martes, noviembre 29, 2005

BOOKS OF THE YEAR

ANTONY BEEVOR

I have only just discovered the work of Javier Marías in the form of his latest novel Your Face Tomorrow (Chatto & Windus), an intriguing character play influenced by real events in the Spanish Civil War 60 years before. Marías has been described as a less melancholy counterpart to W.G. Sebald (also an admirer of his work). The flowing language and insight are utterly compelling. Nothing will stop me from devouring all of Marías’s previous books.

Sunday Telegraph Magazine
, 27 de noviembre de 2005

lunes, noviembre 28, 2005

LA ZONA FANTASMA. 27 de noviembre de 2005.Los pantalones tiroleses

Por un azar que no viene al caso, me he visto obligado a buscar y mirar fotografías viejas, sobre todo de infancia y de primera juventud. La visión de algunas de ellas la he compartido con mi padre y mis hermanos y los hijos e hijas de éstos, mis sobrinos y sobrinas, veinteañeros ya en su mayoría. Y así como a ellos las imágenes de sus padres y tíos, de niños o de muy jóvenes, les producían una mezcla de euforia, retrospectiva ternura e hilaridad, a los propios fotografiados –y a mi padre, supongo– nos suscitaban, creo, una combinación algo distinta: también la hilaridad aparecía a veces, pero siempre teñida, quizá inevitablemente, de un poco de lástima, otro poco de vergüenza ocasional –una edad ingrata, una moda demasiado fechada y por consiguiente anticuada– y, de tanto en tanto, una extraña sensación de simultaneidad, o mejor dicho, de reconocimiento inmediato y de tiempo abolido. Esto último se daba principalmente cuando uno era capaz de saber al instante en qué momento y lugar fue captada la imagen, recordaba las circunstancias con precisión y hasta el estado de ánimo general, o, más en concreto, “olía” y “palpaba” la ropa que llevaba puesta. Por poner un ejemplo no comprometedor, si yo me veía en la diapositiva con los resistentes pantalones tiroleses que mi madrina Olga nos trajo a todos de Alemania y que nos duraron más de un curso, mi pensamiento reflejo venía a ser: “Ahí estoy con los pantalones tiroleses, con su reno de nácar en la pechera de los tirantes”, y no, como sí me ocurría ante otras fotos, “Ahí estoy con aquellos pantalones tiroleses …” La diferencia es notable: en el primer caso, durante unos segundos, aún creo poseer esa prenda y –lo que es más llamativo y desde luego más cómico– creo poder enfundarme en ella como lo hice tantos días hacia mis ocho años; en el segundo, dicha prenda es ya irremediable pasado, es ajena, sé perfectamente que no se encuentra ya en mi ropero y que nunca me la volveré a poner (ni siquiera en un excéntrico viaje a Baviera, donde hasta los adultos las gastan iguales).

He dicho que al mirar esas fotos viejas surge a menudo un elemento de lástima. No se me entienda mal: esa palabra no significa lo mismo que autocompasión, la cual, desde mi punto de vista, estaría fuera de lugar. No se trata de pensar en lo inocente que era uno entonces (que lo era, y es indiferente en qué fecha se ponga este “entonces”); no es que uno se vea a la luz de hoy y se apiade, por así decirlo, del desconocimiento que el niño o el joven tenía de los sinsabores que le aguardaban, porque también ignoraba las satisfacciones, y rara es la vida que no se compone de ambas cosas, de decepciones y de contento, o de entusiasmos y de pesares. El sentimiento paternalista hacia uno mismo conviene evitarlo, más que nada por incongruente y absurdo, pero asimismo por dañino e inútil. No sólo es ridículo enternecerse con quien uno fue y hasta cierto punto sigue siendo (cuando los pantalones son los, y no aquellos), sino que supone conferir al pasado una categoría superior a la del presente, y otro tanto al ignorar respecto al saber. Mirar con nostalgia los tiempos en que “aún no sabía”, o “aún creía”, o “aún esperaba” o “abrigaba tal ilusión”, sólo puede explicarse –pues es una costumbre casi universal– en una época como la nuestra, que glorifica la infancia, la hace durar más que nunca en la historia, la estira y alarga, e incluso la contagia o instila en quienes hace mucho que la debieron dejar atrás. Claro que todos (salvo quienes padecieron una niñez atroz) tenemos a veces la sensación de que ese es nuestro verdadero sitio y de que todo lo posterior son accidentes, imposturas y artificialidad, y de que al yo auténtico y original no lo han sucedido más que falsos yoes con los que en el fondo tenemos poco que ver. Es lo que ha llevado a más de un escritor cursi a afirmar que “lleva un niño dentro”, que “la patria es la infancia”, que por lo tanto uno es un perpetuo exiliado y demás baratijas que relucen en las entrevistas.

