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Siempre habrá nunca. El enigma del tiempo en la narrativa de Javier Marías
1 Aparecidas dos de ellas
-«El espejo del mártir» y «Portento, maldición»-
como cuentos en Mientras ellas duermen (Anagrama, 1990), y la
otra -«Fragmento y enigma y espantoso azar»- como ensayo en
Literatura y fantasma (Siruela, 1993).
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La nobleza literaria de Javier Marías
ALEXIS GROHMANN
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Javier Marías es
el narrador de menos edad que comparece en esta galería de prosistas
españoles. En ningún caso el de inferior talento. Habiendo
circulado desde hace más de treinta años por los mismos
o parecidos circuitos y ambientes, tratado a personas de peso decisivo
para ambos como Juan Benet, compartido amigos, cenas, techos, lejanas
tertulias de café, ocasionales mesas en actos públicos,
nuestros encuentros personales, sin faltar, han sido menores que la corriente
de mutua estima personal y literaria, la cual hemos ido forjando con lentitud
y fuerza de aguante. En algún consejo de redacción de la
revista Hiperión, celebrado en mi casa al finalizar los
setenta, ya aparece Javier, entonces novelista y fino traductor minoritario
que, con mucho tesón, cultura y afinamiento, está forjando
el Javier Marías rotundo y magistral de los noventa, que asombrará
a los críticos y lectores más refinados y exigentes de Europa
y ambas Américas. El tejido literario de Marías es de una
absoluta y entre nosotros rarísima consistencia y elasticidad y
está hilado con suma atención a la música del periodo,
al peso, combinatoria y adecuación de las palabras y las frases,
siempre conductores justos de una corriente fabuladora, intelectual y
sensitiva de altísimo voltaje. Contribuye al funcionamiento del
dispositivo un muy peculiar universo ficcional en que lo desazonante,
en apenas apresables líneas, quiebros y meandros, más allá
de lo evidente, apacible o no, se solapa a una muy asentada cultura literaria
y humanística (y cinéfila, no debe olvidarse), que tiene
la suprema elegancia de no ser ostentatoria, de aflorar en crípticas
y delicadas alusiones, en un todo o cuerpo de escritura que, por si fuera
poco, cosa que no siempre le ocurría a Benet, uno de sus confesados
maestros, siendo musculado y con empaste, resulta al tiempo de una total
limpidez, de una fluencia milagrosa.
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Javier Marías
Álvaro
Pombo
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La libertad del narrador LOGRAR HACERSE amigo de un gran escritor al que uno admira es algo difícil de conseguir, pero no imposible: después de todo, la admiración es ya una forma de amistad intelectual y puede convertirse en pórtico de una relación más personal, aunque ciertamente la reciprocidad nunca sea perfecta puesto que se trata en el mejor de los casos de pagar la veneración con el afecto. He tenido la suerte de que me ocurriera el milagro dos o tres veces en la vida y testifico que vale la pena, pese a la inevitable desigualdad en ese tipo de relaciones. Resulta en cambio psicológicamente más complicado el caso inverso, es decir: asumir que uno de nuestros amigos se ha convertido en un gran escritor y admirarle como es debido pese a nuestra previa familiaridad con él. Es más fácil venerar de abajo hacia arriba que de tú a tú; lo lejano y desconocido siempre se presta mejor al prestigio que aquello junto a lo que hemos crecido. También he tenido la suerte de que me haya ocurrido esta segunda peripecia y lo considero un regalo de la vida, que por un momento suspende su proverbial avaricia. Es el caso de mi amigo Javier Marías que hoy es también - iba a decir pese a nuestra antigua amistad - uno de los escritores actuales que más admiro. Desde luego, no es que la vocación de Javier por las letras haya sido tardía, todo lo contrario. Escribe desde antes de conocernos y publicó su primera novela - 'Los dominios del lobo' - cuando aún no había cumplido veinte años. Pero entonces todos éramos más o menos escritores y veíamos nuestros respectivos esfuerzos con alborotadora complicidad. Sabíamos que los auténticos maestros eran otros, Conrad, William Faulkner, Nabokov, Benet, Cabrera Infante.... cada cual tenía sus propios santos patronos. Por lo demás, nos considerábamos más bien compañeros y no parecía probable que ninguno acabáramos en un altar ante el resto de quienes compartían con él vinos y risas. Libro tras libro, sin embargo, se hizo evidente - al menos para mí - que Javier Marías estaba consiguiendo lo que los demás seguíamos buscando a tientas: la verdadera maestría. En la obra de muchos autores suele darse a veces un salto cualitativo, el ascenso a su definitiva estatura como creadores. En el caso de Marías, a mi juicio, ese punto de inflexión fue 'Corazón tan blanco', aunque sin duda 'Todas las almas' preludiaba inequívocamente la plenitud que estaba a punto de llegar. A partir de esa dos novelas ya no espero sus libros con el interés cordial del amigo y compañero en lides literarias, sino con el impaciente fervor del lector por quien ha sabido apasionarle. Lo más estimulante de las obras de Marías en su constante y gloriosa 'libertad narrativa'. Sus novelas no están contruidas de acuerdo a un esquema férreo y lineal, sino que entrecruzan tramas misteriosamente cómplices, mezclan retazos vagamente biográficos con situaciones de ficción pura, a veces hiperrealista y en otras ocasiones próxima al género fantástico. En todas ellas hay pasajes que la memoria del lector guarda con especial viveza y por separado, como si se tratara de relatos autónomos (hay que tener en cuenta que Marías es también un formidable autor de cuentos y excelente antólogo de los ajenos): el episodio de los vídeos eróticos en 'Corazón tan blanco' o el traductor político inventivo en 'Mañana en la batalla piensa en mí' son dos de mis favoritos entre esos 'higlights'. Su última ¿novela? Hasta la fecha, 'Negra espalda del tiempo', potencia al máximo esta libertad jubilosa de narrrar sin cortapisas de género y logra una pieza literaria inventiva hasta el desasosiego. A pesar de ser monarca lúdico de la isla de Redonda, Javier Marías no tiene la obsesión mutiladora de la obra 'redonda', que gira engrasadamente sobre sí misma y complace al gusto rutinario. A veces me recuerda a Woody Allen, cada una de cuyas películas es más el estudio estilístico de un género o de la combinación de varios que una cinta convencionalmente 'lograda'. En España - quizá en todas partes - la repercusión social de un escritor se mide por la cantidad de personajillos que se ven en la obligación de detestarle a causa de sus muchos vicios y pecados. Aplicando tal criterio, Javier Marías es hoy uno de nuestros autores más importantes. De vez en cuando nos vemos, charlamos un rato y nos reímos de ello. Estoy esperando su próximo libro. Fernando
Savater
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¡Ave Marías! El 16 de septiembre de 1982 (suelo anotar las fechas que me importan) vine a Madrid a presentar en una sala de fiestas entonces de moda la novela de Juan Cruz Retrato de humo. La persona tomó nota y este mismo periódico reportó que yo apostaba por la literatura española y el resurgir inmediato del idioma español como lengua literaria. Todavía estaban los escritores de la Península anegados por la marea literaria que había venido de América apenas unos años atrás y que parecía imparable por las barreras de contención idiomáticas. Esta predicción no tenía nada de magia, y mucho menos de realismo mágico, etiqueta que pocos sabían que había sido fabricada en Alemania en los años veinte y sirvió para cubrir con un manto crítico a los pintores que se convertirían enseguida al nazismo como una ideología propicia. No se basaba mi apuesta en un capricho español, sino en la certeza de que de América del Sur no vendrían más que los ecos literarios