lunes, mayo 30, 2005

LA ZONA FANTASMA. 29 de mayo de 2005. Añoranza del excéntrico

Antes de nada, una precisión: a raíz del suicidio del adolescente llamado Jokin, tras padecer el largo y sistemático hostigamiento de sus compañeros de instituto de Fuenterrabía, la prensa y nuestros más inefables psicólogos hablan a menudo del “acoso escolar”, o bien de algo mucho más ridículo y –cómo decir– palurdo. Lo oí hace poco en televisión, pero no era la primera vez: “Este fenómeno”, clamaba el ignorante locutor, “ya tiene nombre, según los psicólogos” (tan ignorantes como él): “se llama bullying, del inglés”. Me quedé atónito, porque el tal fenómeno tiene nombre en español desde que yo iba a la escuela, como mínimo. Un school bully ha sido siempre lo mismo que un “matón de colegio” en castellano, y así se ha traducido hasta que gran parte de los traductores dejaron de saber traducir. Así que en nuestra lengua hay nada menos que tres formas para elegir: “matonismo”, “matonería” y “matoneo”. Basta de sandeces, por favor.

Pero esto era antes de nada, y no de lo que quería hablar. A raíz de este caso de Jokin, supongo que quien más quien menos se ha parado a reflexionar, y aun a indagar, y desde luego a recordar. Como soy de los que creen que en todos los colegios se dan y se han dado los mismos tipos básicos –incluso en cada clase–, y que su mundo es un microcosmos en el que ya se nos plantean los principales conflictos con que nos encontramos después en la vida, no me cabe duda de que todos hemos conocido a matones y a víctimas, a chulos y a apocados, a avasalladores y a tímidos, a brutos y a delicados. Al menos en los colegios masculinos y mixtos (en los femeninos no lo puedo asegurar). Nada de esto es nuevo, sino tan viejo como la grey, probablemente. Y, sin embargo, algo debe de haber cambiado, para que hoy constituya tan grave problema y, en el caso de Jokin, haya tenido consecuencias trágicas primero y judiciales a continuación.

Si, a la luz de mi experiencia y la de mi generación, intento hacerme idea del infierno por el que hubo de pasar el joven Jokin para subirse a lo alto de una muralla y arrojarse desde allí el día en que no pudo más, el mayor impedimento que encuentro es el insólito grado de soledad en que se debió de sentir sumido. Lo que más me cuesta imaginar, respecto a mi propio pasado de colegial, es que, estando todos sus compañeros al tanto de lo que ocurría (y los pasivos profesores también), no hubiera uno solo que lo defendiera, lo ayudara, pusiera freno a los matones o al menos le diera ánimos para aguantar. Ojo, no estoy hablando de heroísmo, ni de una reacción dictada por el sentido de la justicia, de la responsabilidad, de la compasión o de la solidaridad. Eso sería mucho pedir, a edades tan inseguras como la adolescencia y en un ámbito tan gregario como el del colegio. Uno de los mayores pavores de los muy jóvenes es a ser rechazado por los demás. Casi todos nos hemos preocupado por vestir como los otros; por soltar tacos cuando tocaba soltarlos; por no diferenciarnos mucho del montón y de lo que el montón imponía en cada curso como lo debido, o lo divertido, o lo que se llevaba. Todos hemos visto, también, cómo se creaba una tendencia a meterse con alguien, con el raro, el gordo, el torpe, el afeminado, el inadaptado o el acobardado, y cómo se le empezaba a hacer la vida imposible a base de burlas, zaherimientos, insultos, bromas pesadas y hasta agresiones. Si algo así es una tortura en la edad adulta, qué no será en la juventud extrema.

Pero –y esta es tal vez la diferencia con lo que ocurre hoy, según me cuentan amigas que enseñan en institutos y conviven con escolares– antiguamente casi siempre había algún compañero “importante” que, aunque sólo fuera por ánimo de destacar, de llevar la contraria y de desafiar o medirse, solía parar algo los pies a la banda de matones e inesperadamente ponía bajo su tutela a la víctima, haciéndola así menos víctima. Por “importante” entiendo un colegial que no perteneciera a la facción débil o marginal de la clase, sino a la dominante, a la deportista, a la gamberra, a la segura de sí misma y “popular”. Alguien que quería hacerse el original o el excéntrico, señalarse. La mayoría de los colegiales tenían clara su casi obligada resistencia o confrontación con el profesorado, y por eso el chivatazo nunca estuvo bien visto. Pero unos cuantos, en cada clase, tenían también claro que, en algunas ocasiones o en algunos aspectos, podía y debía ofrecerse resistencia o confrontación a la masa, y que no era aconsejable acatar cuanto ésta estipulase o exigiese. Y se sabía que esa era la única forma de hacerse de verdad respetar. Si uno acataba todo, se hacía “perdonar”, pero no respetar. Y lo que a unos cuantos interesaba era esto último. Ya digo que a esos –uno solo a veces– no los guiaban por fuerza los impulsos nobles, sino a menudo el mero afán de distinguirse y de no confundirse con el rebaño todos los días y en todos sus actos. Quizá sea eso lo que ha desaparecido en buena medida; quizá lo grave de nuestro tiempo sea que la masa ha adquirido tal peso que nadie, ni por reto ni por extravagancia ni por presunción, se atreve ya a desgajarse de ella. Y quizá sea a los excéntricos, por tanto, a quienes haya que echar mucho de menos, en los colegios y en la sociedad.