La lástima, en mi caso al menos, obedece más bien a lo contrario: lejos de llevar a ningún niño dentro (sería una gran lata, eso aparte), lo que uno cree ver en sus fotos o en sus recuerdos viejos es que el adulto que somos estaba ya contenido en el niño que fuimos, y además no era difícil de vislumbrar. Más de una vez he contado que, al conocer a alguien con quien voy a tener trato, antes o después, y para saber a qué atenerme, procuro imaginar cómo sería en su infancia y cómo nos habríamos llevado entonces, si habríamos sido amigos o no nos habríamos podido soportar. Lo que uno descubre al cabo del tiempo es que si alguien contiene a alguien, es el niño al futuro adulto y no al revés; y al mirar las imágenes uno no puede por menos de pensar en la carga que eso supone, en cierto sentido. Pero también aquí está fuera de lugar la autocompasión: durante toda la historia los niños han sido proyectos de adultos, y si se ha cuidado la infancia ha sido por lo mucho que configura e influye en lo que vendrá más tarde, que es lo que importa. Hoy, por el contrario, la importancia se le da a la infancia en sí misma, como si el único y descabellado plan de la humanidad fuera el de formar y forjar niños eternos, perennes. Y la verdad, menudo plan. Y así nos va.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de noviembre de 2005

martes, noviembre 22, 2005

Las novelas de la democracia: Corazón tan blanco y Tu rostro mañana

En el suplemento cultural de el diario El País, Babelia, en su número dedicado a "La dictadura, 30 años después", escritores y críticos eligen las cinco mejores novelas de la literatura española en los últimos treinta años. Entre las obras más citadas figuran Herrumbrosas lanzas y Tu rostro mañana.
Las novelas de la democracia

lunes, noviembre 21, 2005

LA ZONA FANTASMA. 20 de noviembre de 2005. Las tiranías pequeñas

Tengo que hacerle un reproche a este periódico, y es el de su frecuente pusilanimidad ante las quejas y protestas airadas, cuando son sólo histéricas, desproporcionadas, meramente represivas e irracionales. Y quien dice este periódico dice también algún otro, y varias televisiones, y numerosos organismos oficiales y departamentos gubernamentales, y, en cuatro palabras, casi nuestra sociedad entera.

Veamos un par de ejemplos recientes, pero que son el enésimo y el eñésimo, por lo menos. Hará un mes o dos, el llamado Defensor del Lector se ocupó, muy seriamente, de las críticas sufridas por El País por haber insertado en sus páginas el anuncio de un festival de cine en el que, para ilustrar que el lector iba a conocer todos los entresijos, y lo que queda oculto a las miradas comunes, se recurría a una foto en la que un actor y una actriz (creo) posaban juntos ante una batería de cámaras. Lo que la imagen revelaba –tomada desde detrás de ellos– era que el actor le estaba tocando levemente el culo a la actriz (ambos vestidos). Podía haber ocurrido a la inversa, esto es, que hubiera sido ella la que le tocara a él el culo, y posiblemente nada habría pasado. Pues bien, la consabida pandilla de paranoides (incluida una alta carga de la administración) envió cartas furibundas, acusó a este diario de machista, de sexista, de vejatorio, de atentatorio, de maltratatorio, de sobaculos, de convertir a la mujer en objeto y demás tópicos ya gastados. Lo sorprendente para mí no es la escandalera, pues de mentes enfermizas ha estado siempre lleno el mundo, empezando por las de los sacerdotes célibes, sino el achantamiento de El País, que nunca falla. El Defensor, tras realizar pesquisas entre los responsables del anuncio, jefes de sección y linotipistas (o como se llamen ahora), acababa por pedir disculpas, azotarse con unas ramas, prometer que no se repetiría y jurar que ni él ni sus compañeros habían querido ofender a nadie. Y que, ya que lo habían hecho, el insalubre e inmoral anuncio no vería más la luz. Por estas.

No, no es la primera vez que observo esta reacción pusilánime ante quienes están aquejados de una susceptibilidad anómala, o poseen alma de párroco (aunque se disfracen con argumentos “dignos”), o tienen ojos perturbados, o una tendencia a prohibir sin más. Ante quienes no llevan razón, en suma. Y así se cede terreno ante ellos, se les permite imponer su pequeño terror moralizante y retrógrado, y el mundo se hace cada vez más imbécil. ¿Por qué este periódico, que en otros asuntos se muestra firme, no es capaz de parar los pies a los desmedidos, ni de defender a los lectores a quienes no nos molesta una foto como la comentada, ni aquel inocente anuncio en el que una mujer le ataba los cordones de los zapatos a un hombre (como tampoco nos molestaría uno en el que un arrodillado caballero calzase a una dama), y que también, como tantos otros, fue retirado? ¿Por qué El País traga con las desmesuras de sus lectores más policiales y, dicho sea de paso, con más tiempo que perder en ridiculeces?

Veamos el otro ejemplo: en una de sus columnas, Eduardo Mendoza, hombre pacífico y tolerante hasta el punto de parecer indiferente a veces, se atrevió a opinar de pasada que lo de dar un cachete a un niño (ojo, ni siquiera dijo torta ni bofetada) tampoco era cosa tan grave, de tarde en tarde. Una vez más llovieron las cartas furiosas y arrebatadas, sin que tampoco se ahorrase la suya otra alta carga. Mendoza quedó como “apologista del maltrato infantil”, suma de crueldades y mezcla de Harry el Sucio y el ya decrépito Coco. Hace unos días me confesaba que en un periódico barcelonés proponían amedrentar a los críos díscolos amenazándolos con “llamar a Mendoza” (puede que fuera una broma suya, pero puede que no, y eso es lo grave). A raíz de esto El País publicó un montón de reportajes y artículos que, lejos de equilibrar la balanza, la hundieron por el otro lado.

