L a       N e g r a      E s p a l d a      d e      J a v i e r      M a r í a s

J U A N    A N T O N I O    R I V E R A

 

Para Lina Rubio Escudero

 

Las obras de Javier Marías, incluidas desde luego sus novelas, están mechadas de reflexiones de índole filosófica que, además, aparecen de forma en extremo recurrente. Me propongo en las páginas que siguen ocuparme de estos soliloquios intelectuales, por la buena razón de que coinciden mucho con algunos de los asuntos que también a mí me interesan de manera preferente, y esa feliz casualidad es algo que indudablemente acude en mi ayuda para entender las cavilaciones filosóficas del novelista. Emplearé mi propio lenguaje para referirme a ellas, pero cuento con no desfigurar por esto sus pensamientos.

 

El río del Edén

 

El zoólogo Richard Dawkins, con esa bienaventuranza preternatural con la que parece tocado para elegir metáforas deslumbrantes, ha propuesto que contemplemos el despliegue multicolor de la vida como un río de información genética que empezó a fluir hace entre 3.500 y 3.900 millones de años (depende de los autores que usted consulte); era por entonces (un entonces remotísimo) ese río de minúsculo hilillo de una molécula con la capacidad especial de hacer réplicas de sí misma, con mutaciones o errores de copia esporádicos. Este ínfimo reguero de vida fue cobrando grosor y ramificándose una y otra vez en el curso del tiempo: el río genético que partió de las profundidades abisales del Edén es un río que discurre a través del tiempo, no del espacio, y en ese lento fluir a lo largo de millones de años se ha ido bifuranco aquí y allá, ocasionalmente.

    "El río de los genes se bifurca en el tiempo. Desde el punto de vista de un gen, la especiación, el origen de nuevas especies, es "el largo adiós". Después de un breve periodo de separación parcial, los dos ríos alejan sus caminos para siempre, o hasta que uno u otro se extingue y desaparece entre la arena. Ya nunca habrá relación alguna entre ellos; y aquí relación significa relación sexual entre sus vehículos temporales, los cuerpos" (1)

Quizá haya en la actualidad 30 millones de especies que representan sólo un 1% de los ramales que han ido surgiendo del río original de la vida; esto significaría que el 99% restante (casi 3.000 millones de especies) son brazos del río de la Vida que se han secado para siempre.

¿Qué se puede decir de las especies supervivientes, las que (aún) no han sido consignadas al olvido evolutivo? Es más, ¿qué pueden decir los individuos pertenecientes a esas especies perdonadas hasta ahora por la siempre activa guadaña que deseca las ramificaciones del río genético? Lo que pueden decir es sencillamente esto:

       "Ni uno solo de nuestros ancestros murió durante la infancia. Todos llegaron a ser adultos y todos y cada uno de ellos fueron capaces de encontrar por lo menos un compañero heterosexual y de copular con éxito" (Dawkins, op. cit., págs. 15-16).

El río de la Vida con sus ramificaciones de las que surgen luego nuevas ramificaciones en una proliferación festiva tiene, "visto desde el aire", aspecto de árbol o arbusto. Si lo recorriéramos desde el presente y hacia los orígenes, nos iríamos encontrando con parientes cada vez más estrafalarios (al menos si hacemos este recorrido hacia atrás con una perspectiva antropocéntrica): hace unos siete millones de años nuestro riachuelo genético era el mismo que el de los chimpancés; algo más atrás -caminando unos 66 millones de años hacia los orígenes- gran parte de lo que después sería nuestro acervo génico estaba diluido en el arroyo más amplio, y entonces incipiente, de los primates; hace unos 200 millones de años, los genes de los que luego serían primates, quirópteros, cetáceos, roedores, etcétera, estaban confundidos en la cuenca fluvial (clase) de los mamíferos, que por aquellas fechas empezaba a formarse. Y así, descendiendo por el árbol de la vida, encontraríamos que todos somos parientes de un ancestro común: una ignotísima protocélula bacteriana que está en la base de ese árbol y de la que todos procedemos (2).

Si hacemos ahora el mismo recorrido en sentido inverso, desde esa célula procariota que es el antepasado que todos los seres vivos compartimos, nos puede sobrecoger una abrumadora sensación de inversosimilitud: hasta que en el Árbol de la Vida surgió esa ramita tardía que es la especie Homo sapiens tuvieron que darse todas las bifurcaciones previas, todos los eslabones intermedios, sin saltarse ni uno solo; de otro modo nosotros no estaríamos aquí. Hubiera bastado una imperceptible desviación en ese manantial genético y la especie humana ni siquiera habría visto la luz. El paleontólogo Stephen Jay Gould lo ha expresado de otra manera: si rebobináramos la película de la vida y volviésemos a pasar la cinta, seguramente veríamos otra película, al final de la cual quizá no aparecería nuestra especie en el reparto (y menos aún en el papel protagonista, que es en el que más nos complace vernos) (3). Y la misma falta de inevitabilidad que afecta a nuestra especie es válida, a fortiori, para cada uno de nosotros...

Esta visión - la de que "la contingencia absoulta es un principio fractal, que gobierna con mano de hierro a todas las escalas-, en cualquiera de los cientos de miles de eslabones de la secuencia concreta que en la práctica condujo hasta los humanos modernos, cualquier minúscula variación, perfectamente plausible, se habría traducido en un resultado final distinto, pues la cascada de acontecimientos históricos habría tomado un derrotero distinto, a cuyo término no podría encontrarse Homo sapiens ni cualquier otro tipo dotado de consciencia de sí mismo" (Gould, op. cit., pág. 229) resulta demasiado desoladora e insoportable para muchos, que han optado por ver las cosas de otro modo. Uno de esos modos, que se cuenta además entre los intelectualmente más sofisticados, es la falacia de Shaler.

 

La falacia de Shaler

 

Nathaniel Southgate Shaler se convirtió en uno de los naturalistas más influyentes de Estados Unidos a fines del siglo XIX. Llegó a su puesto de profesor en Harvard aupado por quien entonces era el biólogo más influyente de Norteamérica y el principal baluarte del antidarwinismo al otro lado del Atlántico: Louis Agassiz, un creacionista convencido. En la época en que entramos en conocimiento de Shaler (finales de la década de los sesenta del siglo XX), es todavía tan sólo un oscuro profesor a la sombra del formidable Agassiz y un fiel acólito suyo. No obstante, es también por esta misma época cuando Shaler empieza a adoptar paso a paso el evolucionismo, pero en su versión lamarckiana y tímidamente, procurando no indisponerse con el atrabiliario Agassiz, por quien, por lo demás, sintió una devoción filial hasta la muerte de éste, en 1873.

Incluso cuando Shaler adoptó el evolucionismo (y, con él, la imagen de la vida como un árbol de proliferante frondosidad) se distanció con íntima aversión de la idea de Darwin de que este árbol estaba hecho de materiales tan poco nobles como la contingencia, la impredecibilidad y el oportunismo: un Dios ordenador tenía que haber dirigido entre bambalinas y con mano firme todo este proceso; la sombra alargada y creacionista de su maestro Agassiz se manifestó, más que en ninguna otra cosa, en su determinación de contemplar el cuadro completo del despliegue de la vida como algo dotado de un sentido trascendente. En su libro más leído (que además fue el último que publicó, en 1901), The individual: A study of life and death, se entrevé claramente este propósito de Shaler de ver a Dios como el gran jardinero que vigila, una a una, las ramas del árbol de la vida y su destino posterior:

    "La posibilidad del desarrollo del hombre ha residido en la institución sucesiva de especies en orden entrelazado... Si, en esta sucesión de decenas de miles de especies, que han vivido durante una serie de millones de años, alguno de los eslabones de la cadena humana se hubiera roto: si cualquiera de estas especies no hubiera conseguido dar nacimiento a su sucesora, la probabilidad del desarrollo del hombre se hubiera perdido" (4).

Shaler, imbuido de la creencia en la evanescente probabilidad de que los humanos -un brote tan tardío en el Árbol de la Vida- hubiéramos salido a escena si todo hubiera dependido de una cadena tan prolongada de casualidades, se vio forzado a pensar que un planificador benevolente, interesado en la aparición del hombre, veló desde el principio para que todo sucediera como tenía que suceder.

