" Hube de cambiar el nombre y repetir el capítulo, y el profesor del Diestro de Corazón tan blanco pasó a llamarse profesor Villalobos, el apellido de una profesora gruñona de mi colegio, el Estudio de la calle de Miguel Ángel en su número 8, en Madrid y en los años sesenta, como Del Diestro había sido elegido por ser también el apellido de otra risueña, Carmen García del Diestro, la señorita Cuqui que se maquillaba mucho y fumaba sin cesar en clase o más bien se le consumían entre los dedos los cigarrillos manchados de rouge mientras nos leía a los clásicos con teatralidad entusiasta, hacía malabarismos con una pesada pulsera que se quitaba y ponía y a veces precipitaba al suelo abollándolos (pulsera y suelo), así como enjoyados equilibrios para mantener la ceniza en alto que por fin caía sobre su chaqueta o su blusa cuando la obra leída la obligaba a algún ademán violento y por ejemplo apuñalaba con vehemencia el aire o el hombro de algún alumno predilecto -saco de harina, saco de carne-. Qué mujer tan graciosa, tendrá cien años y me escribe con cariño y con el pitillo en la mano de tarde en tarde, sobre todo para felicitarme cuando publico un artículo defendiendo el tabaco."

Negra espalda del tiempo, p.73-74, Alfaguara 1998

 

 

Mis viejas

No es que me haya vuelto argentino ni definitivamente idiota y que esté llamando de esa forma abominable a mis varias madres, que además ya dice el refrán que de éstas no hay más que una -estaría eso por ver, por cierto- y a las demás os encontré haciendo el trortoir o algo por el estilo, aunque no se sabe si el trortoir lo harían ellas o el hombre que habla, seguramente lo segundo.

No, me refiero a mis verdaderas viejas. Entre las muchas cosas agudas que dijo Faulkner fuera de sus libros, hay un consejo que he seguido al pie de la letra desde hace mucho. "Algunas de las mejores personas son mujeres" , comentó, "y creo que todo joven debería tener trato con una vieja sólo para escucharla. Hablan con más sentido". Yo no soy ya joven, pero lo fui largo tiempo y sigo siéndolo a los ojos de mis viejas. Si esta sociedad inclemente y presuntuosa desdeña a algún colectivo, ese es el de las viejas, más aún que al de los viejos, quienes, al menos por su frecuente mal humor, dan más guerra, se sublevan y se hacen notar más, y disponen de alguna que otra batalla que contar, al haber pasado fuera de casa buena parte de sus vidas. Por supuesto va habiendo viejas que también han corrido lo suyo, pero no es lo habitual todavía, y por tanto poco tienen que relatar en principio de sus andanzas por el mundo. En cambio son las depositarias de los mayores secretos familiares, y a menudo sus transmisoras únicas.

Yo tengo la suerte de tratarme ahora mismo con tres viejas inteligentes y encantadoras, si bien -la maldita falta de tiempo siempre- es un trato más por carta que en persona. A una de ellas, de hecho, a la más joven, nunca la he visto, pues vive en México. Se dirigió a mí por primera vez presentándose, un poco adusta, como "la hermana de Rosa Chacel", otra vieja mucho más vieja a la que también traté hasta sus definitivos noventa y seis años. Doña Blanca Chacel ya no es nada adusta y me escribe de tarde en tarde, y lo que más me llama la atención y más aprecio es su contento, así como su despierta e inquieta mente, a sus ochenta y tantos. Es alguien que se fija mucho más en lo bueno que tiene, o de que dispone, que en las cosas necesariamente malas o tristes o en las renuncias que la edad trae consigo. Publica artículos variados en la prensa mexicana, no soporta la cursilería de las feministas cursis (precisamente por serIo ella de veras, y pionera), y se pone contentísima con cualquier bagatela, por ejemplo, con que yo le mande ejemplares de mis libros. Ayer mismo recibí una nota suya plagada de la palabra "Gracias", y diciéndome que estos envíos míos le "endulzaban la vejez". Estas viejas se conforman con tan poco que resultan emocionantes.

