domingo, octubre 31, 2004

Tu rostro mañana 2: Baile y sueño



«Ojalá nunca nadie nos pidiera nada, ni casi nos preguntara, ningún consejo ni favor ni préstamo, ni el de la atención siquiera ... Ojalá nadie se nos acercara a decirnos “Por favor”, u “Oye, ¿tú sabes?”, “Oye, ¿tú podrías decirme?”, “Oye, es que quiero pedirte: una recomendación, un dato, un parecer, una mano, dinero, una intercesión, o consuelo, una gracia, que me guardes este secreto o que cambies por mí y seas otro, o que por mí traiciones y mientas o calles y así me salves”.»

Así comienza Baile y sueño, el segundo y penúltimo volumen de Tu rostro mañana, probablemente la obra cumbre novelística de Javier Marías. En él se nos sigue contando la historia, iniciada en Fiebre y lanza, de Jaime o Jacobo o Jacques Deza, español al servicio de un grupo sin nombre, dependiente del MI6 o Servicio Secreto británico, cuya tarea y «don» es ver lo que la gente hará en el futuro, o conocer hoy cómo serán sus rostros mañana.

Baile y sueño nos abisma una vez más en la embrujadora prosa de su autor y nos lleva a meditar sobre tantas cosas que creemos hacer «sin querer», incluidas las más violentas, y que por eso acabamos por convencernos de que «apenas si cuentan» y aun de que nunca se hicieron.

Tu rostro mañana 2: Baile y sueño sale a la venta el próximo 10 de noviembre.



PASEN Y LEAN: Poderoso contar

Hace ya tiempo que Jaime -o Jacobo, o Jacques, o Santiago- Deza, el narrador de las novelas de Javier Marías, ha logrado un lugar indiscutible en la no muy poblada galería de grandes personajes de ficción reconocibles, esos a los que, pasado un tiempo sin saber nada de ellos, el lector comienza a echar de menos. En el caso de Marías y su obra en marcha (Tu rostro mañana), la espera está a punto de terminar: dentro de diez días se pondrá a la venta su segundo tomo (y, al parecer penúltimo: pero yo no pondría la mano en el fuego), Baile y sueño. De nuevo, ese narrador irresoluto y meticuloso, que a menudo transita por complejos vericuetos del pensamiento y del lenguaje (en dos o tres idiomas), y que trabaja en un oscuro departamento vagamente vinculado al MI6 especializado en la “interpretación de vidas”, vuelve a sumergirnos en un torrencial discurso en el que el humor (a menudo hilarante) y la gravedad (a veces angustiosa) se combinan a partes iguales. A lo largo de las primeras 900 páginas (tomo I y II) de esta novela aún inconclusa pocos son los “acontecimientos” propiamente dichos que suceden en esas tres noches en las que, por ahora, transcurre el “tiempo actual” del relato. Y, sin embargo, su peripecia -que es más bien mental e interior-, entreverada de otros discursos y relatos (en los que tanto “pasa” y se recuerda), vuelve a cautivar al lector, atrapándole en un discurso que se interrumpe inesperadamente para fluir de nuevo a partir de incontables meandros, y que está puntuado por los característicos ritornelli (temáticos y rítmicos) que confieren al texto esa típica cualidad musical que más de uno ha intentado imitar. Un narrador cuyo poderoso contar no se confunde, sin embargo, con el de los otros narradores ocasionales que se introducen en su discurso (Deza relata a menudo lo que otros le contaron: como el Marlow conradiano refiriendo la historia de Lord Jim) amplificando un perspectivismo que nunca encuentra su fondo y siempre está abierto a nuevas interpolaciones y “congelaciones” del caudal narrativo: el relato del padre, que tanto supo y vivió, el de la miliciana desalmada que presume sin rubor de su crimen horrendo, el del escritor fascista que relata su terrible hazaña taurina, el de Tupra, misterioso jefe del departamento, el chusco e impresentable del agregado cultural De la Garza. Por el discurso de Deza transcurre, vicariamente, buena parte de la memoria de un siglo cuyas atrocidades parecen prolongarse en el nuevo. Un siglo cuyo miedo y violencia impregnan una narración que necesita, de vez en cuando, el bálsamo de la risa, un registro que le sirve a Marías para demostrar una vez más su talento para la comedia elegante (la larga escena en los servicios de señoras, por citar sólo una muestra, es de antología). A Tu rostro mañana habrá que juzgarla finalmente cuando el autor le ponga un punto final. Pero si me permiten que exprese mi humilde impresión de su (hasta ahora) última entrega, hacía tiempo que no lo pasaba tan bien con una novela. Que la disfruten tanto como yo.

Manuel Rodríguez Rivero
Blanco y Negro Cultural, 30 de octubre de 2004

viernes, octubre 29, 2004

Huidizos: la orden del silencio

En 1944, el joven Jerome David Salinger estaba en Inglaterra. Pertenecía al servicio de espionaje militar del Ejercito estadounidense, y había sido asignado al Duodécimo Regimiento de la Cuarta División de Infantería con la que, unos meses más tarde y ya ascendido a sargento desembarcaría en la playa de Utah, en Normandía.