Antes de seguir contaré que William James -sí, el famoso psicólogo, el hermano del no menos famoso escritor Henry James- fue otro de los estudiantes que cayó bajo el influjo hipnótico de Louis Agassiz en Harvard. James era a la sazón uno de los mejores amigos de Shaler y compartió por un tiempo la admiración por el maestro común, pero supo librarse del asfixiante influjo de Agassiz merced a su montaraz independiencia de espíritu, de la que Shaler estaba mucho más desprovisto. La cosa se hizo palpable cuando James leyó el libro de Shaler de 1901 y le comentó por carta su interesante "argumento de la probabilidad"; la réplica de James a Shaler, aguda y brillante, discurrió en estos términos:

     "Nunca sabremos qué finales habrán quedado sin realizarse, porque los muertos no hablan. El testigo superviviente habría llegado a la conclusión en cualquier caso, y fuera lo que fuera, de que el universo se planeó para hacer que él y los que se parecen a él tuvieran éxito, pues realmente fue esto lo que ocurrió. Pero tu afirmación de que la probabilidad de que esto no ocurriera por casualidad es de millones a uno no es aplicable aquí. Lo sería si el testigo hubiera preexistido en una forma independiente y hubiera concebido su plan, y luego el mundo lo hubiera realizado. Una tal coincidencia probaría que el mundo tenía una mente parecida a la suya. Pero una tal coincidencia no ha existido. El mundo no ha aparecido más que una sola vez, el testigo está aquí después del hecho y simplemente aprueba... Allí donde sólo hay un hecho en cuestión, no hay relación de "probabilidad" en absoluto (...) ¿Y qué si llegamos a donde estamos por casualidad, o por mero hecho, sin ningún designio general? Lo que se ganó, bien ganado está, tanto da. Y, en cuanto a lo que se pudo haber perdido, ¿quién sabe nada de ello, en cualquier caso?"(5)

No tengo ninguna duda de que Marías está libre de la falacia de Shaler, como muestran estos pasajes:

     "Es todo tan azaroso y ridículo que no se entiende cómo podemos dotar de trascendencia al hecho de nuestro nacimiento o nuestra existencia o de nuestra muerte, determinados por combinaciones erráticas tan antojadizas e imprevisibles como la voz del tiempo" (6), "... nos pasamos la vida fingiendo que somos únicos y escogidos, cuando somos conmutables y el indiferente resultado de una rifa de feria alicaída y mustia" (Negra espalda del tiempo, pág. 379).

Hablando de la estrafalaria muerte de Wilfrid Ewart, un inglés superviviente de la I Guerra Mundial, pero que sarcásticamente falleció por una bala perdida que le penetró por el ojo izquierdo (un ojo del que era ciego) mientras contemplaba la calle (con el otro ojo) desde el balcón de su hotel en Ciudad de México la noche de San Silvestre de 1922, comenta Marías:

     "Era tan fácil que no se hubiera producido esa muerte, pero en realidad es tan fácil que no se produzca nada de lo que tiene lugar y acontece, nada absolutamente, empezando por nuestro nacimiento" (Negra espalda del tiempo, pág. 235)

Por una razón u otra, no todos poseen ese aguzado, casi extravagante, sentido que tiene Marías para captar la presencia de lo contingente, que a él le sirve para ponerse en cobro de la falacia de Shaler y de la tentación de dotar de significación trascendente a lo que sucede (o no sucede), sea esto lo que fuere.

 

La espesa fronda del árbol de vida individual

 

También las vidas individuales, y no sólo la Vida con mayúsculas, pueden representarse de manera arborescente; de hecho, los economistas suelen dibujar las líneas de conducta alternativas que se abren a una persona en un momento determinado de su vida como ramas dentro de un árbol de decisión. Imaginemos que Ismael González Aramburu está debatiéndose en un determinado momento de su existencia (tiene 25 años) entre casarse con su novia de toda la vida, Ágata, o permanecer soltero y sin hijos (una situación que los biólogos denominan, de manera innecesariamente macabra, "muerte genética"). Si Ismael opta por convertirse en un muerto genético, tendrá más tiempo para dedicarse a sus absorbentes estudios de paleontología, realizar trabajos de campo en lugares exóticos sin la embarazosa compañía de una esposa y unos niños, podrá - con la indispensable ayuda de la fortuna- desenterrar fósiles de homínidos que resulten ser decisivos para modificar el relato de la historia evolutiva de nuestra especie, etcétera. Recuerda haber leído en un libro de un filósofo, Jesús Mosterín, una frase que le llamó poderosamente la atención:

     "Muchos individuos -como Budha, Newton o Kant- que no han sido nada eficaces biológicamente, pues no se han reproducido, han sido muy eficaces culturalmente. No han trasmitido sus genes, pero sí sus memes" (7).

¿Es que acaso hay una relación inversa entre ser eficaz culturalmente y ser eficaz biológicamente? ¿Significa lo dicho por Mosterín que Kant no habría escrito su obra filosófica ( o sólo una parte menor de ella) de no haber permanecido célibe? Todas estas reflexiones le inclinan a la soltería y a la "muerte genética".

Pero, por otro lado, le espanta la soledad, y no está nada seguro además de que el estar libre de cuidados familiares sea una garantía de éxito profesional; no basta con permanecer soltero para encontrar fósiles a cada paso: la suerte cuenta, ¡y de qué manera! para que un paleontólogo lleve a cabo un trabajo sobresaliente. Y ya se sabe que la suerte, que es lo que más cuenta, es algo con lo que, sin embargo, no se puede contar. Además ¿acaso impidió el estar casado y tener hijos a Louis Leakey -el héroe profesional adoptado por Ismael- dar con Zinjanthropus boisei en julio de 1959, y asegurarse así su reputación de líder en el campo de la paleontología en aquellas fechas? ¡Por el contrario, fue precisamente su mujer, Mary Leakey, la que de hecho descubrió el famoso cráneo con la proverbial buena suerte que siempre la caracterizó! (8). Si, en el momento especialmente crítico en que Ismael está sopesando las ventajas y desventajas del matrimonio (los presumibles obstáculos que supondrá casarse para su vocación), recibe la visita de un animoso amigo, Amadeo -éste ya paleontólogo en ejercicio-, que acaba de regresar del continente africano y le habla de las exultantes emociones que supone el trabajo de campo, de la cantidad de fósiles que se descubren cada año, de que vivimos en la edad de oro de la paleontología, etcétera, Ismael tal vez se hubiera liado la manta a la cabeza y se hubiera marchado a África oriental en busca de nuestros orígenes, dejando con ello aniquilada toda una biografía posible (la de su matrimonio con Ágata, el nacimiento de los siete retoños que hubiera tenido con ella, y el retrato de Louis Leakey, cada día más descolorido, en su despacho de trabajo); pero habría cumplido otra de sus biografías posibles, un itinerario alternativo dentro de su árbol de decisión vital: esa charla ocasional con su amigo habría hecho que toda su existencia derivara por una ruta completamente diferente, en la que, tiempo después, acabará conociendo a Laura, una bióloga molecular interesada también en la paleontología, que será a partir de entonces su compañera y amante (sin hijos).

Podemos llamar "efecto mariposa intraindividual" a esta curiosa propiedad de los árboles de decisión personales, en recuerdo de un fenómeno similar que el meteorólogo Edward N. Lorenz descubrió en 1963, pero que presentó en sociedad en una conferencia de 1972 ante la Asociación Norteamericana para el Progreso de la Ciencia, y que llevaba el pegadizo título de "Predecibilidad. El aleteo de una mariposa en Brasil, ¿originó un tornado en Texas?". Lo que puso de relieve Lorenz fue que el tiempo atmosférico era impredecible a largo término, y que acontecimientos mínimos -como el aleteo de una mariposa-, si no son registrados en las mediciones de los expertos, pueden hacer que los fluidos atmosféricos discurran en una dirección insospechada y, al menos en algún caso, catastrófica y desproporcionada con la nimiedad del dato no tenido en cuenta. De forma parecida, el roce tal vez furtivo y en apariencia irrelevante que la rama del árbol de decisión de otra persona ejerce sobre la nuestra en un momento dado puede producir, a través del profuso ramaje de nuestro propio árbol de decisión, un efecto que se va amplificando más y más con el tiempo, orientando nuestra existencia por rumbos extremadamente alejados de aquéllos que ésta hubiera tomado de no haber mediado esa minúscula influencia externa.

