lunes, noviembre 29, 2004

LA ZONA FANTASMA. 28 de noviembre de 2004. Páginas que no pasan

En otra ocasión hablé aquí de la exasperada impaciencia de nuestra época, que lleva a considerar "antiguo", o "pasado", cuanto ha sucedido y hasta sucede, de manera que las cosas (se ve en las novedades artísticas: las películas, los libros, los discos), sólo por ya existir, se empiezan a juzgar pretéritas. En 2005, por ejemplo, se conmemoran el cuarto centenario de la publicación del Quijote y el segundo de la batalla de Trafalgar, pero, sin salir aún del 2004, tenemos la sensación de estar saturados respecto a ambos aniversarios, de modo que cuando por fin llegue la fecha, todo nos resultará redundante, pelmazo y anticuado. ¿Otra vez? ¿Más de esto? ¿No les basta?, serán nuestras reacciones. Que las celebraciones de una fecha se adelanten disparatadamente a la fecha celebrada obedece en parte, supongo, a esa conciencia, inducida y falsa, de que lo que ya es y ha llegado, en realidad ya fue y se ha ido. Cualquier cosa, por el mero hecho de ser presente, es ya pasado.

A gente tan aprovechada como suelen ser los políticos, la perversión del tiempo que padecemos no podía pasarle inadvertida, y les tocaba sacar tajada. El fenómeno es universal, pero unos tienen mayor cinismo que otros, y en España se lleva la palma el Partido Popular, para variar. Cada dos por tres oímos a sus dirigentes referirse a la Guerra de Irak en que nos metió arbitraria y personalmente Aznar, o a la catástrofe del Prestige, o a las sombrías negligencias gubernamentales en lo relativo al accidente del Yak que mató a sesenta soldados, como al "pasado". No lo remuevan más, vienen a decirnos, a qué ocuparse ahora de esos asuntos "remotos". O "Hay que pasar página', esa insoportable y estúpida frase acuñada por Aznar -creo-, como si pasar la página de un libro supusiera olvidar al instante lo leído en la anterior: así le cunden sus lecturas. Huelga añadir, además, que pasados mucho más pasados, como el GAL, no tienen inconveniente en traerlos a colación cuando les favorece. Pero no son los únicos: lo mismo Bush que los europeos que se le opusieron ante la invasión de Irak (o que no lo secundaron, más bien) hablan a menudo de "dejar atrás las diferencias pasadas".

¿Qué significa toda esta manipulación? Cierto que ninguna ciencia ha establecido de manera nítida e incontrovertible las fronteras del pasado, el presente y el futuro, y que se podría admitir que el presente, de tan breve, sensu stricto no existe –un segundo, una fracción, una milésima; y en seguida es ya pasado-, y que, así, todo sería, o bien pasado, o bien futuro. Pero la verdad es que, más allá de eso, la tendencia de la humanidad ha sido siempre la contraria, esto es, creer que lo único que de veras existe es el presente: entendido, eso sí, en un sentido lato, relativo y amplio, con alguna duración. Así llevamos funcionando demasiados siglos para que esa percepción del tiempo sea abolida de golpe por las impaciencias "sociales" y por las interesadas palabras de los poderosos. Lo que estos últimos individuos tratan de hacer colar es en realidad la idea de que todo prescribe instantáneamente ... siempre y cuando les convenga a ellos. ¿Que lo del Prestige fue peor de lo que pudo ser por la incompetencia de los ministros Cascos y Rajoy? Nada, eso es pasado. ¿Que todos los despropósitos del Yak y la posterior y dolosa chapuza con la identificación de los cuerpos se debieron a la frivolidad de Trillo y a la tacañería de Aznar? No me vengan con historias antediluvianas. ¿Que la participación de España en la Guerra de Irak fue una despreciativa tozudez de Aznar, en contra de la mayoría de los españoles, y además un error, y además una decisión sustentada sólo por mentiras? Déjense de eso, la actualidad manda.