de la guerra de guerrillas, y en Cuba, muertos Lezama Lima, Virgilio Piñera y Alejo Carpentier, en ese orden, la literatura se contentaría con aparecer en la gaceta oficial. Entonces, a los jóvenes escritores suramericanos nada les era más fácil que jugar a la guerrilla guarecidos bajo techo, a resguardo de algún peligro ocasional como la lluvia. Era posible debatir con amigos en un café céntrico de Buenos Aires o Caracas. No se corría ningún peligro cuando estas discusiones se hacían en un ambiente que las sabía legales porque no tenían lugar en el sistema totalitario que fomentaba, cuando no originaba, las verdaderas guerrillas urbanas. En esas disidencias, una tacita de café ofrecida por una camarera con acento colombiano ("¿A usté le provoca un tinto?") o una copita de ron o un vaso de cerveza fría sustituían a la cuartilla y a la pluma o la máquina de escribir, porque es mucho más fácil, ya se sabe, hablar que escribir, aun con una máquina moderna. El traqueteo de la ametralladora verbal sustituía al tableteo de la Remington, esa máquina que tiene nombre de fusil. Pero la literatura, diosa exigente, cuando se la abandona aun por poco tiempo, sabe vengarse pagando la disidencia con el olvido. Toda una generación de posibles escritores quedó reducida a unos gestos que creían literarios. No soy astrólogo, ni siquiera soy dado a cultivar a Nostradamus: prefiero cautivar a nuestra dama, la literatura. Pero, un momento, donde dije cautivar, un acto presuntuoso, prefiero decir cortejar. Como posteridad quiero añadir que después de la catástrofe política, con la utopía hecha distopía, han surgido nuevos escritores de valor en América, cuando parecía que habían abandonado toda esperanza los que entraron en el laberinto histórico. Esa noche en el Bocaccio, que invocaba a uno de los maestros de Cervantes, fue una introducción apenas. Más tarde, el suplemento del Sunday Times de Londres me pidió que escogiera en pocas palabras al mejor escritor español actual. Después de declarar que había dos viejos maestros, los Juanes Benet y Goytisolo, escogí a Fernando Savater como el autor de la mejor prosa que se escribe en el idioma. Siempre me ha fascinado Savater: la facilidad con que escribe sobre los temas más difíciles y cómo se mueve del ensayo filosófico al divertimento de moda y nadie lo puede acusar de facilismo o de frivolidad. Savater es un polemista político que corre al escribir de los más variados riesgos, varios de ellos literarios. La prosa de Savater, aun cuando es polémica, mantiene una elegancia generosa que es innata al autor. Sin embargo, esa velada literaria debió revelarme, aunque no estaba pensando en él, a un Javier Marías escritor. Allí estaba él en el público, y al saludarme (apenas nos conocíamos) me presentó a una de sus novias, que luego resultó ser una trapecista americana de un circo de lectores. Javier (como comencé a llamarlo desde entonces: un hombre que tiene una novia alambrista tiene que ser mi amigo), que en las fábulas con que nos regalaba Juan Benet tenía maravillosas dotes de volatinero, no era considerado por mí entonces como la respuesta española a Laurence Sterne, que es lo que ha venido a ser. Con su última novela, Negra espalda del tiempo, es tierno Sterne. No habría apostado por él esa noche en que me explayé largo y tendido (tal vez más largo que tendido) sobre el destino español de la literatura en español. Pero en toda hipótesis hay un margen de error. Marías, bautizado con tino por Benet como el "joven Marías", donde joven se ha convertido en un adjetivo homérico (justamente homérico porque se trata de literatura), es hoy día el escritor español más celebrado fuera de España, y acentúo fuera porque en España, manes de la envidia literaria, algunos pretenden negarlo, que es una negación inútil. Tantos estamos de acuerdo en que es un escritor mayor, que las voces que lo neigan están en rabiosa minoría. Como los premios son mejores que los apremios voy a citar