 

El Árbol de la Vida y el bosque humano

 

Tiene sentido encontrar parecidos entre el Árbol de la Vida y los árboles de vidas individuales (9). Pero también hay diferencias ostensibles entre ambos tipos de árboles; ante todo, dos:

1. En un árbol de vida individual, el recorrer una determinada trayectoria impide que se recorran otras. En el gran Árbol de la Vida hay en la actualidad, y como ya vimos, unos 300 millones de ramales que fluyen, sin que la existencia de uno de ellos excluya la de los demás.

2. Hay un Árbol de la Vida, y las corrientes de ADN que se separan no vuelven a confluir jamás; por contraste, podemos hablar de una plétora de árboles de vida individuales, que forman lo que podríamos llamar "el bosque humano", un medio en extremo excitable, interconectado y en general muy apto para magnificar pequeñas incidencias que ocurren en alguno de sus puntos (una rama que suavemente roza a otra) y que se expanden por sendas imprevisibles. Esa inextricable e inelucidable maraña causal en que consiste el bosque humano hace imposible en la práctica seguir la pista a los eslabones que conectan un hecho grave o de dimensiones voluminosas con lo que pudieron ser sus insignificantes y humildes orígenes remotos: gestos mínimos y hechos al desgaire pueden albergar en su interior, y desplegándose a lo largo del tiempo, consecuencias imprevistas e imprevisibles para quien dio comienzo a esa secuencia causal a cuya ruta caprichosa es imposible seguir la pista; también, insisto en ello, para el agente causal que dio comienzo a la sucesión de eventos y que permanecerá ignorante de sus vicisitudes posteriores. Javier Marías subraya la existencia de estos "efectos mariposa interindividuales":

     "Los pasos que uno da una noche al azar y sin consecuencia acaban llevando a una situación irremediable al cabo del tiempo o del futuro abstracto..., nacer depende de un movimiento azaroso, una frase pronunciada por un desconocido en el otro extremo del mundo, un interpretado gesto, una mano en el hombro y un susurro que pudo no ser susurrado. Cada paso dado y cada palabra dicha por cualquier persona en cualquier circunstancia (en la vacilación o el convencimiento, en la sinceridad o el engaño) tienen repercusiones inimaginables que afectan a quien no nos conoce ni lo pretende, a quien no ha nacido o ignora que podrá padecernos, y se convierten literalmente en asunto de vida o muerte, tantas vidas y muertes tienen su enigmático origen en lo que nadie advierte ni nadie recuerda" (10).

A efectos gráficos, propongo llamar, "horizontales" a los efectos mariposa interindividuales y "verticales" a los que son intraindividuales. Lo normal es que se produzca una concatenación causal entre ambos: lo que hace (u omite hacer) una persona puede incidir en el árbol de decisión de otra (en muchos casos sin expresa premeditación) y las "direcciones desviadas" que toma entonces la vida de esta segunda persona pueden afectar después, "horizontalmente", a la existencia de terceros, que seguramente lo desconocen todo sobre el origen de la primera perturbación, pero a cuyas consecuencias se encuentran entonces sometidos. Si el primer influjo horizontal de Amadeo sobre Ismael no se hubiera producido, la rectificación del itinerario vertical que sucedió en la existencia de Ismael (como consecuencia de ese influjo), el cambio de rumbo en su árbol de decisión, no hubiera afectado (horizontalmente) a Ágata y los siete hijos que pudo tener con ella (por un lado) ni a Laura (por otro).

La incidencia que pueden tener los "roces horizontales" sobre la senda vertical que tome el árbol de decisión de un individuo es algo que ya Marcel Proust advirtió con su habitual agudeza (11). Javier Marías es también consciente de la importancia, a veces desmesurada, de estos actos a los que uno, al principio, no suele conceder relevancia alguna y que se nos muestran con el rostro de la más cumplida inocencia; pero lo es también -y esto lo encuentro más peculiar de él- de la trascendencia de las pequeñas omisiones, de lo que no ocurrió pero pudo muy bien ocurrir, de los contactos abortados entre ramas de árboles vecinos. En un intersticio de Corazón tan blanco, Marías cuenta las visitas del narrador a una papelería cercana a su casa en que atendía "una niña casi de mi edad, un poco más joven, la hija del dueño". "Esa niña era preciosa", y el chico se entretenía en la papelería más de la cuenta para contemplarla a su sabor. Sin embargo, quizá por timidez (¿qué otra cosa, si no?), el narrador enamorado sólo le dirigía la palabra para cumplimentar los trámites asépticos de comprar "papel y lápices, carpetas y gomas y darle las gracias". Así fueron pasando los años -de hecho, demasiados años- sin que ocurriera otra cosa digna de mención, salvo una muy importante: "Ya no es preciosa y no sé por qué no, ya que está todavía en edad de serlo" (la joven tiene ahora 33 o 34 años). Ha perdido la lozanía y el brillo en la mirada y su sonrisa afable, quizá porque ya no recibe miradas de admiración y embeleso que la enciendan por dentro y arrojen calor a sus facciones y sus gestos, y la hagan vestirse de manera menos pacata y desaliñada. El narrador se hace esta melancólica reflexión:

      "Pensé que esa niña, Nieves, sería distinta y mejor si yo la hubiera amado no sólo de lejos, si pasada la adolescencia le hubiera hablado y la hubiera tratado y ella hubiera querido besarme, lo cual no podré saber nunca, si habría querido. Ya sé que no sé nada de ella, sin duda le faltan inquietud y ambición y curiosidad, pero estoy seguro al menos de un par de cosas: de que no vestiría como viste ahora y habría salido de la papelería, yo me habría encargado. Puede que fuera aún preciosa y pareciera joven, es mucho decir, pero la mera posibilidad de que así hubiera sido es ya suficiente para indignarme, no conmigo mismo por no haberle hablado más que de lápices, sino con el simple hecho, o posibilidad tal vez, de que la edad visible y el aspecto de una persona puedan depender de quién se le fue acercnado, y de tener dinero (...) Sé que la niña de la papelería habría visto otras cosas y otros países fuera del mes de agosto, sé que habría tenido trato con personas distintas de las que trate y conozca, sé que habría dispuesto de más dinero y no se habría enterado bajo virutas y briznas de caucho. (Corazón tan blanco, cit., págs. 146 y 147).

Aquí es lo que no fue, la ausencia de intromisión de una vida en otra, la influencia que no se transmitió a través de la espesa trenza del bosque humano, lo que lleva a Marías a reparar en la importancia de los gestos mínimos que tanto pueden alterar las vidas ajenas y la propia. La temprana muerte de su hermano mayor, Julianín, " a los tres años y siete meses y medio", le hace pensar algo semejante a Javier Marías:

      "De haber vivido más ese niño es posible que yo no hubiera nacido o no hubiera sido el mismo, ambas cosas son idénticas" (Negra espalda del tiempo, cit., págs. 271-273) (12)

De nuevo, Marías subraya la paradójica importancia de la no influencia, y se percibe que le concede igual peso (al menos) que a la influencia efectiva.