Nacido en Nueva York, en 1919, antes de ser llamado a filas había estado enrolado en un barco, había viajado por Europa y, tras un curso de escritura en la Universidad de Columbia, había publicado algunos relatos en periódicos y revistas.

En Inglaterra, mientras su compañía aguardaba la orden de embarcar, escribió dos cuentos que envió al Saturday Evening Post. Uno de ellos, El último día del último permiso, se publicó a primeros de junio, mientras su unidad, con unas enormes pérdidas, combatía a las afueras de Cherburgo.

Con ese cuento guardado en la mochila entró en agosto de 1944 en París, con las primeras tropas norteamericanas que liberaron la ciudad. En el hotel Ritz coincidió con Ernest Hemingway, que trabajaba entonces como corresponsal de guerra. Los dos simpatizaron de inmediato, y Salinger le entregó el relato para que lo leyera.

En los meses siguientes continuó escribiendo y, mientras la duodécima participaba en la batalla de las Ardenas, en el invierno de 1945, con las botas empapadas en barro y literalmente congeladas, Salinger enviaba poemas al New Yorker.

Nadie sabe a ciencia cierta qué le ocurrió a aquel espigado sargento -medía casi uno noventa-, de pelo negro y nariz prominente, pero al terminar la guerra, con 26 años, fue tratado de estrés de combate, se casó con una mujer alemana, una funcionaria subalterna del partido nazi de la que se separó casi nada más regresar a casa, y en 1951 publicó El guardián entre el centeno. Ese año realizó algunas entrevistas, no muchas, de promoción, y desde entonces no ha vuelto a hablar con los periodistas. Una de sus imágenes más conocidas es ésa captada en 1988 en la que aparece con el rostro desencajado, delgado, el pelo blanco, amenazando con el bastón al fotógrafo que acaba de retratarle.

Tras una verja impenetrable

En 1952, se retiró a una granja en Cornish, New Hampshire, rodeada por una verja de casi dos metros de altura, impenetrable, a resguardo de miradas indiscretas. Después de El guardián entre el centeno publicó apenas un par de recopilaciones de cuentos, y desde los primeros sesenta se sumió en un silencio narrativo que continúa hasta hoy. «Nadie sabe por qué Salinger deja de escribir, yo sugiero que es el miedo a repetirse, o más bien la conciencia de que va a repetir lo que ya había contado». Enrique Vila-Matas es autor de Bartleby y compañía, un libro sobre escritores que dejan de escribir, traducido a dieciséis idiomas. «Lo que quise averiguar es por qué hay escritores que dejan de escribir, y descubrí que las razones son muy diferentes, que cada caso es distinto. A veces los motivos son tan aparentemente banales como los de Felipe Alfau, emigrado a Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial, autor de una novela publicada en los años treinta, y que renunció a la escritura por culpa -según dijo- del trastorno que le ocasionó haber aprendido inglés, y haberse hecho sensible a complejidades en las que nunca había reparado. Otro escritor que me interesó fue Enrique Banchs, que después de publicar cuatro libros, entre 1007 y 1911, estuvo 57 años sin escribir. De él dijo Borges, para celebrar sus cincuenta años de silencio, que tal vez su propia destreza le hizo desdeñar la literatura como un juego demasiado fácil. Su caso me sorprendió porque era una razón que no se me habría ocurrido nunca».

El mexicano Juan José Arreola (1918-2001) es otro de estos extraños huidizos. Entre las decenas de trabajos que desempeñó en su agitada vida laboral, fueron sus apariciones en televisión las que le llevaron a sostener que la farándula le había distraído de la literatura. «Hay escritores que se sepultan a sí mismos bajo una montaña de libros», respondió una vez a un periodista. «Dostoievski escribió mucho, y Rimbaud escribió poco, de modo que hay grandes autores que escribieron poco, y que son tan grandes como los que escribieron mucho». Arreola, ante el temor de la página en blanco, algunos apuntan al temor a la página en negro, al libro editado, se decidió por el silencio, por la fugacidad de la literatura oral.

«Escribir es una cosa muy misteriosa, nadie en realidad sabe cómo ocurre, no hay guión, ni reglas fijas». Andrés Ibáñez es escritor y crítico literario. «Se me ocurre el caso de Flaubert. No es como Dickens o Balzac, que tienen muchas cosas que contar; Flaubert persigue escribir una única obra, y escribe más sólo porque está buscando. En cierto sentido, el escritor que consigue dejar de escribir logra algo extraño y envidiable. Dejar de escribir es de alguna manera liberarse, saber que has escrito lo que querías, o lo que podías, lo que al final es una sensación mucho más liberadora que la certeza de no haberlo conseguido».