Nada de esto ocurrió hace quince ni diez, ni siquiera cinco años, sino hace dos o menos. Esa Guerra continúa, los restos del petrolero persisten, muchas víctimas del avión no descansan aún en paz y seguramente habrá que exhumarlas. Pese a la tendencia que mencioné al principio, y a la desmemoria general, las cosas no prescriben ni se olvidan tan fácilmente, aunque ya no sean "novedad". ¿Cree el PP que si los responsables del PSOE en la época del GAL siguieran al mando visible, su partido habría sido votado como lo fue el 14 de marzo? ¿Y cree que mientras a su propio frente continúen Rajoy, Acebes, Zaplana y otros-y Aznar suelte deslealtades en un inglés prehumano y con acento equivalente al que tenían en español Laurel y Hardy cuando se doblaban-, cree que la gente lo votará de nuevo, incondicionales aparte? Hay una imagen, como mínimo, que no prescribirá en mucho tiempo: la del actual PP en pleno ovacionando, de pie y con una sonrisa en los labios, su decisión de que nuestro país apoyara y participara nada menos que en una guerra. Que además era ilegal, injusta e innecesaria, y también falaz. Que a los norteamericanos les haya dado eso lo mismo no significa que suceda otro tanto con los españoles. Quienes son los únicos, dicho sea de paso, que pueden volver a votar al PP en todo el mundo.

Javier Marías

El País Semanal, 28 de noviembre de 2004

domingo, noviembre 21, 2004

LA ZONA FANTASMA. 21 de noviembre de 2004. Las menos personas


La Federación Española de Fútbol ha prohibido que los jugadores del Numancia de Soria lleven en sus camisetas o pantalones un estampado con la leyenda "Soria S.O.S." porque se trata, según ella, de un mensaje "político" y éstos no están autorizados en las vestimentas de los deportistas, los cuales, sin embargo, cada día más semejan vallas publicitarias abigarradas. La iniciativa del club, el más pobre de la Primera División esta temporada, respondía a la campaña que, reciente y tímidamente, han impulsado los ciudadanos de esa provincia al amparo de la plataforma Soria ¡ya! Una caravana de vehículos locales se presentó en Madrid a paso de tortuga aprovechando la visita del equipo a Chamartín, y hace poco los atletas sorianos Cacho y Antón, ganadores de medallas varias, hicieron el último relevo de una carrera de 230 kilómetros y se plantaron en La Moncloa, donde entregaron un documento con las quejas por el abandono institucional que Soria padece desde hace decenios. Algo parecido a lo que otra provincia olvidada, Teruel, lleva más tiempo llevando a cabo, con escaso éxito.

Nunca he estado en Teruel, pero en Soria no sólo pasé muchos veraneos de infancia, sino que, desde hace unos años, he vuelto a visitarla y allí me paso alguna que otra semana suelta, para escribir con relativa tranquilidad (la absoluta no existe en España, el País Chillón y Músico-Ratonil), en todo caso mucha más de la que puede encontrarse en Madrid, la Ciudad de la Perforación Permanente de Calles y Tímpanos (en este aspecto, Gallardón está resultando aún más dañino que Álvarez del Manzano, lo cual habría uno dicho -es más, yo lo dije- que era del todo imposible).

Recuerdo que hace ya años, cuando ese mismo equipo del Numancia fue a Barcelona a jugar una eliminatoria de Copa en el Camp Nou, la gente de Soria comentaba con ironía que, así se hubieran desplazado a animar a sus jugadores todos los habitantes de la provincia, no habrían logrado llenar el estadio del Barça. Porque su aforo es de unos cien mil espectadores, y la población soriana en pleno son tan sólo noventa mil personas. De hecho, y en función del número de habitantes por kilómetro cuadrado, la provincia está considerada "técnicamente" como zona desértica. Y, claro está, noventa mil votos son muy pocos para que los políticos de cualquier partido se preocupen por contentar a quienes, cada cuatro años, los depositan en las urnas con una mezcla de escepticismo y desesperación. En mi última visita vi por las calles unos carteles en los que, bajo el epígrafe "Se buscan políticos que cumplan sus compromisos", aparecían los rostros de todos los relacionados con Soria (locales o no, estaban incluidos los ex-ministros del PP Jesús Posada y Juan José Lucas) que a lo largo de decenios han incumplido sus vacuas promesas de ayudar a dotar a la provincia o a la ciudad de accesos y carreteras dignos, de trenes (creo que sólo pasa uno al día, que tarda desde Madrid mucho más que cualquier automóvil), de funciones de ámbito nacional, de un polígono industrial previsto desde hace mucho y congelado desde hace casi el mismo mucho; que han faltado a sus insinceras promesas de remediar un poco el aislamiento y el secular abandono. Lo malo de esos carteles es que sólo los ven los sorianos y los bastantes turistas que por allí cruzan, pero que tan sólo los miran con curiosidad leve y un encogimiento de hombros.

