lunes, marzo 28, 2005

LA ZONA FANTASMA. 27 de marzo de 2005. Los países irreconocibles

La primera vez que viajé a los Estados Unidos tenía tan sólo un mes de edad, y allí pasé los siguientes once de mi vida. Luego, con cuatro años, volví a ser llevado, y muchos de mis recuerdos más antiguos proceden de esa estancia en New Haven, Connecticut. A lo largo de mi infancia y adolescencia, mi contacto con americanos fue permanente: iba a un colegio, el Estudio, mal visto por las autoridades franquistas -por heredero de la Institución Libre de Enseñanza- y por ello albergado en el edificio madrileño del Instituto de Boston, de modo que compartía pasillos y aulas con los estudiantes de Middlebury, Mary Baldwin, Bryn Mawr, Smith, Tulane y otras Universidades de los Estados Unidos. Para algunas de ellas dio clases durante lustros mi padre, a quien el franquismo impidió enseñar en la Universidad española, y también ocasionalmente mi madre. Como el resto de mi generación -los que íbamos al cine-, me eduqué en buena medida con las películas de John Wayne, Alan Ladd, Robert Taylor, Stewart Granger, James Stewart y Charlton Heston, por mencionar sólo a unos pocos. Hipócritas y tendenciosas o no -la infancia tiende a ser literal, esas consideraciones sólo vienen más tarde-, esas películas reflejaban en su conjunto un código de libertad y justicia, de proporcionalidad en los castigos, de rebeldía ante los poderosos y defensa de los más débiles. Al país real ya no volví hasta cumplidos los treinta, y siempre, en sus aduanas, me topé con problemas y malos modos por parte de sus autoridades. Pero me parecía más o menos cierto lo que tantas veces había oído decir a mi padre: cuesta entrar, pero una vez dentro, nadie allí se mete con lo que uno hace, aún menos con lo que opine o piense; ni la gente ni los gobernantes son entrometidos; mientras uno no cometa un delito, se siente enteramente libre. No hace falta recordar, además, que hasta 1975 nosotros vivíamos en una dictadura, así que era brutal el contraste.

Nunca tuve, así pues, nada global contra aquel país. Ahora hace unos quince años que no lo piso, y cada vez me apetece menos. Es más, no lo intentaré mientras siga en el poder George Bush Jr, y por ese motivo he anulado ya algún viaje. De la misma manera que jamás he ido ni iré a Cuba mientras Castro siga al frente, tampoco debo visitar su vecino del norte mientras perdure su actual Presidente. Ya sé que Bush ha sido elegido y que a Castro no hay posibilidad de "deselegirlo". Pero tampoco ignoro que, para que se dé un régimen dictatorial, policial o totalitario, no es preciso que se haya alcanzado el poder mediante un golpe de Estado, y la prueba máxima es siempre Hitler, que se convirtió en Canciller a través de pactos y elecciones, aunque no fueran muy limpios.

Yo he oído contar a personas ya ancianas su estupefacción al ver a Alemania entregada al nazismo. De pronto ese país se les hizo irreconocible, desmintiendo su larga tradición cultivada y civilizada. Algo parecido (ojalá no vaya a más) está sucediéndonos a muchos ahora con los Estados Unidos y con Gran Bretaña, lugar con el que aún tengo mayores vínculos. Aquí, Tony Blair ha afirmado que la seguridad está por encima de las libertades, y su Proyecto de Ley permitirá al Ministro del Interior "imponer cualquier precepto que juzgue necesario" para controlar a los sospechosos de terrorismo que no puedan ser llevados juicio. Eso significa en la práctica que la policía podrá hacer con cualquiera lo que le venga en gana, sin pasar por juez alguno. En América es bien conocida la existencia del gulag de Guantánamo, y allí está aún vigente la Patriot Act (con peligro de renovarse), que, sin orden judicial previa, permite a la policía y a los Servicios Secretos los pinchazos telefónicos y cibernéticos, el acceso libre a los datos médicos, profesionales y financieros de cualquier individuo, el espionaje de los libros sacados de una biblioteca o comprados en las librerías, e insta a los ciudadanos a delatar a sus vecinos. En lo referente al trabajo, en 46 de los 50 Estados las empresas poseen amplias facultades jurídicas para estipular qué se permite o prohíbe a sus empleados, también fuera de horarios. Y ya se dan casos gravísimos, como el de una mujer de Alabama despedida por una pegatina de apoyo a Kerry en su coche, o el de trabajadores de la Weyco, en Michigan, que al negarse a las pruebas de nicotina o no superarlas, han sido puestos por sus jefes de inmediato en la calle.

