domingo, abril 30, 2006

Diálogo en Blanquerna: Javier Marías-Eduardo Mendoza

El miércoles 3 de mayo, a las 7,30 de la tarde, en la Librería Blanquerna de Madrid, Eduardo Mendoza hablará de su obra con Javier Marías. El Rey de Redonda y su Duke of Isla Larga conversarán sobre literatura y sobre la última novela de Mendoza.

LA ZONA FANTASMA. 30 de abril de 2006. Botellón de encapuchados

"Ensayan y arman tanto o más ruido que los del 'botellón'"Va convirtiéndose en corta tradición que cada primavera escriba un artículo sobre la Semana Santa. La verdad es que venía ya haciéndolo, más o menos, desde 1995, en otro suplemento dominical que me dio cobijo durante ocho años. Curiosamente, aquellas piezas, que se leían sobre todo fuera de Madrid y Barcelona, no suscitaban tanta indignación como las que hasta ahora han visto la luz en El País Semanal. No sé si es que mis actuales lectores son más dados a la correspondencia, si la repercusión de este periódico es mayor o si es que la Iglesia Católica y sus seguidores están hoy más bravíos e “islamistizados” que hace uno o dos lustros. Lo cierto es que ya es también tradición que me lluevan las cartas furibundas, cuando no llenas de insultos. No me lo explico mucho (o bueno, sí, si pienso en la intolerancia histórica de tantos feligreses): al fin y al cabo, la molestia de un artículo crítico con la Semana Santa es mínima al lado de las infinitas que las procesiones superabundantes nos causan a los no creyentes, o a los miembros de otras religiones, supongo.

Todo es disparatado, año tras año, y el abuso encapuchado va a más, lejos de amainar. ¿Ustedes se imaginan que cualquier otro colectivo, religioso, político, social, sindical, gremial, sexual, deportivo, juvenil, pretendiese lo que la Iglesia consigue, sin que rechiste casi nadie? Los jerarcas y acólitos de esa fe (por otra parte minoría: según las más recientes encuestas, sólo el 14% de los españoles se declaran católicos practicantes) se apropian de las principales y más céntricas calles de todas las ciudades, durante una semana entera. El tráfico queda interrumpido, las actividades normales y las urgencias son mandadas a paseo, los vecinos quedan cautivos en sus casas, y un monumental estruendo de sombríos tambores y trompetas tétricas se apodera del espacio común, impidiéndolo todo durante larguísimas horas (¿por qué las procesiones van a paso de procesión, y tardan cuatro y cinco horas en hacer recorridos que a paso normal llevarían a lo sumo una?). Sí, imagínense por un momento que unas bandas de jóvenes impusieran algo equivalente, siete días seguidos; que quisieran ocupar incesantemente las calles con su percusión y sus metales, con exasperante lentitud para hacer durar más el tormento. Y quien dice bandas de jóvenes dice de cualesquiera otros individuos, asociaciones o congregaciones. A nadie se le permitiría semejante atropello.

Pero es que además el asunto no se limita a la semana en cuestión. Por lo menos desde febrero, vengo divisando desde mis balcones madrileños a grupos de costaleros que, a las once de la noche, ensayan en una plaza cercana, con música ratonil incluida, el traslado en andas de las efigies. Asimismo, en la pequeña ciudad de Soria, en la que de vez en cuando paso unos días, los procesionarios ensayan, desde enero o febrero, en pleno centro, atronando los oídos de unos cuantos vecindarios, sus charangas y fanfarrias por espacio de una hora diaria (!). Veo en la televisión que esto ocurre en todas partes, y que Sevilla se lleva la palma: allí hay una cofradía –pero no será la única– que ensaya su tenebrosa pachanga ciento noventa y cinco días al año, de siete a once de la noche, a razón de cuatro horas por jornada, ¡setecientas ochenta anuales! Al parecer se colocan cerca del Parlamento Andaluz, y son los propios políticos los que están desesperados, de los vecinos ni hablemos. Ante las protestas de los damnificados, vi la respuesta desvergonzada y chulesca de un cofrade de rango: “Mire”, le decía al entrevistador, “aquí había antes un hospital, y si no nos echaron los enfermos no nos van a echar estos diputados”. No sólo le traían al fresco los oídos, la salud y el trabajo de sus representantes y conciudadanos, sino que encima se ufanaba de no haber respetado a unos pobres pacientes, posiblemente durante decenios.

