E s t e   r e i n o   j u n t o  a l   m a r

Javier Marías

Para quienes hayan leído mis novelas Todas las almas o Negra espalda del tiempo o ambas, o incluso sólo mi relato Un epigrama de lealtad, no será éste su primer encuentro con el legendario, real y ficticio Reino de Redonda. Algo recordarán sin duda de sus fundadores y siempre exiliados reyes, Felipe I y Juan I, que la literatura recóndita conoció como M P Shiel y John Gawsworth, respectivamente, aunque éste último fuera a su vez un nombre falso, el que eligió, siendo muy joven, Terence Ian Fytton Armstrong, nacido en Londres en 1912 y también allí muerto en 1970.

En la más antigua de esas novelas hablé del oscuro escritor londinense John Gawsworth, quien prometió mucho de joven, combatió como piloto en la Segunda Guerra Mundial, anduvo por Egipto, Argelia, Túnez, Italia y la India, se casó tres veces sin descendencia, no escribió finalmente lo que prometía y acabó sus días como un mendigo, a la edad de cicuenta y ocho años. También fue rey, de la isla de Redonda. Esta isla existe, aunque es tan diminuta (menos de tres kilómetros cuadrados) que no siempre figura en los mapas. Está en las Antillas, la descubrió y bautizó colón en su segundo viaje y pertenece a las llamadas Islas de Sotavento. Se halla cercada de dos islas mayores y más conocidas: la volcánica Montserrat, y Antigua. Política y territorialmente forma parte del Reino Unido, que se la anexionó, adelantándose a los americanos, cuando a ambas potencias les dio por codiciar el fosfato de alúmina de la isla, de origen bastante prosaico, pues lo producía el guano depositado por los casi únicos habitantes del lugar, los alcatraces; aunque por lo visto también hay lagartos, ratas, gaviotas y cabras. En los siglos XVII y XVIII sirvió de temporal guarida a contrabandistas y corsarios, y, sin duda, por haber estado casi siempre deshabitada, algunas leyendas le atribuyen en el Caribe una fama semejante a la que padece en Europa Transilvania,: la de un lugar poblado de fantasmas y monstruos y bestezuelas insólitas, donde más de un marinero se perdió sin dejar rastro. Es en cualquier caso, como todo reino legendario que se precie, incluida la ínsula Barataria de Sancho Panza, a "kingdom by the sea", aquel en el que vivía, en el inolvidable poema de Poe, la doncella Annabel Lee.

Bien. En 1880, otro escritor menos oscuro pero tampoco muy claro, Matthew Phipps Shiel, de raíces irlandesas pero nacido en la vecina Montserrat, fue coronado rey de Redonda, a la edad de quince años, en una ceremonia naval celebrada por el obispo de Antigua e instigada por el padre del joven, un adinerado banquero que había comprado el territorio para señalar así el nacimiento de su primer varón, tras ocho o nueve hembras. Durante dos años los Shiel, padre e hijo, disputaron la isla a la Oficina Colonial Británica, la cual no se la devolvió jamás, por supuesto, pero no objetó a la utilización del título de Rey de Redonda por parte del segundo, siempre y cuando "careciera de contenido". A la muerte de Shiel, en 1947, su amigo y discípulo John Gawsworth heredó no sólo el reinado, sino también los derechos de los libros de su maestro, y así se inauguró una peculiar "sucesión" poco monárquica, ya que no dependía de la sangre sino de la letra, no del parentesco sino de la literatura. Gawsworth, que nunca visitó físicamente su reino, reinó sin embargo desde los pubs y tabernas de Londres y desde las redacciones de revistas poéticas, y acabó de crear lo que su antecesor Shiel sólo había apuntado, una "aristocracia literaria" o "nobleza intelectual". Otorgó títulos y nombró cargos entre sus contemporáneos, y algunos Duques de Redonda son aún conocidos, como los novelistas Henry Miller y Lawrence Durrell, el poeta Dylan Thomas, e incluso algunos actores como Dirk Bogarde, el gran Vincent Price y la sobreabundante rubia Diana Dors. En sus horas más bajas y más borrachas, Gawsworth optó por comerciar con todo ello, lo cual lo obligó a nombramientos espúreos y del todo venales, a fin de aplacar las iras de sus muchos acreedores (caseros y taberneros principalmente), y por fin poner en venta y de hecho vender varias veces a distintos compradores su título de rey. Alcohólica circunstancia que, dicho sea de paso, ha dado lugar a ciertas disputas dinásticas en las que yo no entro ni entraré jamás.