Javier Marías

El País Semanal, 29 de mayo de 2005

domingo, mayo 29, 2005

En la Feria del Libro

64ª Feria del Libro de Madrid
por Amelia Castilla, Madrid

"Para Ximena, este libro de secretos y perversiones, cuidado". Javier Marías, con gafas de sol y americana azul tinta, firma sus novelas con pluma, algo bastante meritorio si se tiene en cuenta que el autor de Corazón tan blanco es zurdo. Ximena, una jovencísima lectora de Marías, llevaba la novela, en una edición de bolsillo de hace un par de años, guardada en el bolso.(...)

Javier Marías, veterano también en esta cita entre autores y lectores, no ocultaba que le gusta cumplir con este rito anual. "Por muy denostada que esté y pese a que algunos autores la consideran como demasiado comercial, a mí me agrada venir. No hay ningún libro que no deba ser comercializado. Es una oportunidad de encontrarte con la gente; unos te animan, otros te deprimen y alguno te insulta, pero es divertido. Venir aquí equivale a llevar al presente lo que uno vende y ponerse al frente de la tienda a ver cómo va la cosa, y eso, en definitiva, supone una cura de humildad". Desde ese puesto de vendedor, a lo largo de ferias y ferias, Marías ha dedicado libros que no le tocaba firmar para lectores que lo confundieron con Juan Benet, Félix de Azúa o Millás. También puso su rúbrica en libros de su padre o uno de Ferdinand Celine, en este caso, porque el lector tenía ese capricho.

A los pocos minutos de aterrizar en la feria, Javier Marías ya había congregado un buen número de público.

El País, domingo 29 de mayo de 2005

lunes, mayo 23, 2005

Fallo del V Premio Reino de Redonda (2005)


Alice Munro
Duchess of Ontario


Con fecha de 23 de mayo de 2005, el escritor Javier Marías, en nombre del Reino de Redonda, dio a conocer el fallo del V Premio Reino de Redonda, instituido en 2001 para distinguir anualmente la obra de un escritor o cineasta extranjero –y de lenguas no españolas-, en su conjunto.

En 2001 el Premio Reino de Redonda fue ganado por el novelista sudafricano J M Coetzee, a partir de entonces “Duke of Deshonra” de este Reino literario. En 2002, por el historiador inglés Sir John Elliott, “Duke of Simancas”; en 2003, por el escritor italiano Claudio Magris, “Duke of Segunda Mano”; y en 2004, por el cineasta francés Eric Rohmer, “Duke of Olalla” a partir de entonces.

Este año de 2005, han participado en las votaciones los siguientes miembros del jurado:

Pedro Almodóvar, António Lobo Antunes, John Ashbery, William Boyd, Michel Braudeau, A S Byatt, Pietro Citati, J M Coetzee, Francis Ford Coppola, Agustín Díaz Yanes, Roger Dobson, Sir John Elliot, Claudio Magris, Eduardo Mendoza, Ian Michael, César Pérez Gracia, Arturo Pérez-Reverte, Elide Pittarello, Francisco Rico, Eric Rohmer, Fernando Savater, Luis Antonio de Villena y Juan Villoro.

Una vez realizado el recuento de candidaturas (un máximo de tres por parte de cada miembro del jurado), la ganadora de la presente edición ha sido la escritora canadiense ALICE MUNRO, nacida en Wingham (Ontario) en 1931. Seis de sus libros han sido traducidos ya al español: Las lunas de Júpiter (1990), Amistad de juventud (1991), El progreso del amor (1996), Secretos abiertos (1996), El amor de una mujer generosa (2002) y Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (2003).