Esta es la frecuente actitud de esta Iglesia hoy “perseguida”, según sus irracionales obispos: egoísta, chulesca, impositiva, desdeñosa, desconsiderada, la Semana Santa por encima de todo y que se aguante todo el mundo. Pero ya se ve que ni siquiera les bastan los siete días famosos. Si por ellos fuera, éstos se ampliarían al año entero, y así lo procuran con sus desmedidos “ensayos”… de algo que llevan repitiendo ya siglos y que no es precisamente música celestial ni una sinfonía de Beethoven. A mí me parece bien que en algunos lugares se hayan adjudicado a los jóvenes espacios en el extrarradio para que celebren allí sus botellones, sin molestar ni ensordecer a nadie. Lo que no veo es por qué no proceden los ayuntamientos de igual forma con los encapuchados y sus “ensayos”. Al fin y al cabo, lo que de verdad quieren es reunirse, alternar y pasárselo bien, lo mismo que los jóvenes. Arman tanto o más ruido que ellos y se tiran aún mayor número de horas dándoles a sus tambores, trompetas y bombos, para suplicio de las poblaciones de España. No veo por qué no se los lleva a todos a praderas alejadas, donde no torturen a nadie. No son distintos de los botelloneros, si bien se mira. Solamente sin alcohol y más siniestros.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de abril de 2006

viernes, abril 28, 2006

DOMINGO 30 DE ABRIL: A LIBRO ABIERTO (V)


Continúa el ciclo A libro abierto en TCM con las películas Doctor Zhivago y Lolita. Javier Marías comparte ante las cámaras su mirada a propósito de una serie de películas de trasfondo claramente literario. A libro abierto es un programa de producción propia y se emitirá a modo de preludio de este ciclo.

lunes, abril 24, 2006

RAY BRADBURY, VI PREMIO REINO DE REDONDA



Fallo del VI Premio Reino de Redonda (2006)


Con fecha de 24 de abril de 2006, el escritor Javier Marías, en nombre del Reino de Redonda, dio a conocer el fallo del VI Premio Reino de Redonda, instituido en 2001 para distinguir anualmente la obra de un escritor o cineasta extranjero –y de lenguas no españolas-, en su conjunto.

En 2001 el Premio fue ganado por el novelista sudafricano J M Coetzee, a partir de entonces “Duke of Deshonra” de este Reino literario. En 2002, por el historiador inglés Sir John Elliot, “Duke of Simancas”. En 2003, por el escritor italiano Claudio Magris, “Duke of Segunda Mano”. En 2004, por el cineasta francés Eric Rohmer, “Duke of Olalla”. Y en 2005, por la cuentista canadiense Alice Munro, “Duchess of Ontario” a partir de entonces.

Este año de 2006, han participado en las votaciones los siguientes miembros del prestigioso jurado:

Pedro Almodóvar, António Lobo Antunes, John Ashbery, Antony Beevor, William Boyd, Michel Braudeau, A S Byatt, Pietro Citati, J M Coetzee, Agustín Díaz Yanes, Roger Dobson, Sir John Elliot, Claudio Magris, Eduardo Mendoza, Ian Michael, Alice Munro, Arturo Pérez-Reverte, Francisco Rico, Ian Robertson, Fernando Savater, Luis Antonio de Villena y Juan Villoro.

Una vez realizado el recuento de las candidaturas (un máximo de tres por parte de cada miembro del jurado), el ganador de la presente edición ha sido el escritor norteamericano RAY BRADBURY, nacido en Waukegan (Illinois) en 1920. La mayoría de sus obras han sido traducidas al español, siendo las más destacadas Crónicas marcianas (1950), Fahrenheit 451 (1953), Las doradas manzanas del sol (1953), El hombre ilustrado (1951), El vino del estío (1957), Remedio para melancólicos (1959) y Las maquinarias de la alegría (1964). También fue el autor del guión cinematográfico de Moby-Dick, la adaptación de John Huston de la celebre novela de Herman Melville.

Autor prolífico de novelas, cuentos y algunos ensayos, está considerado como un verdadero mito en el campo de la literatura fantástica y de ciencia-ficción, y uno de sus mayores innovadores. Su novela Fahrenheit 451 se convirtió asimismo en una película legendaria, realizada por François Truffaut en 1966, hace ya cuarenta años.