Pues lo cierto es que, tras avatares largos e inverosímiles para este espacio, en 1997 el único heredero literario y legítimo de Shiel y Gawsworth, John Wynne-Tyson (poseedor como es preceptivo, de los derechos de sus obras), me propuso -ejem- lo que ya imaginan ustedes, cansado como estaba de acosos y deseoso de "abdicar". Nacido en 1924, este encantado "Juan II", (Shiel fue "Felipe I" y Gawsworth "Juan I", todos así, en castellano) se lo pensó no poco, y lo mismo hube de hacer yo. Sus motivos para la designación fueron variados, pero no sólo contaron con la certeza de que yo era escritor como el resto de la "dinastía" y el hecho de que ya me hubiera ocupado de Redonda, sino que fuera español -el descubridor de la isla viajaba al servicio de nuestro país- y que por mis venas corriera adecuadamente alguna sangre caribeña, pues tanto mi abuela Lola Manera como mi bisabuelo Enrique Manera y Cao nacieron en habaneros. Pregunté a Wynne-Thyson por mis obligaciones, y no eran duras: debía contribuir a mantener viva la memoria de los anteriores reyes redondinos y de la leyenda, y heredar y gestionar los mencionados derechos de Shiel y Gawsworth.

Creo que no me hubiera considerado digno de llamarme novelista si no hubiera aceptado esta invasión de mis ficciones en mi realidad. Y como todo, en efecto, "carece de contenido" según exigió la Oficina Colonial británica: y como se trata de un reino más ficticio e imaginario que geográfico y real (la existencia de la isla resulta un detalle añadido, pero es lo de menos), mis declaradas convicciones republicanas no me fueron obstáculo para la aceptación, frente a la posibilidad de preservar del olvido este cuento a lo Kipling, y proseguir el juego y la broma. Porque lo que nadie debe nunca esperar es la menor seriedad al respecto, aunque tampoco haya de convertirse en bufonada. El antiguo lema de Redonda es, de hecho, "Ride si sapis", esto es, "Ríe si sabes"; y a mí me parece importante la segunda parte: "si sabes", sólo si sabes.

A estas alturas de mi explicación temo que muchos lectores se sientan objeto de una tomadura de pelo o crean que he extraviado definitivamente el juicio, y no se lo reprocharía. Pero verán que hay juicios perdidos y juicios perdidos si les digo que tres o cuatro individuos pertenecientes a las ilegítimas ramas etílicas andan furiosos por varios continentes, al considerarse los verdaderos reyes de Redonda. Impostores y usurpadores de los que haré siempre caso omiso, pero que al parecer, y según me informan internautas, despliegan sus propias webs o sites en Internet, desde los cuales se insultan unos a otros y se quejan amargamente de que el reino haya vuelto "a ese maldito español, con lo que nos costó echarlos de allí". Yo no figuraré jamás en Internet, pero puesto que los derechos de Shiel son ahora tan míos como los de mis libros, he publicado un volumen de cuentos fantásticos suyos, La mujer de Huguenin, bajo el mismo epígrafe de Reino de Redonda. Así contribuiré sin duda a mantener viva la leyenda de Redonda y sus Reyes.

También lo hacen los varios apéndices que centran este volumen, entre ellos las listas completas de aquella vieja "nobleza intelectual" y de la por mí recién creada, pues las bromas y las leyendas hay que seguirlas hasta el final. Los dieciocho Dukes o Duchesses que he nombrado han dado su expreso y humorístico consentimiento, honrándome con ellos; en un reino bilingüe, han de tener su obra traducida; y a ninguno se le exige contrapartida ni "deber" alguno, ni siquiera el de lealtad. Hay entre ellos algunos cineastas, como el recientemente premiado Duke of Trémula o el más antiguamente premiado Francis Coppola, Duke de Megalópolis. Hay escritores ingleses y americanos, y un mexicano; está el francés Bordieu, o Duke of Desarraigo, y el alemán Sebald, o Duke of Vértigo; está Mendoza, o Duke of Isla Larga, y Villena, o Duke of Malmundo, y Savater, o Duke of Caronte. En cuanto a los cargos, y aparte de varios embajadores, tenemos desde un Canciller del Sello Real hasta un jefe del Servicio Secreto; desde un Maestro de la Real Música o un Seleccionador de Fútbol; desde un Médico de la Real Psique a un Real Prisionero de Zenda. Por último, una treintena de Ciudadanos Honorarios. Y ahora que lo pienso, menos mal que todo es "sólo aire y humo y polvo" y está "vacío de contenido", porque de lo contrario me temo que no poca gente nos solicitaría de inmediato asilo político... o literario, "in this kingdom by the sea".

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