lunes, febrero 27, 2006

LA ZONA FANTASMA. 26 de febrero de 2006. Entérenlos

(Continuación del pasado domingo)

Más o menos por las mismas fechas en que, como dije hace una semana, Chirac hablaba de lanzar ataques nucleares con alegría y Berlusconi facultaba a los italianos para pegar tiros a mansalva, la Ministra de Inmigración de Holanda, Rita Verdonk, proponía que todos los ciudadanos hablen sólo holandés en la calle, en busca –eso se atrevió a añadir– de una mayor “armonía social”, como si las imposiciones y las prohibiciones hubieran obrado a favor de eso alguna vez en el mundo. Soy de los que creen que a los inmigrantes les conviene enormemente manejarse en el idioma del lugar en el que han decidido vivir, de la misma manera que les trae gran cuenta estar al tanto de sus costumbres y leyes y respetarlas. Y nada me parece tan pánfilo como esas voces que claman por el “multiculturalismo” (horrenda palabra) a toda costa, y por la consiguiente proliferación de ghettos y de burbujas étnicas, raciales o religiosas en nuestras ciudades, que ya se producen de forma bastante natural, y seguramente inevitable, como para además propiciarlas. Ahora bien, si hay algo libre, y que lo debe ser a todo trance, es el pensamiento, seguido de su inseparable compañera la lengua. Y esa señora Verdonk ni siquiera se da cuenta de que con su ridícula propuesta está pidiendo limitar o abolir la mayor libertad de todas, que es la del habla. Ya vivimos eso en España durante el franquismo, cuando muchos catalanes eran llamados al orden, si no represaliados, por emplear en la vía pública una de sus dos lenguas, la catalana. Por tratarse de una represión menor en comparación con tantas otras, a este atropello no se le ha dado la debida importancia, siendo como fue, desde un punto de vista cualitativo, uno de los más graves a la libertad durante aquel periodo funesto, como lo son ahora, cuando se dan, los contrarios, es decir, las ocasionales cortapisas que se ponen en Cataluña a la expresión en castellano. Así que esa señora Verdonk resulta ser una mezcla de Franco y de Carod-Rovira, pero ni siquiera lo sabe.

En cuanto a Gran Bretaña, la lista de disparates y de atentados contra las libertades del Gobierno de Blair no tiene fin, así que fijémonos sólo en uno reciente y “leve”: bajo el lema name and shame (nombre y vergüenza), se pretende que la policía publique las identidades de quienes contratan los servicios de las putas callejeras, cuando la prostitución no es ilegal en el país. Tras semejante iniciativa hay una mentalidad que aspira a controlar, restringir y hacer públicas las actividades privadas de los ciudadanos, esto es, a privarlos de privacidad. Bajo el mismo lema, por qué no, las autoridades podrían decidir cualquier día que se conozcan los nombres de quienes se masturban, fuman, felacionan o se hurgan la nariz al volante de sus coches, por poner ejemplos variados e inocuos.

Nuestro país, por supuesto, no se libra de esta ola de inconsciencias. Por lo menos desde el 2000, cuando Aznar consiguió la mayoría absoluta, sabemos que el Partido Popular, al igual que Berlusconi, no tiene ni idea de en qué consiste gobernar democráticamente (una cosa es llegar al poder por la vía democrática y otra seguir siendo esto último una vez alcanzado aquél), y ahora lleva dos años demostrando que tampoco sabe ejercer así la oposición. Su penúltimo invento es tratar de convocar un referéndum contra el nuevo Estatuto catalán … en cuya pregunta eso ni se menciona. Rajoy ni siquiera se da cuenta de que con esto incurre en una falacia y en un engaño equiparables a los de Batasuna cada vez que intenta convertir en votos a su favor los votos en blanco y las abstenciones de las elecciones vascas.

Pero resulta que el Gobierno socialista tampoco repara en cómo se salta a la torera las libertades, y hasta sus propias leyes si éstas no salen como él desea. La fanática Ministra de Sanidad, Salgado, jugó a dejar libertad, en su ley antitabaco, a los dueños de bares y restaurantes de cien metros o menos para que decidieran si en ellos se permitía fumar o no. Pero al mes de entrar en vigor dicha ley, y al comprobar con disgusto que esos dueños no hacían con su libertad lo que ella –y Zapatero– querían que hicieran, decide que su ley ya no es tan buena, y anuncia que dentro de un año irá “un paso más allá” si esos insubordinados ingratos no se pliegan. Ni ella ni Zapatero parecen caer en la cuenta de lo que están diciendo y haciendo: otorgar una libertad de boquilla, sujeta a que sus usuarios la ejerzan al gusto de Salgado y Zapatero. Más o menos lo mismo que algunos dictadores han hecho cuando han necesitado aparentar una legitimidad que no tenían, y a sus sojuzgados les han dado a entender lo siguiente: “Pueden ustedes votar libremente, pero las elecciones sólo serán válidas si me votan a mí. Si no, quedarán anuladas, por desagradecidas e irregulares”.