Autora hasta la fecha de una sola novela, sus diversas colecciones de cuentos le han valido, en tres ocasiones, el Governor General’s Award, la mayor distinción literaria del Canadá, y desde hace pocos años su nombre suena entre los posibles candidatos al Premio Nobel. Está considerada como una de las mejores cuentistas actuales, en lengua inglesa.

El Reino de Redonda, al concederle el Premio, desea destacar que lo merece “por su perfecto dominio del género del relato, su extraordinaria capacidad de observación de lo cotidiano y sus paradojas, y su magnífica creación de personajes femeninos, en apariencia corrientes pero de enorme profundidad, en el marco a menudo rural o semirrural de su región natal, Ontario, a la que a veces ha logrado dotar de una dimensión equivalente a las ficticias regiones de William Faulkner y de Thomas Hardy, Yoknapatawpha y Wessex respectivamente”.

La escritora galardonada con este V Premio Reino de Redonda –el primero y único que en España se otorga de manera regular y exclusiva a creadores extranjeros, literarios o cinematográficos-, primera mujer que lo recibe, ha agradecido la concesión con las siguientes palabras:

“Me siento honrada y encantada de recibir este Premio. Y es para mí un especial privilegio aceptar una distinción proveniente de España, país con una maravillosa tradición literaria. Acepto, por tanto, con sumo placer el título de “Duchess of Ontario”.

El Premio está dotado con seis mil euros, aportados por la editorial Reino de Redonda, S. L., y con el título de “Duque o Duquesa redondinos” para el ganador. ALICE MUNRO recibe así, el título de “Duchess of Ontario”, en obvia referencia a la región en la que nació y en la que se sitúa la acción de la mayor parte de su obra.

Madrid, a 23 de mayo de 2005

Javier Marías

LA ZONA FANTASMA. 22 de mayo de 2005. La temporada sádica

Por fin llegó el ansiado buen tiempo (al menos cuando esto escribo) y con él la eclosión máxima de lo que más gusta y satisface a la mayoría de los españoles, a saber: el ruido. Hace ya mucho que sólo tenemos un rival mundial en este aspecto, el Japón, como es sabido. Una temporada son los japoneses quienes quedan primeros en la lista de países ruidosos y a la siguiente somos nosotros, y así se pasan las décadas, sin que nadie haga nada por remediarlo. Algunos Ayuntamientos, el de Madrid entre ellos, anuncian una denodada lucha contra el estruendo, algo mucho más dañino que el tabaco y los coches, porque no sólo afecta a la salud física sino sobre todo a la psíquica (no es de extrañar, por tanto, que tantos de nuestros políticos estén desequilibrados). Lo anuncian, claro está, en el periodo electoral, porque luego, una vez establecidos, son sin duda los que causan más estrépito, eminentemente con las disparatadas, injustificables y obsesivas obras. Ya saben que Madrid se lleva en esto la palma, y que de nada ha servido la sustitución del charanguero alcalde Manzano por el musical Gallardón. Yo tenía la esperanza de que, como todo melómano auténtico, él amara también el silencio. Pero se conoce que, más que cualquier otra afición o tendencia, pesa la excitación de verse, con casco, dirigiendo tuneladoras, martillos neumáticos y taladradoras, en permanentes viajes falsos hacia el centro de la Tierra. Si a eso añadimos que los servicios de limpieza contratados desde hace años por muchos de nuestros ediles han desechado las calladas escobas en favor de máquinas con monstruosos motores ensordecedores, nos encontramos con que los supuestos encargados de poner freno a los ruidos son sus productores más entusiastas y desconsiderados. Es como si la policía se dedicara a atracar bancos y transeúntes, a cometer asesinatos y a poner bombas, y por supuesto no se detuviera nunca a sí misma. Ya sé que esto ya ocurre en algunos países americanos: a su altura estamos, en lo referente al ruido.

Así, pese a las mendaces promesas, todo sigue igual en cuanto al estruendo. Pero no –miento–; no sigue igual, sino que empeora: como nada se está nunca quieto, y en España está comprobado que la disminución del ruido ni puede ni quiere darse, no dejan de buscarse medios para incrementarlo. No sé si lo habrán observado, pero yo he registrado nuevos focos de lo que tan hipócritamente llaman “contaminación acústica” quienes más contaminan.

