miércoles, septiembre 29, 2004

LA ZONA FANTASMA. 26 de septiembre de 2004. Empalago

Me lo comentó un amigo cineasta hará ya un año: "Las únicas películas que ahora mismo tienen asegurado el beneplácito de la crítica y el estruendo de los medios en general, son las que tratan de temas supuestamente nobles y candentes, periodísticos; o, si lo prefieres, las que sirven a la buena conciencia del espectador". No sólo voy comprobando que tenía razón, sino que además se quedó corto: la moda o la plaga ha alcanzado también a la literatura, y desde luego no es exclusiva de nuestro país.

La mayoría de esas películas recientes no las he visto, ni los libros los he leído, así que no discutiré su posible bondad artística, que no descarto en algunos casos. El problema va más allá de la calidad individual de cada obra. El problema es un síntoma y lo que a todas luces parece, más que una mera tendencia, un oportunismo, un ventajismo, una opción en sí misma demagógica y una especie de “blindaje temático” ante las críticas. El truco es simple, y ya viejo en España: en los años sesenta hubo gran cantidad de novelas, la mayoría mediocres si no muy malas, llenas de buenas intenciones extraliterarias y adscritas a lo que se llamó el realismo social. Sus autores eran "progres" de entonces, muchos de ellos luchadores antifranquistas. Sus novelas, con los límites impuestos por la censura, combatían el régimen, o denunciaban "la moral burguesa", o mostraban la "alienación" y las penurias de la clase trabajadora, y, ya sólo por eso, por ser su tema y sus intenciones los que eran, gozaban del absoluto e incondicional favor de la crítica (que siempre estuvo más bien en manos de gente de izquierdas, por pura dejadez del franquismo, que ante la palabra "cultura", ya saben, solía sacar la porra o se desentendía). Eran obras que, independientemente de sus frecuentes ridiculez y ramplonería artísticas, resultaban "inatacables", porque un ataque a ellas se identificaba groseramente, sin más, con un ataque a lo que defendían.

Pero en fin, cuando la política está prohibida todo se politiza y se distorsiona, y abusos así llegan a comprenderse. Lo que es más incomprensible y menos aceptable es que en una situación de normalidad democrática también se dé lo que podríamos llamar la "bula o impunidad temática". Si un cineasta hace una película a favor de los parados, o sobre un enfermo que implora la eutanasia, o sobre las penalidades de quienes desean abortar en Irlanda, o el maltrato a las mujeres, o los desheredados del mundo, o el hijo discapacitado de un hombre que lo rechazó por eso, o el terror de un niño al que su padre apalea (son ejemplos más o menos reales), ya sólo por ser su asunto el que es, y sus intenciones las que son (de "denuncia", de "solidaridad", de "infinita piedad": en suma, lo que los críticos cursis llaman "un aldabonazo a las conciencias"), la película en cuestión se convierte automáticamente no sólo en "inatacable" (y ay de quien se meta con ella), sino en "necesaria", "imprescindible", "valiente" y demás zarandajas, porque no hay película ni libro en el mundo que sean ni hayan sido nunca tal cosa como "necesarios". Y, a su vez, si un escritor se ocupa de las víctimas republicanas de la Guerra (con insistencia en las Trece Rosas), o de la melancólica desaparición del euskera, o del acoso laboral a la mujer, o no digamos del socorrido Holocausto y demás persecuciones totalitarias del siglo XX, entonces tendrá ya garantizados los parabienes y aun la beatería, sólo por tratar de lo que trata. Y si alguien critica literaria o cinematográficamente uno de esos libros o películas, será acusado de no suscribir las tesis políticamente correctas sustentadas por tales obras, y eso es hoy un pecado mortal como ninguno.

