Además del "Prólogo a la manera de epílogo" de Eduardo Mendoza (al que recomiendo hacer caso y dejar para el final, puesto que en él desvela la resolución de la historia), el volumen contiene un apéndice de imágenes redondinas de exquisita calidad y muy divertidas, así como la lista actualizada de los cargos y nombramientos del Reino de Redonda; y como guinda, ofrecida por Luis Antonio de Villena, una relación de los mejores sonetos en lengua castellana.
Inés Blanca Quimera, Junio 2002 |
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