He aquí unos pocos ejemplos: como casi nadie está dispuesto a esforzarse, el uso de altavoces, bocinas, megáfonos, micrófonos y amplificadores alcanza a cada vez más profesiones. En mi zona, los vecinos estamos condenados ahora a oír, en leguas a la redonda, los soporíferos y chillones discursos de los guías turísticos, quienes no van a forzar la voz por nada del mundo y, aunque lleven a su cargo a tan sólo diez visitantes, se valen con desparpajo de cualquiera de esos artilugios. Lo mismo hacen la mayoría de los músicos callejeros, que no temen a la disuasoria contradicción de pedir monedas al lado de potentes y lujosos baffles, dignos de discotecas. A mí sí me disuaden, y me abstengo de darles ni diez céntimos a cuantos me obligan a escuchar sus matracas desde mucho antes de divisarlos y hasta mucho después de perderlos de vista. Y qué decir de los manifestantes de las cien manifestaciones diarias: éstos no sólo llevan amplificadores varios para sus arengas, sino además, de un tiempo a esta parte, espantosos silbatos que soplan al unísono –no se sabe con qué fin, ya que ni contienen consignas ni hacen pareados-, para perforar los inocentes tímpanos de sus conciudadanos. Otra novedad, aunque no absoluta, es la de los demenciales equipos de música (percusión invariable) a bordo de los automóviles. Siempre ha habido descerebrados que se creen en una película de Tarantino mientras avanzan con sus volantes, pero veo con horror que ahora se le ha puesto nombre a la taradez en cuestión –tuning, creo, y los nombres legitiman mucho–, y que nuestras televisiones, habitual caja de resonancia de todas las estupideces nuevas, dedican largos reportajes al fenómeno, tratando de descerebrar a un mayor número de conductores y de dañar, en consecuencia, un número aún mayor de indefensos oídos.

Y por último, la gran plaga: los teléfonos móviles tendrán cada día más prestaciones absurdas, pero no logran mejorar la calidad de su sonido, a tenor de las tremendas voces que pegan cuantos hablan por ellos. Y como por ellos habla todo el mundo, esté donde esté y sobre todo en los trenes, hay que sumar ese guirigay general al descomunal, español ruido ambiente. Hace unos pocos años, al menos, por las calles no existía este actual gallinero, o vocerío indecente. Por fin ha llegado el buen tiempo. En seguida deberán ustedes abrir las ventanas, para no asfixiarse. Quizá así sobrevivan. Pero apréstense a dejar entrar, a cambio, con más fuerza que nunca, todos estos enloquecedores ruidos, y otros que aquí no han cabido.

Javier Marías

El País Semanal, 22 de mayo de 2005

sábado, mayo 21, 2005

Nuevo libro del Reino de Redonda



EL ESPEJO DEL MAR
RECUERDOS E IMPRESIONES
JOSEPH CONRAD

Prólogo de Juan Benet
Nota sobre el texto de Javier Marías
Nueva traducción de Javier Marías
Reino de Redonda
Barcelona
380 páginas
Primera edición: mayo 2005

INDICE

Prólogo, por Juan Benet
Nota sobre el texto, por Javier Marías
Nota del autor a El espejo del mar, por Joseph Conrad

EL ESPEJO DEL MAR
Recaladas y partidas
Emblemas de esperanza
El bello arte
Telarañas e hilo
El peso de la carga
Retrasados y desaparecidos
La garra de la tierra
El carácter del enemigo
Soberanos de este y oeste
El río fiel
En cautividad
Iniciación
La cuna del arte
El Tremolino

APÉNDICES


Es un libro que no tiene desperdicio y, más que eso, que, escrito sin prisa, provoca de manera indefectible esa clase de lectura mansa que sin ningún tipo de avidez por lo que procederá se recrea en la lenta progresión de una sentencia o de una imagen, tan armónica y rítmicamente trazada desde su inicio que su conclusión casi roza la catástrofe. Una muestra, el arranque del capítulo “En cautividad”: “Un barco en una dársena, rodeado de muelles y de los muros de los almacenes, tiene el aspecto de un preso meditando sobre la libertad con la tristeza propia de un espíritu libre en reclusión. Cables de cadena y sólidas estachas lo mantienen atado a postes de piedra al borde de una orilla pavimentada, y un amarrador, con una chaqueta con botones de latón, se pasea como un carcelero curtido y rubicundo, lanzando celosas, vigilantes miradas a las amarras que engrillan el barco inmóvil, pasivo y silencioso y firme, como perdido en la honda nostalgia de sus días de libertad y peligro en la mar”.