Gente susceptible, remilgada, maniática, permanentemente en guardia y dispuesta a saltar por lo más nimio, gente histérica y exagerada ha habido siempre; pero hasta hace unos años no se hacía caso a estas personas, se las tenía por cuanto acabo de enumerar y no se les permitía dictar las costumbres, menos aún las leyes, ni obligar a los demás a plegarse a sus paranoias ni a regirse según ellas. Hoy basta que tres de estos individuos –a menudo compinchados– se rasguen las vestiduras y enciendan la tea de sus puritanismos (en perpetua expansión, ya innumerables), para que los diarios, las televisiones, los anunciantes y los gobernantes normales se echen a temblar y les obedezcan, sin oponer argumentos ni resistencia. Todo esto puede parecer cosa menor y sin importancia, pero cuando se aceptan las pequeñas tiranías, las cotidianas, las insignificantes, a nadie ha de caberle duda de que se están dando los primeros pasos para acatar una grande.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de noviembre de 2005

Irremediablemente ingenuos

Desde que murió Vázquez Montalbán, con quien solía compartir esta página los días de Madrid-Barça o Barça-Madrid, EL PAÍS no había vuelto a solicitarme unas líneas para celebrar el acontecimiento. Pensé que se me había decidido jubilar de la tarea por respeto a mi "pareja rival de hecho" de tantos años, y no me parecía mal esa medida. Ahora veo que probablemente ha sido un periodo de luto, eso que hoy tan poco se observa. Él no llegó a ver al Barcelona campeón de la última temporada, ni al descubrimiento madridista Eto'o vestido de azulgrana, ni disfrutó apenas de la inteligencia y el sosiego de Rijkaard, que han hecho de su equipo una maquinaria imperturbable, no sólo en el ganar sino asimismo en el perder, lo cual tiene incalculable mérito en un club más bien dado a la exasperación y a la histeria. Lo siento mucho por él, porque habría estado contento de ver lo que sus cambiantes pero eternos ídolos (los jugadores son simplemente eso, "nuestros jugadores", sin edad y en cualquier época) son capaces de hilvanar sobre la hierba.

En las dos temporadas transcurridas desde su muerte en Bangkok, yo me he puesto de luto por el Real Madrid, y no ha sido para menos. Ese tiempo llevamos sin ganar nada. Se echó de mala manera a Del Bosque, se fue Valdano, salió Hierro por la puerta trasera, vino un tal Queiroz del que nadie se acuerda, vino Camacho (un fichaje descabellado, abocado al fracaso), deambuló el honrado García Remón por el banquillo, apareció un brasileño con nombre de Gran Ducado que cree hablar español y al que sin embargo se entiende tan mal como a Saramago, y cuando nos explica el fútbol aún peor, yo creo; se trajo y se despidió a Owen sin que se sepa por qué, en ningún caso; se contrató a un extraño mecano que arrastra el pie, llamado Gravesen. El más imaginativo jugador del equipo, Guti, continúa sin ser titular fijo y estuvo a punto de ser arrojado al Atlético de Madrid, santo cielo. A Beckham se le tuvo dos años correteando sin ton ni son por el campo, en vez de dejarle centrar desde su banda, casi lo único que sabe hacer (pero de maravilla). Como suele ocurrir entre el Madrid y el Barça, la exasperación y la histeria se las ha trasladado el segundo al primero, y el primero le ha contagiado el aplomo al segundo.

Ambos clubes, mientras tanto, se han hecho más antipáticos. El Madrid se asemeja demasiado a una empresa a la que importan enormemente los beneficios y escasamente lo que ocurre en el césped y en las gradas. A los últimos canteranos de altura (Raúl, Guti, Casillas) se les nota decepcionados por la falta de herederos, y sin gente de la casa el Madrid emociona menos, porque la Liga Paulista puede divertir al público si no hay nada más apasionante que echarse a los ojos, pero ver a Ronaldo, Robinho, Roberto Carlos y Baptista contra Ronaldinho, Deco, Belletti y Silvinho, la verdad, no enciende. En cuanto al Barça, se ha convertido ya del todo en el equipo oficial de la Generalitat, y todo equipo de los gobernantes es, por así decirlo, un equipo sin alma, usurpado.

Así que sólo resta hacer abstracción de cuanto rodea hoy al fútbol y quedarse sólo con los jugadores, y, en lo que respecta a éstos, olvidarse de sus nombres y procedencias y fijarse sólo en que llevan puesto nuestro uniforme de siempre (bueno, eso el Barça sólo a medias, con ese absurdo pantalón rojo de este año, que no sé cómo su afición permite). Algo es algo, y ese algo es lo principal, misteriosamente. Porque estoy convencido de que cuando esta noche empiece el partido, los sentimientos será los mismos que cuando a un lado estaba Di Stéfano y al otro Kubala, a uno Netzer, o Butragueño y Míchel, y a otro Cruyff, o Marcial y Rexach; pese a todo. Tal como vinieron jugando ambos equipos, me daré con un canto en los dientes si el resultado es menos humillante que un 0-3 rotundo. Eso lo pienso ahora, en frío. Pero sé que en cuanto el balón eche a rodar, mis estúpidas esperanzas me harán clamar por un 3-0. Vázquez Montalbán lo sabía: el verde de la hierba, y sobre él el blanco y el azulgrana, borran todo escarmiento y nos llevan a ser siempre irremediablemente ingenuos.