Cuando los políticos –y ya ven que es una plaga– ni siquiera se dan cuenta de lo que hacen y dicen, es hora de expulsarlos, cambiarlos o reeducarlos, y en todo caso de enterarlos. Como creo que son necesarios, yo prefiero las dos últimas cosas. Pero, sea como sea, las cuatro están sólo en manos de la ciudadanía. No se crucen de brazos, por favor: entérenlos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de febrero de 2006

domingo, febrero 26, 2006

Redonda en Match du monde: L'utopie est un royaume


Jon Wynne-Tyson (Juan II) en lo más alto de Redonda, en su expedición a la isla en 1979

La revista francesa Match du monde, en su número dedicado a América (marzo-abril 2006) ofrece un reportaje de Cristina Romero sobre la isla de Redonda, su dinastía literaria, y una entrevista con Xavier I.

martes, febrero 21, 2006

Curvas de nivel Jordi Doce [ARTICULOS | 1997-2002]

En Oxford


Para alguien de mi generación empieza a ser imposible hablar de Oxford sin echar mano de Todas las almas de Javier Marías, novela o memoria en clave sobre su estancia como lector en esta universidad esquiva donde vida y ficción se entremezclan y alimentan mutuamente. El libro de Marías, con o gracias a sus evidentes exageraciones, se ha convertido en guía de un territorio irreal, nunca definido del todo, semejante a un escenario donde la ficción teatral dependiera no tanto de los protagonistas como del silencio cómplice y deliberado de los figurantes. Que los figurantes (estudiantes, lectores, invitados) seamos mayoría refuerza esa primera imagen y explica, por lo demás, nuestra obligada condición de aves de paso. Las leyes y hábitos que rigen este territorio tienen algo de reglas de juego que muchos aceptan y siguen con alegría, pero también con las facultades críticas adormecidas por el asombro y la curiosidad. Pasado el primer destello cegador, ese umbral de ignorancia provinciana que nos lleva a medir cada gesto en las cenas de gala o a exhibir nuestro mejor inglés con necia pedantería, empezamos a ver grietas en el decorado y a notar que algunos de los actores principales no saben o no quieren estar a la altura de la obra. Como un espejo deformado que corrigiera las deformaciones del original, la novela de Marías relata con ingenio paródico esta decadencia progresiva de rituales y usos, esta lepra de escepticismo que ha alcanzado a muchos dons y fellows demasiado conscientes de estar ensayando un papel vacío y algo ridículo en su anacronismo. Pero las reglas y hábitos persisten, como persiste la ilusión de orden en esa imposible cena bufa que reúne a los diversos personajes de la novela en un sostenido descenso a la ebriedad y la inconsciencia. Resulta curioso e incluso paradójico que Marías se despojara de su atrezzo culturalista y sus estrategias de distanciamiento al escribir sobre esta "ciudad de almíbar", como él la describe. Lejos quedan las ficcciones librescas y un punto amaneradas de El siglo y El hombre sentimental, donde el cuidado de la prosa no esconde la inanidad de lo relatado. Todas las almas es, por el contrario, una novela necesaria, que es como decir que el lector la siente necesaria y comparte la urgencia que llevó al autor a escribirla. La ironía ya no es aquí una afectación del estilo sino una manera de hacer justicia al relato, de que no derive en elegía o incluso melodrama. Pareciera que, enfrentado a la irrealidad de Oxford, Marías (o su narrador, es difícil deslindarlos) hubiera tomado conciencia de su propia e ineludible singularidad: a esto se refiere el narrador, tal vez, cuando comenta el sentimiento de "perturbación" que acompañó su estancia de dos años en Oxford y que de un modo u otro veló sus acciones. Mientras camina uno entre las fachadas de los colleges con la impresión de haber entrado en alguno de los libros o películas que tanto han hecho por moldear nuestra imagen de la ciudad, cuesta no sustraerse al mito y mantener a la vez plena conciencia de lo que somos. Pero lo ficticio de ese mito y la fragilidad del decorado que nos rodea nos hacen sentir como nuestra lejanía de la ciudad, lo imposible que resulta entenderla o abarcarla en toda su complejidad.(...)

lunes, febrero 20, 2006

THE WASHINGTON POST: Writen lives, by Javier Marías

An acclaimed Spanish novelist offers quirky portraits of famous writers

It's difficult to be moderate about the charm of these brief portraits of Rimbaud, Turgenev, Rilke, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Robert Louis Stevenson, Isak Dinesen, Djuna Barnes and a dozen other literary eminences. "The one thing that leaps out when you read about these authors," writes the acclaimed Spanish novelist Javier Marías, "is that they were all fairly disastrous individuals; and although they were probably no more so than anyone else whose life we know about, their example is hardly likely to lure one along the path of letters." That wry sense of amusement characterizes Marías's approach. Though he acknowledges the artistic greatness of his chosen writers, he prefers to point out and relish their personal oddities, all those quirks, eccentricities and obsessions that make them neurotically and sometimes pitiably human.

Occasionally the stories he tells may be familiar, but Marías -- or rather Marías in Margaret Jull Costa's delicious, slyly ironic English -- brings his own light touch to their telling. Henry James, he reminds us, took against Flaubert and Rossetti because they received him in their work smocks:

"On the other hand, [James's] enthusiasm for Maupassant knew no bounds, again thanks to a single visit: the French short-story writer had received him for lunch in the society of a lady who was not only naked, but wearing a mask. This struck James as the height of refinement, especially when Maupassant informed him that she was no mere courtesan, prostitute, servant, or actress, but a femme du monde , which James was perfectly happy to believe."