unos cuantos laureles que ya ha recibido el todavía joven Marías: Premio Ciudad de Barcelona, 1989; Premio de la Crítica, 1993; Prix l´Oeil et la Lettre, 1993; International Dublin Literary Award, 1997; Premio Fastenrath, 1995; Premio Rómulo Gallegos, 1995; Premio Arzobispo Juan de San Clemente; Prix Femina Etranger, 1996; Premio Nelly Sachs por el conjunto de su obra en 1997, y aunque no incluyo su primer y su último premio, quiero añadir que el más eminente de los críticos literarios alemanes ha pedido para Marías ¡el Premio Nobel! A su vez, Javier Marías nos ha premiado a nosotros sus lectores con sus ensayos, cuentos y novelas, de las cuales la última es el gran regalo. Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí han sido elogiados por la crítica en todas partes y resultado fenomenales éxitos de venta en Europa y en España, y Todas las almas es una incursión feliz de un autor extranjero en ese sancta sanctorum académico que es Oxford. Su última novela, Negra espalda del tiempo, es una espléndida suite de variaciones sobre el tema que se originó en Todas las almas, y todos sus personajes surgen de entre las páginas de esa novela como revenants: persistentes fantasmas literarios. Marías ha conseguido lo que tantos han intentado después de Sterne: tejer una trama hecha toda de digresiones. Sterne, un verdadero original, opinaba que la digresión es el sol de la escritura. También dijo que por cada broma que hagas te ganarás cien enemigos. Marías ha hecho más de una broma ahora. De hecho, su libro es la más perfecta escritura cómica. Empezando con los nombres de sus personajes, reales o no, pero siempre impronunciables para el lector español. A veces estos nombres son de doble dificultad porque son nombres dobles -y, ya se sabe, doblez obliga-. He aquí muestras del elenco: Hugh Oloff de Wet, Gawsworth, Hodcroft, Southworth (que en España se pronunciará, creo, Sutvort), o de tradiciones inglesas como Michaelmas, que Marías se apresura a fonetizar como MIkelmás. Pero la novela, que se inventa en cada página y ante los ojos del lector, tiene una serie de escenas cómicas que podían pertenecer a una sitcom o comedia de situaciones. Como el aparecer y reaparecer de una bolsita de fresas en una librería de viejo, a la que el narrador (que no es otro que el propio Marías) trata de ocultar a los libreros y, embarazado, no sabe cómo desembarazarse, y termina metiéndola en una bastonera -donde sufre divertidas metamorfosis de fresas hechas fresas-. Pero también, como en toda comedia, hay un costado triste. Recuérdese que Goethe dijo del alegre tullido Lichtenberg: "Dondequiera que hizo una broma había un dolor escondido". Marías se vuelve tierno y melancólico después de ser un implacable burlón para hablar de su madre muerta y de su hermano, que murió en edad tan tierna que todavía le duele. La compasión se extiende hasta los personajes, aunque a veces parecen seres creados por pocos amigos, como ese Ewart, que en México se convierte, Poe del pobre, en Edgar, antes de morir de una manera risible (o cómica), pero también muy misteriosa. Cf. una bala débil. Acerca del estilo. En Negra espalda del tiempo (el título tan apto parece haberlo escrito Shakespeare para que Marías lo utilizara y de hecho es menos misterioso en inglés), Marías no usa el estilo que utilizó en Corazón tan blanco, que lo acerca a una versión española del tupido Henry James con sus vueltas y volutas. Ahora la frase siempre tiene una solución festiva y si hay un personaje notable que escribe sin comas, Marías usa la coma para separar las oraciones que por naturaleza debían llevar punto y tal vez punto y coma (que él detesta más que yo, pero los he usado en este artículo sólo como auxilio a la enumeración) y sus párrafos parecen caer en un estado de comas. Pero donde Sterne usaba el guión doble Marías usa la coma con igual efecto retórico, y en muchas ocasiones con comicidad bien pensada. Se trata esta vez de una novela de aventuras en