¿Dónde están esos traicionados países, los Estados Unidos y Gran Bretaña, que ya no reconocemos? En el segundo, téngase en cuenta, ni siquiera se ha producido aún ningún atentado islamista, y ya están recortando las libertades "por si acaso". Nunca deberá uno cansarse de citar la frase de Henry Adams, patriota y prohombre americano, de hace casi un siglo: "Quienes quitan libertad en aras de la seguridad, no se merecen ni lo uno ni lo otro, ni libertad ni seguridad". Ni aquella otra aún más sabida de Edmund Burke, pensador irlandés del XVIII: "El único requisito necesario para que el mal se propague, es que los hombres buenos no hagan nada".

Javier Marías

El País Semanal, 27 de marzo de 2005

domingo, marzo 27, 2005

LA ZONA FANTASMA. 20 de marzo de 2005. Ladrones de cenizas

Los ladrones de cadáveres han existido siempre, pero dudo que nunca abundaran ni gozaran de tanto crédito y eco como en estos tiempos, en que los medios de comunicación, sin comprobación ni criterio, propagan y aventan cuanto los ladrones inventan, cuentan y venden. Éstos suelen ser individuos secundarios, megalómanos y por consiguiente acomplejados, que se respetan poco y proclives a pensar que su contacto con gente más famosa, o de más talento, los ennoblece y aun los asemeja a ella. Son los que emplean términos como "grandes figuras", "primeros espadas" o "firmas de categoría", o bien esa expresión detestable, "de la talla de", seguida de una ristra de nombres. Son muy conscientes de las jerarquías, como todos los subalternos y subordinados. Y ven el cielo abierto cuando alguien muere. La ventaja de traficar con cadáveres es que ya no pueden desmentirnos. Los hay que acechan como tricoteuses, a ver qué les trae la guillotina del tiempo.

Ante el fallecimiento de alguien notable, los periódicos se llenan de necrológicas y evocaciones. Algunas parecen sentidas y algunas son objetivas, pero en nuestro país escasean ambas clases. La mayoría deberían llevar por titulo "Fulano y yo", o más bien "Yo y Fulano". El autor se dirige al muerto en segunda persona y lo llama invariablemente por su nombre de pila -una modalidad que por fuerza resulta falsa, porque el muerto ya no lee ni atiende-, y exhibe su propio dolor más que otra cosa: "Miren cuán desgarrado estoy", viene a decirnos, "yo lo amé y lo admiré más que nadie". En otras ocasiones, el necrólogo enumera lo que él hizo por el difunto, lo mucho que éste se lo agradeció y los elogios que le dispensó: "Yo lo defendí cuando tantos lo atacaban", viene a contarnos, cuando no "Yo lo descubrí, yo lo lancé, cuánto nos admirábamos recíprocamente, en cuánta estima me tenía, casi que fui fundamental en su vida". No es eso infrecuente entre quienes de verdad lo trataron y hasta es probable que lo quisieran bien, a su modo especular: "Si tan gran hombre o mujer me profesan amistad, grandeza he de tener yo también; luego en realidad pertenecemos a la misma casta y somos pares".