del prólogo, por Juan Benet



Conrad hacia 1900, foto de H G Wells


He intentado aquí poner al descubierto, con la falta de reserva de una confesión de última hora, los términos de mi relación con el mar, que habiéndose iniciado misteriosamente, como cualquiera de las grandes pasiones que los dioses inescrutables envían a los mortales, se mantuvo irracional e invencible, sobreviviendo a la prueba de la desilusión, desafiando al desencanto que acecha diariamente a una vida agotadora; se mantuvo preñada de las delicias del amor y de la angustia del amor, afrontándolas con lúcido júbilo, sin amargura y sin quejas, desde el primer hasta el último momento.
Subyugado pero nunca abatido, rendí mi ser a esa pasión que diversa y grande como la vida misma, también tuvo esos periodos de maravillosa serenidad que incluso una amante inconstante puede a veces proporcionar sobre su apaciguado pecho, lleno de ardides, lleno de furia, y, sin embargo, capaz de arrebatadora dulzura.

de la nota del autor, por Joseph Conrad



Dos amigos de Conrad: James Matthew Barrie y Henry James, en Londres en 1910



Conrad y los cinco grumetes sobre la cubierta del Torrens



El Roi des Belges, modelo para el barco de vapor de El corazón de las tinieblas, al breve mando de Conrad

en el BABELIA del SABADO 21 de mayo, 2005

La recomendación es clara: Vida de los emperadores de Bizancio (Gredos), de Miguel Pselo. "Dado que tanta gente devora hoy disparates seudohistóricos en forma de novela, no veo qué mal podría hacer la lectura de una excelente crónica de primera mano. Se trata de una obra magnífica, nunca antes traducida al castellano, y quienes la leen aprenderán algo de veras, no en plan camelo".

Javier Marías

jueves, mayo 19, 2005

TU ROSTRO MAÑANA [Portugal]



O TEU ROSTRO AMANHÃ. Febre e Lança

DOM QUIXOTE
2005
Traducción: J. Teixeira de Aguilar

TU ROSTRO MAÑANA [Holanda]



KOORTS EN LANS. Jouw gezicht morgen

Meulenhoff
2005
Traducción: Aline Glastra van Loon

Javier Marías en ClubCultura



El número 6, primavera 2005, de la revista ClubCultura dedica un amplio reportaje a Javier Marías, con una entrevista de Gonzalo Garcés, las fotos de su álbum de Oxford y fragmentos de sus clases sobre El Quijote.

lunes, mayo 16, 2005

LA ZONA FANTASMA. 15 de mayo de 2005. Entérate

Estuve firmando libros en Barcelona por Sant Jordi, día de las rosas y los libros, toda la ciudad se regala ambas cosas. En una de las sesiones, los encargados de la librería, para evitar aglomeraciones (firmábamos en una mesa corrida unos siete autores, más populares que yo la mayoría), sólo permitían a los lectores acercarse de uno en uno. Uno de esos encargados me vino con una rosa: “De parte de una lectora”, me dijo. Un amable detalle, pensé. La puse a un lado y continué firmando. Pero al cabo de un rato, el librero se me aproximó y me dio otro recado: “De parte de la de la rosa, que mires ya la tarjeta”. Sólo entonces me di cuenta de que, bajo el celofán, la flor llevaba un papel enrollado al tallo. Así que hice una pausa, la abrí y me encontré con una nota injuriosa. Levanté la vista, y una mujer, entre el gentío, me hizo una seña desafiante, como si dijera: “Para que te enteres”. Sólo le faltó ese otro gesto tan español, consistente en poner el puño horizontal y amagar un golpe corto con la parte exterior, equivale a la frase: “Toma esa”. Como carezco del don de verme, no puedo jurar cuál fue mi cara, pero mi intención fue la de responder: “Qué se le va a hacer”, o acaso “Gajes del oficio”. Al instante la mujer se dio la vuelta y desapareció, su paciente misión cumplida.

Hace un par de años visité Zaragoza, para presentar una novela. A los pocos días de mi viaje, recibí desde allí una carta en la que un individuo me llenaba de insultos, me prohibía pisar su ciudad de nuevo y me revelaba que durante mi reciente y breve estancia, sin que yo me diera cuenta, él me había escupido. (Desde luego no me había percatado o habríamos tenido una en la calle.) Pensé o quise pensar que tal vez fuera falsa su fanfarronada, pero como en el remite figuraban iniciales y calle, no pude por menos de contestarle escuetamente. Creo recordar que aún tuve humor para encabezar así mi nota: “Señor Lapo Cobarde”.