Entre esas películas y libros los habrá a buen seguro excelentes, medianos y pésimos, más allá de sus enaltecedores temas. Pero uno no puede por menos de percibir, en esta moda o plaga, cierto chantaje apriorístico, cierto exhibicionismo ("Miren qué compasivo soy, y por tanto cuánto lo son ustedes", parecen decir los autores a sus lectores y espectadores) y cierto aprovechamiento de mala ley. Y, desde luego, un considerable empalago: todos somos muy buenos y nos afectan las injusticias, presentes o remotas. Pero en ese cine y esa literatura hay, como mínimo, una cosa que no hacen y que el arte de buena ley a menudo hacía, a saber: no turban, no inquietan, no muestran nuestra frecuente negrura, ni siquiera nuestra mezcla de generosidad y bajeza, ni siquiera el conflicto, el dilema. No, suelen ser, por el contrario, abundantes dosis de absolución y melaza, y que me disculpen las obras que, pese a su facilón asunto (también la moralidad está en elegir de qué y de qué no se habla), no incurran en eso. Alguna habrá, aunque parezca difícil; porque son obras que -por decirlo mal- se lo ponen a huevo a sí mismas; a las que la emotividad les sale gratis, les viene ya dada antes de la primera línea o el primer fotograma. Y recurrir a eso, lo siento, no es nunca artísticamente meritorio, ni tampoco es muy honrado.


Javier Marías
El País Semanal, 26 de septiembre de 2004

martes, septiembre 21, 2004

LA ZONA FANTASMA. 19 de septiembre de 2004. Not forever England

Hacía cuatro años y medio que no pisaba Inglaterra, mi segundo país, o el primero según algunos compatriotas míos (españoles, quiero decir) que querrían darme de baja. En los más de tres decenios que llevo visitándola con regularidad, nunca la había visto tan cambiada ni tan para peor, y eso que cuando viví allí dos años seguidos la gobernaba la nefasta señora Thatcher, origen de casi todos sus males. Lo asombroso es que haya sido un Premier del partido rival, Tony Blair, quien ha proseguido y culminado la espectacular tarea de traición y demolición del espíritu liberal del país.

Claro que tres semanas de estancia, en cuatro ciudades distintas, no me han dado más que una impresión superficial de lo que allí ocurre, y de eso hablaré, de mis impresiones, que ojalá sean erróneas o habrá que concluir que la Inglaterra mejor, la civilizada, la liberal, la irónica, la democrática por antonomasia, la excéntricamente inteligente, está agonizando o quizá ya fenecida. Han sido, en todo caso, tres semanas de leer prensa y ver algo de televisión (espantosa, la célebre BBC), de ver amigos, pasear, ir a librerías, alojarme en hoteles y contemplar paisajes y museos. Ya sólo la prensa me daba cada día un sobresalto que me hacía preguntarme si estaba donde estaba o en un lugar que aspira a parecerse a la Rusia de Stalin (en versión light, desde luego, es de esperar). Una mañana leía que una instancia judicial superior (los Jueces Lores, o como se llamen) determinaba la validez de pruebas contra acusados de pertenencia a banda terrorista obtenidas en otros países, posiblemente mediante torturas, con el siguiente argumento desfachatado: "No puede ser asunto nuestro cómo se hayan conseguido pruebas que nos llegan tras interrogatorios de servicios secretos extranjeros sobre los que no tenemos ningún control. Nos llegan, y basta, y no tenemos por qué ponerlas en duda". Otra mañana me enteraba de que, "para no distraer a la policía con asuntos menores", y que ésta pueda dedicar todo su esfuerzo a lo importante -la lucha contra el terrorismo, cómo no-, se van a crear una especie de somatenes, es decir, grupos de civiles autorizados a parar a la gente en plena calle, exigirle la identificación, registrarle la bolsa de la compra e incluso -esto no recuerdo si ellos o los polis tan sólo, pero tanto da- hacerle pruebas de ADN in situ, sin su consentimiento ni conocimiento. Y todos sabemos del efecto perverso que tiene siempre dar a unos vecinos autoridad sobre otros. No me lo creía, pero al día siguiente la responsable de la policía, Hazel Blears, anunciaba satisfecha su plan para controlar y seguir los pasos de los hijos de convictos, ya sean niños de cuatro años nada más. Con el pretexto de que las estadísticas (esa ciencia las más de las veces tan falaz como inútil, y que todo lo domina) demuestran que alrededor del 65% de los vástagos de reclusos acaban por delinquir también cuando son adultos o adolescentes, se los mirará con lupa para apartarlos de la vía criminal y; claro está, "ayudarlos". Se han levantado algunas tímidas voces, las cuales aducen que así se estigmatizará a esos críos, se los marcará y se los hará conscientes de cuál sería su destino natural sin la "protección" del Estado. Si estos planes no son una variante leve de la predestinación calvinista, que venga Calvino y lo vea (lo vería sin duda con aprobación).