Luego están quienes fabulan o directamente mienten. Ya empiezan a hacerlo, a veces, sin que la celebridad esté en la tumba. En más de una ocasión me he visto en la situación de comentarle a algún escritor conocido mío que, en tal o cual viaje, me había encontrado con su gran amigo Mengano, quien le enviaba un abrazo fuerte, y toparme con la respuesta: "¿Mengano? No tengo ni idea de quién es, y además en ese sitio sólo he estado una vez, hará quince años, y ni siquiera pernocté allí". Y también me ha sucedido leer un artículo en el que el autor afirmaba haber "intimado" con algún ídolo extranjero, o haber mantenido con él una relación personal de más de veinte años, cuando por casualidad yo sabía -por haber conocido al intimante o al intimado- que esas dos personas se habían saludado de refilón vez y media en el transcurso de tanto tiempo.

Con semejantes desengaños, suelo tomarme a beneficio de inventario los cien mil relatos y anécdotas que corren sobre los famosos finados, y que hoy son una plaga. No digamos los ataques póstumos, que a menudo son meras calumnias y difamaciones sin contestación posible por parte de los acusados. El trato con los muertos ofrece innumerables ventajas: es gente que no se enfada, no protesta, no desmiente, no nos afea nuestra conducta, una delicia de gente mansa. Por eso sorprende tanto que los medios de comunicación no estén prevenidos contra tanto testimonio retrospectivo y casi siempre escandaloso, incluidos los de muchos biógrafos pretendidamente serios y exhaustivos. Éstos visitan e interrogan a cuantos conocieron -o lo aseguran- al ilustre difunto, desde la viuda o el viudo hasta el más remoto sobrino-nieto, que lo vio una vez con cuatro años. No saben, u olvidan deliberadamente porque conviene a sus propósitos, que el mayor privilegio que todos tenemos -a veces la mayor venganza- es contar la historia a nuestra manera, sobre todo si es uno el último. Dan por buenos y verídicos los relatos de quienes acaso guardaban al muerto rencores sin fin si no odio, despecho o acumulados agravios; también los de quienes son simples mitómanos, seres fantasiosos que acaban creyéndose sus invenciones o adornos. Pocas cosas gustan tanto como "hacerse el enterado", haber presenciado en exclusiva hechos insólitos, "poseer la clave" de algo o estar al tanto de secretos. Y tal vez así se explica que, con tanta falta de comprobación y tanta credulidad interesada, a la larga no quede personaje notable que en su vida personal no haya resultado ser un monstruo de crueldad o egoísmo, un tirano, un aprovechado, un trastornado sexual o un robaperas. O que no debiera su grandeza a la usurpación de las ideas de algún desgraciado, que a veces es la principal fuente de información sobre las fechorías egregias. Y qué menos, ¿no?, que cobrárselas a sus calladas cenizas.

Javier Marías

El País Semanal, 20 de marzo de 2005

lunes, marzo 14, 2005

Nuevo libro del Reino de Redonda




LA NUBE PÚRPURA

M P SHIEL

Nota previa y revisión de Antonio Iriarte
Traducción de Soledad Silió

Reino de Redonda
Primera edición: marzo 2005
438 páginas



"El 24 de febrero de 1947, en el crematorio de Golder's Green en Londres el distinguido poeta y crítico Edward Shanks pronunciaba suu alocución fúnebre en memoria de M P Shiel ante sólo trece personas: una de ellas era el poeta John Gawsworth, albacea literario del difunto. Al encomiar Shanks la obra de Shiel, señaló lo difícil que le resultaba "evitar dar la impresión de que fue un hombre de un solo libro", aun cuando ese libro, The Purple Clourd, hubiese sido en su día "una leyenda, un apocalipsis, algo fuera del espacio y del tiempo"; cada vez que se reeditara, como no podría ser menos de suceder -vaticinaba generoso el crítico-, no podría dejar de impresionar "a aquellos que lo desconociesen con la peculiar fuerza salvaje, aunque disciplinada, de su imaginación". Pero acaso Shanks pecara de optimista, pues lo cierto es que, aunque en los casi sesenta años transcurridos desde la muerte de su autor The Purple Cloud ha sido reeditada varias veces y traducida a varios idiomas, incluido el castellano, nunca ha pasado de ser una novela más o menos confidencial y Shiel sigue siendo más conocido, cuando lo es, por esa espléndida creación literaria que es Redonda que por sus libros. (...) La nube púrpura es, como es sabido, una novela sobre el fin del mundo: Adam Jeffson es el único hombre que queda vivo en la tierra tras el paso de una terrible nube venenosa de ácido cianhídrico. Pero para Shiel, lo interesante no es el cataclismo en sí, del que el lector tarda en conocer las causas y desarrollo (lo cual contribuye, por otra parte, al suspense de la narración), sino la condena de la humanidad a la extinción por su fracaso moral, y lo que viene después de su aniquilación. La novela se centra ante todo en la reacción de Adam Jeffson ante su nueva condición de único hombre en la tierra y amo del mundo a la vez, y en su duelo permanente con una fuerza superior -que ésta sea su propia conciencia o Dios queda, en realidad, al albedrío del lector-, unas "voces" que se enfrentan violentamente en su interior, muy en particular, cuando, al descubrir, tras veinte años largos que no está solo, debe decidir si ceder a sus instintos y dar origen a una nueva humanidad o "por el honor de la especie", hacer "lo más noble", y dejar que ésta se extinga por completo con él"