que las peripecias son creadas, descreídas y destruidas con una pasmosa facilidad. Marías propone: "Les voy a contar un cuento", y cuenta varios, pero resulta que los cuentos son el contar. La narración es la aventura -y este libro en sus mil y una noches-. Los personajes de Marías van a la guerra y viajan a países exóticos (México para un inglés) a buscar la muerte, para encontrarla en escenarios que pudieran pertenecer al folclorismo de un travelogue para turistas desesperados. Al mismo tiempo es una narración en que el lenguaje se construye y reconstruye con lo que pudiera parecer una extrema facilidad. Así como Marías daba volteretas que complacían a Benet en la Gran Vía, ésta es una novela que disfrutaría Benet (que aparece y reaparece en el libro más vivo que nunca) al ver venir los saltos mortales sin red, pero con palabras, y gozar las cabriolas literarias que ejecuta Marías con aparente abandono. Pero el lector (o por lo menos este lector) sabe que es una hazaña deportiva en extremo difícil. Los desafío no a que se hagan volatineros, sino a que traten de construir una sola página de este libro admirable, que uno (o dos) quisiera haber escrito. Guillermo
Cabrera Infante
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Novelista en Oxford Un amigo le contó a Elías Canetti que, siendo joven, había visitado a un viejo señor de Suiz que habitaba en el castillo de esa localidad. El anciano ya estaba algo chocho y en cierto momento comentó: "Cuando yo era joven viví una temporada en Rusia y sé que maté a alguien en un duelo. Pero no consigo recordar a quién". Hay otros que sí recuerdan el nombre del difunto: era Pushkin. No tengo demasiado claro por qué esta anécdota, contada -y luego por- Canetti, se me vino a la cabeza cuando años más tarde leí con admirado fervor Todas las almas, de Javier Marías. Sin duda no faltan ciertas resonancias. Alguien comparte sin saberlo -mejor: sin darle del todo importancia- horas de odio (que podrían haber sido de amor, tanto da) con un fantasma literario que es obsesión para un puñado de esos raros maniáticos, los lectores. Pushkin es un poeta célebre, y John Gawsworth, el más concienzudamente ignorado de los escritores, pero a fin de cuentas, para lo que está en juego, poco influye esa circunstancia. Se trata del súbito tropiezo con un testigo real y decisivo de una vida que ya no pertenece sino a las claras sombras de las palabras: capaz, por tanto, en su ausencia necesaria, de provocar las más urgentes inquisiciones, los menos discernibles espejismos. Es frecuente el caso del escritor que narra a partir de lo que ha leído, pero pocas veces se ha dado con tanta felicidad literaria como en Javier Marías, el novelista, que reúne en su experiencia de lector y en su penetración de lo vivido, sin que ninguna de ambas desvirtúe a la otra: contrastándose, reforzándose, generando ironía. Se me ocurre ahora el nombre de Stendhal y no creo incurrir en exageración sacrílega. En todas las novelas de Marías compiten el hombre sentimental y el monarca del tiempo. A mi juicio, en ninguna como en Todas las almas logra resolverse con tanto provecho de trama y estilo ese radical pugilato. El narrador, exiliado sin patetismo en la venerable pero íntimamente decepcionante capital inglesa del saber académico, quiere mantenerse fiel a la búsqueda de huellas que pertenencen a un escritor oscuro. A través del ridículo, a través del escepticismo y la desesperación, a través de la sensualidad, va componiendo el retrato robot de algo que no existe sino en el pasado: la pasión perfecta, lo único que por un lapso siempre breve -días, meses, años- hizo insustituible la vida. Cuando llega al final de su investigación sólo queda la pérdida. Entonces puede comenzar realmente el relato, la apelación al interlocutor que no consiente que la pena sea olvido: el gozo melancólico de la obra bien hecha. Fernando
Savater