Once Arthur Conan Doyle, who was known to get into fistfights when young and who identified with knights of old, was traveling by train through South Africa:

"One of his grown-up sons commented on the ugliness of a woman who happened to walk down the corridor. He had barely had time to finish this sentence when he received a slap and saw, very close to his, the flushed face of his old father, who said very mildly: 'Just remember that no woman is ugly.'"

Throughout, Marías tosses off the sort of facts and turns of phrase that linger in the mind: Kipling's "The Man Who Would be King" was the favorite story of both Faulkner and Proust. "The death of Yukio Mishima was so spectacular that it has almost succeeded in obliterating the many other stupid things he did in his life." Joseph Conrad's "natural state was one of disquiet bordering on anxiety." Violet Hunt, at age 13, offered herself to John Ruskin, later refused a marriage proposal from Oscar Wilde, seduced the homosexual Somerset Maugham, was seduced by H.G. Wells and lived for some years as the putative wife of Ford Madox Ford. Marías reminds us that William Faulkner, who once worked for the University of Mississippi post office, hated to be interrupted in his reading by "any son-of-a-bitch who had two cents to buy a stamp." He goes on:

"Perhaps that is where the seeds were first sown of Faulkner's evident aversion to and scorn for letters. When he died, piles of letters, packages and manuscripts sent by admirers were found, none of which he had opened. In fact, the only letters he did open were those from publishers, and then only very cautiously: he would make a tiny slit in the envelope and then shake it to see if a cheque appeared. If it didn't, then the letter would simply join all those other things that can wait forever."

In his preface, Marías notes that he generally writes with "affection and humour," though he confesses that he feels very little of the former for James Joyce, Thomas Mann and Yukio Mishima. The chapter on the self-important Mann is a comic masterpiece:

"Any writer who leaves behind him sealed envelopes not to be opened until long after his death is clearly convinced of his own immense importance, as tends to be confirmed when, after all that patient waiting, the wretched, disappointing envelopes are finally opened. In the case of Mann and his diaries, what strikes one most is that he obviously felt that absolutely everything that happened to him was worthy of being recorded. . . . [The diaries] give the impression that Mann was thinking ahead to a studious future which would exclaim after each entry: 'Good heavens, so that was the day when the Great Man wrote such and such a page of The Holy Sinner and then, the following night, read some verses by Heine, that is so revealing!' "

Most of these pages, adds Marías, chronicle the state of Mann's stomach and bowels or include plaintive entries like: "Sexual disturbance and disturbance in my activities when faced by the impossibility of refusing to write an obituary for Eduard Keyserling." Other entries make clear the married Mann's attraction to muscular youths, such as "a healthy young fellow with golden hair" or a young gardener, "beardless, with brown arms and open shirt," who gave the writer "quite a turn."

According to Marías -and it's hard to argue with him- Malcolm Lowry, author of Under the Volcano , seems "to have been the most calamitous writer in the whole history of literature." An alcoholic, he was known to drink shaving lotion and his own urine. Shortly after their marriage, his first wife started going off with other men, once climbing onto a bus in Mexico "to spend a jolly week with some engineers." He tried to strangle his second wife. Twice. And he had lots of trouble with animals, once punching a horse in the ear so that it fell to its knees:

"Even sadder was what happened to a poor little rabbit that he was absentmindedly stroking on his lap while talking one night to the pet's owner and the owner's mother: the rabbit suddenly went stiff; Lowry had broken its neck with his small, clumsy hands. For two days, he wandered the streets of London carrying the corpse, not knowing what to do with it and consumed by self-loathing."

Isak Dinesen, we're reminded, married Bror Blixen, who promptly infected her with syphilis, though she took a long time before divorcing him. Here the urbane author of All Souls and Your Face Tomorrow injects one of those observations about life that seem so insightfully European: Dinesen's "husband was the twin brother of the man she had loved from girlhood, and bonds formed through a third party are perhaps the most difficult to break." He continues:

"Having syphilis obliged her, early on, to renounce sex, and seeing that there was no help to be had from God and bearing in mind how terrible it was for a young woman to be denied 'the right to love,' Isak Dinesen promised her soul to the Devil, and he promised her, in return, that everything she experienced thenceforth would become a story. That, at least, is what she told a non-lover."

Though he envies the cheerful humanity of Laurence Sterne, the character that Marías most obviously adores is the caustic, illusionless Madame du Deffand, best known today as one of the world's great letter writers, her correspondents including Voltaire and, above all, Horace Walpole. "In both youth and maturity," writes Marías, she "had known no weak passions, only overwhelming ones." He tantalizes with accounts of her early life:

"During her youth, having already been married and almost immediately separated ('Feeling no love at all for one's husband is a fairly widespread misfortune'), she had taken part in a number of orgies, to which she had doubtless been introduced by her first lover, the regent Philippe d'Orléans."

Madame du Deffand's wit is still celebrated in France. When a priest marveled at the miracle of St. Denis, who had managed to walk after his beheading all the way from Montmartre to the church that now bears his name, she answered: "The distance does not matter, it is only the first step that is difficult." She once forthrightly announced, "I find everyone loathsome." She could also be optimistic and trusting, in her fashion: "One is surrounded by weapons and by enemies, and the people we call our friends are merely the ones we know would not themselves murder us, but would merely let the murderers have their way."