JAVIER MARÍAS

El País, 19 de noviembre de 2005

sábado, noviembre 19, 2005

Javier Marías:La imagen del Rey 'ha sido enormemente beneficiosa'

El escritor Javier Marías no ha sido 'nunca' monárquico, pero, dadas las características 'más bien irresponsables y oportunistas' de la clase política, considera que la imagen del Rey ha sido 'enormemente beneficiosa' para el país, y cree que procurará 'siempre la concordia y la armonía entre los españoles'.

En declaraciones a Efe, Marías destacó el 'importante papel diplomático o propagandístico' desempeñado por el Rey, y lamentó sólo el que algunos políticos, en especial 'los del PP y los nacionalistas varios', se comporten hoy en día 'con una frivolidad y un egoísmo estomagantes', anteponiendo sus intereses 'mezquinos y particulares' a los generales del país y a los logros de estos últimos treinta años.

A su juicio, unos y otros dan la impresión 'de sentir a veces nostalgia del franquismo, por cuyo espíritu nacionalista y retrógrado y corrupto se diría que han quedado eternamente teñidos y contaminados'.

El autor de 'Tu rostro mañana' no ha sido nunca monárquico, 'ni lo seré, sin duda', aclara, pero, 'dadas las características más bien irresponsables y oportunistas de nuestra clase política', dice, 'considero que la imagen del Rey, o de este Rey, al menos, ha sido enormemente beneficiosa'.

Don Juan Carlos es, en su opinión, 'alguien que no molesta ni interfiere en la vida política, pero que lleva a cabo una importante tarea diplomática o, si se quiere, propagandística de España'.

'En cierto modo, nos tranquiliza a todos, sobre todo desde la tentativa golpista del 23-F de 1981, saber que hay una figura no sujeta a los partidos que está al mando del Ejército, al menos simbólicamente, y con quien se debe contar para las decisiones importantes'.

Para el escritor madrileño, 'sólo pensar en la posibilidad de que la Jefatura del Estado pudiera ejercerla alguien como Aznar -es un ejemplo, señala-, produce escalofríos. Con el Rey se garantiza algo que no es baladí en un país con nuestra historia: que el jefe del Estado va a procurar siempre la concordia y la armonía entre los españoles, cosa que no estoy nada seguro de que fuera a hacer un Presidente surgido de las formaciones políticas'.

'Ver cómo el Rey y la Monarquía son frecuentemente atacados por la prensa y la radio de ultraderecha, es otro punto a su favor, sin duda alguna', terminó diciendo Javier Marías.

Terra Actualidad - EFE

18-11-2005

jueves, noviembre 17, 2005

Yo pongo tres a uno


Cada vez que llega un partido de verdad importante para el Real Madrid, ya sea una final de la Copa de Europa o un encuentro como el de pasado mañana contra el Barcelona, lo primero que hago es llamar a Javier Marías, que como todos ustedes saben es rey además de escritor, pues ostenta el título de monarca del Reino de Redonda, para saber cuál es su pronóstico. No se trata sólo de una superstición que, de hecho, siempre nos ha dado suerte, sino de una de las obligaciones del cargo diplomático que ostentó en Redonda, que es el de cónsul ante el Real Madrid C. de F. Las predicciones de Javier eran ayer pesimistas y el marcador que, no sé si por curarse en salud, se veía venir, me puso los pelos de punta: ni más ni menos que un cero a tres.
Cuando se lo comenté a mi compañero de asiento del Bernabéu, el poeta Luis García Montero, se puso de color penalti. En cualquier caso, el mundo de la literatura, exactamente lo mismo que los demás mundos, también está partido en dos, igual que si fuese una naranja, y los escritores no son distintos a las demás personas, de forma que los hay de dos tipos: del Madrid y antimadridistas. Y entre estos últimos ocupan un lugar muy especial los queridos compañeros del Barcelona, que ahora viven una época de buen fútbol que nos tiene muertos de envidia.

Para pulsar cómo estaban los ánimos por aquel lado, llamé a Enrique Vila-Matas, que suele ser más bien fatalista, para ver si al menos el pánico de Marías podía empatar con el suyo y así volvíamos al empate a cero. No sólo no sirvió, sino que lo único que hice fue empeorar las cosas, porque Vila-Matas predijo exactamente el mismo resultado que Marías: cero a tres. No sé qué tal noche habrán pasado ustedes, pero la mía ha sido horrible, no hacía más que oír en mi cabeza una especie de campanas fúnebres que repetían cero a tres, cero a tres, cero a tres...