 

Azar y responsabilidad

 

Lo impredecible de los derroteros que tome una perturbación cualquiera en ese medio tan excitable que es el "bosque humano" hace difícil en el mejor de los casos, e imposible en casi todos ellos, rastrear el pedigrí remoto de una desgracia o cataclismo; vuelve asimismo heroica, y la mayor parte de las veces equivocada, la búsqueda de un responsable, de un culpable de un suceso infausto que tal vez tuvo su ignoto origen en un ademán humano tan leve como el aleteo de una mariposa. Considerando lo dicho, que el bosque humano es un medio excitable (14) en que pequeñas y vagarosas oscilaciones pueden propagarse y crecer hasta detenerse en resultados cuyo "volumen" no guarda relación con la liviandad del papirotazo iniciador del proceso, resulta que lo imprevisible es un fenómeno habitual en el bosque humano, que dificulta y emborrona la conclusión -que cada vez parece extenderse más- de que allí donde se ha producido un daño ha habido un agente damnificador que, tanto si actuó intencionada como inintencionadamente, se ha de hacer cargo de lo ocurrido. "Cada vez que ocurre una catástrofe, lo primero que se hace hoy en día es buscar responsabilidades, si es que no "culpabilidades" (14). Marías menciona el estrambótico caso de una señora que denunció a Disneylandia "porque sus nietos habían visto por azar a unos empleados quitarse los disfraces de Mickey y Goofey y habían padecido una "frustración emocional" (art. cit.) Y añade unas pocas líneas más adelante:

      "El hombre contemporáneo es tan soberbio que ha llegado a creer que si algo va o sale mal es siempre porque alguien, en todo el infinito proceso de encadenamientos precisos para la mera existencia de lo más trivial a menudo, no ha hecho las cosas como debía. La idea subyacente es lo más preocupante, a saber: que todo es previsible y está controlado, que la seguridad teórica es plena, que la vida no tiene por qué estar sujeta a accidentes ni a peligros ni a zozobras, a golpes de suerte ni de infortunio, a imprevistos ni a contratiempos".

Recordemos por un momento la pequeña ficción "para uso teórico" que antes introduje. ¿Se puede considerar de verdad a Amadeo responsable de que Ismael no se haya casado con Ágata? ¿Y también de que no nacieran las siete criaturas que habrían tenido ambos si su matrimonio se hubiera producido? ¿Podía Amadeo siquiera imaginar que éstas iban a ser las consecuencias del entusiasta parloteo con su amigo sobre paleontología? No es sólo que Amadeo ignore estas consecuencias sino que, además, ignora que las ignora; en estas condiciones, ¿qué sentido tiene responsabilizar a Amadeo de nada? (15).

Por supuesto, la responsabilidad no es un asunto de todo-o-nada: considerando el caso particular (algo crucial; es punto menos que inútil tratar de pontificar sobre estas cuestiones en abstracto) se pueden encontrar atenuantes, eximentes o -en el lado opuesto- agravantes. Un caso interesante (interesante precisamente por su ambigüedad, por la dificultad de establecer una elucidación moral completa y satisfactoria del mismo) lo describe Marías en Mañana en la batalla piensa en mí. Un español de visita en Londres, Eduardo Deán, trata de estrangular a su amante -enfermera en el piso alto de un autobús, fuera de la vista del conductor o de cualquier otro pasajero (estamos a altas horas de la noche). Resultaría premioso entrar en la explicación de la cadena de sucesos que llevaron a ese hombre a emprender tan drástica acción (y, afortunadamente para todos, no son importantes esos sucesos previos para establecer el punto en litigio del que quiero hablar en seguida); pero mientras está en ello -las manos ya apretando la nuca y el cuello de la víctima- el autobús frena inopinadamente y con un fuerte chirrido. La brusquedad del barquinazo saca al cuasi-asesino de esa especie de trance hipnótico en que le había sumido su intento de estrangulamiento. "Aflojé de inmediato, retiré las manos, la solté de golpe, sin quitarle la vida" (16).

La mujer, Eva, sale aturdida y trastabillando en la siguiente parada del autobús; su ofuscación le impide recordar que los coches en las islas británicas circulan por la izquierda de la calzada -no por la derecha, como en el continente- y es atropellada mortalmente por un taxi ("un taxi Austin como un rinoceronte"), ante la mirada consternada del que había estado a punto de acabar con su vida de otra forma. Mi impresión es que la conducta de Eduardo Deán después del accidente es lo crucial aquí para calibrar su grado de consciencia de responsabilidad moral en lo ocurrido.

      "Yo no hice nada, quiero decir que no me bajé en la siguiente parada o semáforo para retroceder y confirmar lo que ya sabía o acompañar a Eva muerta y ayudar en los trámites... Me había desatendido. Yo no la había matado en sentido estricto, había sido el taxi, pero lo había buscado y querido un minuto antes y ahora estaba ya hecho, por mi voluntad indecisa aunque no por mi mano" (pág. 406).

Un poco más tarde, Deán reconoce que le hubiera gustado decir: "Pero le he dado la espalda a mi antiguo yo, yo no soy lo que fui ni tampoco el que fui, no me conozco ni me reconozco. Y yo no lo busqué, yo no lo quise". Seguramente, esta agónica declaración revela mejor que nada que Deán se siente culpable y que una parte importante de responsabilidad en lo ocurrido se le puede imputar claramente.

 

Cuando fui mortal

 

Mientras permanecemos en el bosque humano como seres vivos (hay otra forma de permanecer en este bosque de la que hablaré después), una buena parte de los hechos y la información que atañe a nuestra vida de forma directa se nos escapa, permanece camuflada para nosotros. Una persona entra en nuestro campo visual cargada de intenciones hacia nosotros que le han sido insufladas por un tercero del que nada sabemos ni llegaremos a saber; alguien nos busca y necesita en un momento de desesperación, pero su llamada o su aviso se producen instantes después de que hayamos abandonado nuestra casa, y nos enteramos de que habíamos sido requeridos cuando tal vez se ha producido ya lo irremediable; en otras ocasiones, incluso, no hace falta que medie intencionalidad alguna para que algo nos afecte: una consecuencia nos da en pleno rostro proveniente de un oscuro personaje al que no conocemos y que no nos conoce, pero que ha hecho un tenue ademán que se ha ido cargando de energía, reverberando de rama en rama, y que ahora desahoga todo su potencial destructivo o benefactor sobre nosotros, cambiando nuestra vida quizá de modo irreversible y para siempre. La mayor parte de esta vida discurre en un estado de feliz inocencia acerca de los múltiples factores densamente entretejidos que circulan continuamente por el bosque humano y que están produciendo impactos fortuitos o intencionados sobre ella, y de cuyo origen nada sabemos.

En un cuento excepcional en todos los sentidos, Cuando fui mortal, Javier Marías nos desvela la pobreza de noticias acerca de lo que nos concierne y en medio de la cual hemos de seguir viviendo, impotentes por completo para remediar la situación:

      "...uno sólo conoce un fragmento de lo que le ocurre, y... cuando cree poder explicarse o contarse lo que le ha sucedido hasta un día determinado, le faltan demasiados datos, le faltan las intenciones ajenas y los motivos de los impulsos,le falta lo oculto: vemos aparecer a nuestros seres más cercanos como si fueran actores que surgen de pronto ante el telón de un teatro, sin que sepamos qué hacían hasta el anterior segundo, cuando no estaban ante nosotros... También nos faltan los hechos a los que no asistimos y las conversaciones que no escuchamos, las que se celebran a nuestras espaldas y nos mencionan o nos critican o nos juzgan y nos condenan" (17).

El mismo asunto reaparece en Mañana en la batalla piensa en mí:

      "Es tanto más lo que sucede a nuestras espaldas, nuestra capacidad de conocimiento es minúscula, lo que está más allá de un muro ya no lo vemos, o lo que está a distancia, basta con que alguien cuchichee o se aleje unos pasos para que ya no oigamos lo que está diciendo, y puede que nos vaya la vida en ello, basta con que no leamos un libro para que no sepamos la principal advertencia, no podemos estar más que en un sitio en cada momento, e incluso entonces a menudo ignoramos quiénes nos estarán contemplando o pensando en nosotros, quién está a punto de marcar nuestro número, quién de escribirnos, quién de querernos o de buscarnos, quién de condenarnos o asesinarnos y así acabar con nuestros escasos y malvados días, quién de arrojarnos al revés del tiempo o a su negra espalda..." (op. cit., pág. 77).

Cuando fui mortal es un peculiar cuento de fantasmas, en que al protagonista, que acaba de ser asesinado y ha salido ya del bosque humano, le es dado ahora repasar la totalidad de su vida, pero de una manera lancinantemente minuciosa y completa: recuerda todos y cada uno de los detalles (y todos con el mismo peso, sin que ninguno sobresalga por su importancia, pues esa importancia diferencial era subjetiva, y se la daba él cuando aún estaba entre los vivos), sin tonos distintivos, sin subrayados, sin énfasis, en una monotonía apabullante.