Es la búsqueda de esa obra definitiva la que, en ocasiones, sume a los escritores en un silencio de años. Paul Valéry quien legó a la humanidad las casi treinta mil páginas que ocupan sus cuadernos, tuvo un inquietante paréntesis en su actividad literaria que se prolongó durante casi un tercio de su vida, entre 1895, año en que publica El señor Teste, y 1917, en el que ve la luz La joven parca, ¡casi veintidós años! El escritor Joseph Heller sufrió del mismo mal: tras publicar en 1961 Trampa 22, un éxito comercial que le permitió vivir de las sucesivas reediciones, abandonó la literatura durante más de trece años antes de editar su siguiente libro; un día le vino a la cabeza una frase que, supo, era la que había estado esperando, el principio de su segunda novela, a la que siguieron otras cuatro, hasta su muerte. «En muchos casos no deja de haber un cierto exhibicionismo en la renuncia, aunque yo la comprenda bien», afirma Javier Marías. «Salinger difícilmente pudo soportar el éxito de un libro como El guardián entre el centeno, hubo tanta gente que se apropió de ese libro que debió pensar que ya no tenía nada de él; respecto a Rimbaud, probablemente tan sólo escribió por un error de cálculo, quizá lo propio de él era no haberlo hecho nunca».

Corre el año 1873. A mediados de julio, el joven Rimbaud, que tiene diecinueve años, viaja a Bruselas respondiendo a la llamada del poeta Paul Verlaine, con quien mantiene una atormentada relación. Ambos acaban discutiendo; Verlaine, borracho, se sienta a la puerta de la habitación del hotel para impedir que su amante salga, forcejean, hay golpes y gritos, y Verlaine acaba sacando el revólver que había comprado para suicidarse, y dispara dos veces. Una bala alcanza en el brazo a Rimbaud, que es conducido a un hospital; las heridas, afortunadamente, no revisten gravedad y esa misma noche intenta salir hacia Paris. En la estación, Verlaine es detenido y tras una serie de avatares judiciales, condenado a dos años de cárcel y 200 francos de multa.

Seis ejemplares de autor

Rimbaud permanece unos días en un hospital, y al ser dado de alta se refugia en la poesía. Durante el mes de agosto ordena y completa los poemas de lo que será Una temporada en el infierno y, con dinero de su madre, contrata la publicación con un editor belga. No volverá a escribir.

De esa edición no se distribuyeron más que los seis ejemplares de autor entregados al poeta, entre ellos uno que envió a la cárcel a Verlaine, con una escueta dedicatoria: «A P. Verlaine. A. Rimbaud». El resto de los libros quedaron arrinconados en el almacén, donde los encontró treinta años más tarde un abogado belga. «Rimbaud es un caso especial en la medida en que cambia por completo de vida». Ramón Buenaventura es escritor y traductor de Rimbaud. «No sólo deja de escribir sino que deja de ser el que era. Se convierte en un hombre cuya única ambición es enriquecerse, y su desinterés por la literatura es tan completo que no hay constancia de que ni siquiera leyera algún libro».

Rimbaud encarna el mito del escritor quemado por la gloria: escribe una obra maestra y desaparece. Su juventud, su insolencia, su vida atormentada lo convierten en un mito. A partir de 1874, su rastro se pierde y reaparece en lo que es una permanente huida en busca de no se sabe bien qué. Vive en Stuttgart, donde aprende alemán, aburrido decide ir a Suiza a recorrer los Alpes, aparece después en Milán, en casa de una viuda. Estudia idiomas, da lecciones de piano, decide raparse la cabeza, se alista como mercenario, se convierte en desertor, viaja a África, trafica con armas. . . «Lo cierto es que Rimbaud no consigue en vida más que el rechazo social, la leyenda la montan años después los surrealistas, a quienes encanta la figura del poeta maldito que fascina a los jóvenes escritores y biógrafos que le inventan una aventura romántica, única y resplandeciente cuando en realidad vivió una vida lúgubre y llena de fracasos», comenta Buenaventura. «Creo que el único momento de gloria de Rimbaud fue esa noche que leyó sus versos en la tertulia de los parnasianos, que lo llevaron en volandas hasta el estudio de Léon Valade, donde se hizo la conocida fotografía de la pajarita torcida».

La muerte del tío Celerino

Menos traumático fue el caso de Juan Rulfo (1918-1986), autor de El llano en llamas y de Pedro Páramo, tras los que mantuvo un empecinado silencio narrativo hasta su muerte. Explicaba, eso sí, a quien quisiera escucharle, que el problema en su caso era tan sencillo como la muerte del tío Celerino, el que le contaba las historias que después él se limitaba a transcribir. «Yo no creo que exista la necesidad de escribir, me parece una palabra pretenciosa y solemne», explica Javier Marías. «Hay, mucho más modestamente, ganas de escribir, ganas que a menudo surgen del impulso de emulación, es decir, de producir uno mismo aquello que le proporciona placer cuando lee. No veo nada extraño en que ese impulso, por así decirlo, se aplaque, y el caso de Rulfo no encierra nada misterioso. Él dijo que quería leer dos libros que no encontraba, así que los escribió. Y una vez acabados, consecuentemente, no tenía por qué seguir».

Otro escurridizo imprescindible es Rafael Sánchez Ferlosio, que tras Industrias y andanzas de Alfanhuí y la deslumbrante El Jarama, abandonó la novela. También Carmen Laforet, Premio Nadal con Nada, quien tardó ocho años en editar su siguiente libro. Desde entonces hasta 1967 publicó otros tres, y después, nada hasta su muerte. Y este año se cumplen veinte de la publicación de La gaznápira, una novela que supuso el definitivo reconocimiento de su autor Andrés Berlanga, que desde entonces vive un pacífico, razonado, silencio literario.