As I say, this is a delightful volume. Marías closes it with a longish piece about his collection of portrait postcards of writers, meditating on what the various images mean to him: The young Gide, he concludes, looks like "a professional duellist"; T.S. Eliot like "a man who has spent decades combing his hair in exactly the same way." But let me finish with Marías's reflections on a photograph of Rilke:

"Rilke does not have the face one would suppose him to have, so delicate and unbearable was he in his habits and needs as a great poet. . . . His face is frankly dangerous, with those dark circles under deep-set eyes, and the sparse, drooping moustache which gives him a strangely Mongolian appearance; those cold, oblique eyes make him look almost cruel, and only his hands -clasped as they should be, unlike Conrad's indecisive hands- and the quality of his clothes -an excellent tie and excellent cloth- give him some semblance of repose or somewhat mitigate that cruelty. The truth is that he could be a visionary doctor in his laboratory, awaiting the results of some monstrous and forbidden experiment."

One glance at Rilke's picture and you'll see that Marías's description is exactly right.

MICHAEL DIRDA

The Washington Post, february 5, 2006

LA ZONA FANTASMA. 19 de febrero de 2006. Ni siquiera se dan cuenta

Las situaciones de conflicto que tienen peor arreglo, con amigos o con conocidos, son aquellas en las que llegamos pronto a una conclusión desesperante, y nos decimos del ofensor, o del grosero, o del abusón, o del iracundo, o del jeta: “Es que ni siquiera se da cuenta”. Esos personajes tienen tan interiorizados su complejo de superioridad (más bien de inferioridad), o su mala educación, o su creencia de que todo les es debido, o su irascibilidad, o su propensión a exigir, que ni siquiera se dan cuenta de que han cometido un agravio. Así, el agraviado espera pacientemente una rectificación o unas disculpas, pero nunca las recibe, porque el otro está tan pagado de sí y se ve a sí mismo tan poco, que es incluso capaz de actuar como si nada hubiera ocurrido y de mosquearse si nota frialdad o una actitud esquiva en quien padeció su afrenta o su arrebato de cólera o sus imperdonables impertinencias. A éste se le ofrecen tres opciones: puede quejarse del exabrupto o desconsideración e intentar aclarar las cosas, pero si ya ha llegado a la conclusión mencionada, poco puede esperar de eso, pues lo más probable es que el ofensor se ofenda y en modo alguno admita su falta, y aun que la redoble en vez de dar explicaciones; la segunda posibilidad, y quizá la más frecuente, es aguantarse, dejarlo correr y fingir que no hubo agravio (esto sucede sobre todo cuando hay amistad o parentesco por medio), pero de esa solución tampoco es esperable nada, pues antes o después llevará a buen seguro a un nuevo episodio de lo mismo, y el contemporizador volverá a encontrarse en la encrucijada; la tercera, por último, es dar por imposible a quien ni siquiera se da cuenta, y apartarse de él rápidamente y para siempre.

Todos nos hemos visto más de una vez en situaciones de este tipo, en la vida personal de cada uno. A menudo resulta delicado hacerle ver a quien no está nunca dispuesto a ver fallos propios; señalarle a alguien lo disparatado o erróneo o injusto de sus argumentos; afear una conducta de la que su responsable ni es consciente. Y uno calla y traga por prudencia, exponiéndose a más amargos sorbos, o bien se aleja. Estos comportamientos cautos, sin embargo, resultan peligrosísimos e inadmisibles en la vida pública, no digamos en la política. Cada vez que a un gobernante se le deja pasar una declaración brutal, o una ley estúpida, o una medida arbitraria, o una acción infame, o una nítida trampa, se le está desplegando una alfombra para las siguientes, que se producirán a no dudarlo. Sobre todo cuando dichos gobernantes ni siquiera se dan cuenta de su burrada, o de su atropello, o de su totalitarismo, o de su socavamiento de la democracia. Y en los últimos tiempos, y sin salir de Europa (los Estados Unidos de Bush Jr. son ya un caso perdido), hemos tenido, en diferentes países, actuaciones tan imbéciles, degradantes, despóticas, fraudulentas o directamente salvajes que lo que no se entiende es que quienes han incurrido en ellas no hayan caído fulminados por las opiniones públicas ni se hayan visto obligados a dimitir de sus cargos. Si nadie se lo dice (y los expulsa), ellos están tan ciegos y son tan fatuos que ni siquiera se dan cuenta de lo burros, avasalladores o antidemocráticos que resultan.