El actual Ministro del Interior se llama David Blunkett y su principal virtud es ser Ciego, y por tanto casi inatacable en estas sociedades memas que estamos creando. Presume (?) de ser el único miembro del Gabinete sin formación en Derecho, lo cual parecería, precisamente, lo menos indicado para el ejercicio de ese cargo suyo. Con todo, quizá el miembro más popular del Gabinete no es él con su explotada ceguera, sino su perro lazarillo que lo acompaña hasta en las sesiones del Parlamento. Las cámaras han hallado en él un filón y lo enfocan a menudo, tan sólo para comprobar que el perro es el más sensato parlamentario y se dedica a lo único que vale la pena allí, a saber: dormitar. Todo muy al servicio del espectáculo. Su dueño quiere que se pueda detener a cualquiera por cualquier cosa, hasta por arrojar una colilla al suelo, y entre la población se difunde cada vez más esa estúpida y suicida postura que lleva camino de convertir a Inglaterra en un Estado policial: "Si uno no ha hecho nada malo, ¿qué importa que entren de madrugada en nuestra casa a registrar?" Olvidan que "lo malo" lo cambia y lo amplía quien tiene el poder. ¿Cómo iba a suponer la madre del escritor Stefan Zweig que un día los nazis encontrarían "mal" que una señora judía como ella se sentara en los bancos de los parques? Por extraño que parezca, la famosa frase de Churchill que en España repetimos cada dos por tres -"La democracia es que si a las siete llaman a tu puerta, sea el lechero"-, ya no la recuerda ni la cita nadie en Inglaterra. Así que ya no sé qué nos va quedando, ni qué nos queda.

Javier Marías
El País Semanal, 19 de septiembre de 2004


martes, septiembre 14, 2004

LA ZONA FANTASMA. 12 de septiembre de 2004. Miope, torpe y tonta

Si no otras virtudes, la Iglesia Católica solió tener la de la astucia, de vez en cuando. Bien es cierto que la de España no brilló especialmente por eso, quizá por la temprana expulsión de la orden más astuta de todas, la Compañía de Jesús o jesuitas. La verdad es que nuestro país se ha caracterizado por su ojeriza, cuando no persecución, a la gente con mano izquierda, con habilidad, con sutileza. Cuanto más diplomáticos y aun taimados un colectivo o un individuo, más han sido odiados, execrados y echados a patadas siempre que fue posible. Poco importaba que las intenciones de los solapados coincidieran en el fondo con las de los fanáticos de crucifijo en el puño y escopeta al hombro: su estilo no se aceptaba. Aquí hay que ser frontal y bruto, la estrategia se desprecia y casi se desconoce, la cerrazón se aparece como cualidad suprema, la simulación, la paciencia y el meandro están muy mal vistos, es difícil imaginarse a un Maquiavelo ibérico. Hasta el mayor ejemplo de jesuita público de los últimos años -el ex-padre Arzallus- ha tenido siempre una actuación política más propia de primitivo trabucaire carlista que de evolucionado príncipe vaticanista: sus palabras tronaban con chulería y erizaban a sus oyentes, nunca llovían con mansedumbre hechizante ni los persuadían.