Y en este memorial de escapismos y escapistas, no puede faltar uno de los más singulares, el escritor Gesualdo Bufalino. Profesor de instituto en su Sicilia natal durante más de cuarenta años, publicó su primera novela a mediados de los ochenta, coincidiendo casi con su jubilación. «Bufalino había escrito el texto para un catálogo de fotografías de un amigo que, al reeditarse, cae en manos de Leonardo Sciascia, quien descubre al escritor que hay detrás», cuenta Enrique Vila-Matas. «Bufalino se resistió varios días a confesarle que había escrito algo más que aquel texto, pero finalmente se derrumbó y confesó que era escritor: Sciascia le presentó al editor Sellerio y, a partir de ahí, publicó con enorme éxito unos cuantos libros. Lo llamativo del caso es que Bufalino se aburrió de todo ese mundo y en cinco años acabó sintiendo que publicar le había traído muchos sinsabores, así que abandonó».

Precisamente, fue Bufalino quien planteó la propuesta insólita de que los escritores, todos, dejaran por riguroso turno de escribir una temporada. Y es que tal vez el atractivo de los huidizos, como defiende Javier Marías, radique no tanto en que no publiquen como en la esperanza de que un día vuelvan a hacerlo. «Quien adora la obra de Salinger quisiera que hubiera más textos de él que leer, y es algo que yo entiendo bien: no he leído Extinción, de Thomas Bernhard, porque no deseo quedarme sin ninguna cosa suya nueva que echarme a los ojos. Espero saber elegir bien el día».

Jesús Marchamalo
Blanco y Negro Cultural, 23 de octubre de 2004

jueves, octubre 28, 2004

Punto de lectura publica la edición de bolsillo de Tu rostro mañana I. Fiebre y lanza

Un mes antes de la aparición de Tu rostro mañana II. Baile y sueño, que sale a la venta el 10 de noviembre, Punto de lectura publica la edición de bolsillo de Tu rostro mañana I. Fiebre y lanza.


domingo, octubre 24, 2004

LA ZONA FANTASMA. 24 de octubre de 2004. The Three Caballeros en el cuarto de baño

Cuando ya sólo faltan diez días para que se celebren las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos (y que el resto del mundo esté más pendiente de ellas que nunca dice mucho contra la actual Administración: ninguna nos había hecho temblar tanto), es seguro que los señores Bush Bis, Cheney, Rumsfeld y adláteres llevarán varios meses tirándose de los pelos cuando estén a solas en sus respectivos cuartos de baño y nadie los vea, ni siquiera sus mujeres ni Condoleezza Rice.

Como no han transcurrido ni cuatro años del nuevo siglo, sé que no exagero si digo que esos tres individuos son los de mayor cinismo en el XXI (en España lo serían Aznar y Rajoy). Así que cuando no haya testigos y se miren de reojo al espejo, lo que prevalecerá en ellos, más allá de las representaciones, será su visión cínica de sus propios intereses y de los de su país. En el cuarto de baño no podrán creerse la zarandaja de que Irak y los iraquíes están mejor sin Sadam Husein. Aparte de que eso no esté del todo claro hoy, lo que sabrán a ciencia cierta es que a ellos no les importaba nada la libertad ni el bienestar de ese pueblo, entre otras razones porque Sadam llevaba decenios martirizándolo sin que nadie se hubiera inmutado, y tan nocivo era el tirano para los habitantes en 1991, cuando la Guerra del Golfo lo dejó intacto en el poder, como en 1992, 93, 94, 95, etc, hasta llegar a 2003, en que de pronto se decidió acabar con él. Todos sabemos que su derrocamiento no fue el motivo para la Guerra de Irak: ni siquiera lo esgrimieron ante el mundo, en su día, los señores Bush Bis, Cheney y Rumsfeld. Así que veamos cuál será la situación verdadera con que esos Three Caballeros se encuentren cuando se estén afeitando, o sacando espinillas, o peinando, o en actividades aún menos nobles que no pienso mencionar aquí, como si fuera una columnista española actual:

a) Había un país árabe, Irak, regido por un cruel déspota, que sin embargo, tras doce años de sanciones internacionales, no representaba ninguna amenaza para el mundo occidental ni casi para sus vecinos. Había perdido las armas de destrucción masiva que antes de 1991 había poseído y usado, facilitadas en buena medida por los propios Estados Unidos para que guerreara contra Irán. Carecía de capacidad para fabricarlas y desarrollarlas de nuevo. Y esto era tan seguro que hasta yo -el último mono- lo sabía o lo intuía.

b) El dictador mantenía a su pueblo bajo la bota, pero, por eso mismo, también mantenía a raya a los terroristas islamistas (en un Estado policial no hay quien dé un paso sin control). Y como además su sanguinario régimen era laico, no sólo no apoyaba a gente como Osama Bin Laden, sino que lo detestaba tanto como éste a él. Esto era tan igualmente sabido que no escapaba ni a mis precarios conocimientos.