del prólogo de Antonio Iriarte




M P Shiel






Ilustraciones de J J Cameron


[más infomación en la próxima actualización]

LA ZONA FANTASMA. 13 de marzo de 2005. Productos podridos

Algunas editoriales tienen la amabilidad de enviarme sus libros, y últimamente, por comodidad me he leído (es un decir) unas cuantas traducciones recientes, hechas a partir de lenguas que conozco. Al cabo de pocas páginas, la amabilidad se ha convertido en sadismo y la supuesta comodidad en un montón de molestias, que me han impelido a tomarme mis crecientes estupefacción y alarma. He ido a los textos originales si los tenía en casa, o si no los he pedido al extranjero (Inglaterra, Francia, Italia), y en los momentos de mayor incomprensión o incredulidad, he cotejado. Y como tengo un par de amigas que trabajan como correctoras para diversas editoriales, y ambas me confirman que lo mío no ha sido mala suerte, sino que los disparates translaticios son hoy la norma y una verdadera plaga (ellas se desloman con las obras que pasan por sus manos, pero no pueden matarse), creo justo advertir a los lectores para que desconfíen y exijan, porque a tenor de lo visto, y salvo las seguras excepciones de rigor, no saben lo que leen y el mundo editorial les da casi siempre gato por liebre. O ni siquiera eso, sino mosquito por liebre. O, cómo decir, taburete por liebre.

En primer lugar, está la epidemia del castellano "tanteado" o "deducido", invariablemente desvariado. Me he encontrado con frases como "iba tocado con un frac" (o sea que lo llevaba en la cabeza), "gente escuchirrimiciada", "algo punchiagudo", "le tocó la cara produciéndole una dolorosa bofetada", "le propinó una herida", "la luna profería una luz pálida", "reflejó las palabras oídas" (en vez de "reflexionó sobre ..."), "le agasajó un regalo", y así hasta el más inverosímil de los infinitos. Luego van las "interpretaciones" chifladas, y "en el lugar de honor" queda convertido en "por la plaza de honores" (?), valga un solo ejemplo pero los hay a millares. Y ya, por último, masivamente, los errores de traducción brutales. Aquí van algunos: un joven pregunta a sus hermanas si la habitación de ellas le toleraría una de sus apestosas pipas, porque en caso afirmativo va a encenderla, y en la traducción eso se convierte en esto: "¿Hay alguna asquerosa conducción de gas en vuestro cuarto? Porque la encenderé si no lo está" (?). La frase "En su vida se había sentido tan tonto como con el padre de su amigo" pasa a ser "Nunca en toda su vida se había encontrado con un mentecato como el padre de su amigo". O bien, dice una joven cuya madre le busca marido: "Casi se nos han agotado los solteros de los alrededores", y eso se traduce como: "Los solteros de la vecindad estamos casi exhaustos". "Muéstrate un poco más enamorada", el traductor lo entiende como "Busca algo más parecido a un amante". Y "Habría detestado que la gente lo supiera" pasa a ser, en las febriles mentes translaticias de hoy, "Tenía que haber conocido a tanta gente odiosa". Hasta las cosas más simples se les enredan, y así "¿Quieres un trago?" es plasmado en español como "¿Estás en un apuro?" Las hay que traducen "miércoles" por "viernes", "treinta" por "cincuenta" y "la una y media" por "las dos y media", o "¿Es eso justo con ella?" por "¿No tenía ella derecho?"; y hasta la "manta" que el yerno le echa a la suegra para que no coja frío en el jardín, les parece lógico que sea "una alfombra", que probablemente habría aplastado a la señora. Esas mentes dementes se molestan de vez en cuando en poner notas a pie de página, y explican, ufanas, que a una madre a la que sus hijos llaman Pussy (en los veinte, y de clase alta), en realidad la están llamando "minino, chochete".