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Aliocha Coll en el espejo de la ficción Se han cumplido 10 años de la muerte de Aliocha Coll. Hace unos meses, la editorial Calima de Palma de Mallorca, se atrevió a publicar con el título de Imaginarias algunos de los poema que dejó inéditos. En el tiempo que lleva el libro en el mercado sólo he visto un comentario, el de Javier Marías en El Semanal, donde recuerda su relación con el escritor y lo retrata, en uno de sus miramientos, a partir de la foto que incluye la edición. La cubierta del libro aparece ilustrada con un dibujo del autor en el que no es arriesgado ver su autorretrato. Hay escritores que trabajan sin concesiones, de ahí que sus libros resulten marcados por aquella vocación de lo secreto. No sólo es difícil dar con ellos, sino que cuando se ha conseguido el ejemplar tampoco es más fácil entrar en una escritura con escasos referentes, al margen de gustos y modas, ajena a cualquier complacencia con el lector. De todas formas, los amantes de la poesía vanguardista, de los escritores postistas, de Carlos Edmundo de Ory, por ejemplo, no se sentirán desconcertados ante versos como éstos. ¿Recuerda hoy alguien al escritor Aliocha Coll? En la prensa de Barcelona creo recordar que le prestaron atención Xavier Moret, Eduardo Gonzalo, Julià Guillamon, J. E. Ayala-Dip y Menene Gras, por no hablar de su agente, Carmen Balcells. y de su editor en Destino, Andreu Teixidor. A quienes no les será desconocido es a los lectores fieles de Javier Marías. Es difícil olvidar el artículo que le dedicó con motivo de su suicidio en 1990. O los dos cuentos en los que aparece bajo la máscara de aquel doctor Noguera que se entrevé en El médico nocturno; o ya más claramente, convertido en el doctor Xavier Comella de Todo mal vuelve, un texto que me gusta leer como la historia de una amistad. Estas más o menos veladas referencias confluyen en Negra espalda del tiempo, donde se plantea cómo utilizar lo autobiográfico en la ficción. En dos momentos simétricos de la novela (sí, novela) lo equipara nada menos que a su maestro Juan Benet (¡para la España cavernícola todavía sigue siendo un delito apreciar la obra de don Juan!) y a miembros de su propia familia, su madre y su hermano Julianín. Javier Marías que lo trató y mantuvo correspondencia con él, ha explicado quién y cómo era Aliocha Coll. Por ello sabemos que en 1948 nació en Madrid con el nombre de Xavier Coll, aunque su familia y su educación fueran catalanas. En Barcelona estudió tres años de Medicina, con buenas calificaciones, pero la carrera la concluyó en París, cuando necesitó el título para subsistir. En la capital francesa vivió de rentas, dedicado a la escritura y a cultivar la devoción por su mujer, una pintora francesa de origen chino. Tuvieron un hijo que murió al poco de nacer y publicaron juntos un libro con piezas para títeres. Fue traductor, poeta, narrador, autor de una obra personal, rara, escrita a contracorriente, que -mucho me temo- no encontró el apoyo de los lectores. Su destino, ante el cual él se rebelaba (Marías se refiere a él, en una de sus enigmáticas dedicatorias, como aquel "médico nocturno, que no quiso ser ficticio"), quizá no estribó en convertirse en un autor reconocido, pero hay en toda su historia personal, tal como ha llegado hasta nosotros, un material susceptible de ser transformado en literario. O según se dice en uno de los cuentos de Marías: "Su vida se me aparece ahora como un libro deteriorado con numerosas páginas sin imprimir". Es muy probable que su destino final fuera el de los personajes, de la estirpe de los que tienen su origen en la realidad. No en balde se empezó a gestar en el vientre de su madre, en su lectura durante el embarazo de Los hermanos Karamazov. De allí proviene su nombre literario, aunque el personaje de ficción se fuera perfilando en dos artículos, dos cuentos y una novela de Javier Marías, uno de esos escasos autores que al contar inventa y comprende. A éste le devolvió por anticipado otra dedicatoria, en la que lo llamaba "mi amigo, y mi compañero errante de palabras, de silencio y de siglos". Fernando