c) Irak era, por tanto, un país que a los Estados Unidos no sólo no les planteaba ningún problema acuciante ni real, sino que les alejaba unos cuantos. Ni había en él terrorismo, ni poseía armas peligrosas, ni era islamista, ni planeaba atacar a nadie a corto plazo, por pura falta de medios.

d) Ahora, tras la guerra y la invasión, es en cambio uno de los lugares más explosivos del globo. Está plagado de terroristas venidos de fuera, que en época de Sadam no habrían ni logrado entrar. No hay día en que, bien esos terroristas, bien los llamados insurgentes o resistentes, no se carguen a un montón de gente o no secuestren y decapiten a occidentales. Mueren allí centenares de norteamericanos y británicos. El laicismo ha terminado, y los gerifaltes religiosos, fanáticos o no, que en tiempo de Sadam no pintaban nada o estaban perseguidos, son hoy fuerzas fácticas de enorme importancia. Y nadie puede asegurar que, si un día se celebraran por fin elecciones allí, no las ganaran los fundamentalistas y se pasara a padecer un régimen más parecido al de Irán o Arabia Saudí que al de Egipto o Marruecos. Es decir, uno que aún odiara mucho más todo lo occidental.

e) En contra de lo que anunciaron los responsables de la guerra (y aquí, con frívola inmoralidad, la ex-Ministra Ana Palacio), el petróleo no se ha abaratado tras la aventura, sino que está más caro que nunca. Y los "inmensos beneficios" de la reconstrucción han brillado por su ausencia, porque ésta ni ha podido iniciarse, en la mortal y caótica situación actual. Es más, el coste de la aventura es de los que no caben en calculadora alguna.

The Three Caballeros tendrán bien claro en sus cuartos de baño que, para su país, todo era mucho mejor, más fácil y más seguro con Sadam Husein. Se tirarán de los pelos, se rasgarán el albornoz y aun se "autolesionarán " con gillettes, en pleno ataque de desesperación. Y sólo los salvará preguntarse, tan perplejos como encantados ante la estupidez de demasiados compatriotas suyos: "¿Cómo es posible que aun así podamos ser reelegidos y ganar?" Es lo que también se pregunta el resto del mundo casi entero, esto es, cuantos no podemos ir a ese país a votar.

Javier Marías
El País Semanal, 24 de octubre de 2004

martes, octubre 19, 2004

El País 10.000 Cultura [Javier Marías]

LA NOVELA SEGUIRÁ EXISTIENDO

¿Qué es lo que considera más relevante de los últimos 28 años en su disciplina?

Lo más importante ocurrido en literatura ha sido el desarrollo de la obra, así como la muerte, de dos escritores. En España, de Juan Benet. En el mundo, de Thomas Bernhard. Ambos fueron originales sin proponerse serlo con especial ahínco (es decir, no poniendo la originalidad por encima de lo demás). Ambos fueron ambiciosos en el mejor sentido de la palabra, arriesgados y enormemente influyentes, hasta el punto de haber resultado esto último incluso en escritores que los desdeñan, o los detestan, o ni siquiera los han leído. Esa influencia indirecta, incluso inconsciente por parte de los influidos, está sólo al alcance de los escritores que hacen época.

¿Cómo ve el futuro de su terreno profesional?

La verdad es que no puede importarme ni interesarme menos cuál será el futuro de la novela. Sólo sé que es un género tan flexible, y que desde el Quijote alberga bajo su nombre tantas obras diferentes y tantas también maestras, que, en contra de quienes anuncian su fin permanentemente, creo que seguirá existiendo. Siempre y cuando los novelistas no se avergüencen de la ficción (es más cómodo contar lo ya ocurrido que inventarlo; ese avergonzamiento actual tiene mucho de interesado) y sí de la cursilería en la que, en España al menos, demasiados incurren para recibir aplausos tan fáciles como rutinarios.


El País 10.000
Lunes 18 de octubre de 2004

lunes, octubre 18, 2004

LA ZONA FANTASMA. 17 de octubre de 2004. Eran nosotros

Si hay un contraste fuerte al pasear por Inglaterra y por España es el respeto con que en aquel país se trata a los muertos dignos de ser recordados, y en concreto a los que cayeron en los campos de batalla. En la ciudad de York, donde he pasado unas semanas, justo al lado de la catedral, en el lugar más noble y visitado, se erige un monumento a los caídos en una guerra bastante olvidada y por la cual no se siente mucho orgullo: la Guerra de los Boers, en Sudáfrica y en el Transvaal. Lo coronan ocho o diez estatuas de diferentes clases de soldados y también de una enfermera. Bajo ellas, una serie de paneles con los nombres de todas las bajas. Y al pie una placa reza: "Recordad a aquellos leales y valerosos soldados y marinos de este Condado de York que cayeron luchando por el honor de su país en Sudáfrica, entre 1899 y 1902, y cuyos nombres están inscritos en esta cruz, erigida por sus paisanos de Yorkshire, A.D. 1905". Todo el Reino Unido está lleno de recordatorios como este; y hasta fuera de él también los hay: uno de los cementerios más conmovedores que he visitado es el llamado Inglés o Británico, trágicamente enorme, cerca de la ciudad italiana de Vasto, donde yacen enterrados y honrados cuantos ingleses, escoceses, galeses y hasta canadienses murieron junto al desconocido y vecino río Moro, durante la Segunda Guerra Mundial.