Cuando llega un Real Madrid-Barcelona no sólo es que el estadio Santiago Bernabéu le quite durante unos días a la puerta del Sol el kilómetro cero, sino que el fútbol se adueña de las conversaciones como si una abreviatura de los jugadores le corriese por la lengua a todo el mundo y hasta parece ser capaz de cambiar las leyes del tiempo: de pronto, hasta que no pase el sábado, aquí no hay más que futuro y ganas de entregarse a las cavilaciones, los indicios y las apuestas: el factor campo, las estadísticas, tal o cual jugador que se recupera de sus lesiones, que estará en el banquillo o que viene a Madrid con ganas de revancha.

Yo, por mi parte, voy a vaticinar un tres a uno, naturalmente a favor del Madrid. Cada vez me gusta más el fútbol, creo que en la misma medida en que cada vez me gusta menos la realidad. Si se fijan, el deporte se ha convertido en un ejemplo de tolerancia y modernidad que ya quisiera para sí, por ejemplo, la política. Olvídense de los cuatro cretinos que hay en todas partes, haciendo uh, uh, uh a los jugadores de color y sacándose cruces gamadas del hueco del cerebro, y dense cuenta, por una parte, de lo sana que es para los ojos la imagen irreverente de los jugadores, con sus peinados cubistas, su ropa informal, sus tatuajes y demás; y, por otra parte, no olviden lo que era y lo que es un campo de fútbol como el Bernabéu o el Camp Nou: ochenta o cien mil personas que se reúnen civilizadamente cada fin de semana o cada miércoles europeo para divertirse con su equipo y que hasta cuando les avisan de que va a estallar una bomba, como nos pasó hace no mucho en el Bernabéu, son capaces de desalojar el campo con una calma modélica.

A lo mejor es que el fútbol ofrece una inmejorable muestra de lo importante que es en esta vida saber tomarse en serio las diversiones y un poco en broma las cosas importantes. Y también de lo sencillo que resulta, si uno quiere, llevarse bien con los rivales de cualquier tipo, porque sólo son necesarias dos cosas: respeto y buena educación. Qué fácil es pasar noventa minutos en tensión mientras ves un Madrid-Barcelona y al acabar, sea cual sea el desenlace, darle un abrazo a los amigos que son aficionados del otro equipo, gastarse unas bromas e irse a cenar con ellos, como hacen los propios futbolistas. ¿Y si los hinchas de fútbol le diéramos unas clases a algunos diputados que yo me sé?

Señor, qué largos van a ser este jueves y este viernes.

BENJAMÍN PRADO

El País
, Madrid, 17 de noviembre de 2005

El arte de pedir

Qué bonito. El otro día un concejal de no sé qué habló de mendigos y mendigas. Ya hasta la miseria real o presunta debe ser socialmente correcta. Y está bien ponerla al día, la verdad, porque últimamente todo cristo pide algo por la calle. Como antes, pero más. Estás parado en una esquina, sentado en la terraza de un bar, caminas por la acera, bajas las escaleras del metro, y siempre hay alguien que te pide una moneda. Los hay que abordan con tacto exquisito –«si es usted tan amable»–, que lo plantean como un favor puntual –«présteme para el autobús»–, los que se curran el registro del colegueo –«dame argo que ando tieso, pa mí y Pal perro»– y diversos etcéteras más, incluidas las rumanas de los semáforos, que no te las quitas de encima ni atropellándolas, y esas Rosarios de rompe y rasga que, cuando rechazas la ramita de romero, te llenan de maldiciones y desean que te salga un cáncer en mal sitio, por malaje. También vuelve un tipo de mendigo que parecía extinguido: el que enseña los muñones como en tiempos de Quevedo, sólo que ahora suele tener acento eslavo o de por ahí. Aunque uno al que veo mucho en la puerta del Sol no sé qué acento tiene, porque va por la calle Preciados con los muñones de los dos brazos al aire y un vasito de máquina de café cogido con los dientes para que le pongan las monedas, soltando unos gemidos infrahumanos que hielan la sangre.

De todos ellos, como creo haberles contado alguna vez, los que nunca me sacan un céntimo son los llorones: los que se ponen de rodillas gritando que tienen hambre, o sitúan un Cristo o una Virgen delante, los brazos en cruz y el rostro inclinado entre la supuesta oración y la supuesta vergüenza por tener que pedir para que coman sus hijos; como uno que no me extraña que tenga hambre, porque lleva diez años arrodillado con su estampita junto a un lujoso hotel de Madrid en vez de buscar trabajo en la obra más cercana, que está llena de inmigrantes con casco, ganarse el pan y comer algo. Tampoco me gustan los que piden con malos modos o mala sombra, por la cara. Si me van a sacar viruta, pienso, al menos que se la trajinen. No hace mucho, paseando una noche con Javier Marías, nos abordó un sujeto con malos modos y acento extranjero. Al decirle que no, el jambo se puso delante cortándonos el paso y nos soltó: «Maricones». Cuando me disponía a darle una patada en los huevos, Javier se interpuso, metió la mano en el bolsillo y aflojó un euro. «Por perspicaz», le dijo con mucho humor. Fuese el otro, y no hubo nada. Y es que el rey de Redonda es así: pacífico. Y lleva suelto.