Así que quizá, bien pensado, no es tan extraño que la actual jerarquía eclesiástica española se manifieste tan miope, torpe y tonta en el asunto de la anunciada legalización de los matrimonios civiles entre homosexuales. Pasemos sólo de puntillas por los argumentos obvios para criticar su postura al respecto, el principal de los cuales sería que, lo mismo que a la Iglesia le traen sin cuidado las leyes laicas y no se siente obligada por ellas (mientras un asesino cumple condena de treinta años ante el Estado, para la Iglesia ya está absuelto si se ha confesado con propósito de enmienda y arrepentimiento, y nada podrá cerrarle la puerta de los cielos o de los justos), también deberían resultarle indiferentes las iniciativas estrictamente seculares de la sociedad y del Estado, que ella no acata si se contradicen con su doctrina. Nadie, además, intenta imponérselas: nadie intentará que la Iglesia dé validez ni sancione en su seno esos matrimonios de homosexuales, como tampoco lo intenta nadie con los habidos entre heterosexuales en el exclusivo ámbito civil. De hecho, con ocasión reciente de la boda de los Príncipes de Asturias, el rudimentario portavoz de la Conferencia Episcopal, Camino Martínez o Martínez Camino, dejó bien claro que para ella el primer enlace de la novia, no religioso ni sacramental, simplemente no existía, por lo que no veía impedimento alguno para celebrar los esponsales principescos, y además en más de una iglesia.

No se entienden, así pues, sus furiosas protestas, sus histéricos llamamientos a los políticos católicos y a las masas de feligreses a salir incluso a la calle para impedir la aprobación de esa ley proyectada. Pero no se entienden, sobre todo, porque, lejos de suponer ésta una amenaza para el matrimonio tradicional y la familia -esas dos instituciones que, como pilares suyos, la Iglesia defiende a casulla y espada-, puede beneficiar a ambas como ninguna otra cosa. Personalmente, no comprendo por qué los homosexuales están emperrados en contraer nupcias (aparte de por cuestiones prácticas como dejar herencias fáciles), pero allá ellos. Ahora bien, de lo que no me cabe duda es de que, a la media y a la larga, el hecho de que un colectivo hasta ahora excluido, con probada capacidad para crear y extender modas en la sociedad en su conjunto, con frecuente capacidad adquisitiva o buen nivel económico, en general industrioso y emprendedor (véanse el madrileño barrio de Chueca y la ciudad de San Francisco); que ese colectivo aspire al orden, a la legalidad, a la monogamia o monoandria, al compromiso, a la fidelidad, a la entrega, al contrato, a la estructura familiar que la Iglesia propugna, a la integración en el lado conservador del mundo, a aceptar las reglas del juego impuestas por los biempensantes, supone para ambas instituciones, matrimonio y familia, una inyección de vitaminas sin comparación imaginable. Si quienes están fuera ansían estar dentro, es que ese dentro es deseable y bueno. Si los proscritos (pero con cierto prestigio social a estas alturas) anhelan estar inscritos, es que inscribirse es lo recomendable y hasta lo fashionable. Esas pretensiones imitativas de los homosexuales, sólo civiles, no religiosas ni por lo tanto socavadoras de la fe ni del dogma, dan ejemplo y favorecen los propósitos de la Iglesia -no digamos del Estado-, y apuntalan el orden establecido por ella. Que nuestros obispos sean tan tontos, miopes y torpes como para no darse cuenta, habrá que añadirlo a su legendaria lista de meteduras de pata y a su ya proverbial falta de astucia.

Javier Marías
El País Semanal, 12 de septiembre de 2004



domingo, septiembre 12, 2004

El hilo roto de la continuidad

Sí, la percepción del tiempo es demasiado variable, y hay factores que la alteran exagerada y anómalamente. Son los que rompen el hilo de la continuidad, como lo he llamado en mis novelas y en la vida real. Cuando una relación amorosa se acaba, por ejemplo -una vez que se la da por perdida y se abandona toda esperanza, o se libera uno de la tela de araña en que ha quedado prendido-, cuanto perteneció al periodo de esa relación pasa súbitamente a ser "pasado", todo en bloque, y lo ocurrido hace sólo un año junto a la persona que nos da o a, la que damos de baja, nos parece lejano, incongruentemente remoto; y no digamos aquel viaje de seis años atrás, que veíamos como parte de un presente continuado mientras la persona en cuestión seguía a nuestro lado: ahora se aparece como propio de otra existencia, de pronto desteñida y difusa y caduca.