Esta última sí fue una guerra obligada, y por la que cabe sentir orgullo. Pero eso es lo de menos. Estos recordatorios no honran exactamente al país, ni a sus guerras imperialistas o de supervivencia, ni a su Ejército, sino a los individuos cuyos servicios fueron requeridos o exigidos y que -asistidos o no por la razón quienes les daban las órdenes- lucharon y murieron creyendo defender y ayudar a sus compatriotas. Como ha escrito hace poco mi antiguo compañero de página Arturo Pérez-Reverte, en otro lugar, todos esos hombres y mujeres merecen respeto tan sólo por eso, independientemente de a qué causa sirvieran y a quién tuvieran que obedecer.

Pero en España esto no se ve así, y los que menos lo ven son los políticos con poder, temerosos todos de que cualquier conmemoración de combatientes sea tachada de "belicista" o directamente de "fascista", quién sabe. Y, como señalaba asimismo el Capitán Alatriste, la gente se ha vuelto tan analfabeta que confunde conmemorar -es decir, algo neutro, que significa sólo recordar en común- con ensalzar, celebrar o glorificar: En Inglaterra los ciudadanos conocen y rememoran su historia, que, como la de cualquier otro país (salvo Suiza), está llena de batallas y guerras, nos guste o no. Allí hay hasta programas de televisión que explican cómo se libró la batalla de Hastings, en 1066, y no digamos otras más recientes, con predilección, además, por las más clamorosas derrotas y los mayores desastres debidos al engreimiento o incompetencia de los mandos, desde la calamitosa carga de Balaclava en Crimea hasta la escabechina de Isandlwana durante las Guerras Zulúes, pasando por la pérdida de Jartum o la catástrofe de Gallipoli. No se trata, así pues, de una rememoración triunfalista; todo lo contrario, las derrotas sufridas casi son las que fascinan más. En España, en cambio, nadie sabe nada de nada (me refiero al gran público): ni siquiera hemos "contemplado" nunca el Desastre de Annual, ni la carnicería de nuestras tropas en la Guerra de Cuba, ni la ineptitud y la fatuidad de nuestros muchos generales a lo largo de la historia; y pretender que alguien tenga la menor idea de cómo se desarrollaron -estratégica y tácticamente al menos- batallas antiguas, como la de Sagrajas o la de las Navas, o aun la de Bailén, en verdad es algo iluso.

El anterior Gobierno, el del patriota Aznar, decidió trasladar de Madrid a Toledo el Museo del Ejército, que, comparado con el Imperial War Museum de Londres, era una birria; pero como aun así tenía interés, los patrioteros peperos resolvieron quitarlo de la capital, para que visitarlo sea aún más difícil. Y hace poco Eduardo Mendoza se hizo eco del ridículo proyecto de convertir el Castillo de Montjuic en un "Museo de la Paz" -y no de la Guerra, sobre lo que de hecho versaría por fuerza para "no herir sensibilidades" y que las autoridades no sean acusadas de algo así como belicistas. El actual pacifismo español es de verbena cursi, en verdad, cuando se lo lleva a estos extremos. Una cosa es estar contra las guerras, sobre todo las presentes y futuras, y otra negar que hayan existido y que, mal que nos pese, forman parte de nuestra historia; o que en ellas ha habido sacrificio, grandeza. . . y sobre todo muertos, personas como nosotros que tuvieron la mala suerte de ser llamadas a filas y de resultar "prescindibles" para los políticos o reyes de turno. Este es un país tan olvidadizo y superficial que a la postre es sólo desagradecido. Porque todos esos muertos cuyos nombres aquí no conocemos, ni vemos inscritos en ningún lugar, eran gente como ustedes y como yo: eran nosotros.

Javier Marías
El País Semanal, 17 de octubre de 2004

martes, octubre 12, 2004

LA ZONA FANTASMA. 10 de octubre de 2004. Las escopetas cabronas

Hará dos semanas, la televisión ofreció un documento de lo más significativo. Iba a escribir "llamativo", pero en la actualidad ya no lo es: por el contrario, es sintomático de la generalizada evitación de las responsabilidades que aqueja a nuestra época y a nuestra sociedad. Se trataba de la conversación telefónica con la Agencia Efe de un individuo, Felicísimo de nombre, que tras once horas atrincherado en su casa con una escopeta, se había cargado a un policía de Sueca, en Valencia, y había herido a un guardia civil. Sus declaraciones fueron estas: "...La mayor parte de este problema se debe a una falta asistencial, y cuando yo fui, solicité un internamiento, porque ahora me ofrecen una ayuda, pienso que ahora es tardía. ¿Qué hay que esperar para que ayuden a un enfermo? ¿A que un enfermo saque una escopeta por la ventana, se líe a tiros, mate a una persona y hiera a otras personas? Les digo que se marchen o disparo, uno de ellos sale medio corriendo y echa mano a la pistola. Me siento amenazado y disparo. Le digo: 'Si asomas la cabeza, te la vuelo'. Vuelve a asomar la cabeza, sin hacer caso omiso" [sic]. "Disparo, en advertencia. Trata de tomar nuevamente posición y disparo, con tan mala suerte que le dije: 'Seguramente se ha muerto"'.