El Reino de Redonda, al concederle su Premio, desea destacar que lo merece "por sus extraordinarias narraciones fantásticas, en las que confluyen una inventiva tan original como poética, un profundo talante humanista y un desacostumbrado romanticismo, que le permiten crear verdaderos mitos modernos, y lanzar acertadas visiones de un futuro a menudo amenazado por el riesgo totalitario que trae consigo la idolatría de la técnica deshumanizada".

El escritor galardonado con este VI Premio Reino de Redonda -el primero y único que en España se otorga de manera regular y exclusiva a creadores extranjeros, literarios o cinematográficos-, ha agradecido la concesión con las siguientes palabras:

“Me siento encantado y profundamente agradecido por el honor que se me hace con este Premio Reino de Redonda. Tan sólo desearía poder visitar España de nuevo, ya que mi anterior y breve visita, hará unos quince años, resultó fabulosa. Me inclino por utilizar el título de “Duke of Diente de León”, en referencia a mi novela Dandelion Wine (traducida al español como El vino del estío).

El Premio está dotado este año con seis mil quinientos euros (6.500 E), aportados por la editorial Reino de Redonda, S. L., y con el título de “Duque o Duquesa redondinos” para el ganador. RAY BRADBURY, que en la actualidad tiene ochenta y cinco años, recibe, así, el título de “DUKE OF DIENTE DE LEÓN” y formará parte del jurado del Premio en próximas convocatorias.

Madrid, a 24 de abril de 2006

Javier Marías


BIOGRAFÍA


Ray Bradbury nació el 22 de agosto de 1920 en Waukegan, Illinois. Fue un niño con una gran imaginación, que sufría pesadillas que empezó a contar por escrito a los doce años.

En 1934 la familia se traslada a Los Ángeles, donde finaliza sus estudios en 1938 y completa su formación de manera autodidacta en las bibliotecas. En ese mismo año publica por primera vez en la revista amateur Imagination, el cuento El dilema de Hollerbochen.

En 1939, Bradbury edita su propia revista, Futuria Fantasia, donde casi todas las historias se debían a su pluma. En 1941 publica Pendulum, por la que ya cobra, y en 1942 escribe The Lake, en la que se perfila su propio estilo. A partir de 1943 se dedica ya a escribir profesionalmente, publicando cuentos en diversas revistas. The Big Black and White Game fue seleccionada como Best American Short Stories en 1945.

En 1947 Bradbury se casa con Marguerite McClure -fallecida en 2003-, transcriptora de sus Crónicas marcianas (1950), y ese mismo año publica Dark Carnival, su primera colección de relatos. Artista polifacético, poeta, ha escrito cuentos, novelas, ensayos, obras de teatro (fundó en 1964 el teatro Pandemonium) y guiones para cine -Moby Dick (1956), It came from outer space (1952) Fahrenheit 451 (1967), The Picasso Summer y El hombre ilustrado (1969)- y televisión -Alfred Hitchcock Presenta, The Twilight Zone-. En los últimos tiempos ha abordado el género policial y el relato costumbrista y realista.

Entre su copiosa obra destacan, además de las ya mencionadas: El hombre ilustrado (1951), Fahrenheit 451 (1953), Las doradas manzanas del sol (1953), Remedio para melancólicos (1959) y Las maquinarias de la alegría (1964).

Bradbury vive actualmente en California, donde sigue escribiendo. Desea que al morir sus cenizas sean enviadas en una lata de sopa de tomate a Marte.

Posee numerosos premios, como son: el Benjamin Franklin, el Julio Verne en diferentes años, el Bram Stoker en tres categorías, es Gran Maestro de la Asociación de Autores de Ciencia Ficción americanos, y en 1999 recibió el SF Hall of Fame por toda su carrera.

El VI Premio Reino de Redonda se le concede “por sus extraordinarias narraciones fantásticas, en las que confluyen una inventiva tan original como poética, un profundo talante humanista y un desacostumbrado romanticismo, que le permiten crear verdaderos mitos modernos y lanzar acertadas visiones de un futuro a menudo amenazado por el riesgo totalitario que trae consigo la idolatría de la técnica deshumanizada”. Bradbury recibe el título de Duke of Diente de León, en referencia a su novela Dandelion Wine (1957), traducida al español como El vino del estío. En honor a este libro un astronauta de las misiones Apollo bautizó un cráter lunar con el nombre de "Cráter Dandelion".