A otros, en cambio, si se lo curran, les das la camisa. Es cuestión de oportunidad y de concepto. De arte. El caso más espléndido me ocurrió hace poco en Cádiz. Salía con mi compadre Óscar Lobato de comer en El Faro, en el barrio de la Viña; y cerca de allí había en la acera, junto a un portal, un fulano sentado en un sillón de cretona con cabezal de ganchillo: un sillón casero de toda la vida, sacado afuera, supongo, para que su propietario tomara el fresco. Y el propietario en cuestión estaba a tono: chándal, zapatillas, treinta y tantos años largos, tatuaje carcelario en la mano, un pitillo en la boca. Imagínense la escena, el tipo sentado en el sillón, la ropa tendida, las marujas de charla en los balcones, las palomas picoteando restos de bollicao en el suelo. «Denme argo, caballeros», dijo el fulano cuando pasamos por delante, sin moverse y con mucha educación. Óscar, que es de la tierra, se detuvo ante él, lo miró con una cara muy seria y la guasa en sus ojos de zorro veterano, y comentó: «¿Hace calor dentro, verdad?». Y el del sillón dijo: «Jorrorozo». Óscar introdujo con parsimonia la mano en el bolsillo. «Tú eres de Cádiz, claro», apuntó. Y el otro, sosteniéndole la mirada imperturbable, respondió: «De Cai, zizeñó. Y a musha jonra». Mi compadre le dio un euro, yo otro, y cuando echamos de nuevo a andar, el pavo se puso en pie, fue caminando un trecho detrás, y al cabo lo vimos cruzar la calle y meterse tranquilamente en un bar, a invertir el capital: uno de esos sitios con barriles de cerveza en la puerta, mucho tío dentro, mostrador de cinc y fotos de equipos de fútbol en la pared. Nos lo quedamos mirando, y al fin Óscar, con un suspiro, murmuró: «Cádiz». Y luego, con una sonrisa: «Cómo no le vas a dar. A la criatura».

ARTURO PÉREZ-REVERTE

El Semanal, 13 de noviembre de 2005

miércoles, noviembre 16, 2005

Coloquio Internacional Javier Marías


La editorial Arco Libros acaba de publicar, en su colección Cuadernos de Narrativa, las Actas del Coloquio Internacional que sobre Javier Marías se celebró en la Universidad de Neuchâtel (Suiza), los días 10, 11 y 12 de noviembre de 2003.

JAVIER MARÍAS Y NABOKOV

Los días 24 y 25 de noviembre de 2005 se celebrará en Venecia, bajo el patrocinio de la Università Ca’ Foscari Venezia, el coloquio internacional “Nabokov. Un’eredità letteraria”.
El viernes 25, a las 15 horas, la catedrática Elide Pittarello pronunciará la conferencia “Rewriting Nabokov: The Short ‘Lolita’ of Javier Marías”.

Auditorium Santa Margherita
Dorsoduro 3689 Venezia

lunes, noviembre 14, 2005

LA ZONA FANTASMA. 13 de noviembre de 2005. Vida y muerte literaria

Llevo treinta y tres meses escribiendo en esta página, y empiezo ya a disculparme, ante los lectores memoriosos, por volver a tratar temas de los que me he ocupado. Pero la realidad es insistente, las cosas no suelen cambiar, y a veces, puesto que los hechos se repiten, no queda más remedio que prestar atención a su persistencia. Hace casi dos años hablé de un premio literario, el Ciudad de Torrevieja, para mí entonces desconocido, al que prensa y televisión habían dedicado amplio espacio, a la postre por un solo motivo: por ser “el mejor dotado económicamente después del Planeta”, con 360.000 euros. Según el alcalde del lugar, había sido creado para “intentar cambiar la imagen de la ciudad, asociada al turismo de masas” (y al parecer, más recientemente, al de mafias). Por eso titulé aquel artículo “La literatura como jabón y lavado”.

Este año no sólo la nueva adjudicación de ese premio ha estado teñida de polémica, sino también la del “mejor dotado”. En el primero, el presidente del jurado, Caballero Bonald, hizo expreso su voto contrario a la novela ganadora, a la que tildó de “ideológicamente detestable”. Desde mi punto de vista literario, eso no sería por fuerza un factor que invalidara la calidad del libro. Leo, sin embargo, en el diario El Mundo, ideológicamente próximo al autor premiado (un locutor de la radio episcopal), que éste, “según el registro editorial legal, ha publicado, entre 2004 y 2005, la insólita cantidad de veintisiete obras (algunas de considerable volumen)”. Veintisiete. Más de una al mes, se darán cuenta. Como yo llevo publicando desde los diecinueve de edad, y sé lo que cuesta escribir un solo libro que uno juzgue aceptable –y uno es su juez más benévolo–; y como sé asimismo el tiempo que lleva teclear páginas, aunque se esté sólo copiando –pasando a limpio–, sólo me cabe pensar en tres opciones: o el nuevo Premio Torrevieja tenía los cajones abarrotados de textos viejos, redactados a lo largo de una no corta vida, que los editores del país han decidido publicarle al unísono tras decenios de rechazárselos; o bien es un prodigioso caso de dedos rápidos y hay que llevárselos sin tardanza a los laboratorios, así como convencerlo a él para que los done en su día al Museo de las Ciencias; o bien no escribe solo sus piezas, que a este paso dejarán pálido al Tostado. Sea como sea, lo que sé es que no perderé el tiempo con una novela quizá escrita a la vez que otros veintisiete libros, por muy dotada que esté, económicamente hablando.