Lo mismo sucede tras la muerte de seres queridos, sobre todo tras cumplir con el duelo, durante el que aún domina el fantasma del desaparecido, así como la sensación de haber sido nosotros abandonados por éste, más que a la inversa. Puede que incluso le reprochemos haberse muerto, que lo sintamos culpable de una debilidad extrema que nos ha dejado a la intemperie. Sin embargo, una vez transcurrido ese duelo, todos los acontecimientos contemporáneos de la vida del ahora muerto -incluso los que no lo atañían directamente- nos parecen pretéritos, si no prehistóricos.

Ese abismo temporal se da también tras las enormes catástrofes. Cuanto fue anterior al 11 de septiembre de 2001 se ha alejado en nuestra percepción de forma excesiva y grave. Han pasado tres años cronológicos, pero seguramente no menos de diez psicológicos, y además para el mundo entero. La guerra de Afganistán, que es algo posterior, ¿no tenemos la sensación de que se libró hace decenios? Quizá por ser la única consecuencia directa verdadera, el único fleco auténtico, del ataque contra las Torres Gemelas y el Pentágono, y en cierto sentido ser "contemporánea" de esas matanzas a diferencia de la estrambótica e injustificada e ilegal guerra de Irak con su interminable e incomprensible posguerra. Pese a las tentativas falaces o patéticas de las administraciones de Bush, Blair y Aznar por vincularla con los atentados, la gente posee una percepción que a menudo le impide engañarse del todo, y hasta los más convencidos de la justicia y la necesidad de invadir Irak saben; de manera instintiva -o natural, que es lo mismo-, que son cosas aparte, sin verdadero nexo ni relación de causa y efecto; ni de hecho y consecuencia.

Los políticos olvidan demasiadas veces ese “factor perceptivo” de la ciudadanía, que no es por fuerza razonante. Y olvidan que contra eso poco puede oponerse. En España, tras los atentados del 11 de marzo, las percepciones nítidas, inmediatas y casi masivas fueron dos: una, que el Gobierno de Aznar era responsable indirecto de la carnicería: ésta no se habría producido –o no tan pronto, o no aquí, precisamente- si el entonces presidente, con su aún no explicada foto en las Azores junto a Bush y Blair, no hubiera hecho así ante el terrorismo islamista el gesto equivalente a agitar un trapo rojo delante de un toro: "Eh, que estoy aquí, para que me embistas"; y dos, que su Gobierno mintió -u ocultó o retrasó la verdad, que en circunstancias trágicas es lo mismo-, por su conveniencia política, respecto a la probable autoría de las matanzas. El problema con las "percepciones” es que, acertadas o erróneas, verdaderas o falsas, no hay forma de desterrarlas del ánimo de las gentes. Uno puede tener un convencimiento y no tener pruebas para demostrarlo. Ante la ley no le servirá de nada. Pero si le servirá a la hora de decidir su voto en unas elecciones generales. Eso, y no otra cosa, fue lo que sucedió en España.

Que la Administración Bush en pleno y buena parte de la prensa norteamericana interpretasen sesgadamente el resultado de esas elecciones nuestras, de acuerdo con los intereses del Gobierno mentiroso -un "acto de cobardía" por parte de la sociedad española-, no ha contribuido a que aquí se diera lo que habría sido lógico y previsible: un mayor hermanamiento, una renovada solidaridad con Estados Unidos, que dos años antes había sufrido un golpe similar, pero multiplicado por quince en el número de víctimas. Todos esos intérpretes calumniosos olvidaron deliberadamente dos cosas: que en momentos de crisis las poblaciones tienden a apoyar al poder ya existente, y que España lleva treinta años padeciendo el terrorismo de ETA, sin haberse doblegado nunca a él. Quizá fue sólo que teníamos la piel más curtida, el ánimo más acostumbrado al asesinato gratuito e inútil, la entereza más desarrollada. Es terrible, pero poco a poco uno se habitúa a contar con la posibilidad de atentados indiscriminados de manera semejante a como cuenta con los seguros muertos de las carreteras cada fin de semana. "Eso está siempre ahí; ojalá no nos toque", viene a ser el pensamiento no pensado, no consciente.