Escritor norteamericano Ray Bradbury, Premio Reino de Redonda


El escritor norteamericano Ray Bradbury, autor de Fahrenheit 451 (1953), ha sido galardonado con el VI Premio Reino de Redonda, creado en 2001 por la editorial del mismo nombre del escritor Javier Marías para distinguir anualmente la obra de un escritor o cineasta extranjero y de lengua no española.

El fallo se ha dado a conocer en un comunicado en el que se señala que la mayoría de las obras del premiado han sido traducidas al español.

Entre estas obras destacan, además de Fahrenheit 451, Crónicas marcianas (1950), Las doradas manzanas del sol (1953), El hombre ilustrado (1951), El vino del estío (1957), Remedio para melancólicos (1959) y Las maquinarias de la alegría (1964).

También fue el autor del guión cinematográfico de Moby-Dick.

Autor prolífico de novelas, cuentos y algunos ensayos, Bradbury (Illinois, 1920), está considerado como un verdadero mito en el campo de la literatura fantástica y de ciencia-ficción y uno de sus mayores innovadores.

El Reino de Redonda considera al escritor merecedor del premio "por sus extraordinarias narraciones fantásticas, en las que confluyen una inventiva tan original cómo poética, un profundo talante humanista y un desacostumbrado romanticismo, que le permiten crear verdaderos mitos modernos y lanzar acertadas visiones de un futuro a menudo amenazado por el riesgo totalitario que trae consigo la idolatría de la técnica deshumanizada".

Tras conocer el fallo, Ray Bradbury dijo sentirse encantado y profundamente agradecido y afirmó que "tan sólo desearía poder visitar España de nuevo, ya que mi anterior y breve visita, hará unos quince años, resultó fabulosa".

El premio está dotado este año con 6.500 euros y con el título de Duque o Duquesa redondinos. Por deseo del propio galardonado, Bradbury recibe el título de Duke of Diente de León, en referencia a su novela Dandelion Wine traducida al español como El vino del estío.

El jurado, cuyos miembros pueden presentar un máximo de tres candidatos al premio, ha estado integrado en esta edición por Pedro Almodóvar, António Lobo Antunes, John Ashbery, Antony Beevor, William Boyd, Michel Braudeau, A.S. Byatt, Pietro Citati, J.M. Coetzee, Agustín Díaz Yanes, Roger Dobson, Eduardo Mendoza, John Elliot, Ian Michael, Arturo Pérez-Reverte, Alice Munro, Francisco Rico, Fernando Savater, Ian Robertson, Luis Antonio de Villena, Juan Villoro y Claudio Magris.

Terra-Efe, 24 de abril de 2006


Ray Bradbury obtiene el VI Premio Reino de Redonda

El escritor estadounidense Ray Bradbury (Illinois, 1920) ha sido galardonado con el VI Premio Reino de Redonda "por sus extraordinarias narraciones fantásticas, en las que confluyen una inventiva tan original como poética, un profundo talante humanista y un desacostumbrado romanticismo", según el fallo que dio a conocer ayer la editorial Reino de Redonda, del escritor Javier Marías. En el mismo comunicado se destaca del autor de Fahrenheit 451 su capacidad para "crear verdaderos mitos modernos y lanzar acertadas visiones de un futuro a menudo amenazado por el riesgo totalitario que trae consigo la idolatría de la técnica deshumanizada".

El Premio Reino de Redonda, que se otorga desde el año 2001, está dotado este año con 6.500 euros y con el título de Duque o Duquesa redondinos. Por deseo del propio galardonado, Bradbury recibe el título de Duke of Diente de León, en referencia a su novela Dandelion wine, traducida al español como El vino del estío.

Tras conocer el fallo, Ray Bradbury declaró que se siente encantado y profundamente agradecido. "Tan sólo desearía poder visitar España de nuevo, ya que mi anterior y breve visita, hará unos quince años, resultó fabulosa", afirmó. El novelista y ensayista, máximo exponente de la literatura fantástica y de ciencia-ficción, es autor, entre otras obras, de Crónicas marcianas, Las doradas manzanas del sol, El hombre ilustrado, Remedio para melancólicos y Las maquinarias de la alegría.