Hace poco un amigo que escribe en prensa desde hace mucho menos que yo, y por tanto menos habituado a los improperios, recibió un par de cartas de militares viejos poniéndolo a caldo por un mero paréntesis. Había señalado la coincidencia de que el famoso libro de Hitler, Mi lucha, se hubiera publicado por vez primera un 18 de julio en Alemania, y se había permitido añadir: “(Vaya día)”. La sarta de ofensas que por tan poca cosa le había caído lo tenía tan indignado que le tentaba responder a ellas, y de mala manera. “Nunca hay que ponerse a su nivel”, le recomendé, “siempre hay que ser educado”. En vista de lo cual decidió abstenerse. Quizá sea lo mejor en todos los casos. Pero le comprendía bien: cuando hay remite, da mucha rabia la impunidad con que a priori cuentan los corresponsales zafios; dan por descontado que uno va a callarse, o a envainársela.

En las más ocasiones, claro está, no hay firma ni remite. Una vez, desde Valencia, lo más fino que me escribieron fue: “A tu madre debió follársela algún rojo”. Ya digo que esto no es nada. Ustedes sólo ven las misivas que los periódicos seleccionan, y éstos no se permiten publicar, supongo, las que contienen feroces agravios y lenguaje obsceno. Pero no les quepa duda de que cuantos escribimos en prensa nos tragamos este tipo de sapos. Unos más y otros menos, pero seguro que nadie se libra enteramente.

Hace ya unos doce años, una revista decidió que yo era el peor escritor de toda la historia, lo cual no carecería de mérito. Sus responsables no se limitaban a publicarlo machaconamente, sino que además me enviaban su folleto con encomiable insistencia, y también cartas privadas en apoyo de su tesis. Les contesté diciéndoles que eran muy libres de opinar lo que quisieran, pero que no me llenaran el buzón de panfletos. Pues bien, todavía hoy me los siguen mandando puntualmente, unas veces con su remite y otras con falsos (de editoriales, de particulares, en una ocasión utilizaron el nombre de la veterana directora de un suplemento cultural). Siempre sé cuándo son ellos, y hará ya once años que nunca abro sus sobres. Llegaron a escribir a mi padre, por entonces de edad ya avanzada, instándolo a que me convenciera de dejar de escribir para siempre. Ahora hay quienes telefonean a mis pacientes hermanos (que a diferencia de mí, sí figuran en la guía), para que se encarguen ellos de transmitirme los insultos. (Procuro compensarlos con algunos regalos.)

Ese es probablemente el mayor indicio de odio: no basta con hacerle a alguien daño, ha de enterarse. La mujer de la rosa recurrió a molestias y subterfugios varios para verme leyendo su injuriosa nota. El cenutrio de Zaragoza, puesto que yo no lo había advertido, deseaba a toda costa que yo supiera que me había escupido. A los pelmas de esa revista no les basta con poner verdes mis textos y que otros lo lean, no pueden ser felices si yo no me entero. Así que ya saben, en sus respectivas vidas: no teman tanto a quienes quieran perjudicarlos cuanto a quienes no soporten que ustedes lo ignoren. Porque serán estos últimos los que de verdad los odien.

Javier Marías

El País Semanal, 15 de mayo de 2005

martes, mayo 10, 2005

JM en The Guardian

Looking for Luisa

At 17, Javier Marías ran away to Paris, where he wrote his first novel. A second was published while he was still at university. His parallel career as a translator has informed his fiction and, he says, taught him how to write. Regarded as one of Spain's greatest novelists, he is also - thanks to one of his books - the unlikely king of a small Caribbean island

lunes, mayo 09, 2005

LA ZONA FANTASMA. 8 de mayo de 2005. El peligro de engreimiento

(Continuación del pasado domingo)

Hoy es imposible saber si el Gobierno o los quizá Gobiernos de Zapatero acabarán por resultar tan tensos y deshilachados como los postreros de Suárez, tan arrogantes y descarados como los de González o tan falsarios y dañinos como los de Aznar. Ojalá no, pero es de temer que al final no podamos mirarlos con la benevolencia que aún no nos cuesta mucho aplicarle al actual. Hablo, claro, de quienes, sintiéndonos más afines a unos partidos que a otros, lo somos muy poco a todos y en principio no deseamos el fracaso de ningún Gobierno elegido. Somos más de lo que parece, y de hecho me atrevo a pensar que somos quienes a la postre decidimos los resultados de las votaciones, algo que el PSOE de González olvidó en su día y que el PP de Aznar y Rajoy –de momento no se diferencian– está empeñado en negar o ignorar. Sólo con las papeletas de quienes desean lo peor al Gobierno que no es de su cuerda, y además se lo procuran con ahínco, no se va lejos. Todas las formaciones deberían estar más que enteradas.

