Md., 30-4-01.

Querida Twilight Zone Royal o Real Zona Fantasma:

Este es el título redondino que, ya en los apéndices del próximo volumen del Reino de Redonda, acompañará al nombre de Montserrat Vega. Aunque no la conozco personalmente, todas las referencias que me llegan —y cada vez son más- respecto a su desinteresada web o site, o como quiera que se diga, son tan elogiosas que no puedo sino atender, con mucho gusto y un sentimiento de justicia, a las diversas peticiones que me han sido transmitidas para que ella pasara a formar parte, en letra impresa, del cada día más quimérico Reino.

Aprovecho para explicar por qué eso no está al alcance de cualquiera que pudiera desearlo. La razón principal es que, en esta clase de juegos, la frontera entre la ironía y el ridículo es muy tenue. Como quizá ya sepan algunos webberos, o visitantes asiduos de la Real Zona Fantasma, hay por ahí más de un supuesto "rey de Redonda" con escaso o nulo sentido del humor y muy malas pulgas. Yo nunca voy a entrar a discutir nada con ninguno de ellos —sólo me faltaría tener que ocuparme de irreales "disputas dinásticas"-, y rogaría a cualquiera que en esto siguiera mi ejemplo. Pero si en algo ha de distinguirse "mi" Redonda de cualquier otra apócrifa, es en el extremo cuidado de no traspasar esa frontera entre el ridículo y la broma. Sería ridículo que la lista de "ciudadanos honorarios" creciera sin ton ni son, o cualquier otra lista, y por eso conviene que crezcan poco a poco (y también que, paralelamente, sufran algunas "bajas" ocasionales). Toda inflación es siempre ridícula.

Ahora bien: dado que en esa Real Zona Fantasma regirán, imagino, leyes virtuales distintas de las de la realidad y también distintas de las de la ficción (los dos campos en que yo me muevo), supongo que Montserrat Vega —sería lo justo- podría quedar facultada para admitir ahí, en su Zona, a algunos visitantes y negar a otros la entrada —no en tanto que visitantes, claro está, y según entiendo, pero sí en tanto que miembros plenamente fantasmas-. Así, esa será su facultad y su prerrogativa, y confío en que ni lo uno ni lo otro se le suba a la cabeza, pues ninguna cabeza asaltada por las alturas está bien vista en este Reino.

Unas palabras acerca del nombre en cuestión: The Twilight Zone (literalmente, la Zona Crepuscular, o Entre Dos Luces) era el nombre de una serie de televisión de los años cincuenta y creo que sesenta que creó Rod Serling. Si no estoy mal informado, algunos de sus episodios se emitieron en España, con un título que no recuerdo y que en todo caso no era La Zona Fantasma. Yo nunca llegué a ver ninguno, pues mis padres, demasiado intelectuales —en el mal sentido de la palabra-, se negaron a que hubiera televisión en la casa hasta que yo tuve una edad —quince o dieciséis años- en la que uno pasa ya demasiado tiempo en los billares y otros lugares de perdición leve como para seguir ninguna serie televisiva.

Sin embargo, la colección de tebeos de la Editorial Novaro, mexicana, que se distribuían mucho en España (La pequeña Lulú aparecía ahí, por ejemplo), publicaba en viñetas algunos de los episodios creados por Rod Serling, bajo el título de La Zona Fantasma, que es, por tanto, el que a mí me ha quedado. Con diez, once, doce años leía yo apasionadamente aquellas historietas de lo inexplicable y lo irreal y fantástico, y siempre guardé la espina clavada de no haberlas podido contemplar en película. El placer que me dieron en sus versiones dibujadas y escritas es, sin embargo, de los que no se olvidan y se agradecen eternamente. De ahí que ningún otro título me parezca más noble ni más adecuado a lo que entiendo que es Internet —ya es proverbial mi total ignorancia al respecto- que el que recibirá Montserrat Vega.

No sé por qué, la historieta que más ha quedado en mi memoria es la siguiente: John Helmore (llamémosle así, no recuerdo el nombre del personaje) es un vividor neoyorquino, aficionado a toda clase de apuestas y por ello entrampado hasta el sombrero (se lo representaba en las viñetas con un bombín semielegante). Anda muy desesperado, sin apenas un centavo y deseando un golpe de suerte que ponga fin a sus deudas y lo saque de la vida tan azarosa que lleva. Una noche pasea por la ciudad, ya tarde, mascullando maldiciones a su perra suerte y meditando soluciones. Tropieza con el pie extendido de un anciano pordiosero de larga barba blanca, y aunque su primera reacción es increparlo, algo lo detiene. El viejo le tiende un periódico, y Helmore se lo desdeña (el día está acabado, cualquier diario ya es viejo en ese instante). Pero el viejo insiste, cógelo, Helmore, le dice, cógelo y con él cambiará tu suerte. Cuando Helmore le pregunta cómo diablos sabe su nombre, el viejo se ha escurrido en la tiniebla y él tiene aquel periódico en la mano. Al mirarlo, descubre algo inaudito: lleva la fecha de mañana, del día siguiente, o quizá de pasado mañana, de dos días después, no recuerdo. Excitadísimo, busca la sección de deportes, y en ella la de carreras de caballos. Y allí están los resultados de esas carreras, aún no celebradas. Los nombres de los caballos participantes coinciden con los previstos para el día siguiente, y él tiene ante sus ojos los nombres de los respectivos ganadores, colocados, de las gemelas, todo está allí de antemano, como si esas carreras que son aún una incógnita ya hubieran tenido lugar. Helmore, lleno de excitación, dedica la jornada siguiente a buscar dinero, cuanto más mejor. Pide préstamos, piensa en robar, a duras penas logra reunir una cantidad apreciable con la que apostar sobre seguro en todas y cada una de las carreras, sobre todo en aquellas con un ganador más inesperado. Llegada la hora, asiste al hipódromo presa del nerviosismo, que se le va calmando según comprueba cómo aquel periódico del día siguiente llevaba razón en todo. Una tras otra, cada carrera es ganada por el caballo que había de ganarla y por el que él había apostado. A cada una, es más rico, y al concluir la última es un hombre inmensamente rico, que abandona el hipódromo en un estado de embriaguez absoluta. Todos sus problemas han terminado, no deberá a nadie un centavo, podrá iniciar una nueva vida, y ojalá volviera a encontrar al anciano, porque no sólo le retribuiría su inmenso favor, sino que —quién sabe- tal vez podría convencerlo de que le proporcionara un periódico así cada noche... cada noche... Viaja Helmore en el metro con estos pensamientos, y, satisfecho y agradecido, desdobla el periódico fantasmal. Sus ojos caen al azar sobre una noticia breve, lo que se llama "un breve". Y esa noticia reza: "John Helmore, de cuarenta y cuatro años, muy conocido en los ambientes hípicos de la ciudad, apostador casi legendario que a lo largo de su vida edificó fortunas momentáneas y sufrió bancarrotas efímeras, falleció ayer en el metro de Nueva York, víctima de un infarto...". Helmore siente que empieza a ahogarse, y, aterrado, intenta abrirse paso para salir del vagón cuanto antes y buscar ayuda... Pero es demasiado tarde. Antes de alcanzar las puertas cae al suelo desplomado. Un par de horas después, su periódico es barrido del suelo y tirado a la basura. A esas horas ya es como cualquier otro periódico del día, traen todos las mismas noticias...

Que aproveche el cuentecillo a los visitantes de la Real Zona Fantasma.

Con mi simpatía y mis mejores saludos,