Lo que no puede ocurrir en un país verdaderamente democrático es que las menos personas sean por ello menos personas; es decir, que los lugares poco habitados, y por tanto poco rentables electoralmente, padezcan una eterna situación de inferioridad, una merma de sus derechos y aspiraciones, un absoluto desdén institucional. Y que se vean convertidos, ahora ya no "técnicamente", en "bolsas desérticas" sin porvenir. A Soria fueron "desterrados" muchos republicanos después de la Guerra Civil, y yo de niño conocí a unos cuantos, gente por lo general encantadora y de valía. A Soria fue a parar Antonio Machado, santo laico del PSOE, y sin duda es esta ciudad, junto con Collioure, que está en Francia y donde yace enterrado, la que le rinde mayor y permanente homenaje, agradecida por los maravillosos versos que el poeta le dedicó. Allí estuvieron también Bécquer y Gerardo Diego, y hasta el austriaco Peter Handke, según se lee en su Ensayo sobre el juke-box. Hay una fuerte y noble tradición literaria. Hay un parque, la Dehesa, que es uno de los más bonitos y quizá el más cuidado que yo haya visto en España. Hay iglesias románicas, y está el Duero naciente, y en la provincia se dan paisajes insólitos de bosques y lagunas y cañones y ruinas. Pero quién quiere ocuparse de la población de un estadio que ni siquiera alcanza el lleno. Las menos personas son, sin embargo, tan personas como las que más, y mientras los diferentes Gobiernos de este país no se convenzan también de algo tan elemental, no podrá decirse de ellos que sean Gobiernos en verdad democráticos. O, lo que es aún más grave, en verdad justos.

Javier Marías

El País Semanal, 21 de noviembre de 2004

miércoles, noviembre 17, 2004

LA ZONA FANTASMA. 14 de noviembre de 2004. Nuestra pobre vida sin secretos

Había llegado con tiempo a la estación de Francfort, así que entré en la tienda de prensa para comprar EL PAÍS y leerlo durante el trayecto a Düsseldorf. Me había quedado perplejo la noche anterior al enterarme de que la empleada de la editorial alemana que iba a acompañarme, de hecho no me iba a acompañar, o sólo desde el andén de Düsseldorf, ya que, aunque en el mismo tren, yo viajaba en primera y a ella sus jefes se habían dignado sacarle sólo billete de segunda. Vaya ahorro, pensaba: si hubiera sido el Transiberiano, todavía podría entenderse (poco), pero para un recorrido de una hora y cuarenta minutos lo que podían haberse ahorrado es la mezquindad. Y; mientras compraba el diario, cavilaba sin ningún ahínco sobre dos cuestiones: a) ¿por qué los editores (con alguna rarísima excepción) son un gremio universalmente tacaño?; y b) debe de ser verdad eso de que los muy ricos (mi editorial alemana tiene desde hace décadas en exclusiva El Señor de los Anillos para Alemania, Austria y Suiza) lo son no tanto por lo mucho que poseen y ganan cuanto por lo poquísimo que gastan.