Valls
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El extraño caso de Javier Marías El caso de Javier Marías es extraño incluso en un país como el nuestro, y no es menos extraño sino más el que todos parecen haber aceptado esta rareza como algo natural. En cualquier país, y yo creo que también en España en otras circunstancias, un autor de las características de Javier Marías (las propias de su escritura y la adicional y nada desdeñable de gozar de un extraordinario prestigio internacional) habría despertado un vivo interés a todos los niveles y en especial a nivel académico y crítico. No es éste el caso, al menos en apariencia: sobre Javier Marías sólo se emiten opiniones positivas o negativas, pero siempre personales, tanto de quien las expresa como con respecto al propio Marías. Esto es lógico cuando se trata de simples lectores, que se limitan a expresar sus gustos, sin tratar de razonarlos. Pero cuando esta actitud se extiende a los profesionales de la literatura, la cosa empieza a ser sorprendente. Y más aún cuando no consigo ver motivos claros de esta actitud. En efecto, poco hay, al menos desde mi punto de vista, en el personaje de Javier Marías que predisponga a convertirlo en un blanco directo de elogios o invectivas. No se prodiga en los medios de difusión y en sus escasas intervenciones se muestra más bien circunspecto; aunque no oculta sus ideas políticas, sus manifestaciones, son en este campo, más cívicas que ideológicas, siempre razonadas y en muchas ocasiones valientes y certeras; es aficionado al cine, al fútbol y a las historias de fantasmas, un género entrañable al que ha contribuido con una excelente antología (Cuentos únicos, Siruela 1989) y con algunas aportaciones de su propia cosecha que considero magníficas. Por supuesto, su personalidad no carece de aristas ni él se afana por ocultar sus berrinches, pero esto debería ser, a los ojos de los críticos, algo meramente accidental. Y, sin embargo, los tratados de literatura contemporánea lo sortean o lo despachan sin entrar en materia. Con los críticos, la cosa es aún peor: con las salvedades de rigor, no tanto su persona ni sus obras, como su personalidad literaria, parecen provocarles un rechazo desmedido. No creo que sea fútil preguntarse el por qué. No voy a entrar ahora a valorar la obra de Javier Marías. Como escritor procuro evitar lo que se llamaba hace años "la sociedad de bombos mutuos", y como amigo de Javier Marías mi testimonio podría parecer subjetivo o directamente sospechoso. Hace unos cuantos años cuando presenté Todas las almas (Anagrama, 1989) en Madrid (una presentación que él gusta de atribuir a cierto soborno, sobre cuya naturaleza, así como sobre la veracidad o no del alegato, me niego a hablar), dije que, a mi juicio, Javier Marías era la persona que mejor escribía en España, y creo recordar que expliqué o traté de explicar las razones de esta rotunda afirmación. No repetiré aquí los argumentos, sólo diré que nada de lo que ha ocurrido después me ha hecho variar este dictamen. Pero no se trata ahora de entrar en valoraciones, sino de investigar las causas de ciertas actitudes. En mi opinión la obra de Javier Marías crea un desconcierto incómodo. Nadie sabe muy bien cómo clasificarla ni calificarla. En la evolución de la narrativa española es una anomalía; no encaja en ninguna de las corrientes al uso, aunque tampoco las combate ni las impugna; sus virtudes y sus defectos no se pueden calibrar en relación a los cánones de la prosa española, habría que inventar nuevos adjetivos para unas y otros; su mundo literario es, en cierto modo, cosmopolita (y utilizo este término a sabiendas de la connotación peyorativa que se le ha dado y se le da todavía en determinados contextos), pero no hay duda de que trabaja sobre la trama de la tradición y el lenguaje literario español, sin el mimetismo de mucha escritura