Tal vez por eso España, a los seis meses, parece haber superado ya el trauma de los atentados ferroviarios. La vida no ha cambiado. No hay más miedo que antes. Tampoco hay menos libertades. Por parte de las autoridades no hay interés en sembrar la alarma constante. Las costumbres permanecen inmutables, con las calles, los bares, los restaurantes, los estadios, los aeropuertos y las estaciones tan llenos como siempre. Incluso tan joviales. Bien es cierto que no hay día en que la mayoría no nos acordemos de los casi doscientos muertos del 11 de marzo. Con pena, y con la fuerte conciencia de que el azar, la suerte, la mala suerte, siguen teniendo tanta importancia como en las menos previsoras épocas de la humanidad. Pero ya lo dijo sir Thomas Browne en el siglo XVII, como he recordado en otras ocasiones: "El sentido no tolera las extremidades, y los pesares nos destruyen o se destruyen. Llorar hasta volverse piedra es fábula: las aflicciones producen callosidades, las desgracias son resbaladizas, o caen como la nieve sobre nosotros; lo cual, sin embargo, no es un infeliz entumecimiento".

Aquí no nos sentimos en guerra, porque no lo estamos, como tampoco Estados Unidos, por mucho que allí tantos se empeñen en asegurarlo. Las guerras son otra cosa. No se puede llevar una vida seminormal mientras transcurren. Lo saben los madrileños que vieron su ciudad asediada entre 1936 y 1939. Lo saben los londinenses bombardeados a diario durante la II Guerra Mundial. Y lo saben los norteamericanos que padecieron esa contienda. Contra el terrorismo no hay guerra, no puede haber tal cosa contra un enemigo que está durmiente la mayor parte del tiempo y que casi nunca es visible. Es sólo otro mal con el que hay que contar. Algo ante lo que más bien hay que repetirse una vez y otra, mientras se lo combate, la famosa frase de Cervantes: "Paciencia, y barajar".

Javier Marías

El País, 12 de septiembre de 2004

(Este artículo fue escrito para el diario estadounidense The New York Times, que lo publicó ayer)








sábado, septiembre 11, 2004

Enlace para leer el artículo de The New York Times

Para leer el artículo de Javier Marías publicado hoy en The New York Times: www.nytimes.com/2004/09/11/opinion/11marias.html

Artículo en The New York Times

En el artículo How to Remember, How to Forget, que publica hoy The New York Times, Javier Marías recuerda los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y del 11 de marzo de 2004 en Madrid.

domingo, septiembre 05, 2004

LA ZONA FANTASMA. 5 de septiembre de 2004. El álbum de los cabezudos

A través de un amigo que a su vez pasó el encargo a otro amigo entendido en antiguas colecciones de cromos, he pujado en Internet por la primera que de futbolistas hice en la vida, la llamada popularmente "los cabezudos" de la temporada 1958-59, y que además fue siempre mi favorita, por sus graciosos dibujos, sus vivísimos colores y su originalidad. Ésta consistía en que sólo eran fotografía las cabezas de los jugadores, insertadas hábil y logradamente en cuerpos de caricatura que aparecían en acción, jugando sobre el verde césped, burlando a contrarios que chocaban entre sí tras un regate, o quedaban tendidos en el suelo por culpa de una finta sublime, o se daban contra los postes de las porterías en su frustrado intento de cabecear la pelota que ya obraba segura en poder de los porteros en las viñetas dedicadas a éstos; en las de los defensas se veía al guardameta de su equipo, al fondo, silbando bajo los palos, tranquilo porque el balón lo controlaban Lesmes, Olivella, lrulegui, Pantaleón o Callejo. Todos, así, salían bien parados, cada uno en su cromo, y en los de los futbolistas más famosos incluso se apuntaba alguna característica especial del ídolo: así, en el de Puskas, que chutaba, se veía a los defensas rivales tapándose los oídos, y un guante de portero volando por los aires; en el de Vavá, cómo rompía los postes con su tremendo disparo; a Arteche, avanzando con las manos en los bolsillos; a Gento y a Del Sol, en plan bólidos, con contrarios persiguiéndolos -la lengua fuera- a gran distancia; al barcelonista Eulogio y al atlético Mendonça, rematando a la red y lanzando un maravilloso pase respectivamente, ambos de espaldas.