El primero de Zapatero, durante su primer año, se ha encontrado con la baraja ya repartida hasta el último naipe, nada más empezar. No hubo cien, ni tan siquiera un día de cortesía. Por parte del PP y de los medios de comunicación a su servicio se lo presentó como un gabinete de taimados o de pardillos desde el momento de su constitución. Es decir, a destiempo. Tanta munición verbal se ha gastado contra sus integrantes, tanta exageración ha habido con sus errores o arbitrariedades, que el pelotón de fusileros corre dos graves riesgos: que la gente ya no dé crédito a sus agotados improperios cuando sea hora de criticar con razón (estilo Pedro y el Lobo), y que sufran todos prematuros derrames o infartos (no se puede echar espuma por la boca a diario sin consecuencias para la salud, sobre todo si no ha habido mordedura previa de perro rabioso alguno).

Ahora bien, transcurridos estos doce meses, empiezan a verse signos ominosos en esta Administración. Como pasó con sus predecesores, de Suárez a Aznar, al comienzo todo fueron buenas maneras y hasta timidez, con la deliberada intención de diferenciarse al máximo del estilo desdeñoso y desconsiderado del Gobierno del PP y de su ausencia de explicaciones (todavía nadie nos ha argumentado qué falta hacía España, potencia media económica y nula militarmente, en la reunión de las Azores; es un ejemplo entre cien). Y es verdad que varios ministros continúan en ello, en la discreción y la modosidad, como Alonso, de Interior, o López Aguilar, de Justicia. Pero otros no, y se advierte ya en ellos esa evolución de la psique a que me referí hace una semana: es el momento en que los ministros olvidan por qué azar están donde están, y se engreen, se convencen de su personal importancia y se tornan a menudo autoritarios y despreciativos. Signos de eso se perciben en Salgado, de Sanidad, quien, además de poner en marcha una ley abusiva contra los fumadores e irrespetuosa de las libertades individuales, declaró hace poco, poseída de sí misma y en tono dictatorial: “Claro que todo eso se va a aplicar: que se hagan a la idea de que faltan ocho meses para dejar de fumar”. También en Trujillo, de Vivienda, con su ya célebre y desdichada frase “La dignidad no se mide en metros cuadrados”, seguida de una improcedente sonrisa de autocomplacencia injustificable, dado que, precisamente, que una vivienda resulte o no digna depende en muy gran medida de que no sea un cuchitril claustrofóbico. Ambas ministras rozaron la chulería, como si sus expresiones delataran el avance en ellas del pensamiento más peligroso: “Se hará lo que yo diga, que para eso soy quien soy”. En algo parecido he visto ya incurrir varias veces a Álvarez, de Fomento, a Calvo, de Cultura, y por supuesto a Bono, de Defensa, aunque éste ya trajera consigo la autosatisfacción y no la haya adquirido con su nuevo cargo. En cuanto a Moratinos, de Exteriores, pocas oportunidades ha tenido de desarrollar prepotencia: al contrario, se ha asemejado en exceso a su servil predecesora del PP, y no acaba uno de entender tanta reverencia y limosneo formales ante los responsables de la Administración Bush, cuando, que se sepa, no es España quien necesita y utiliza suelo americano para sus bases, algo vital.

Pero lo más preocupante y grotesco –la guinda de los síntomas– ha sido la operación de venta de armas al golpista Hugo Chávez. Aunque este individuo haya ganado elecciones, antes inventó un golpe de Estado contra un Gobierno legítimo, por corrupto que fuese, y de la misma manera que un asesino no es jamás “ex-asesino” ni un dictador se convierte en “ex-dictador” (pese a que la prensa emplee este término disparatadamente), quien va por un golpe y además celebra la fecha de su tentativa, es un golpista para siempre jamás. Y si a esa venta la acompaña la argumentación, digna de Rumsfeld, de que el tal armamento “no es para fines bélicos”, entonces en el primer Gobierno de Zapatero ya se ha introducido el cinismo idiota, y merece un toque de atención. Porque eso equivale a decir que se venden medicamentos sin fines curativos ni preventivos, lo cual sería una estafa o una absoluta imbecilidad.