Pese a mis ociosas cavilaciones, estuve lo bastante atento a mi compra como para, tras oír el precio (dos euros con algo, pongamos 2,05), y comprobar que no llevaba billetes de menos de 20, darle al cajero, además de uno de éstos, una moneda de 20 céntimos para facilitarle el cambio. Era uno de esos tipos con un ojo estable y el otro disparado hacia el techo o hacia la extrema derecha, hacia el norte o el este, no sé bien, porque en esos casos uno nunca logra decidir a cuál de los ojos mirar, ni siquiera cuál es el recto. Me devolvió las monedas hasta cinco euros, y entonces se produjo ese embarazoso momento en el que el cliente aún aguarda y el vendedor te insta con la mirada (aquí fue el ademán) a que te quites de en medio y te largues ya. Adiós, pensé: va a ser uno de esos listos (muchos entre los taxistas madrileños) que devuelven sólo parte del cambio a ver si se le pasa a uno el resto, y que luego, si no es así, fingen despiste, "Huy, sí". Traté de hacerme entender en inglés: "No me ha dado usted los billetes". "Sí se los he dado", contestó él, "uno de 5 y otro de 10". "No", respondí, "eso es justamente lo que no. Vea, no llevo ninguno de 5 ni de 10", y saqué del bolsillo el conjunto de mis billetes. Yo estaba seguro, pero él también o era muy terco. Así que la discusión siguió repetitiva hasta que él se dirigió en alemán a una compañera que en seguida me puso cara de malhumor al oír que lo que el individuo bifocal le ordenaba era que ocupara su puesto mientras él (me lo comunicó a mí en inglés con expresión doblemente triunfal) iba a "comprobar en el vídeo" lo sucedido. Y desapareció tienda adentro, dejándome bajo vigilancia enconada y con mi maletón.

Así que hay un vídeo, pensé: también aquí, donde venden la prensa. No es ya sólo en los aeropuertos y en los bancos y en los edificios oficiales o de empresas acaudaladas, y en los grandes almacenes y los supermercados y los centros comerciales, en los museos y a la entrada de importantes hoteles, en las estaciones mismas de ferrocarril (vías y andenes) y en algunos largos pasillos del metro... También en una tienda de modesto tamaño, por mucho que esté dentro de una estación. Llegará pronto un día en que seamos filmados en todas partes y constantemente. Y si yo hubiera estado aquí besándome con una mujer distinta de la mía (claro que no tengo mujer), eso habría quedado registrado, qué espanto. Pero esto es algo por lo que ya nadie protesta. Con el argumento de que es todo por nuestro bien y nuestra seguridad (a veces el argumento es cierto, no lo niego; pero no siempre, en absoluto), somos sin cesar espiados y vigilados, es decir, controlados, y para casi cualquier actividad tenemos testigos, y no sólo oculares, sino filmadores. No falta mucho, sin duda, para que, por nuestra supuesta seguridad, se instalen cámaras en nuestras casas y carezcamos enteramente de vida privada y de intimidad, y sobre todo de secretos, tan importantes en la vida de todos, aunque sean inocuos e ingenuos. Se sabrá todo sobre nosotros, sin que además lo podamos negar: "Vea, aquí está el vídeo que prueba que fue usted al cuarto de baño a las 17,42". Y quizá nadie se oponga porque en el fondo gusta ser observado, es una manera de concederle a uno importancia, y la posibilidad casa bien con el exhibicionismo generalizado de esta época...

Al cabo de bastante rato (menos mal que iba con tiempo), el hombre del ojo oblicuo me sacó de mis inútiles cavilaciones: "Tenía razón, no le había dado los billetes", me dijo sin disculparse. Los cogí y me fui, mascullando algo. Seguro que él pensó que lo maldecía en mi lengua, pero no era así, o al menos mi pensamiento decía: "Habría perdido con gusto los quince euros con tal de que no me filmaran”. Debo de ser casi el único en pensar todavía así.

Javier Marías
El País Semanal, 14 de noviembre de 2004


martes, noviembre 16, 2004

en Le Monde

Le Monde [Suplemento Libros] 4 de noviembre del 2005






jueves, noviembre 11, 2004

Presentaciones de Tu rostro mañana 2. Baile y sueño

MADRID: 15 de noviembre a las 8 de la tarde en el Círculo de Bellas Artes. Javier Marías charlará con el director de cine Agustín Díaz Yanes.