      "Veo con claridad absoluta rostros con que me crucé una sola vez en la calle, un hombre al que di una limosna sin mirarle a la cara, una mujer que observé yendo en metro y de la que no volví a acordarme, las facciones de un cartero que me trajo un telegrama sin importancia, la figura de una niña a la que vi en una playa, siendo aún niño" (Cuando fui mortal, cit., pág. 93).

Pero lo peor no es esta memoria meticulosa y monocorde hasta el sufrimiento; lo peor para el fantasma es que ahora posee también un conocimiento total, ha perdido la perspectiva limitada del que moraba en un rincón del bosque humano y lo contemplaba todo desde allí, de manera intermitente y fragmentaria. Ahora "goza" de la perspectiva global, o sea, de la ausencia de perspectiva; ahora conoce la perspectiva; ahora conoce la totalidad; ahora, cuando ha dejado de ser mortal, sabe de todos los movimientos que tuvieron lugar en ese bosque mientras habitaba en él; en especial de los más atinentes a su vida, y que mientras vivía le habían sido piadosamente ocultados en su mayor parte. Entra, desde luego, en conocimiento de los detalles de su muerte (una muerte que le pilló de sorpresa y que resultó ser especialmente truculenta y macabra), y de la secuencia de acontecimientos que la desencadenó y que sucedió a sus espaldas, mientras creía ser amado por la persona que ahora sabe que está urdiendo su final.

 

Incapaces de una autobiografía transparente

 

El problema de Cuando fui mortal se encuadra en realidad en un asunto más general, que preocupa especialmente a Marías; la imposibilidad de quedar en claro acerca de nuestras vidas, de obtener una autobiografía transparente de nosotros mismos. En parte eso ocurre porque vivimos en un medio especialmente enmarañado y nadie está en condiciones de relatar la historia inmensamente prolija de todos los movimientos y susurros que recorren ese bosque humano, en medio de cuyos avatares "descansan" (es un decir) nuestras vidas; todo ese material es demasiado étero y fugaz para que pueda interesar a ningún historiador, que, además, está lejos de contar con los medios, realmente sobrehumanos (tal vez sólo al alcance de fantasmas marianos), que precisaría para registrarlo:

      "De casi nada hay registro, los pensamientos y movimientos fugaces, los planes y los deseos, la duda secreta, las ensoñaciones, la crueldad y el insulto, las palabras dichas y oídas y luego negadas o malentendidas o tergiversadas, las promesas hechas y no tenidas en cuenta, ni siquiera por aquellos a quienes se hicieron, todo se olvida o prescribe, cuanto se hace a solas y no se anota y también casi todo lo que no es solitario sino en compañía, cuán poco va quedando de cada individuo, de qué poco hay constancia, y de ese poco que queda tanto se calla, y de lo que se calla se recuerda después tan sólo una mínima parte, y durante un tiempo... " (Mañana en la batalla piensa en mí, cit., pág. 76; véase también pág. 295, donde se repite el mismo pensamiento con las mismas palabras).

Una dificultad de otra índole para autobiografiarse sin trampas es la tendencia que nos mueve a falsificar nuestro pasado desde nuestro presente, a verlo como indicio y largo preparativo de ese presente:

      "acabamos viendo toda nuestra vida a la luz de lo último o de lo más reciente, como si el pasado hubiera sido sólo preparativos y lo fuéramos comprendiendo a medida que se nos aleja, y lo comprendiéramos del todo al término. Y así cree la madre que hubo de ser madre y la solterona célibe..., como cree el gobernante que sus pasos lo llevaron desde el principio a disponer de otras voluntades y se rastrea la infancia del genio cuando se sabe que es genio..." (Negra espalda del tiempo, cit., pág. 380; la misma idea se la puede encontrar uno también en Mañana en la batalla piensa en mí, cit., págs. 174 y 194).

Algo semejante dice Milan Kundera al referirse a la concepción de la historia que ofrece Tolstoi en Guerra y paz, y en la que el gran escritor ruso menciona esta omnipresente tentación de tergiversar los acontecimientos pasados desde el presente, como si el pasado hubiera estado encaminándose hacia ese presente y prefigurándolo de forma racionalmente ordenada y coherente:

      "Gracias a esta concepción de la historia, Tolstoi dibuja el espacio metafísico en que se mueven sus personajes. Al desconocer el sentido de la historia y su futuro discurrir, al desconocer incluso el sentido objetivo de sus propios actos (mediante los cuales participan "inconscientemente" en los acontecimientos "cuyo sentido se les escapa"), avanzan por su vida como se avanza en la niebla. Digo niebla, no oscuridad. En la oscuridad, no se ve nada, se es ciego, se está a merced, no se es libre. En la niebla se es libre, pero es la libertad de quien está en la niebla (...) El hombre es el que avanza en la niebla. Pero, cuando mira hacia atrás para juzgar a la gente del pasado, no ve niebla alguna en su camino. Desde su presente, que fue lejano porvenir, el camino le parece del todo despejado, visible en toda su extensión. Mirando hacia atrás, el hombre ve el camino, ve la gente que avanza, ve sus errores, pero la niebla ya no está" (18).

La vida individual discurre también en medio de la niebla y es sólo después, cuando la recapitulamos, cuando la niebla se disipa, cuando las zozobras e incertidumbres con las que tomábamos una u otra senda en nuestro árbol de decisión individual se esfuman; cuando se esfuma incluso la idea de que estábamos transitando por un árbol de decisión con otras vías alternativas que dejamos de lado (quizá sólo porque no nos percatamos de que estaban allí, disponibles). Desde la aventajada atalaya del presente, el desasosiego de habernos estado moviendo siempre en la niebla se olvida, y reconstruimos ese pasado, que siempre fue tortuoso y expuesto a la rectificación, como una autopista despejada hacia el presente.

Esta tendencia alcanza su apoteosis en las "vidas logradas", en que la tergiversación del pasado se convierte abiertamente en celebración del mismo; eso que Friedrich Nietzsche llamó amor fati: "Transformar todo ´fue´ en un ´así lo quise" (19).

El individuo genial se entrega con íntima autocomplacencia a reconstruir su propia vida como un árbol de decisión completamente conocido en su exuberante frondosidad, algo que nunca experimentó cuando vivió "en tiempo real" su existencia. Pero ahora, cuando la transita por segunda vez con la memoria -la niebla disipada- se convence (a la vista de los triunfos cosechados en ella) de que volvería a caminar por el mismo intrincado itinerario, por el que en realidad vagó inseguro y envuelto en la niebla; y todo esto además, haciendo pasar ante sí, ante su memoria benévolamente falsificadora, su errática e incierta trayectoria como una secuencia de elecciones racionales y conscientes en que "milagrosamente" no hubo ni un solo extravío y "escogió" en cada instante lo que mejor iba a facilitar sus logros futuros. Contemplar la propia vida como un árbol de decisión es ya en buena medida desfigurarla en retrospectiva, reconstruirla como más diáfanamente racional de lo que en realidad fue (20).