Sí, es significativo, sintomático y para mí -todavía, pese a todo llamativo. Quien habla acaba de matar a un hombre, y no en un arrebato, sino tras once horas, once, de tener en jaque a todo un barrio. Primero se refiere al hecho como a un "problema". Luego culpa a otros, a quienes no le dieron asistencia ni lo internaron. Se trataba de "ayudar a un enfermo", que es él. Habla de sí mismo en tercera persona, pero no por enajenación, sino por deliberado distanciamiento entre él y quien ha cometido el crimen. Por supuesto, esta palabra no aparece en su boca, menos aún "asesinato" o "barbaridad". A continuación se justifica: "Les digo que se marchen ...", y hay que ver, no obedecen, y encima uno "echa mano a la pistola". Así que, prosigue, soy yo quien "me siento amenazado" (una víctima, vamos), "y disparo". Aún no hay arrebato alguno, porque el tal Felicísimo advierte: "Si asomas la cabeza, te la vuelo", y fíjense qué osadía, el tío vuelve a asomarla. Así que el "enfermo" cumple y le mete un tiro. El final no tiene desperdicio: él dispara varias veces, amenaza, da órdenes a lo largo de horas, pero luego tiene "tan mala suerte" que ... ¿qué? ¿Lo he matado? ¿Le he dado donde no quería? No, nada de eso: el policía local "se ha muerto", así, él solito, como si hubiera sufrido un infarto. Yo le digo que le volaré la cabeza, yo le pego un tiro, pero él se ha muerto.

Es extraordinario. Ni una palabra de arrepentimiento. El mensaje viene a ser: la culpa es de todos menos mía. De quienes no me atendieron, ni me internaron, ni me impidieron poseer un arma; de los guardias que me provocaron, y mira que se lo advertí; y claro, del muerto, que no me hizo caso. ¿Resultado? "Se ha muerto", yo no he tenido nada que ver. Aparte de que un verdadero enfermo no habla de sí mismo como tal, a no ser que esté muy cuerdo y se esté preparando ya su exculpación, el asunto trasciende la mera anécdota de Sueca. Hoy hay una tremenda y exagerada tendencia a buscar los orígenes de las atrocidades y quitar hierro, por ende, a las atrocidades mismas. Cada vez que se lleva a cabo una matanza (la reciente de la escuela de Beslán es buen ejemplo, con centenares de niños muertos), surgen analistas, intelectuales, articulistas y hasta políticos que, tras lamentar el horror, vienen a decir: "Eso sólo demuestra lo desesperados que están los chechenos" ( o los islamistas fanáticos, o los palestinos, o los israelíes fanáticos, o los etarras). "¿Qué se les ha hecho, para que se porten así?" Y se da por sentado que algo tan gordo se les ha hecho como para desencadenar tan brutal reacción. Es decir, se ha establecido la estúpida idea -mucho más de lo que suponemos- de que los crímenes no son nunca acción, y premeditada y fría las más de las veces, sino casi siempre "reacción" a algún agravio o situación injusta reales. Como si éstos, además, pudieran justificar en parte las salvajadas. Hace no demasiado tiempo el mundo tenía algo claro, que ya no: incluso cuando hay verdaderos agravios y situaciones injustas, ciertas cosas no se pueden hacer: O, de otro modo, alguien podría entender que los chechenos se cargaran a Putin, los palestinos a Sharon, los israelíes a Bin Laden, los iraquíes a Bush Jr, los etarras a Carrero Blanco. Digo entender; que no justificar. Pero lo que nadie debería poder entender es el diario asesinato de civiles a que asistimos. Y demasiados lo hacen, y vuelven a su cantinela: "Eso indica lo desesperados que están". Como si un asesinato con desesperación lo fuera menos. Así que quién sabe, a lo mejor los escolares de Beslán también "se han muerto". O, de matarlos alguien, han sido las armas, que, como la escopeta del tal Felicísimo, van por libre y son muy cabronas.

Javier Marías

El País, 10 de octubre de 2004


Javier Marías presenta en Francfort la traducción al alemán de Tu rostro mañana. Fiebre y Lanza

"Nunca tengo nada establecido de antemano", comentó Javier Marías, "no hay ningún plan, no sé lo que voy a encontrar". "Salvo excepciones como Dickens y Cervantes, nunca me han gustado los libros largos, por eso voy entregando esta última novela a trozos". "Tendrán que perdonarme los que esperaban que terminara en el segundo volumen, pero sólo podrán saber el final con la tercera entrega". El título de Tu rostro mañana. Fiebre y lanza es en alemán Dein Gesicht morgen. Fieber und Lanze, y acaba de publicarse en Clett Kotta, poco antes de que aparezca en español la segunda parte: Baile y sueño (Alfaguara). Marías se reunió con sus lectores, que aprovecharon para preguntarle de todo. El peso de la Guerra Civil en el libro, su posición frente a la critica, la diferencia entre sus artículos y sus novelas.

