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Shiel, el visionario

Pere Gimferrer

 

En las Indias occidentales le vemos nacer; cabalmente en la isla de Montserrat, la que -dícese- recibió su nombre, en días aurales, de cierta trasluz de semejanza con la serranía del monasterio mariano catalán, en su piedra entre churrigueresca y daliniana, sin rigor de cantero medievalizante. A los quince años de edad, quien como escritor firmaría escuetamente M P Shiel era ya monarca de una isla cercana a la montserratina, y con el correr de los años todavía este linaje inicial y remoto, en la estela Britania posvictoriana, le habilitaría para dispensar títulos de nobleza a sus amigos, y señaladamente, entre ellos, a Dylan Thomas, a Lawrence Durrell y a Henry Miller. Todo, en la existencia y en la carrera literaria de Shiel, participa de esta misma tradición meteórica, augusta e inverosímil; en verdad, un personaje para cualquier repliegue borgiano de la Primera cuarentena, de Francisco Rico, por quien de él tuve noticia principal.

No es que la trayectoria de Shiel sea exactamente oscura; es, en el sentido propio del término, extravagante. Dilatadísima en el tiempo, cubre casi toda la primera mitad de nuestro siglo; guadianesca, en veneros y cauces subterráneos, tan pronto se insurrecciona violentamente a plena luz -y ocasión hay en que cuatro libros suyos se ponen a la venta en un mismo día en Estados Unidos- como convoca tan sólo, al modo de Pessoa, la conjuración de un silencioso cenáculo de iniciados. No le han faltado lectores apasionados; recordaré, entre ellos, a H G Wells o a Rebecca West, pero quizá, en sucinta expresividad, el mayor elogio tributado a Shiel provenga de Dashiel Hammett, que le llamó simplemente "un mago". Lo dispar de la atención hacia Shiel no deja de ser ya un primer síntoma de su rareza; según la perspectiva que se adopte, resultará igualmente lícito ver en él a un fastuoso y tardío orfebre de la tradición narrativa decimonónica o a un maestro insólito del nuevo siglo. Por un extremo, limita acaso con Rider Haggard; por el otro, con Lovecraft; pero probablemente de quien más cerca se halla es, en fin de cuentas, del Poe que fabuló la glacial peripecia de Arthur Gordon Pym en una Antártida de ensueño.

En 1910 vio la luz la que ha pasado a ser hoy la obra más conocida de Shiel: The purple cloud. Esta nube purpúrea es letal; una insana reacción química de origen volcánico ha destruido por envenenamiento atmosférico la vida humana en el planeta. ¿Qué era la narrativa en 1901? No hay muchas novelas de entonces que nos resulten tan próximas como la de Shiel. El primer problema en ella era de carácter técnico: la catástrofe planetaria debía tener un narrador, único superviviente, pero la acción sólo podía ser creíble si se situaba en el futuro. Shiel convierte el monólogo de este narrador futurible en la premonición astralmente recibida, con años de antelación, en unas sesiones de espiritismo. La primera credibilidad es obtenida así con una audacia y un aplomo que se mantendrán en todo el libro.

Hollín y luz en Inglaterra, al filo del siglo. Hay una herencia excéntrica reservada a un intrépido explorador polar. Con bizarras exóticas, ciertos expedicionarios van en pos de la prensa, entre hielos. Sobrevivirá uno, en parte gracias al fraude y aun al homicidio. El regreso del Polo le depara, bajo la nube purpurada y lúgubre, el amargo olor de almendras del ácido prúsico que ha devastado la tierra. Más, sin vida humana, le es ofrecido el don del planeta entero: ciudades y ferrocarriles, monumentos y líneas telefónicas. De un contienente a otro, incendiará urbes, por apaciguar el tedio. En los pagos de Estambul surgirá el desnudo edénico: una mujer, la otra superviviente en la tierra, llamada a suplantar la erotización del esqueleto de su antigua amada. Aquí la aventura de Shiel desemboca en poema metafísico. Su grandeza alucinante está en el fiel de la balanza, entre Milton y Blake.

 

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