 

Apetito fáustico y falta de voluntad

 

Comentaba antes que una de las diferencias principales entre el Árbol de la Vida y los árboles de decisión individuales es que en estos últimos, pero no en el primero, el seguir una determinada ruta condena a la inexistencia a las restantes; para algunos, como Sartre, esta condena es tajante y definitiva, y no hay consoladoras excusas a las que acudir. Nuestra vida es el conjunto de los segmentos que hemos recorrido en nuestro árbol de decisión y fuera de eso no hay nada más:

      "... el hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza, no es por tanto más que el conjunto de sus actos, nada más que su vida. De acuerdo con esto, podemos comprender por qué nuestra doctrina horroriza a algunas personas. Porque a menudo no tienen más que una forma de soportar su miseria, y es pensar así: las circunstancias han estado contra mí; yo valía mucho más de lo que he sido; evidentemente no he tenido un gran amor, o una gran amistad, pero es porque no he encontrado ni un hombre ni una mujer que fueran dignos; no he escrito buenos libros porque no he tenido tiempo para hacerlos; no he tenido hijos a quienes dedicarme, porque no he encontrado al hombre con el que podría haber realizado mi vida. Han quedado, pues, en mí, sin empleo, y enteramente viables, un conjunto de disposiciones, de inclinaciones, de posibilades que me dan un valor que la simple serie de mis actos no permite inferir. Ahora bien, para el existencialismo, no hay otro amor que el que se construye, no hay otra posibilidad de amor que la que se manifiesta en el amor; no hay otro genio que el que se manifiesta en las obras de arte; el genio de Proust es la totalidad de las obras de Proust; el genio de Racine es la serie de sus tragedias; fuera de esto no hay nada. ¿Por qué atribuir a Racine la posibilidad de escribir una nueva tragedia, puesto que precisamente no la ha escrito? Un hombre que se compromete en la vida dibuja su figura, y fuera de esta figura no hay nada. Evidentemente, este pensamiento puede parecer duro para aquél que no ha triunfado en la vida. Pero, por otra parte, dispone a las gentes para comprender que sólo cuenta contra la realidad, que los sueños, las esperas, las esperanzas, permiten solamente definir a un hombre como sueño desilusionado, como esperanzas abortadas, como esperas inútiles..." (21).

¿Está Sartre en lo cierto? Su visión no sólo es conscientemente despiadada sino también, en mi opinión, falsa. Las ramas arrumbadas en el árbol de decisión permanecen todavía vivas (en una existencia un tanto espectral, esto hay que reconocerlo), al menos mientras sigamos sintiendo su llamada perentoria para que las recorramos. Esto puede ocurrir cuando uno se siente atacado de ese morbo especial que es el apetito fáustico (que no es sino el afán, irracional, de consumar sin exclusiones todas nuestras vidas posibles, de explorar por completo nuestro árbol de decisión); o en los casos de debilidad de la voluntad, es decir, cuando percibimos con claridad que nuestra existencia se ha abismado en un laberinto de ramas de inferior calidad -indignas de lo que nos gustaría ser- y sabemos que ese extravío se produjo como consecuencia de aquellos momentos en que nos faltó la voluntad necesaria (y de los que somos mortificantemente conscientes), y nuestra vida empezó a tomar un rumbo en que comenzamos a traicionar nuestras metas más íntimamente anheladas.

El apetito físico y la debilidad de la voluntad mantienen en una existencia incierta y quizá estertorosa esas ramas intransitadas de nuestro árbol de decisión que, no obstante, siguen gravitando moralmente sobre nosotros y nos producen aún una palpable turbulencia psíquica. Esta turbulencia forma parte real de nuestras vidas, y despacharla con un encogimiento de hombros, como hace Sartre, constituye una equivocación porque ese desasosiego que sentimos es tan real como lo que hacemos y es también parte de lo que vivimos, y porque posee aún poder para rectificar los derroteros de una vida; como es el caso de Ismael, mi paleontrapólogo de ficción para uso teórico, que opta en el último momento por seguir el reclamo de su vocación profesional, seguramente porque ha advertido a tiempo que casarse es en su caso una forma de claudicación. Es cierto que esas turbulencias psíquicas que nos recuerdan que somos más de lo que hacemos tienen fecha de caducidad, terminan por languidecer y desvanecerse, y ésa es la señal de que todo aquello ha dejado de importar y ha acabado confinado en la negra espalda del tiempo. El infectado de impulso fáustico se resigna finalmente a que, a cierta edad, su vida está ya demasiado encaminada como para salir de ella y que el horizonte que se divisa por delante es aún más angosto...; es la hora de decir adiós a la concepción de uno mismo y de su existencia como una navaja suiza susceptible de varios usos. el débil de voluntad acaba por reconocer en algún momento que sus ensoñaciones de corregir el curso de su vida sufren demasiadas vacilaciones en su realización y que estaban mezcladas con ese ladino y ponzoñoso elixir que es el autoengaño.

Pero todo eso puede estar aún por ocurrir, y mientras tanto...

      "Todos tenemos en el fondo la misma tendencia, es decir, a irnos viendo en las diferentes etapas de nuestra vida como el resultado y el compendio de lo que nos ha ocurrido y de lo que hemos logrado y de lo que hemos realizado, como si fuera tan sólo eso lo que conforma nuestra existencia. Y olvidamos casi siempre que las personas no son sólo eso: cada trayectoria se compone también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras omisiones y nuestros deseos incumplidos, de lo que una vez dejamos de lado o no elegimos o no alcanzamos, de las numerosas posibilidades que en su mayoría no llegaron a realizarse -todas menos una, a la postre-, de nuestras vacilaciones y nuestras ensoñaciones, de los proyectos frustrados y de los anhelos falsos o tibios, de los miedos que nos paralizaron, de lo que abandonamos o nos abandonó a nosotros. Las personas tal vez consistimos, en suma, tanto en lo que somos como en lo que hemos sido, tanto en lo comprobable y cuantificable y recordable como en lo más incierto, indeciso y difuminado, quizá estamos hechos en igual medida de lo que fue y de lo que pudo ser".

Estas palabras pertenecen a la alocución (que lleva por título "Lo que no sucede y sucede") que dio Javier Marías en Caracas el 2 de agosto de 1995, con motivo de la entrega del Premio Rómulo Gallegos por su novela Mañana en la batalla piensa en mí (22). Encuentro de especial interés que Marías remate sus palabras anteriores con esta reflexión:

      "Y me atrevo a pensar que es precisamente la ficción la que nos cuenta eso o, mejor dicho, la que nos sirve de recordatorio de esa dimensión que solemos dejar de lado a la hora de relatarnos a nosotros mismos y nuestra vida".

Cuando leí esto recordé unas palabras de Vargas Llosa que sirven de perfecto complemento a las de Marías (o a la inversa) y en que propone la ficción como lenitivio, siquiera parcial, de nuestros apetitos fáusticos:

      "Porque la vida real, la vida verdadera, nunca ha sido ni será bastante para colmar los deseos humanos. Y porque sin esa insatisfacción vital que las mentiras de la literatura a la vez azuzan y aplacan, nunca hay auténtico progreso".
      "La fantasía de que estamos dotados es un don demostrado. Está continuamente abriendo un abismo entre lo que somos y lo que quisiéramos ser, entre lo que tenemos y lo que deseamos".
      "Pero la imaginación ha concebido un astuto y sutil paliativo para ese divorcio inevitable entre nuestra realidad y nuestros apetitos desmedidos: la ficción. Gracias a ella somos más y somos otros sin dejar de ser los mismos. En ella nos disolvemos y multiplicamos, viviendo muchas más vidas de la que tenemos y de las que podríamos vivir si permanecemos confinados en lo verídico, sin salir de la cárcel de la historia" (23).

 

Muerte e inmortalidad

 

Dentro de la obra de Marías que conozco, Toby Rylands es mi personaje favorito. Aparece en Todas las almas y en Negra espalda del tiempo y, que yo sepa, en ningún otro libro. Sus apariciones son breves -demasiado para mi gusto- pero tienen la virtud de elevar inmediatamente la temperatura filosófica de la narración. En Todas las almas, Rylands discurre sobre la muerte; en Negra espalda del tiempo, acerca de la inmortalidad. Es, en consecuencia, una suerte para mí dejar en sus manos (en sus palabras) lo que haya que decir sobre estos asuntos.

El yo-narrador hace una visita a Toby Rylands cuando los primeros síntomas de la enfermedad de un colega de ambos, Cromer-Blake (la única verdadera amistad del narrador durante los dos años que pasó en Oxford) son ya evidentes para todos: a pesar de las intermitencias de su mal, todos intuyen que no hay esperanzas para él. Rylands, también amigo íntimo y de más larga data de Cromer-Blake, hace tiempo que no recibe visitas de éste en su casa, aunque la índole de la enfermedad de Cromer-Blake, de la que nadie sabe nada de cierto (lo único que todos saben es que es irreversible y no saldrá de ella), no le impide desplazarse físicamente y verse con Rylands o con quien quiera. Toby Rylands entiende y disculpa la actitud huidiza de Cromer-Blake:

      "Yo le recuerdo la muerte, porque soy seguramente, de sus amigos, el que la tiene más cerca. Yo soy la enfermedad que él padece, yo soy la vejez, yo soy el decaimiento".