Javier Marías

El País Semanal, 8 de mayo de 2005

lunes, mayo 02, 2005

LA ZONA FANTASMA. 1 de mayo de 2005. Primero los miramientos

Ver cómo van cambiando los gobernantes, desde que alcanzan el poder hasta que lo abandonan (y aún después, en bastantes casos), es una de las mejores y más nítidas representaciones de la evolución de la psique humana con que hoy contamos, sobre todo teniendo en cuenta que, gracias a la obsesión de la prensa y las televisiones con ellos, de la mayoría de los poderosos solemos recibir imágenes diarias o semanales. Pero no me refiero, o no sólo, al aspecto físico, al a menudo veloz o prematuro envejecimiento, ni siquiera a los frecuentes endurecimiento de los rasgos o descomposición de las facciones, según les vaya bien en la feria o se sientan acosados y aun acorralados. Ese deterioro –embellecimiento o salud mejor no suelen darse, ni con el “sembrado” capilar de Berlusconi- es curioso de observar, pero es más una cuestión de actitud y de miramiento lo que me interesa –y elijo bien ambas palabras–. Hablaré sin matizar, en términos muy generales.

Acaba de cumplirse un año desde que Zapatero y sus ministros se pusieron a gobernar, y aunque no es mucho tiempo, ya me ha parecido advertir algunos detalles alarmantes. No tanto en el Presidente, que al tomar posesión incurrió en la ingenuidad voluntarista de anunciar que no cambiaría y que en efecto lo ha hecho poco en estos doce meses transcurridos (pero lo que todavía te rondará, morena), cuanto en alguno de sus inmediatos subordinados. En España, si hacemos memoria (cosa harto difícil, no sólo porque a este país eso le aburre, sino porque lo único que permanece es lo último y además borra cuanto hubo antes), todos los gobernantes de la democracia iniciaron sus mandatos con pies de plomo, con mucho respeto y mucho tiento. Adolfo Suárez y los suyos fueron delicadísimos al principio, como si quisieran hacerse perdonar rápidamente su procedencia a veces dudosa y a veces directamente franquista, demostrar que regir con votos obligaba a gestos considerados y a prestar atención a todo el mundo, y en todo caso tuvieran un empeño máximo en alejar sus modales de los de sus predecesores dictatoriales. De hecho fueron los que menos variaron de actitud hasta el final: nunca los abandonó el temor de poder ser identificados con los de la etapa anterior, y anduvieron con relativo cuidado en las formas, hasta su arrumbamiento. Hay que reconocer que a Suárez no se le llegó a ver un mal desplante o un ademán despectivo, aunque varios de sus correligionarios sí se pusieran impertinentes y ariscos, de tan nerviosos.

Por su parte, Felipe González y los suyos comenzaron asimismo con guantes. No sólo porque hubiera habido un golpe de Estado fallido un año antes de su victoria electoral, sino porque tenían que apaciguar las aprensiones de la abundante población conservadora y de la Iglesia escandalizadora, ganarse la confianza de los grandes empresarios y banqueros y demostrar que no iban a poner nada patas arriba. Pero, al cabo de unos cuantos años de afianzamiento y más votos, de disparatado optimismo (en la política siempre hay que ser pesimista, eso sí, sólo de puertas adentro) y de impresentable engreimiento, las maneras simpáticas y más o menos respetuosas pasaron a mejor vida; admitieron e hicieron crecer en su seno una burocracia y una “clase media” desaprensivas, prepotentes y corruptas (cuántos actuales odiadores del PSOE no se convirtieron en multimillonarios con sus ríos de comisiones y estafas durante la Expo de Sevilla), y la sensación de impunidad los transformó directamente en unos chulos. Llegaron a no distinguirse apenas del modelo de ejecutivo insolente y zafio que tanto abunda en España. Es decir, del arribista aquejado de señoritismo, del maleante con guardaespaldas. Y González perdió el control, los papeles y no se sabe si el juicio.

En cuanto a Aznar y los suyos, no es nada fácil recordar sus inicios, habiendo venido lo que luego vino y persiste, pero en sus primeros años de mandato, sin mayoría absoluta, también procuraron no espantar demasiado a nadie, como si quisieran probar que su derecha ya era civilizada, casi francesa; que no olían a naftalina ni a cuartel, a anís ni a casino de pueblo ni a sacristía; que eran capaces de aceptar cosas contrarias a sus sentimientos y convicciones pero ya consagradas por los avances del tiempo “que ni vuelve ni tropieza”. Se aparecieron perfumados y mansos. Luego –ese luego es tan reciente que todavía es presente– se vio que era todo incómodo atrezzo: se quitaron el disfraz tolerante y amable –debía de picarles tanto– y se mostraron despreciativos, cobistas con el fuerte, cerriles, pendencieros, beatos, patanescos, emponzoñadores y cínicos. Y aún no debo decirlo en pasado, mientras estén a su frente Rajoy, Acebes, Zaplana y Esperanza Aguirre, y Aznar siga a su espalda.

(Continuará)

Javier Marías

El País Semanal, 1 de mayo de 2005