Al volver a mirar esas estampas de hace cuarenta y seis temporadas (yo acababa de cumplir siete años), no sólo las reconozco de golpe tras haberlas perdido de vista durante casi todo ese tiempo, sino que, como se sabe que ocurre desde Proust al menos, me vuelven con nitidez escenas enteras de aquella época. Me veo, por ejemplo, enseñándoles el álbum ya completado a mi abuela Lola y a su hermana la Tita María, dos señoras habaneras de origen, muy burlonas y risueñas pese a su blanco pelo, que se pasaban horas charlando y abanicándose en sendos sillones (o lo que a los niños les parecen horas), y que al ver a los más bien rudos futbolistas de entonces echaban por tierra mi satisfacción de coleccionista exclamando con aspaviento: "Pero qué feos son todos, niños, ¿cómo es que coleccionan ustedes a estos brutos?" (Éramos futboleros dos de los cuatro hermanos, yo y Fernando, el genuino y no el segundo de su nombre.) Y también me veo cambiando los "repes" en el patio del colegio, en la calle Oquendo que no he vuelto a pisar, rodeado de caras y apellidos que regresan con tanta música o soniquete como los de las alineaciones de los equipos. No era hasta la pubertad, o más allá, cuando empezábamos a llamarnos por los nombres de pila, así que durante años y años mis compañeros eran Bauluz, Rojí, Gamero, Marín, Peña, Del Riego o Vidal (este último me ha reaparecido hace un lustro como cardiólogo que me regaña benévolamente y frena mi tensión alta: cuánto le debo), y mis compañeras, incluidas las que me gustaron, eran Bernis, Agrasot, Lantero, Gancedo, Castillo, Calandre o Cabrera (a esta última la he visto como diputada en la prensa, tras las elecciones generales).

Lo que sigue creo haberlo contado otra vez en otro sitio, así que discúlpenme los memoriosos; pero el cromo del ya mencionado Mendonça, que era negro y con bigote y por tanto destacaba, era tan difícil que "saliera" que para conseguirlo en un trueque no sólo hube de entregar un montón de "repes", sino también una pequeña foto de carnet de mi tía Tina o Gloría, que era muy mona y bastante más joven que en general los padres, y que -no hace falta añadirlo- gustaba y me gustaba mucho, hasta el punto de llevar yo su retrato. (Le he pedido perdón por la transacción -venderla a un mastuerzo a cambio de un futbolista- años más tarde.) Y acuden a la memoría, de golpe, las alineaciones enteras: Alonso; Atienza, Santamaría, Lesmes; Santisteban, Zárraga; Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento, la del Madrid. Ramallets; Olivella, Brugué, Gracía; Verges, Gensana; Tejada, Kubala, Eulogio, Suárez y Czibor, la del Barca. O Carmelo; Orúe, Garay; Canito; Mauri, Maguregui; Arteche, Marcaida, Arieta, Uribe y Gaínza, la del Athlétic de Bilbao. Y aparte de los tres ya nombrados, veo en otros equipos no pocos apellidos húngaros, sin duda producto del éxodo político de poco antes: Szalay; Szolnok, Kuszman y Kaczas, por ejemplo. No se priven, si pueden, de adquirir de nuevo estas modestas posesiones perdidas. Yo he de dar por bien empleados los 250 euros que me costó adjudicarme el álbum de los cabezudos (y sin rendir foto alguna). Ahora que comienza la temporada 2004-05, no es poco recuperar de pronto unas cuantas viñetas de la infancia, en color todas, las del papel y las de la memoria.

Javier Marías

El País Semanal, 5 de septiembre de 2004