En Francia, para empezar, el Presidente Chirac declaró que le parecía lícito recurrir a la utilización de bombas nucleares contra países que fomentaran o ampararan el terrorismo, y que él estaría dispuesto a emplearlas. Tras semejantes criminales palabras, el hombre continúa en su puesto y se ha quedado tan ancho, como si no hubiera anunciado que vería justo cargarse a centenares de miles de personas inocentes –como si no hubieran existido una Hiroshima y un Nagasaki–, con tal de aniquilar a unos cuantos culpables … si es que los aniquilaba, porque éstos suelen escapar de las “operaciones de castigo” contra ellos, que les caen en cambio a unos viandantes. Por su parte, en Italia se ha aprobado una ley que más o menos instaura la de la selva, al permitir a los ciudadanos portar armas y disparar, sin por ello sufrir consecuencias, contra cualquiera no ya que los esté atracando, sino que ellos juzguen que “amenaza” a sus personas o a sus bienes. Con esto tenemos un país demente en el que se prohíbe fumar, pero no meter cuatro tiros, en los espacios públicos. La ley, impulsada por los fascistoides separatistas de Bossi y su Liga Norte (esa gente tan apreciada por Carod-Rovira y los suyos, en la que se contemplan), ha contado con los votos del partido de Berlusconi, un maniático megalómano que jamás ha comprendido el funcionamiento de la democracia, y por los “postfascistas” de Fini (¿conciben ustedes un partido “postnazi” en Alemania?), todos los cuales ni siquiera se dan cuenta, parece, de la incitación que esa ley supone a los ajustes de cuentas “bajo pretexto”, a la historia colectiva, a la paranoia homicida y al aumento inevitable de muertes violentas. Y sin embargo ahí siguen, Bossi, Berlusconi y Fini, al frente del enteramente lunático Gobierno de Italia.

(Continuará el próximo domingo)

JAVIER MARÍAS

El País Semanal
, 19 de febrero de 2006

lunes, febrero 13, 2006

Tres narradores contemporáneos

Suele hablarse, por ejemplo en una reciente colección de la editorial Crítica, de clásicos contemporáneos. Nada tiene que ver esa categoría con el tiempo. Los tres volúmenes que nos ocupan abren la nueva colección «Cuadernos de narrativa» y tratan de tres narradores de hoy que podrían recibir tal calificativo y sin embargo todavía están creando su obra, incluso están en plenitud de tal creación. En el volumen dedicado a Javier Marías, por ejemplo, se estudia el primer tomo de Tu rostro mañana, y se ofrece una nota bibliográfica sobre el segundo. Es decir, no hablamos del clásico como el precipitado de eso que Harold Bloom llamaba «los libros de los siglos», sino que estamos hablando de otra cosa. Quizá pudiera ilustrarlo un formidable ensayo de Frank Kermode dedicado a la noción de clásico. Dice que es aquél que suscita una ininterrumpida conversación de la crítica durante los años siguientes -quizá siglos (eso está por ver)- a su publicación. Esa conversación, advertía Kermode, implica que cada época varía no solamente los contertulios sino también el énfasis, los asuntos, lo que se ha llamado desde Gadamer el «horizonte de expectativas» (idea que popularizó Jauss); en definitiva, la interpretación de aquello que se lee. Pero solamente los libros y autores que suscitan tales modificaciones de horizonte perviven y pueden llegar a ser en rigor clásicos. Georges Steiner iba más allá y le daba la vuelta a la tesis de Kermode: clásico, decía Steiner, no es el libro al [que] siempre volvemos, sino aquél que nos interroga, que nos sitúa a nosotros mismos. Tal cosa la consiguen muy pocos autores. Otros muchos, casi todos, quedan como flor de un día (diríamos, para ser exactos, flor de estantería).

DESDE 1996

Y voy a otro asunto parejo: el del canon. Ciertamente confirmarse como clásico tiene bastante que ver con lo que de modo laxo se llama el Comentario, la Crítica, la Historia de la Literatura, y todo lo que acompaña a la crítica cultural o a la Universidad como instrumentos o vehículos de canonización. Las tesis que una obra reciba, los libros que suscite, los cursos de doctorado que anime, los congresos que propicie, van aminorando la dependencia cada vez más perversa de la literatura (sobre todo de la novela) con el mercado, y permiten que expertos sin otro interés que el histórico y el estético lancen al aire sus interpretaciones. «Al aire» he dicho, pero lo hecho en una Universidad, en un seminario o congreso, puede quedar en el vacío o en el reducido espacio de colegas enterados. Por ello hay que aplaudir la idea, y es lo que me parece más significativo de los tres libros que reseño, de que una editorial comercial, con prosapia en el mundo filológico, dé su cobertura a los Cuadernos de Narrativa, una revista publicada por las editoras de los volúmenes, que ejercen en la Universidad de Neuchâtel y que organizan allí cada año, desde 1996 (que abrieron con un volumen de recepción del Quijote), un seminario sobre un autor de prosa narrativa. Tal seminario reúne durante tres o cuatro días al autor mismo (excepto en el caso de Marías, que envió una breve nota), y con él a algunos de los más prestigiosos críticos sobre su obra. A los tres que ahora se editan, correspondientes a los seminarios habidos en 1999 (Luis Mateo Díez), 2002 (Merino) y 2003 (Marías), habría que añadir (y se prometen) los dedicados a Muñoz Molina (1997), Llamazares (1998), Millás (2000), Vila-Matas (2002), Alvaro Pombo (2004) y Cristina Fernández Cubas (2005). No todos los citados tienen igual altura y rango, ni a todos conviene el adjetivo comentado de clásico. Sí a los tres que ahora se reseñan, por lo que ha sido un acierto comenzar la colección con ellos.