La segunda de mis queridas viejas estará más cerca de los noventa, era una antigua amiga de juventud de mi madre. Se llama María Rosa Alonso, es canaria y también ha escrito libros y artículos, de crítica sobre todo. Es una mujer de gran alegría, con sus carcajadas generosas y sonoras y su sentido del humor de buena ley. Republicana por los cuatro costados, conoció la emigración en Venezuela, y es asombroso lo ocupadísima que está siempre, entre sus estudios (a su edad sigue aprendiendo), sus reseñas y sus viajes. Casi siempre me dice "No tengo tiempo de nada" , y cuando por fin lo encuentra y me habla de algún libro que asimismo le he mandado, su penetración y su finura la envidiarían el noventa por ciento de los críticos que arrastran su pereza intelectual hoy en día por las páginas de los periódicos. Tiene tanta curiosidad y tanto saber, y tantas ganas de satisfacer lo primero e incrementar lo segundo, que resulta emocionante.

La tercera es una antigua profesora de literatura de mi colegio, Carmen García del Diestro, llamada "la señorita Cuqui". Es tan divertida y graciosa que me escribe sobre todo para felicitarme cuando publico algo en defensa del tabaco, del que ella sigue gozando tan tranquila a sus no sé si más de noventa años. Le he hecho un breve retrato en mi último libro, con algo de guasa -ella la exige siempre- y mucho afecto y agradecimiento.

Son personas "mejores", pero no únicas en modo alguno. El mundo está lleno de ancianas benévolas y muy listas en las que casi nadie se fija y a las que no se hace caso, cuando deberíamos hacérselo mucho cuantos tuviéramos alguna a mano. No por compasión, ni por "hacerles compañía" en sus frecuentes soledades, sino más bien para que nos la hagan ellas, y nos enseñen, y nos quieran -ah, qué bien quieren las viejas, tan sabia y discretamente-, y nos transmitan su ironía amable y su gran contento de andar aún por esta vida, disfrutándola, pese a que la vida les devuelva ya tan poco. Larga la tengan aún doña Blanca, mi querida María Rosa y la señorita Cuqui. El mundo será mucho peor y más bobo el día que ellas ya no lo honren con su risa y con su aliento.

 

El Semanal, 28 de junio de 1998

Seré amado cuando falte, Alfaguara, 1999

 

 

Yo me divertiré

Ya he hablado aquí de doña Carmen García del Diestro o más bien la señorita Cuqui, mi profesora de literatura en el colegio "Estudio" de Madrid. Hoy nonagenaria, me ha pedido unas líneas para el discurso que pronunciará en la reunión de fin de curso del profesorado actual. Le he escrito mejor una carta, y me voy a permitir resumirla porque acaso sea un homenaje no sólo a ella, sino a toda una generación de enseñantes, y porque quizá algún párrafo pueda aplicarse a cualquier profesión.

Y esto le he dicho a la señorita Cuqui:

"Es esta una época en la que los docentes gozan cada vez de menor libertad, apabullados por normas, controles y pedanterías. Y así, se les permite siempre menos el uso de la imaginación y más les son impuestos el mimetismo y la uniformidad. Habrá quienes se sientan felices por ello. En todo oficio hay y ha habido gente rutinaria y perezosa, que prefiere saber a qué atenerse, no ya a diario, sino en su entera vida. Gente que sólo busca su seguridad y jamás aventura; reiteración y no riesgo; cómodas cortapisas y reglas que descarten el traicionero entusiasmo con que a veces se acometían las tareas en el pasado.

Quizá he errado el tiempo verbal, ojalá. El número va menguando, pero aún quedan personas que sí afrontan con imaginación y entusiasmo su trabajo cotidiano, y aun su vida entera que no quieren conocer ni vislumbrar así, entera, de antemano. Personas que recibirán las sorpresas con gusto, aun sí no son muy buenas, antes que sentirse programadas hasta la eternidad. Tengo para mí que ese entusiasmo -que a menudo flaquea, cómo no- y esa imaginación -basta una modesta, un grano de sal- son especialmente necesarios en la enseñanza. No ayudan los tiempos, que poco alientan y recompensan a los docentes, en lo político, lo económico y lo social. Pero aun así, el primer precepto de un profesor para consigo mismo ha de ser: YO ME DIVERTIRÉ. Eso creo, y esa fue mi divisa durante los pocos años en que, como un impostor accidental, di clases en Oxford, en Massachusetts, en Madrid. Y si algo me consta es que, si me divertía yo, los alumnos se divertían también. Se intrigaban, se preguntaban, se paraban a pensar, esperaban que al final de la hora -como en un relato- se produjera una revelación, una deducción, una conclusión no insignificante; la respuesta a un enigma, o, lo que es lo mismo, el logro de un conocimiento. Poco importaba que al sonar la campana nada de eso tuviera lugar; lo importante era su espera, su confianza en ello, su atención al proceso de la transmisión de un problema o un saber. La existencia y visión fugaz del espejismo.