BARCELONA: 18 de noviembre a las 7’30 de la tarde en la Biblioteca “Fort Pienc”, calle Ribes 12.
Presenta a Javier Marías el profesor Fernando Valls.

SEVILLA: 25 de noviembre a las 8 de la tarde en el Hotel Alfonso XIII. Fernando Iwasaki se encargará de la presentación de Javier Marías.

ZARAGOZA: 30 de noviembre a las 8 de la tarde en el Paraninfo de la Universidad. Javier Marías intervendrá junto a Antón Castro y Ramón Acín.

lunes, noviembre 08, 2004

LA ZONA FANTASMA. 7 de noviembre de 2004. Las memeces cotidianas

¿Cuándo se volvió el mundo memo? Y sobre todo, ¿cuándo las sociedades aceptaron plegarse a la tiranía o terror de los memos? Hoy lo dominan todo y casi nadie se atreve a oponérseles, ni a rechistar siquiera. Y ellos, envalentonados recorren la senda de su totalitaria memez sin obstáculos, esto es, se dedican a controlarlo todo.

En los últimos meses se ha hablado mucho de Rocco Buttiglione, propuesto como titular de Justicia al Parlamento Europeo, y que tildó la homosexualidad de pecado; también de su colega Mirko Tremaglia, el cual le echó un cable diciendo que en Europa, vistas las críticas, los maricones eran mayoría. Justo es que se haya hablado de ellos y se les haya intentado poner freno. Pero en cambio nadie ha soltado una palabra sobre otro Consejero propuesto por Durao Barroso (conocido como el Anfitrión de Piedra, ya que de Convidado no hizo, en la bélica reunión de las Azores). Su nombre es Markos Kyprianou y aspira sin trabas a la cartera de Sanidad, es chipriota y anunció una de las mayores sandeces jamás oídas en la lucha antitabaco, y miren que en ese campo la competencia es salvaje. Pero nadie se ha sobresaltado. Esta lumbrera de Chipre propone prohibir que se vean en televisión, al menos en horarios diurnos y con niños no enjaulados, películas en que aparezca alguien fumando, es decir, películas a secas, o por lo menos todas las anteriores a 1995 o por ahí. Desde hace unos años se fuma menos en ellas, o bien lo hacen sólo los muy malvados y ruines, o bien lo hacen tan mal los actores como Nicole Kidman en La mancha humana (se pasa la cinta con un pitillo en la boca y se nota que no tiene ni idea, parece estar inhalando oxígeno al borde del ahogo). La idea es tan necia que no sólo nadie la ha protestado, sino que lo raro es que aún no hayan surgido colectivos varios exigiendo que tampoco se emitan películas con tacos, o con negros o moros turbios, o con mujeres acosadas o maltratadas, o con esclavos (adiós a Los diez mandamientos, por ejemplo), o con cualquier cosa hoy mal vista, como si todo pasado desobediente debiera borrarse de nuestro presente despótico.

A los pocos días, el mismo Parlamento sugiere que los paquetes de cigarrillos vayan ilustrados por fotos terroristas de enfermedades posibles causadas por el tabaquismo, y tampoco nadie protesta. A mí me parece bien esa idea, siempre y cuando a partir de ahora las puertas de los coches lleven estampadas imágenes de víctimas de accidentes, y lo mismo los aviones; las botellas de vino y de whisky; imágenes de escarabajos y ratones protagonistas del delirium tremens, o de gente asesinada bajo los efectos del alcohol; las playas exhiban carteles con cuerpos ahogados y mordisqueados por los peces; los folletos turísticos del Caribe, ampliaciones de los cadáveres que dejan tras de sí los huracanes, y así hasta el infinito. Un mundo simpático y optimista el que tendríamos, si de todo -como sería lo lógico y justo- se anunciaran los riesgos igual de gráficamente. Y leo que nuestra actual Ministra de Fomento, en un rasgo de totalitarismo y con recorte de las libertades, va a suprimir en todos los trayectos ferroviarios de menos de cinco horas los vagones para fumadores, por segregados que vayan de los otros. No hay más razón para esto que el afán de prohibir, algo insaciable una vez abierta la espita, como bien sabemos los que padecimos el franquismo.