Cada uno de los libros y autores merecería una reseña, porque es mucho el interés de cada volumen en particular, con ensayos inencontrables y alguno decisivo para entenderlos, pero me voy a referir a los logros de la colección, a aquello que tienen en común. En especial es formidable la idea de que cada uno de los tres autores abra el libro dedicado a él con unas palabras sobre su propia obra, que se llena en los tres casos de una ironía sabia, aunque en el caso de Marías tengamos que lamentar que se limite a una breve nota sobre las «turbaciones» que su obra genera. Menos mal que Elide Pitarello sí realiza sobre él un ensayo global que vale como poética de su creación en casi toda su obra.

No todos los autores tienen capacidad discursiva, y lucidez o autoconciencia. Los tres señalados son proverbiales por haber construido su obra desde un privilegiado sentido de lo que querían hacer. También es de destacar que una familiaridad tan grande como la que hay entre José María Merino y Luis Mateo Díez se beneficie aquí, en cada volumen, del concurso del otro.

EN MEDIO DE LA BATALLA

Otro rasgo común a los tres volúmenes, que merece ser destacado: la novela española de hoy es un territorio informe, y de difícil acceso, por eso mismo, porque estamos en medio de la batalla, y es realmente ímprobo el esfuerzo por lograr visiones de conjunto. Es decir, tener perspectiva histórica. De ahí la oportunidad de estos tres volúmenes, porque al margen del valor de las contribuciones aisladas de éste o aquel crítico (las hay obviamente de diferente enjundia y quizá convendría seleccionarlas más en el futuro), suponen para estudiosos y lectores cultos interesados la oportunidad de tener una introducción suficiente a la obra del autor, pero sobre todo una bibliografía muy puesta al día que le permite ir cómodamente a su estudio con garantías. Eso es un gran servicio, que permitirá a muchos estudiosos de este tronco denominado hispanismo contar con una herramienta útil para que aquello que llamamos crítica e historia salga tanto del reducto universitario de especialistas como la novela de los espacios fungibles del mercado. Podremos así separar el grano de la paja.

JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS

Abc de las artes y las letras, 11 de febrero de 2006

LA ZONA FANTASMA. 12 de febrero de 2006. Y el recuerdo largo

A mediados de enero nos reunimos en Berlín, invitados por el Comité Cultural del próximo Mundial de Alemania, unos cuantos escritores europeos aficionados al fútbol, y durante tres jornadas, a veces acompañados por ex-jugadores, árbitros, federativos y hasta la estrella local del fútbol femenino, Nia Künzer, hablamos de manera algo artificial del deporte que más nos gusta. La manera natural es otra, y no se diferencia en nada de la de cualquier otro aficionado, de la profesión que sea. Es más, conté cómo en un par de ocasiones apuradas (cuasi atracos, cuasi reyertas, cosas normales en ciudad tan pendenciera y bronca como Madrid), saber de fútbol y ser capaz de hablar de él de manera natural había convertido esos malos lances en charlas poco menos que amistosas. La noche en que el Real Madrid perdió ante el Milán por 5-0, hace ya muchos años, hube de salir tarde, y un tipo patibulario me pidió dinero en la calle, con malos modos, y además una cantidad concreta, y además no exigua. Eché mano al bolsillo confiando en sacar el billete adecuado, porque era evidente que la navaja estaba a punto de brillar si no lo hacía, y de llevarse algo más importante; y mientras rebuscaba se me ocurrió decir: “Joder, vaya noche, primero lo del Madrid y ahora esto”. Fue un comentario arriesgado, porque el sujeto podía haber sido del Atleti y haberme atravesado. Pero tuve suerte: el hombre también había padecido delante de la televisión y, tras compartir nuestras cuitas, se conformó con lo que se llamaba “la voluntad” antiguamente: “Nada, nada, lo que te venga bien dejarme”.

Entre los escritores estaban el húngaro Esterházy, los suecos Mankell y Enquist, el inglés Tim Parks, el italiano Riccarelli, y estaba previsto el polaco Kapuscinski, ausente al final por convalecencia. En algún momento se reconoció la muy escasa literatura que hay sobre los futbolistas, lo mismo que el escaso cine, a diferencia de lo que sucede con los boxeadores, por ejemplo. Yo supongo que es debido al carácter tan colectivo del juego, y también a algo indudable: las películas o libros más o menos biográficos de deportistas, actores, cantantes, compositores y artistas en general suelen ser plomíferos, y responden a un patrón casi invariable: un inicio divertido que relata los primeros pasos del biografiado y su lucha por el éxito, una parte central de conflictos y envanecimientos, y una final a menudo deprimente, con el héroe convertido en piltrafa por culpa del desamor, el alcohol, las drogas o la decadencia profesional, y la consiguiente pérdida del favor del público. Recuerdo soporíferas películas sobre Schumann y Schubert, y Cole Porter (pese a ser Cary Grant quien lo encarnaba), y la cantante Gertrude Lawrence, e Isadora Duncan, y Picasso, y más recientemente sobre Cassius Clay y Ray Charles. Dudo que vaya a ver la que se estrena ahora sobre Johnny Cash, pese a ser un ídolo mío de juventud y madurez.