Rylands es un muerto genético (en el sentido que dan a esta expresión los biólogos), sin mujer ni hijos y entregado a una vida de conocimiento, y que aún planea -a su avanzada edad- hacer "el mejor libro que jamás se haya escrito sobre Laurence Sterne y su Sentimental Journey" (24). en un momento de la charla con el narrador, Toby Rylands hace el comentario que a mí se me antoja decisivo:

      "Lo grave de que la muerte se acerque no es la propia muerte con lo que traiga o no traiga, sino que ya no se podrá fantasear con lo que ha de venir" (pág. 195).

En efecto, la inminencia real o imaginaria de la muerte tiene siempre la consecuencia de cambiar los términos de nuestro trato con la vida (con lo poco que suponemos que nos queda de vida): barruntamos que se terminan las manifestaciones futuras de nuestra propia persona que podrían tomar el relevo a la actual para culminar los proyectos que tuviéramos de lo inconcluso y lo inane, abandonamos estos proyectos, nos vamos despidiendo poco a poco de cuanto era decisivo y central en nuestro plan de vida, el mismo plan de vida se va diluyendo mansamente, la lucha y el forcejeo por lo que antes nos era crucial van quedando desmalazados y un atroz marasmo lo inunda todo. Esto nos lo cuenta sin fallos el narrador de Mañana en la batalla piensa en mí:

      "Sólo entonces dejaré de ser el hilo de la continuidad, el hilo de seda sin guía, cuando mi voluntad se retire cansada y ya no quiera querer ni quiera nada, y no sea ´aún no, aún no´, sino ´no puedo más´lo que prevalezca, cuando me interrumpa y transite sólo por el revés del tiempo, o por su negra espalda donde no habrá escrúpulo ni error ni esfuerzo" (pág. 361).

El ansia de inmortalidad da lugar al que es sin duda el capítulo más deliciosamente divertido de Negra espalda del tiempo; el que Marías dedica a contarnos las incontenibles y casi indecorosas prisas que tiene Francisco Rico ("el profesor Rico, hombre de gran saber") por lamer esas mieles. Pero unas páginas antes, Marías nos relata su encuentro con Toby Rylands o, en realidad, con el don de Oxford que se esconde tras este nombre. "Todo nuestro trabajo, el de los estudiosos, está condenado a quedarse anticuado, inservible, a ser olvidado", empieza diciendo Rylands (pág. 53). Malas noticias, pues, para el profesor Rico, que es también filólogo, como Rylands. "Tal vez nuestra sola manera de pasar a la posterioridad, que irónicamente es lo único que nos ocupa, sea a través de una novela de ahora a la que no nos toca hacer el menor caso". Esto es justamente lo que Rico pide a Marías de forma cada vez más acuciante, que lo incluya en una de sus novelas, pero no travestido como "el profesor del Diestro" (que es como figura en Todas las almas), sino "con mi propio nombre. Que salga Francisco Rico, no un ente de ficción que se le parezca ni le parodie" (pág. 69): esto es lo que demanda el profesor Rico a un (supongo) más divertido que incomodado Javier Marías. La erudición no conduce a la inmortalidad, pero tampoco los fabuladores lo tienen fácil; su camino hacia la fama es más directo, pero, por lo mismo, se encuentra mucho más concurrido, como le advierte a Marías el clarividente Rylands:

      "Es improbable que una novela actual perdure, se publican demasiadas y los críticos de periódico casi nunca distinguen nada, pero al menos es posible. Lo que es seguro que no va a pervivir son nuestras investigaciones e interpretaciones" (pág. 53).

¿Por qué este extraño afán por la inmortalidad que parece tan contraintuitivo examinado de cerca, pues sólo se "disfruta" de forma segura (antes todo se limita a suposiciones o anhelos mejor o peor fundados) cuando uno ya lleva tiempo criando malvas? Creo que hay una buena razón para perseguir con tanto denuedo una pieza de caza mayor tan esquiva y selecta, y es la de que es el único modo que tenemos los humanos de dar la espalda a la negra espalda del tiempo (o sea, de permanecer de una vez por todas en su anverso) cuando ya sólo queden de nosotros los huesos. Del mismo modo que alguien puede estar vivo pero genéticamente muerto, una persona puede estar muerta pero "meméticamente viva", y para siempre (25). Y esto es la inmortalidad, la única forma -reservada a una minoría de escogidos- de persistir por tiempo indefinido en el "bosque humano" culturalmente vivos después de muertos, y manteniendo la capacidad, muy real, de seguir influyendo en él: quien goza de la inmortalidad es como un árbol espectral que continúa y continuará ejerciendo efectos nada espectrales, y en la mayor parte de los casos efectos más decisivos y contundentes que los que están al alcance de las personas vivas que en un momento cualquiera habiten ese bosque humano.

Shakespeare, Julio César o Bach seguirán fomentando vocaciones literarias, militares o musicales, y desde luego un séquito inagotable y siempre renovado de trabajo erudito y exegético, seguramente destinado (como supone Toby Rylands) a ser pasto de la preterición y la caducidad; pero caducarán los eruditos y sus estudios, no los ungidos con la inmortalidad, que seguirán teniendo algo que ver con los árboles de decisión de los vivos en cada generación, después de aquélla que los consagró como inmortales y que, a no dudarlo, se ocupará de encontrar soportes físicos perdurables para sus memes. El ansia de inmortalidad es el ansia de seguir contando causalmente en las vicisitudes futuras de la especie, no ser engullidos por el olvido más allá de nuestra muerte física, la manifestación más gloriosa de nuestro inagotable egoísmo.

 

La negra espalda del tiempo, en fin

 

Puedo estar a punto de caer en el error característico de un filósofo o de un pensador: tratar de sistematizar el significado de una frase ("negra espalda del tiempo") que un escritor emplea por su calidad sugestiva -ciertamente muy elevada- o por su redondez literaria. Pero dos cosas me inclinan a cometer este "error", si de error finalmente se trata: que el uso que Marías hace de la frase me parece consistente en los distintos contextos en que aparece (puede oírse, como un bordón, en varias de sus novelas), y que el propio Marías deja fluir una vena filosófica -para mí evidente- en sus ficciones, en las que los mismos asuntos aparecen y reaparecen de manera casi compulsiva, pero tratados de forma intelectualmente diestra y en absoluto desmañada, lo que me hace suponer que tienen importancia para él.

¿Qué es, en fin, la negra espalda del tiempo? ¿Qué hay en ella?Javier Marías toma esta misteriosa expresión (así la califica él, no yo) de Shakespeare, "y por dar algún nombre -añade- al tiempo que no ha existido, al que nos aguarda y también al que no nos espera y n acontece por tanto, o sólo en una esfera que no es temporal propiamente y en la que quién sabe si no se hallará la escritura, o quizá solamente la ficción" (Negra espalda del tiempo, cit., págs. 362-363; veánse también págs. 376-377). entiendo, por tanto, que con la expresión se refiere Marías a las distintas formas en que se puede conjugar el "verbo" no-ser:

. Lo que no fue pero pudo ser. Aquí caben todos los cursos del Árbol de la Vida que pudieron existir pero no existieron, todos los diseños corporales que no fueron activados por la corriente del río de ADN que surgió de las profundidades del tiempo, debido a que, caprichosamente, ese río tomó una derrota diferente (26). También entran en esta categoría las ramas del árbol de decisión individual que la persona nunca tuvo en cuenta, que ignoraba que estaban a su alcance y que tal vez hubiera descubierto y seguido de haberse producido minúsculos esguinces en la secuencia previa de acontecimientos que, sin embargo, no se dieron y dejaron para él toda esa parcela de su árbol de decisión escondida por siempre en el dorso del tiempo.