En cuanto al premio que supera a todos en ese aspecto, el Planeta (600.000 euros, creo), ya saben que uno de los jurados, Juan Marsé, sin duda uno de nuestros mejores novelistas y hombre que suele decir lo que opina más allá de “diplomacias”, habló de la baja calidad de los candidatos y se lamentó de que hubiera que galardonar “al menos malo”. Hay que agradecérselo, en un mundillo de decorados. Lo que no acabo de entender es que él y otros escritores dignos se presten a participar en estas comedias. Porque raro es el premio literario, o más bien concurso (es decir, aquellos a los que hay que presentarse), que no sea en España una pequeña o gran farsa. No ya hoy, sino desde hace tiempo. El ganador del Planeta de 1993, por ejemplo, compitió bajo pseudónimo. Era una novela que transcurría en los Andes y cuyo personaje principal se llamaba Lituma, nombre de un personaje aparecido años antes en una obra de Vargas Llosa, ¿Quién mató a Palomino Molero? El jurado, sin embargo, no se dio cuenta de semejantes coincidencias, y cuando se abrió la plica con el verdadero nombre del vencedor, ¡oh, sorpresa!, resultó ser Vargas Llosa por Lituma en los Andes, quién lo hubiera imaginado. (Como si los hubiera pillado de nuevas que Conan Doyle se escondiese tras una novela pseudónima con Holmes y Watson.) Vargas presume de persona recta, y probablemente lo sea. Lo era Benet y lo es Savater, amigos míos, y ambos quedaron finalistas de ese premio. No sé, es como si en estos asuntos se produjera una relajación generalizada, y no costara olvidar que unos quinientos autores optan siempre a estos concursos, con ingenuidad y buena fe muchos de ellos.

Si a esto añadimos la fuerte tendencia de las últimas temporadas, en los premios a los que no hay que presentarse (los que se otorgan a obras publicadas en el año de turno), a recompensar a escritores recién y oportunamente muertos … Seguramente lo habrán merecido todos y cada uno de ellos, pero la reiteración excesiva difícilmente parece casual y no puede por menos de dejarle a uno la impresión de que los jurados piensan: “Ya que tenemos que premiar a alguien, que por lo menos sea uno que no va a poder disfrutarlo”. Marsé discutió en público con la ganadora del Planeta, y vino a decirle que no confundiera la literatura con la vida literaria. Y en efecto, aquélla está cada día más suplantada por ésta, pero tal vez a Marsé se le olvidó añadir hoy: “por la vida y la muerte literaria”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de noviembre de 2005

miércoles, noviembre 09, 2005

THE NEW YORKER

Audiolibro


Punto de Lectura acaba de editar un audiolibro con tres cuentos de Javier Marías, leídos por el propio autor. Se trata de No más amores, Cuando fui mortal y Menos escrúpulos. El CD se regala por la compra de dos libros del escritor, publicados en esta editorial.

Cuadernos de Narrativa

El día 11 de noviembre, a las 7 de la tarde, en la Sala María Zambrano del Círculo de Bellas Artes de Madrid, la editorial Arco Libros presenta las monografías sobre Javier Marías, Luis Mateo Díez y José María Merino que constituyen los tres primeros volúmenes de la colección Cuadernos de Narrativa.
Con la participación de Lidio Nieto Jiménez, Irene Andrés Suárez, Ana Casas, Luis López Molina, Luis Mateo Díez, José María Merino, Juan José Millás, Álvaro Pombo y Javier Marías.

lunes, noviembre 07, 2005

LA ZONA FANTASMA. 6 de noviembre de 2005. Epidemia

Es algo agotador. Cuantos escribimos en prensa lo sabemos bien, y estamos acostumbrados, qué se le va a hacer si mucha gente se empeña en tomar la parte por el todo, el ejemplo por la norma, el caso por el emblema. Uno critica una decisión judicial (o varias, tanto da), y recibe cartas muy indignadas de jueces diversos que, de manera harto alarmante, se han dado por aludidos; uno menciona lo desconsiderados que son algunos guías turísticos con sus altavoces desproporcionados, y le llegan misivas de colegas suyos tremendamente ofendidos y que exigen “respeto para su profesión”; uno habla de ciertos jóvenes que causan destrozos y gritan como desaforados a las cinco de la mañana, y un buen número de “coetáneos” le escupen sus quejas y le comunican que ellos no se comportan así (y si no lo hacen, se pregunta uno, ¿por qué se han sentido agraviados?); uno cuenta sus dificultades para mandar un libro a una cárcel y le llueven furibundas protestas de funcionarios de prisiones (los llamaré por esta vez como ellos quieren), que lo insultan por “denigrar su sacrificado oficio”; uno, en fin, utiliza coloquialmente el término “soplagaitas” y le caen considerables broncas por parte de los gaiteros; y si opta con guasa por “soplador de vidrio”, entonces son los de este menguado gremio quienes se enfurecen. Y así hasta el infinito. Es lo que se llama corporativismo o gremialismo, una de las reacciones más nocivas y corruptas que en verdad puedan darse. Porque equivale a amparar cualquier abuso, cualquier ilegalidad o delito, cualquier grosería y cualquier daño cometidos por alguien del cuerpo o gremio de que en cada ocasión se trate. Si la denuncia o la crítica de la mala práctica de uno son tomadas por ofensa a todos, se está justificando al infractor, o al estafador, o al chulo, o al necio, y se lo está animando a que siga, a que no se enmiende, que aquí estamos todos tus troncos para defenderte, aunque tu proceder haya sido indefendible. A eso se lo llama corrupción o compadreo, no hay otro nombre.