Jurado

El jurado, cuyos miembros pueden presentar un máximo de tres candidatos al premio, estuvo integrado en esta sexta edición del premio por Pedro Almodóvar (Duke of Trémula), António Lobo Antunes (Duke of Cocodrilos), John Ashbery (Duke of Convexo), Antony Beevor (Duke of Stalingrado), William Boyd (Duke of Brazzaville), Michel Braudeau (Duke of Miranda), A. S. Byatt (Duchess of Morpho Eugenia), Pietro Citati (Duke of Remonstranza), J. M. Coetzee (Duke of Deshonra), Agustín Díaz Yanes (Duke of Michelín), Roger Dobson (Duke of Bridaespuela), Eduardo Mendoza (Duke of Isla Larga), John Elliott (Duke of Simancas), Ian Michael (Duke of Bernal), Arturo Pérez-Reverte (Duke of Corso), Alice Munro (Duchess of Ontario), Francisco Rico (Duke of Parezzo), Fernando Savater (Duke of Caronte), Ian Robertson, Luis Antonio de Villena (Duke of Malmundo), Juan Villoro (Duke of Nochevieja) y Claudio Magris (Duke of Segunda Mano).

El Premio Reino de Redonda fue creado en el año 2001 para distinguir anualmente la obra de un escritor o cineasta extranjero y de lenguas no españolas, y conlleva la concesión de un título redondino, un ducado honorífico y literario. En las anteriores ediciones del galardón fueron distinguidos Alice Munro, J. M. Coetzee, John Elliott, Claudio Magris y Eric Rohmer.

El País
, 25 de abril de 2005

LA ZONA FANTASMA. 23 de abril de 2006. Los defensores contraproducentes

De la misma manera que hay elogios envenenados y amigos que nos perjudican, hay cosas a las que con frecuencia les salen defensores contraproducentes, y entre las que más los padecen están el libro y la lectura, cuya muy esforzada fiesta se celebra hoy, más o menos. Soy lector voraz desde la infancia, y si algo lamento de escribir yo libros, es que hacerlo me quite tantísimo tiempo para leer los de otros: por cada página a mí debida (que tantos agradecerían que me ahorrase), dejo de disfrutar unas cincuenta ajenas, y quizá es un cálculo optimista. Con los elogios dañinos lo tiene uno claro: a mí me preocuparía mucho y me llevaría un gran disgusto si un día los recibiera, cómo decir, de Sánchez Dragó o Trapiello o Jiménez Losantos (por suerte no hay peligro), y anduve muy feliz y “corroborado” cada vez que Campmany, el columnista franquista, me dedicaba algún insulto, significaba que estaba en la buena senda. Con los amigos perjudiciales el asunto es más confuso, porque al fin y al cabo son eso, amigos, y uno no puede por menos de ver la excelente intención que los anima cuando nos ponen sin querer en un brete o no nos dejan respirar con sus solicitaciones. Con los defensores que hunden, la cuestión es aún más ardua, porque no va uno a abandonar, por su culpa, lo que le parece magnífico y le proporciona placeres y saberes sin cuento, pero tampoco puede hacer caso omiso de los tiznones que sobre ello arrojan esos paladines con sus obviedades, sus lugares comunes, sus cursilerías y su actitud mendicante, por no decir casi ceniza.

Si alguna vez me veo tentado de moderar mis lecturas y espaciar los libros –renunciar a ellos no es posible–, es precisamente por estas fechas, cuando arrecian los plantos sobre su destino amargo. Se organizan congresos quejumbrosos, escribimos despechados artículos, se dedican tristes suplementos para lamentar la situación, y los argumentos no varían y son siempre absurdos: se lee tan poco en España, donde se publica tanto, por la desleal y horrible competencia de la televisión, de Internet, del cine, del botellón, de los vídeojuegos y de las playstations, si es que estas últimas dos cosas no son la misma, que lo ignoro y ustedes perdonen; la sociedad se analfabetiza progresivamente, cada vez más jóvenes son incapaces de entender y digerir un texto por sencillo que sea, cada vez más adultos andan embrutecidos por la plaga del fútbol o por la del chismorreo sobre desconocidos que ni les van ni les vienen, la red de bibliotecas es una porquería, los medios de comunicación de masas apenas se ocupan de la literatura o la ponen en manos, durante lustros, de lectores tan garrulos y gárrulos como el susodicho Dragó y así no hay quien atraiga sino quien ahuyente…