actual, que parece prefabricada y, en muchos casos, mal traducida de otro idioma. El resultado de todo ello es que Javier Marías ocupa un lugar inquietante por impreciso en la historia de la novela española reciente: no se le puede encasillar entre los seguidores de la vanguardia o los formalistas de los años sesenta, ni entre los narradores posmodernos de los setenta y ochenta, pero tampoco se puede negar su pertenencia a un grupo o al otro, porque de ambos participa con un raro equilibrio, que a veces juega en su contra, y otras (las más) a su favor. No es un paso adelante ni un paso atrás: camina por su propia vereda. Se ha salido de la fila y, en consecuencia, quienes deberían hablar de él con autoridad (para bien o para mal, da lo mismo) no saben cómo abordar el asunto, acaban por escurrir el bulto, y eso les produce una irritación que desemboca en el prejuicio primero y luego en la inquina. No hace falta añadir que esta actitud puede ser comprensible, pero que en un momento en que la novela se replantea algunas cuestiones vitales, la simple función clasificatoria y el criterio historicista no me parecen suficientes. Por lo demás, la clasificación de algunas obras de Javier Marías, especialmente de la última Negra espalda del tiempo (Alfaguara, 1998), no presenta, a mi juicio, mayor dificultad: a estas alturas de su trayectoria, todo lo que escribe Javier Marías ha de considerarse como una aportación a la novela, tanto más cuanto más alejado parezca de este género. De lo que se trata, pues, no es de determinar si este libro, u otro cualquiera del mismo autor, puede calificarse o no de novela, sino qué aporta, o qué sustrae, a la novela española contemporánea. Quizás no sea tarea fácil pero sí sería de enorme utilidad inciar por ahí la reflexión sobre un género que en los últimos tiempos está dando (y pidiendo) mucha guerra. Me hago cargo de que la obra de Javier Marías no es un material cómodo para trabajar. Su estilo es inconfundible, pero casi imposible de describir; no hay modo de precisar en qué consiste su técnica, porque, a pesar de su dominio, o, sí se quiere, de su facilidad (en definitiva de su talento), Javier Marías siempre camina por la cuerda floja y sin red. Cada frase y cada párrafo responden a la necesidad expresiva del momento y conservan su equilibrio en esa circunstancia precisa, por medio de unos quiebros sintácticos, a menudo heterodoxos, que sólo ahí tienen sentido. Tal vez por eso sea fácil de parodiar, pero no de imitar. Por último, y en relación con la muy debatida Negra espalda del tiempo, esta pista: durante un largo periodo previo a su publicación, Javier Marías ha estado cultivando intensamente el género periodístico. Tengo la impresión de que esta novela, intenta, quizá inconscientemente y, si no me equivoco, por primera vez, incorporar el periodismo a la novela, no como técnica (esto se viene haciendo desde hace varias décadas) sino como forma de ver y describir la realidad. Si es así, la aportación no es en absoluto desdeñable. Y no sería inútil confrontar Negra espalda del tiempo con las últimas recopilaciones de su trabajo como cronista y comentarista de la actualidad. Con estas reflexiones deshilvanadas no pretendo aclarar ninguna duda. El tema es complejo y me desborda. Me conformo con despertar alguna inquietud respecto del tratamiento que hay que dar a este escritor singular. Y, por supuesto, a pedir en relación con su obra una actitud más rigurosa, más imparcial y, en cualquier caso, respetuosa en el sentido activo y pasivo de la palabra. Iba a concluir estas reflexiones con alguna fórmula al uso, pero mientras las escribía ha aparecido en la revista dominical de EL PAÍS (8 de noviembre de 1998) una entrevista con el propio Javier Marías que toca, de manera tangencial y en términos muy distintos, como es lógico, temas parecidos. No creo que lo que él dice invalide lo que yo he querido apuntar. Eduardo
Mendoza
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