Muchas traducciones de hoy son así continuamente, hechas por novatos o por veteranos. Dicen lo contrario de lo que dice el original, o inventan, o suprimen enteros párrafos arduos. Ignoran que "Noah" y "Bethlehem" son, en inglés, "Noé" y "Belén", y los dejan sin traducir, o que "Geneva" es "Ginebra" y "Cortez" "Cortés" (Hernán, el mismo). Siempre ha habido traductores infames, pero lo de ahora es lo nunca visto, sobre todo porque, además, a la mayoría de los editores les trae sin cuidado qué bazofia sacan bajo su sello. Encargan el trabajo a ineptos o a jetas (dobles, en ambas lenguas), y luego no lo revisan ni corrigen. El del libro parece el único mercado que ofrece de continuo productos podridos o defectuosos sin que nadie reclame ni se dé cuenta. He leído una novela de intriga y de mucho éxito que aquí ha publicado una editorial "de prestigio". Pues bien, los lectores españoles la han devorado sin poder entender casi nada -lo aseguro- de dicha intriga. ¿Cómo se explica? Luego decimos que la gente habla tan mal porque no lee, pero es que a este paso serán quienes lean los que peor hablen (la cosa estará reñida). Así, no es de extrañar que los locutores de informativos digan día tras día que alguien vivió algo "en primera persona". Me gustaría saber cómo podría nadie vivir nada (otro asunto es contar) en segunda o en tercera. Pero aquí, por lo visto, casi nadie sabe ya lo que se dice, ni lo que se escribe.

Javier Marías

El País Semanal, 13 de marzo de 2005

viernes, marzo 11, 2005

Un año

lunes, marzo 07, 2005

LA ZONA FANTASMA. 6 de marzo de 2005. Dejen de volvernos locos

Es un ruego a la FIFA, a la UEFA, a la FEF, a la FOFA o a quien corresponda, en nombre de millones de aficionados al fútbol. Pero mi caso, como todos los de demencia transitoria, tiene un preámbulo. Hará un mes o más, recibí una disparatada carta de Digital +, del que soy abonado, conminándome, como "local público" que soy; según ellos, a regularizar mi situación timadora, y me amenazaban con impedirme comprar más partidos en taquilla si no lo hacía, y "cortarme la señal". Por fax les comuniqué que yo era un particular, que a mi casa no venían clientes y que no se trataba de un establecimiento hotelero, ni de copas, comidas, ni tan siquiera pinchos. No hubo respuesta por su parte, pero supuse que habrían enmendado su error.