Pero la memez no conoce barreras. La Generalitat de Cataluña pide al Gobierno (y éste, aterrado, se precipita a satisfacerla) la "anulación" del juicio sumarísimo contra Lluís Companys en 1940, como si tal vileza, con fusilamiento incluido, pudiera ser "anulada" por nadie. Las cosas pasaron como pasaron y no hay quien las mueva, ni quien pueda devolverle el honor nunca perdido y la vida a Companys ni a ninguna otra víctima pretérita, y todas estas mil iniciativas son tan hueras que sólo cabe verlas como autopropaganda de quienes las tienen y mezquino aprovechamiento de los muertos, a los que nadie puede compensar de nada.

Por último: este diario se rasgó las vestiduras y pidió mil perdones por una publicidad digital con imágenes de las Torres Gemelas antes y durante los atentados, con un lema como este: "Si el mundo puede cambiar tanto en un día, ¿cuánto no cambiará en un trimestre?" Al parecer hubo tal aluvión de protestas que EL PAÍS, amedrentado, la retiró en el acto. Yo aún no entiendo el porqué, ni de las protestas histéricas ni del mea culpa. ¿Acaso el 11-S no fue una noticia, que además no desconoce nadie? Y es más, ¿no fue la noticia más importante de los últimos cincuenta años? ¿Por qué no va a utilizarse, como ejemplo máximo? Sí, lo más grave, ya digo, no es que proliferen las memeces sin cuento inspiradas por un espíritu policial insaciable, sino que hayan impuesto su terrorismo perpetuo a la parte del mundo aún no dictatorial ni tontificada, que agacha la cabeza y cede siempre.

Javier Marías
El País Semanal, 7 de noviembre de 2004

sábado, noviembre 06, 2004

Javier Marías en el décimo aniversario de la revista GQ

LOS 60 HOMBRES DE LA DÉCADA
ESCRITOR: JAVIER MARÍAS

1 ¿Cuál era su actividad en 1994?
Lo que más recuerdo de ese año es que publiqué mi novela Mañana en la batalla piensa en mí, y que cambié de casa; así que -ahora me doy cuenta- llevo diez años viviendo en la que ocupo.

2 ¿Qué acontecimiento personal destacaría en esta última década?
Seguir escribiendo y poder vivir de ello.

3 ¿Cuál es su deseo para la próxima década?
No tengo ningún deseo para el próximo decenio. No suelo tenerlos, ni siquiera para el año que viene. Nuestra voluntad es mucho menos útil e influyente de lo que solemos creer.

GQ, núm. 94, noviembre de 2004

martes, noviembre 02, 2004

LA ZONA FANTASMA. 31 de octubre de 2004. El cadáver jovial

Si hace unas semanas hablé aquí de la desastrada y casi abandonada tumba del legendario bandolero Dick Turpin, en la ciudad de York, quizá no esté de más hacerlo hoy de otra, cercana, de un contemporáneo suyo por quien he tenido siempre especial debilidad: no en balde pasé un par de años remotos -de 1975 a 1977, vivía entonces en Barcelona- traduciendo su gran obra, de unas ochocientas endiabladas páginas, La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, más conocida por el nombre de su narrador a secas, y publicada por entregas entre 1760 y 1767. Su autor fue el inglés Laurence Sterne (aunque nació por azar en Irlanda), sin duda uno de los hombres más agudos, humorísticos y graciosos que se han dado en las letras. Y seguramente por eso no ha existido en la historia novela más cervantina que la mencionada. Por mucho que se empeñen en lo contrario nuestras autoridades políticas, académicas y literarias, y por mucho que Cervantes esté extraña y milagrosamente considerado como el escritor español por excelencia, la mayor parte de nuestra producción novelística posterior a él ha sido escrupulosamente anticervantina, es decir: realista, costumbrista (quienes hablan del Quijote como de una obra realista no deberían volver a abrir la boca interpretativa), sórdida, a menudo malcarada y zafia, casi siempre malhumorada, solemne y hasta tremenda. Sus herederos no están aquí –hoy, por Dios, menos que nunca-, sino sobre todo en Inglaterra, con Fielding y Sterne en primer lugar, luego con Dickens y Conan Doyle, y hasta con Chesterton.