. Lo que fue y dejó de ser y de lo que ya no queda registro. En este capítulo entrarían todos esos ramales del Árbol de la Vida (más del 99% quizá) que se secaron mansamente o con ruido y furia en algún periodo geológico, especies (e individuos dentro de esas especies) de las que ni siquiera conocemos su aspecto y a las que ningún taxonomista se ha molestado en nombrar y clasificar. También esas vidas pasadas mantenidas frágilmente -cada vez más frágilmente- en la memoria de los allegados, como Eduardo Deán, que recuerda a su mujer y a su amante-enfermera muertas (de muertes tan distintas) en Mañana en la batalla piensa en mí:

      "... su desdichada mujer y su desdichada amante mezcladas y alojadas ambas en nuestras cabezas a falta de lugares más confortables, debatiéndose contra su disolución y queriendo encarnarse en lo único que les resta para conservar la vigencia y el trato, la repetición y reverberación infinita de lo que una vez hicieron o de lo que tuvo lugar un día: infinita, pero cada vez más cansada y tenue... su grado de irrealidad va en aumento" (pág. 410).

Cuando ese grado de irrealidad sea completo, la persona antes querida quedará emboscada para siempre en el revés del tiempo. Asimismo habría que colocar aquí a todos aquéllos (una legión) que buscaron la inmortalidad y que quizá por el arbitrio del azar más que por falta de méritos no la alcanzaron, y cuyas obras ya sólo hojean unos pocos bibliómanos empedernidos en librerías de lance.

. Las fabulaciones novelescas o cinematográficas, por las que ampliamos el radio de nuestra experiencia y no la dejamos reducida a lo que mostrencamente nos pasa en la "vida real". Me parece una pequeña incongruencia en el pensamiento de Marías alojar en el dorso del tiempo todas estas creaciones del espíritu humano que, aun si es cierto (evidentemente) que no ocurren en el tiempo real, no por ello dejan de influir en ese tiempo real (al menos algunas de entre ellas, las inmortales, las pocas) y a seres de carne y hueso que en él moran; y es la influencia o no influencia efectiva de algo lo que, a mi entender, determina que ese algo esté en el anverso o en el reverso del tiempo. Aquí cabe otra interpretación: si es cierto que las ficciones novelescas remedian hasta cierto punto nuestro anhelo faústico y nos permiten vivir vicariamente vidas que no son la nuestra, habría que concluir que esas ficciones quedan en principio en el dorso de nuestro tiempo, el de cada uno, y es ahí donde habitan como letra muerta, hasta el momento en que, al leerlas, resultan despabiladas y animadas por nuestra imaginación; y es entonces, y sólo entonces, cuando pasan al anverso de nuestras vidas y pueden modificarlas en mayor o menor grado. A esta luz, la declaración de Javier Marías de que también las ficciones están albergadas (inicialmente, al menos) en la espalda del tiempo, cobraría más sentido.

. Por último está agazapado en el envés del tiempo todo aquello que aún no ha sido, lo que nos aguarda inescrutable en el porvenir.

Como ven, la espalda del tiempo es amplísima (como la del soldado o centurión qeu aparece en la portada del libro); comparada con ella, el anverso del tiempo (los todavía vivos físicamente y sus proyectos no definitivamente abandonados, los que han ganado la gloria y la inmortalidad a través de sus obras, las especies no extintas) es ridículamente diminuto. No cabe duda de que el tiempo devora a sus hijos, y lo hace con una bulimia insaciable.

 

[Antonia Nájar, Francisco Lapuerta, Jorge Mínguez y Rodrigo Gutiérrez me sugirieron enmiendas estilísticas, la mayoría de las cuales acepté; Inés Blanca me libró, gracias a su fervor mariano, de una buena metedura de pata; Javier Marías tuvo la gentileza de comentarme por carta una versión algo más extensa de este artículo. A todos ellos muchas gracias].

 

[Notas]

(1) Dawkins, R.: El río del Edén, pág. 20. Debate, Madrid, 2000.

(2) Si desea una visión más heterodoxa acerca de los oscuros orígenes de la vida, puede leer Ridley, M.: Genoma, págs. 31-35. Taurus, Madrid, 2000.

(3) Gould, S. J.: La grandeza de la vida, págs. 186-187 y 228-229. Crítica, Barcelona, 1997.

(4) Citado en Gould, S. J.: "Brontosaurus" y la nalga del ministro, págs. 290. Crítica, Barcelona, 1993.

(5) Gould, S. J.: "Brontosaurus"..., cit., págs. 292 y 293.

(6) Marías, J.: Negra espalda del tiempo, pág. 378. Alfaguara, Madrid, 1998.

(7) Mosterín, J.: Filosofía de la cultura, pág. 105. Alianza Editorial, Madrid, 1993. Los memos son las unidades de información cultural. El término fue introducido por Richard Dawkins en 1976 en su obra El gen egoísta (Salvat, Barcelona, 1994). Las enseñanzas orales de Buda, los Principios matemáticos de la filosofía natural de Newton o la Crítica de la razón pura de Kant son ejemplos (insignes además) de memes.

(8) Leakey, R y Lewin, R : Nuestros orígenes, pág. 95. Crítica, Barcelona, 1994.

(9) Veáse sobre esto Fortey, R.: La vida. Una biografía no autorizada, págs. 470 y 471. Taurus. Madrid. 1999.

(10) Marías, J.: Corazón tan blanco, págs. 121 y 122. Punto de Lectura, Madrid, 2000. (la edición original de la obra es de 1992).

(11) Proust, M.: En busca del tiempo perdido, vol. VII (El tiempo recobrado), pág. 270. Alianza editorial, Madrid, 1969.

(12) Javier Marías no llegó a conocer a este hermano de "vida no vivida y truncada".

(13) Tomo la expresión de Goodwin, Brian: Las manchas del leopardo, pág. 73. Tusquets, Barcelona, 1998.

(14) Marías, J.: ´Soberbia y azar´, El País, 4 de octubre de 1997.

(15) Acerca de la metaignorancia, consúltese Rivera, J. A.: El gobierno de la fortuna, págs. 157 y 163. Crítica, Barcelona, 2000. Un caso de metaignorancia desculpabilizadora se narra en Mañana en la batalla piensa en mí, cit., págs. 168 y 169.

(16) Marías, J.: Mañana en la batalla piensa en mí, pág. 404. Alfaguara Bolsillo, Madrid, 1998 (la novela se publicó por primera vez en 1994).

(17)Marías, J.: Cuando fui mortal, pág. 87. Alfaguara Bolsillo, Madrid, 1998. El título del cuento da nombre también a la recopilación de relatos, cuya primera edición data de 1996.

(18)Kundera, M.: Los caminos en la niebla, CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA, 40 (marzo de 1994), págs. 12-26.

(19) Nietzsche, F.: Así habló Zaratustra, pág. 204. Alianza Editorial, Madrid, 1972 (veánse también pág. 206 y Ecce Homo, págs. 54 y 122, Alianza Editorial, Madrid, 1971).

(20) Otra causa que impide alcanzar una autobiografía transparente es tan obvia que apenas necesita ser mencionada: ninguno de nosotros dispone de esa memoria fotográfica e imparcial con que contaba el fantasma de Cuando fui mortal.

(21) Sartre, J. P.: El existencialismo es un humanismo, s.f., págs. 28 y 29. Ediciones del 80, Buenos Aires.

(22) El discurso está recogido en la edición ya mencionada de esta novela, págs. 415-420. La cita que acabo de hacer, tan poco sartriana, se puede encontrar en las págs. 416 y 417.

(23) Vargas Llosa, M.: La verdad de las mentiras, pág. 19. Seix Barral, Barcelona, 1990.

(24) Marías, J.: Todas las almas, pág. 195. Alfaguara Bolsillo, Madrid, 1998 (la primera edición de esta novela es de 1989)

(25) Recuérdese que el meme es la unidad de información cultural, en la terminología de Richard Dawkins.

(26) Soy por supuesto consciente de que Marías no hace referencia en ningún momento al Árbol de la Vida, y que limita sus concepción de lo que sea la negra espalda del tiempo al entorno humano. Pero tengo el pálpito de que no rechazaría esta pausible ampliación semántica de la frase.

 

 

Juan Antonio Rivera es catedrático de filosofía. Autor de El gobierno de la fortuna.

CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA Nž 111