Yo no veo apenas diferencias respecto a tiempos pasados, o si las veo son a favor de los libros. La gente olvida o ignora que autores que hoy nos parecen indiscutibles (Baroja, Valle-Inclán, Unamuno, por no hablar de los poetas) solían vender mil o dos mil ejemplares de sus obras a lo largo de varios años, o que Faulkner tuvo que empezar Santuario con una escabrosa violación con mazorca de maíz –y seguir luego en plan parecido– para ver si los lectores le hacían maldito el caso. Quienes hoy se apalancan ante la televisión y demás, ayer se habrían ido al casino, a los espectáculos de variedades, al circo, a tomar chatos y jugar dominó o a pasear por las explanadas (hoy no hay sitio por el que pasear alguno, en Madrid al menos, y eso debería fomentar la lectura). Antaño no había campañas institucionales que instaran a leer a la gente, lo cual, dado como suelen ser de deprimentes, probablemente era una ventaja. Y lo que desde luego no había es esa continua y fastidiosa queja que resulta contraproducente, ya digo. Un producto cuyos artífices lloriquean no resulta nada atractivo; un gremio que mendiga compradores, sin ningún orgullo, da la impresión de estar derrotado; vulgaridades como las que he leído estos días (“lo que hace la literatura es acercarnos a otros modos de amar, de vivir, de sentir”, según un conocido crítico que se rompió la frente) no invitan a abrir volúmenes, sino que disuaden; lamentar que no se lea y a la vez deplorar que se lea, si lo leído son bodrios como El código Da Vinci y demás enigmas idiotizantes, es un ejercicio de hipocresía que no favorece a los defensores de las letras, quienes parecen estar pidiendo que se los lea a ellos o a sus recomendados y no que se adquiera el hábito; propugnar la obligatoriedad de la lectura a los más jóvenes resulta de por sí antipático y equivale a reconocer una impotencia, un fracaso. Mejor sería persuadirlos.

Los defensores del libro deberían ser más arrogantes, exhibir más seguridad, presentarlo como algo envidiable que no está al alcance de cualquiera (sí económica, pero no intelectualmente), y hasta atreverse a compadecer a quienes no lo frecuentan, pobres y disminuidos diablos. Nada atrae tanto como lo que se muestra indiferente y aun desdeñoso, se hace de rogar, se pone difícil. No sé, tal vez esto tampoco sirva, pero, vistos los efectos de la actitud contraria, de la pedigüeña, tristona, resentida y sórdida, es al menos una idea. Aunque sea antigua.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de abril de 2006

jueves, abril 20, 2006

Convocatoria del "Premio Reino de Redonda 2006"

La editorial “Reino de Redonda, Sociedad Limitada” [...] con fecha 2 de febrero de 2006, ha convocado premio literario-cinematográfico, que será fallado en torno al día 23 de abril de 2006.

El “Premio Reino de Redonda 2006” será otorgado (en justa reciprocidad con los premios que anualmente se otorgan en el extranjero a autores españoles por sus obras, y de un modo acorde a los fines sociales de “Reino de Redonda, Sociedad Limitada”) cumpliendo con todos los requisitos legales, al escritor o cineasta extranjero vivo, sea cual sea su nacionalidad, sexo o condición, con exclusión de quienes trabajan enlas distintas lenguas españolas, que el jurado nombrado al efecto por la entidad convocante decida distinguir por el conjunto de su obra. La dotación económica del
premio ascenderá a 6.500 euros.

En Madrid, a 3 de febrero de 2006

BOCM, núm. 63, 15 de marzo de 2006

lunes, abril 17, 2006

LA ZONA FANTASMA. 16 de abril de 2006. El ruido en la imaginación produce monstruos

Imagino que a estas alturas mis lectores habituales, cada vez que vean que escribo un nuevo artículo sobre los ruidos, se darán codazos, harán chistes y se dirán: “Este pobre hombre está trastornado”. Yo mismo no lo descarto, y a veces quisiera ser más duro de oído, para no padecer tanto en este país, como saben, con una “contaminación acústica” sólo superada por la del Japón en el mundo. Así que, al fin y al cabo, algo de razón me asiste en mi desvarío. Vaya también en mi descargo que desde luego no soy el único por él atacado. Pero hoy no voy a hablar de esa clase de estruendos cuyos mayores culpables no son, sin embargo, los ciudadanos particulares por escandalosos que sean, sino los ayuntamientos, con el de Madrid al frente, perfecto y tradicional ejemplo de desconsideración hacia sus contribuyentes, votantes y representados. Sino de los extraños ruidos que al parecer hacen todos nuestros vecinos, sobre todo los de los pisos de arriba, al llegar la noche.