Creo que eso es lo fundamental: enseñar a pensar, a interesarse, a intrigarse, y eso puede conseguirse hasta con la más árida o menos práctica materia, con las matemáticas y con el latín. Pero creo también que eso sólo puede lograrse con la diversión -y por tanto con la alegría, por momentánea que sea, aunque sólo dure la duración de una clase- del que conduce ese pensamiento, ese interés, esa intriga.

Usted, desde luego, y muchos otros profesores y sobre todo profesoras de "Estudio", fueron quienes me convencieron de lo que ahora afirmo. Fueron magistrales en todo eso, y no me crea tan ingenuo para no saber, al cabo del tiempo, que para muchos de ustedes enseñar en un colegio significaría al principio abandonar aspiraciones en teoría más altas, o la resignación y la renuncia, bajo una dictadura que se dedicaba a arrancar de cuajo las ilusiones y esperanzas de muchos españoles. No, no creo que todos ustedes tuvieran eso ya antiguo, vocación. Seguro que muchos no. Y los hubo, sin duda, que se encararían con aquellos alumnos como quien arrastra una penitencia. Y sin embargo en la mayoría, y por supuesto en usted, señorita Cuqui, se impuso sobre cualesquiera reveses, sinsabores o abandonos el deseo vehemente de su propia diversión. Y así, fueron imaginativos y alegres, arriesgados y sorprendidos, irónicos y en general risueños. Una suerte para nosotros, desde luego para mí. Y sé por eso que un mundo en el que tras una mesa o ante una pizarra no hubiera ya profesores como los que vi y escuché a lo largo de tantos años, sería mucho más triste, menos atractivo y más bobo que el que me tocó descubrir. Y como los maestros y profesores, estén considerados como lo estén hoy, lo que hacen más que ninguna otra cosa -más incluso que transmitir saber- es configurar personas, su tarea sigue siendo una de las más importantes en cualquier lugar. Así que por el bien de todos, confío en que jamás falten docentes con ese lema y que sigan el ejemplo que usted nos dio: YO ME DIVERTIRÉ. " Que tenga muy feliz y divertida reunión.

 

El Semanal, 27 de junio de 1999.

A veces un caballero, Alfaguara, 2001

 

 

Cuando no es triste la muerte

 

¿Es siempre la muerte triste, para quien la encuentra y sus allegados? Tendemos a pensar que sí, en toda ocasión y circunstancia, y así en efecto suele ser. Cuando se nos muere alguien próximo y querido sin duda, pero también cuando nos enteramos de la desaparición de gente desconocida, por la prensa y la televisión. Nos produce pesar hasta la de los seres de ficción, en películas, novelas, dramas: somos capaces de sentir una pena intensa por quienes hemos conocido hace sólo días o un par de horas, y además sabemos que nunca han existido en la realidad. Es famoso que cuando Sir Arthur Conan Doyle, cansado del personaje que lo había eclipsado, hizo sucumbir a Sherlock Holmes a manos de su mortal enemigo Moriarty, la pesadumbre y la furia de los lectores lo obligó a hacerlo resucitar: no soportaban lo que ninguno soportamos cuando padecemos la pérdida de quien nos brinda diversión y alegría y consuelo y placer, y ahí se vio una de las ventajas de la imaginario: Holmes volvió a la vida, y en ella sigue mientras viejos o nuevos lectores acudan a sus aventuras (y por cierto: eviten los nuevos a toda costa las recientes traducciones de la Editorial Valdemar, u odiarán a Holmes en vez de amarlo). Y uno de los momentos de mayor tristeza que yo y tantos otros hemos experimentado es aquel en el que Cervantes escribió estas sobrias y escuetas frases: "Hallóse el escribano presente, y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerte en su lecho tan sosegadamente y cristiano como Don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió."