La admiración de Sterne por Cervantes fue tan grande y confesa que a las puertas de la muerte, y al poco de haber comenzado un "romance" cómico que quedó sólo esbozado, manifestó su esperanza: "Cuando muera", dijo, "se pondrá mi nombre en la lista de esos héroes que, Cervantes a la cabeza, murieron haciendo bromas". No podía imaginar que su deseo se cumpliría incluso póstumamente, y que la broma proseguiría tras su fallecimiento, con las increíbles vicisitudes sufridas por su cadáver. Sterne vivía en Coxwold, una pequeña y apacible aldea a unas veinte millas de York, y se refugiaba en su grata casa, Shandy Hall, para escribir en paz una vez que la fama lo incitó a pasar temporadas en Londres y viajar por Francia e Italia. Sin embargo eligió morir en una decente posada londinense, y no en Coxwold, para no causar molestias ni preocupaciones "previas" a sus amistades. Así que en Londres fue enterrado, en un cementerio de Hanover Square. Pero en seguida corrió el rumor de que su cuerpo había sido robado por los llamados "resucitadores", es decir, ladrones y traficantes de cadáveres. Y pocos días más tarde, cuando el profesor de anatomía de la Universidad de Cambridge diseccionaba con entusiasmo un cuerpo, uno de los asistentes a la ceremonia, que había sido presentado a Sterne no mucho antes, destapó el rostro fiambre y, horrorizado al reconocerlo, se desmayó allí mismo. El profesor, al enterarse de cuán ilustre era la presa que había tenido bajo su escalpelo y su sierra, procuró que al menos se conservara el cuerpo y fuera devuelto a su intranquila tumba. De la calavera, en cambio, no se supo con certeza mucho hasta que, doscientos años después, en 1969, la benemérita y recién constituida Laurence Sterne Trust obtuvo permiso para cavar, y entre cinco cráneos por el terreno dispersos, logró identificar el del creador de Tristram Shandy: estaba serrado -señal de haber pasado por las manos de un anatomista- y su forma y dimensiones coincidían con las del busto de tamaño natural que el escultor Nollekens le había hecho en vida. Y; por fin juntos esqueleto y calavera, ambos fueron trasladados a Coxwold, su verdadero hogar, y enterrados de nuevo en la iglesia de St Michael, donde Sterne había soltado tantos sermones alegres, ingeniosos y excéntricos a lo largo de muchos años, para deleite y escándalo de sus feligreses.

Allí visité esa tumba este verano, al igual que la vecina Shandy Hall, encantadora casa con jardín, perfecta para escribir, que la Laurence Sterne Trust recuperó y rehabilitó hace años y convirtió en museo. En ella, shandianamente, varios ancianos -uno por estancia-, asaltan al visitante y, le guste a uno o no, le explican cuanto en cada una hay de explicable. En el despacho, recuerdo, no hubo forma de imaginar al escritor ante su escritorio, porque su silla la ocupó todo el rato el anciano perorador de turno, rico en disquisiciones y digresiones. Pero al fin y al cabo estas últimas fueron la divisa de Sterne: "I progress as I digress”, escribió; o lo que es lo mismo: "Progreso con las digresiones", avanzo a través de ellas. Me entero hoy de que se está rodando una película basada en Tristram Shandy, algo en verdad sorprendente en un mundo que lo cuenta todo a toda prisa y sin entretenerse, sin duda para poder olvidar lo contado a toda prisa también. Eso no sería posible, en cambio -uno lo nota, y hasta lo respira-, en un lugar tan jovial y tan apacible y sin tiempo como la nostálgica Shandy Hall.

Javier Marías
El País Semanal, 31 de octubre de 2004