Pero lo más agotador no es eso, o a eso ya se está hecho, como he dicho. Lo más agobiante, y lo que día a día se extiende y crece, es lo que podría denominarse “corporativismo geográfico”, y esto no es sólo nocivo y corrupto, sino que además posee un componente irracional y fanático (tanto como el corporativismo religioso) y es extremadamente peligroso. En los últimos años he censurado a menudo a la administración de Bush Jr, y a raíz de ello me he encontrado con compatriotas suyos que, al oírme elogiar algo de su país (a un escritor, a un músico, hasta una tradición ya remota), se han sorprendido y aun escandalizado: “Creía que no te gustaban los americanos” (así, en general y en universal). Un día acusé de cicatería a varios suplementos de libros latinoamericanos, y ya me han salido periodistas chilenos o argentinos que en respuesta se han metido con … España … y Europa; dicho sea de paso, errando del todo el blanco, porque soy el primero en admitir que en mi país y en mi continente se practica la cicatería, lo cual no impide que también se practique en casi todos los demás sitios. Otro domingo, de pasada, tildé de estúpida o sandia la llamada tomatina de un pueblo de Alicante o Valencia (ya me dirán: se compran y se desperdician –no es que sobren– toneladas de tomates para que la muchachada se embadurne con ellos y se los tire al prójimo), y no me han faltado injurias por “despreciar” a ese pueblo y a la región valenciana entera: demasiadas personas no diferencian entre llamar a un lugar estúpido –nunca se me ocurriría– y comentar que sus habitantes y visitantes se conducen estúpidamente un día al año (desde mi discutible punto de vista, no debería ser necesario añadirlo). Es una verdadera plaga, y hasta en un lugar como Madrid, tradicionalmente a salvo de las susceptibilidades patrióticas, se me reprocha que señale el calamitoso estado de la ciudad, innegable, debido a sus locas obras. “Cómo ataca usted a mi ciudad”, me riñen, olvidando que también es la mía y que al denunciar la actual situación (bueno, ya vieja), lejos de atacarla la estoy defendiendo.

Podría no acabar nunca con los ejemplos, pero los agotaría a ustedes.

La pérdida de la ligereza y del sentido del humor son en sí graves. Pero más lo es que tanta gente no sea capaz de ver lo malo que hay en todas partes, esto es, cada cual en la suya, grande o chica, continental o aldeana. Llevo semanas absteniéndome de decir que el proyecto de Estatuto salido del Parlamento catalán me parece que contiene cosas justas y razonables, pero que también está teñido de vanidad, frivolidad y puerilidad. Supongo que ya adivinan por qué me he abstenido, es sólo un ejemplo. Si manifestara eso, no me estaría metiendo con Cataluña, a la que tengo agradecimiento y mucho admiro, sino con sus políticos vanidosos, frívolos y pueriles, que, por mucho que hayan sido elegidos, y que les gustara serlo y aun lo pretendan, no son ni serán jamás “Cataluña”. Pero quién explica eso hoy, convincentemente, en medio de esta imparable epidemia de corporativismo geográfico.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal
, 6 de noviembre de 2005

jueves, noviembre 03, 2005

Colección Entrevistos

El escritor Javier Marías, la humorista Maitena y el diseñador de zapatos Manolo Blahnik son los primeros en pasar por el confesionario que ha montado el sello Erre que Erre a través de su colección "Entrevistos". Entrevistas en profundidad sobre lo humano y lo divino.

Quizás por el malentendido de considerar el periodismo como un género menor en su odiosa comparación con la literatura, la entrevista nunca ha gozado en España del reconocimiento, que, por ejemplo, ha recibido en el mercado editorial anglosajón, donde los libros que las reúnen cuentan con un cierto predicamento. Erre que Erre pretende aportar su grano de arena a la normalización de la situación con la salida al mercado de las tres primeras entregas de su colección "Entrevistos", encomendadas a Elide Pittarello, Esther Tusquets y Elsa-Fernández Santos.

Javier Marías

Pittarello, profesora de la Universidad de Venecia, es la encargada de conversar con el rey de Redonda.
La frase: "Se considera que amar es algo muy bueno en sí mismo. Hay la idea casi universalmente aceptada de que amar es lo mejor que le puede pasar a nadie. Esto es muy relativo. Amar no es ningún mérito. No es en sí mismo ni bueno ni malo, puede ser estupendo y puede ser un horror. Otra cosa para mí muy negativa y casi universalmente aceptada es que el sufrimiento en sí mismo tiene mérito. La palabra mérito no es la adecuada. El sufrimiento puede ser digno de compasión, pero mérito en sí mismo no tiene."

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SAMUEL PICOT

Qué leer, noviembre de 2005