Nos acostumbramos a que la gente exista, aun la de ficción, y a veces no logramos acostumbrarnos a lo contrario, a que haya dejado de estar, bien por falta de tiempo -el primer hábito es profundo y largo-, bien por la punzante añoranza que nos provoca su cesación. ¿Cómo es posible que no vaya a ver más a tal persona querida?, nos preguntamos incrédulos. Y a menudo seguimos contando con ella, seguimos pensando en regalarle eso que vemos en una tienda y que le gustaría tanto -que le habría gustado, corregimos en seguida con melancolía el ya inadecuado tiempo verbal-; o en relatarle esta anécdota o aventura que tanto le habría hecho disfrutar; o en pedirle consejo o consuelo ante nuestras dudas o sinsabores. Y también nos duele, aunque de modo más efímero y -ay- rutinario, saber de la muerte de unos inmigrantes cuya patera zozobró en el Estrecho, o de los aldeanos guatemaltecos que arrasó un huracán, o de los incontables turcos sepultados por su terremoto. Y quizá aún más nos apenan las muertes individuales, sobre todo cuando son violentas, o injustas, o llegan a una edad temprana. Nos da lástima u horror la puta que acuchilló un cliente despótico o desequilibrado; y el ajusticiado por leyes que nos repugnan, así fueran graves los crímenes por él cometidos; no digamos el niño de pocos meses que la enfermedad no perdona, o aún peor, que conoció tan sólo los golpes de sus progenitores impacientes e incomprensibles, quienes se lo llevaron tan pronto de la cuna a la tumba. Sí, la muerte vivida, o sabida, o leída, o vista en el televisor brillante o en la oscuridad del cine, casi todas ellas nos traen pesadumbre, y a menudo también miedo.

Pero no siempre es triste, o no siempre es sólo triste. Anteayer me llegó la noticia de que la señorita Cuqui, o doña Carmen García del Diestro, mi vieja profesora de literatura del Colegio Estudio y de quien he hablado aquí en más de una ocasión, había muerto. Tenía, creo, noventa y dos años, y hace no mucho, en la que ha resultado su última tarjeta, me contaba con buen humor e ironía cómo había "rodado aparatosamente" por una escalera a la salida de una conmemoración. "Magulladita", decía, "morada como una remolacha -eso sí, sin roturas-, muy alegre e ilusionada me dispongo a adentrarme en nuevos horizontes literarios..." En nuestra correspondencia de los últimos años, más de una vez me había dicho que nunca había deseado su inesperada longevidad. Pero tampoco se quejaba de ella, pues siempre tuvo curiosidades y capacidad para la diversión. Hasta hace nada fumaba, como lo hacía en clase cuando yo era niño, en épocas menos histéricas que la actual. Vivió con plenitud y provecho, supo disfrutar. Tuvo marido pero no hijos, y las veces de éstos, supongo, las hicimos los centenares de niños y niñas que atravesamos su aula llena de entusiasmo por la literatura y de cariño burlón. Al parecer no ha sufrido. Sin duda no la amargaba vivir algo más, pero me consta que tampoco lo necesitaba. Echaré de menos sus ocasionales tarjetas, tan simpáticas e ingeniosas. Pero su recuerdo será fuerte, y sé que ella no le habrá puesto mala cara a su muerte, se habrá sentido conforme. Así que para mí no es triste, o al menos no sólo triste. Estoy seguro de que ella no me lo habrá reprochado, ni que encienda ahora un pitillo en memoria suya, aunque yo no manche el filtro, como ella, con un sempiterno y coqueto rouge. Vayan estos insalubres humos por la inolvidable y risueña señorita Cuqui, por siempre jamás.

 

El Semanal 24 junio 2001

 

 

Carmen García del Diestro fue una de las fundadoras del colegio Estudio y, junto a Jimena Menéndez-Pidal y Ángeles Gasset, dirigió el colegio durante cincuenta años.

A la muerte de Jimena Menéndez-Pidal en 1990, Carmen García del Diestro y Ángeles Gasset cedieron la propiedad del colegio a la Fundación Estudio, que desde 1994 es responsable y propietaria del colegio.

Impartía clases de lengua y literatura española. Los últimos años vivió retirada, pero siempre pendiente del colegio.

Ciudadana Honoraria de Redonda.

Carmen García del Diestro murió en Madrid el domingo 10 de junio del 2001.