Y sin embargo los futbolistas, o los deportistas en su conjunto, tienen por fuerza un destino algo trágico. Se retiran como tarde a los treinta y tantos años, una edad juvenil hoy en día, y a la que los escritores suelen ser aún “promesas”. Ha habido entre éstos numerosos casos de enorme fama más tarde desaparecida sin rastro, como entre los demás tipos de artistas. Nadie les asegura el talento a lo largo de la vida entera, y menos aún la fidelidad de los lectores o espectadores, que se cansan pronto. Pero al menos tienen la posibilidad de conservar ambas cosas hasta la vejez extrema. Un futbolista, por el contrario, sabe que no será nunca más de lo que ya fue. Y aún más inquietante: de la mayoría no volvemos a saber nada, una vez abandonan los terrenos de juego. Los que se convierten en entrenadores y siguen en el candelero son una minoría. Aún más escasos los que pasan a ser dirigentes, como Beckenbauer o Hoenness o Butragueño, al que produce cierta melancolía ver en un papel que no le cuadra, como da pena ver a Pelé de figurón en galas o a Maradona en plan locutor televisivo o activista político irreflexivo. Aún más lástima da saber que Puskas ya no reconoce a casi nadie, en su natal Hungría. Pero al menos de ellos algo se sabe, se va sabiendo. Sobre la inmensa mayoría, un gran silencio, roto sólo de tarde en tarde por una noticia trágica, como el suicidio de su compatriota Kocsis, hace ya muchos años, que triunfó en el Barça y acerca de cuya trayectoria “civil” he sentido siempre curiosidad, qué lo llevó a eso. Todos ocuparon portadas, fueron admirados y vitoreados, muchos aficionados vivimos semanalmente pendientes de sus hazañas y bendijimos sus nombres cuando marcaron algún gol decisivo. Hagan lo que hagan luego, los futbolistas están condenados, en plena juventud, a haber sido lo máximo en el pasado, y a un probable futuro olvido, lo cual es como decir que llevan en sus venas la melancolía. Todavía hay muchos escritores que los desprecian, porque les parece vulgar y detestan el fútbol. No se dan cuenta de que, como los héroes antiguos, todos los jugadores son gente novelesca, a su pesar: gente con apoteosis breve, y el recuerdo largo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de febrero de 2006

lunes, febrero 06, 2006

Dos nuevos Duques en el Reino de Redonda: Ian Robertson y Antony Beevor

Antony Beevor, Duke of Stalingrado

Antony Beevor es uno de los más reconocidos especialistas en historia Militar de Europa y autor de éxito.



Más información sobre Antony Beevor en su web


Ian Robertson, Duke of Impertinentes

Ian (Campbell) Robertson is the author/editor of four editions each of Spain, Portugal, and France in the 'Blue Guides' serie of guides for serious travellers to those countries, and also several editions each of Ireland, Cyprus, Austria and Switzerland (from 1971 to 1997).
He has edited reprints of Joseph Baretti's Journey from London to Genova (1970, the first Spanish translation of which was published by Reino de Redonda S. L. in 2005), and the 1st edition of Richard Ford's Hand-Book for Travellers in Spain (1966), both published at the Centaur Press by Jon Wynne-Tyson (Duke of Dulce Inmaculate, later King Juan II) and Ford's Gatherings from Spain(Pallas Athene, 2000).
He is the author of Los Curiosos Impertinentes. Viajeros ingleses por España (1976/7; 2nd edition 1988).Portugal: a Traveller's Guide(1992), A Traveller's History of Portugal (2002), Wellington at War in the Peninsula: an Overview and Guide(2000), Wellington invades France: the Final Phase of the Peninsular War(2003), and Richard Ford 1796-1858: Hispanophile, Connoisseur and Critic(Michael Russell, 2004).

He was born in 1928 in Tokyo, Japan. He was educated at Stowe, later pursuing a career with a number of London publisherr, among them Víctor Gollancz (Grand Duke of Nera Rocca) and specialist booksellers, including Bertram Rota (Duke of Sancho). He now lives in Arles, in Provence, having survived the rigours of Pedraza de la Sierra (Segovia), his previous home.

WRITTEN LIVES



WRITTEN LIVES

English translation by Margaret Jull Costa
Design by Semadar Megged
2006, Great Britain by Canongate Books







Henry James died on the evening of February, 28, 1916, at the age of seventy-two, after a long illness during which he suffered attacks of delirium: one day he dictated two letters as if he were Napoleon, one of them addressed to his brother Joseph Bonaparte, urging him to accept the throne of Spain. Months before, on recovering from the first such attack, he had been able to describe how, when he fell to the floor convinced that he was dying, he had heard in the room a voice not his own saying: "So it has come at last-the Distinguished Thing! "

domingo, febrero 05, 2006

LA ZONA FANTASMA. 5 de febrero de 2006. Un sueño prestado

Aunque no soy nada partidario de las narraciones de sueños, sobre todo si aparecen en una novela o en una película –¿para qué me cuentan esto, si sólo es sueño y estamos ya en una ficción?, me pregunto–, hoy voy a relatar uno reciente de mi hermano mayor Miguel, a quien he pedido permiso y a quien entregaré, descuiden, por lo menos la mitad de lo que perciba por este artículo, en concepto de derechos oníricos. (Y esto no es una novela.)