El País, 9 de octubre de 2004

lunes, octubre 04, 2004

LA ZONA FANTASMA. 3 de octubre de 2004. Una tumba

Nos costó encontrarla, a mi acompañante y a mí, y nos extrañó. En una época en la que cualquier población se ufana de sus vástagos famosos, o de los hechos célebres allí ocurridos, independientemente de que la fama sea buena o mala, solemne o trivial, la ciudad de York, en el norte de Inglaterra, no parece tener en mucho a los más conspicuos nombres de su pasado: así como uno de los paseos junto al río Ouse se llama ya según la muy viva y activa actriz Judi Dench, no se ve una sola placa que rememore a uno de los mayores escritores de la historia, Laurence Sterne, que vivió y vio imprimir allí el primer volumen de su extraordinario Tristram Shandy (y no lo digo sólo porque lo tradujera yo al español, hace veintiséis años). Quizá sea que a York acuden tan pocos extranjeros como demasiados se apiñan con beatería en las calles de la Nueva York.

Pero la tumba no era la de Sterne -tampoco fácil de encontrar-, sino la de alguien mucho más popular: el bandolero Dick Turpin, que allí fue ahorcado en 1739. Un héroe de nuestra infancia. Ignoro si los niños españoles de hoy seguirán teniendo en la retina su imagen (los ingleses sí, y no menos que la de Robin Hood), pero para cualquiera de mi generación y de las anteriores el nombre de aquel salteador de caminos evoca al instante a un hombre joven y apuesto, vestido con sombrero de tres picos, antifaz, casaca roja de largos faldones, camisa con chorreras y botas altas hasta el muslo, a lomos de su encabritado caballo -o yegua Black Bess-, y con pistola dieciochesca en la mano. Y en nuestra cabeza flota la idea de que, al igual que Robin Hood, era un bandido astuto e intrépido, que burlaba una y otra vez a sus perseguidores y a la justicia, y que robaba a los ricos para beneficiar a los pobres. Resultaba incomprensible que nada facilitara en York dar con la tumba de figura tan legendaria y universal.

Un reciente libro sobre Turpin, de James Sharpe, nos advierte de lo que en estos tiempos nada románticos era de prever: lejos de su mito, el personaje histórico fue un auténtico y brutal criminal, que aterrorizaba por igual a ricos y a pobres. Quizá el York actual lo crea también así, por eso se avergüence de guardar sus restos y de haberlo visto morir en su patíbulo un sábado de primavera de 1739. Así que anduvimos perdidos por la zona sur, alejada del centro y de los trayectos turísticos, sin ver cartel ni flecha que nos diera una pista. Hasta que por fin encontramos la iglesia católica de St George, en cuyo camposanto habíamos leído que estaba enterrado. Cerrada a cal y canto, las calles vecinas desiertas, recordaba a la siniestra Ambrose Chapel en la que se aventuraba James Stewart en busca de su hijo raptado, en El hombre que sabía demasiado de Hitchcock. Y sólo al cabo de un rato de estupefacción ante la impenetrable puerta, descubrimos, enfrente, un pequeño césped con muy pocas tumbas de letreros borrados o desvaídos. Una de ellas era de considerable tamaño (quizá sea cierta la historia de que allí yace también el caballo Black Bess, junto a su dueño): llena de hojas, descuidada, sin una flor, en verdad ruinosa; y en su cabecera, una lápida vertical descascarillada, con esta difusa inscripción: "John Palmer, o bien Richard Turpin, el notorio salteador y ladrón de caballos, ejecutado en Tyburn e 17 de abril de 1739 y enterrado en el cementerio de St George's".

Tyburn, en las afueras, era la vieja pista de carreras de caballos. Allí se erigía un patíbulo triangular conocido como "La yegua de tres patas", y Turpin se subió a una escalera de mano colocada encima, con la soga ya al cuello. Había sido apresado como Palmer, pero al saberse su verdadera identidad la noticia tuvo alcance nacional y el desfile de gente por la cárcel fue constante. Todos le daban dinero, comida y vino, y él bromeaba, bebía y contaba historias. Quiso tener el mejor aspecto en tan decisiva ocasión, y unos días antes del ahorcamiento se compró una casaca nueva y un par de elegantes escarpines. La víspera contrató a cinco plañideros (tres libras y diez chelines) para que siguieran el carro que lo conduciría hasta Tyburn y supervisaran su enterramiento, bien hondo. El precio por su cabeza había sido de 200 libras. De camino se mostró sereno e hizo reverencias a la muchedumbre. Al subir a la escalera, lo asaltó un temblor en la pierna izquierda, pero se deshizo de él y miró con altivez a su alrededor. Cruzó unas palabras con el verdugo, y él mismo saltó de la escalera, sin esperar a que se la derribaran de una patada. Los cadáveres de los criminales acostumbraban a entregarse a médicos, para disección, así que uno llamado Palms se apoderó del suyo, una vez enterrado. Sin embargo un nutrido grupo de gente fue de madrugada hasta el jardín del doctor y lo recuperó intacto, para devolverlo a su lugar. Son detalles como estos los que forjan las leyendas, y contra ellas nada puede la verdad histórica. O acaso es que los héroes de infancia no tienen historia, sino tan sólo las aventuras y el cuento.

Javier Marías
El País Semanal, 3 de octubre de 2004