Llegó el sábado 19 de febrero y me dispuse a comprar en taquilla el muy atractivo Real Madrid-Athlétic de Bilbao, que se jugaba esa tarde, todo un clásico. Pero cada vez que lo intenté, en mi pantalla apareció: "Tarjeta no autorizada". Entonces me acordé de aquella ofensiva carta y empecé a llamar a los varios teléfonos que se me indicaban "para más información". Bien, ya saben de la detestable y despreciativa costumbre de los organismos y empresas, que lo obligan a uno a hablar largo rato con voces mecánicas y casi nunca con personas reales. Así que: Si quiere esto, marque 1. Ó 2. Marque almohadilla. Ahora asterisco. Ahora pistón. Diga su número de identificación. Catorce cifras, el tal número. Resultado final: Usted no puede comprar aquí, llame al número tal, en el que será atendido (exactamente el mismo al que ya llamaba, un callejón sin salida). Una vez y otra, vuelta a empezar, círculo vicioso, cerrado, con alguna variante: Los sábados aquí no hay ni dios (justo uno de los días en que se celebran partidos de Liga y la gente los compra, bastante caros, además). Notaba cómo iba convirtiéndome en una hidra, o en Mr Hyde. Aunque sepa que Canal + y Digital + no son del todo lo mismo, llamé a los teléfonos del primero, a ver si había allí algún desdichado. Marque 1. Ó 3. Almohadilla. Estafeta. Haga la prueba del algodón. No podemos atenderle. Déjenos en paz, que es sábado. Comunicación cortada. Vuelta a empezar. Musiquilla asquerosa. Le pasamos con un agente. Comunicación cortada, y así más de una hora de reloj. Por fin, a la vigesimoséptima tentativa, en el teléfono de "locales públicos", salió alguien real a quien pude exponer mi caso y señalar el error. Número de tarjeta. Número de NIF. Cuándo recibió esa carta. Le llegó por correo o por mensajero. Qué tipo de local posee. Repetí cinco veces lo del fax de un mes atrás. La voz femenina se apiadó de mí y accedió a activarme la tarjeta de nuevo, hasta que venga a mi domicilio un técnico para comprobar que aquí no se sirven tapas ni menús del día ni se cobra la entrada a nadie. La visita me supondrá otra pérdida de tiempo, pero al menos podría ver al Madrid y al Athlétic.

Llegó la hora, y a los quince minutos el Bilbao metió un gol de los llamados "fantasma": balón al larguero, bota dentro de la portería, sale despedido hacia fuera. Uno lo ve. Todos lo vemos. Menos el árbitro y sus ayudantes. Y no digamos en las instantáneas -insisto, instantáneas- repeticiones de la televisión. Clarísimo, gol golazo. Bien, en contra de lo que propalan quienes odian o envidian enfermizamente al Madrid, los madridistas verdaderos (no esos anormales que lanzan gritos racistas) tenemos un muy desarrollado sentido de la justicia, y nada nos molesta tanto como recibir beneficio de los errores arbitrales. En ese momento supe que se me había arruinado el partido. Ya sólo podría disfrutarlo si la injusticia se igualaba pronto y al Madrid, por ejemplo, se le anulaba un gol legal. Así que me puse a desear que eso ocurriera, para que todo regresara a su ser. Pero, según iba pasando el tiempo sin que eso ocurriera, mi siguiente deseo fue que mi equipo no marcara, porque entonces la injusticia se habría agrandado, y que sí lo hiciera el Athlétic, a ser posible en fuera de juego no señalado o de penalty inexistente.

Lo hizo. Uno y dos goles, ambos legalísimos. El Madrid se quedó en blanco y respiré aliviado. Pero para un merengue desde la infancia como yo. . . La experiencia me dejó trastornado. ¿Qué cuesta, qué mentes imbéciles e incendiarias impiden aún que los árbitros consulten instantáneamente las imágenes repetidas que millones de aficionados tenemos a nuestra disposición, cuando hay dudas graves como la de ese gol? ¿No quieren la UEFA y la FIFA desterrar la violencia de los estadios? ¿Por qué no colaboran, entonces, reduciendo al mínimo las decisiones equivocadas, que son lo que solivianta a los públicos o los pone fuera de sí? ¿Y por qué obligan a los madridistas verdaderos a sufrir ataques de esquizofrenia como el que padecí el 19 de febrero? No sé si se dan cuenta, pero entre el preámbulo y los hechos ese día me pasé varias horas creyéndome un tabernero estafador de Bilbao. Y la verdad, todo ello me pilla demasiado lejos para que no se haya resentido mi salud mental.

Javier Marías

El País Semanal, 6 de marzo de 2005