Fue a los cinco días de la muerte de nuestro padre, que se despidió del mundo el pasado 15 de diciembre, hacia las diez de la mañana. Tal como Miguel me contó su sueño, me pareció que algo de deformación profesional o aficionada había en él, ya que, aunque en realidad es economista, se lo conoce más como crítico cinematográfico, y en su evocación vi “influencias” de Lubitsch (El cielo puede esperar), Powell y Pressburger (A vida o muerte), Mankiewicz (El fantasma y la señora Muir, una de mis favoritas de siempre) e incluso Capra (¡Qué bello es vivir!). Lo cierto es que Miguel veía a nuestra madre, que murió en la madrugada del 24 de diciembre de 1977, sentada en un banco de la Dehesa, como se conoce el bonito parque de la ciudad de Soria, en la que pasamos muchos veranos de nuestra infancia. Mi padre llegaba con sus andares por una de las alamedas y se detenía ante ella, que sostenía sobre su regazo a nuestro hermano Julianín, el mayor de los cinco nacidos, y muerto el 25 de junio de 1949 a los tres años y medio, aunque el niño no se le aparecía a Miguel (el único que llegó a conocerlo) física o corpóreamente; estaba allí, pero no se lo veía. Y entonces mi madre le dedicaba a mi padre un reproche en tono humorístico: “Hay que ver, Julián”, le decía, “mira que tardar casi veintiocho años. No sé si te das cuenta de lo que ha sido estar yo sola tanto tiempo con un niño de tres años. Anda, coge un rato al inquisidor y encárgate de contestar sus preguntas. Ya sabes que a estas edades no paran de preguntar cosas, por qué esto y por qué lo otro. Me tiene agotada”. Mi padre cogía al niño etéreo con su habitual torpeza para coger niños, bien conocida por Miguel, Fernando, Álvaro y yo, los cuatro hermanos vivos: era más o menos como si le pusieran en las manos un montón de platos que no pudiera depositar en ningún sitio. E intentaba justificarse por la tardanza: “No, si yo quería haber venido mucho antes, casi inmediatamente. Pero tú ya sabes lo que pasa, Lolita, se lían las cosas, y había libros que escribir, y la gente se pone muy pesada con esto y con lo otro. Total, hasta ahora no ha habido manera”. Al igual que Julianín, ambos tenían la edad de sus respectivas muertes, así que mi madre, que en vida era un año mayor que mi padre, se aparecía con sus casi sesenta y cinco, y mi padre con sus noventa y uno. “Mira qué gracia”, le decía nuestra madre, “ahora soy mucho más joven que tú. Y sí, ya sé, pero para tus asuntos eres muy impaciente, y para lo de los demás te tomas todo con mucha calma”.

Al cabo de ya muchas noches, lo que recuerda Miguel son retazos, pero por lo visto mi padre informaba a mi madre de lo ocurrido desde su ausencia, y ella, contradictoriamente, por un lado lo escuchaba con interés, y por otro venía a decirle que estaba al cabo de la calle (“No te creas que yo no me entero de nada”). “En algo has fallado”, le reprochaba sonriente, “para que ninguno de los chicos sea religioso”. No me consta de mis hermanos, porque nunca nos preguntamos por cuestiones tan personales; pero creo que algunas amistades pías y chismosas de mi padre criticaron que en las dos misas habidas tras su fallecimiento, ninguno nos acercáramos a comulgar, así que puede. Y mis padres sí eran creyentes, desde luego. “Ya”, contestaba él, “pero son todos bastante buenos”. “También podías haber convencido a Xavier de que se casara, ¿no?”, era el siguiente y guasón reproche de mi madre. “Bueno, ya sabes que siempre fue un poco picaflor; y aunque no cuenta mucho, creo que ahora está bastante emparejado, y con una mujer muy simpática y risueña, yo la he conocido”. “También están emparejados varios nietos”, insistía en chincharlo un poco mi madre, “pero no se casa ninguno”. A lo que nuestro padre respondía incongruente e insinceramente: “Bueno, pero es que ahora sólo se casan los homosexuales”, a lo que nuestra madre, bien informada desde su banco de la Dehesa, le contestaba: “No me vengas con cuentos. Se casan también ellos, pero se sigue casando todo el que quiere”.

Como sucede a menudo en los sueños, había una mezcla de verosimilitud –casi de escena doméstica– y de absurdo. A mí me ha hecho gracia que mi padre apareciera como un poco pillado en falta, aunque sin motivo real, el pobre, y que admitiera su excesivo retraso. Yo no soy religioso, en efecto, pero sí muy cinéfilo, y me gustan mucho las películas que he mencionado y otras de fantasmas y de gente a la que sigue importando lo que ocurre en el mundo que han dejado, así que el sueño de mi hermano me ha divertido y hasta aliviado. Y al fin y al cabo, hay un territorio –por llamarlo algo– en el que los tres, mi padre, mi madre y Julianín, sí se han unido, además de en la misma tumba: los tres son ahora pasado y memoria, y eso al menos comparten. Y no parece tan grave ser pasado, si bien se mira: es un tiempo, o quizá un sitio, lleno de personas interesantes, y también de algunas muy queridas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal
, 5 de febrero de 2006