No conozco a nadie, de hecho, que en algún momento de su vida, en alguna casa que haya ocupado, no haya estado convencido de que los vecinos del piso superior se ponían a arrastrar los muebles de madrugada, o a cambiarlos de sitio (incluidas las camas), y no una noche suelta, sino casi todas. Seguro que ustedes mismos tienen o han tenido esta sensación incomprensible. ¿Tan insatisfechos y dubitativos están respecto a la colocación de su mobiliario, que hacen pruebas incesantes, ahora el sofá aquí y los armarios allá, los sillones en aquel rincón y las mesas junto a la ventana? Aunque no es descartable que exista bastante gente en verdad indecisa sobre la disposición de sus alcobas y salones, es del todo imposible que sea tanta como para que a todos nos haya tocado sufrir a alguna. ¿Qué es lo que sucede, entonces? ¿A qué insondables actividades se dedican las personas a altas horas, sobre todo las que madrugan porque trabajan fuera o han de llevar a sus niños al colegio, y en modo alguno parecen bohemias?

Si uno tuviera que deducir sus vidas nocturnas a partir de los ruidos, se haría composiciones de lugar disparatadas. Ha habido casas en las que he creído que mis vecinos de arriba, llegada cierta hora tardía, se ponían a jugar a las canicas o quizá a la petanca, porque el sonido que me alcanzaba, inequívoco, era el de bolas rodando por el entarimado. Con otros me figuraba que, nada más volver de sus salidas, se les caían los botones al suelo o bien se les rompían unos cuantos collares de perlas, lo cual, dada la reiteración de ese ruido, me llevó a concluir que el marido y la mujer se los arrancaban mutua y respectivamente, quizá como prolegómeno. En un piso inglés (apropiadamente), durante un mes entero tuve la impresión de vivir debajo de las ancianitas de Arsénico por compasión, aquella comedia negra de Capra, sólo que en vez de matar, como ellas, mediante el silencioso veneno, los inquilinos se dedicaban durante la noche a descuartizar el cadáver de la jornada, tan semejante al de laboriosos serruchos era el ruido que armaban. En otra ocasión sentí que un hombre de edad, solitario y apocado, organizaba al anochecer grandes fiestas muy concurridas, por los numerosos pasos –incluso como pasos de baile– que desde abajo yo escuchaba; no era así, porque una vez cedí a la tentación de mi intriga y vigilé desde mis balcones la puerta de la calle, por la que no entró ni un desconocido, es decir, ni un solo posible invitado; lo cual no me impidió oírlos una vez más sobre mi cabeza, como si bailaran sin música y corretearan unos en pos de otros. Una amiga mía tuvo una vecina, durante años, a la que siempre veía entrar y salir con zapato bajo; una vez en su casa, sin embargo, y por el tipo de ruido que hacían sus pasos, estaba convencida de que se calzaba unas zapatillas con tacones y el talón al descubierto, a las que su imaginación no podía evitar añadir pompones para completar visualmente el cuadro: acabó persuadida de que aquella mujer, discreta y sobria, se resarcía por las noches poniéndose un negligé, esas zapatillas con tacón alto y borla y quizá ropa interior diabólica, aunque no fuera a recibir a nadie. Una vez pregunté, a unos jóvenes desde cuyo piso se oía un “papapam” sordo y continuado, como si manejaran una imprenta, y la respuesta fue más extravagante que lo imaginado: “Es que tenemos una destilería de whisky clandestina”, dijeron.

A lo largo de los años algo más he averiguado: lo que tomamos por lunático arrastre de muebles se corresponde a veces con el extemporáneo paso de una aspiradora a tirones, o bien con un febril abrir y cerrar de cajones. Uno se pregunta, de todas formas, por qué nadie abrirá y cerrará los cajones de su cómoda a las tantas, no una ni dos, sino veinte veces, o por qué dará golpes sin cuento con una vieja aspiradora metálica. Por supuesto en España, donde casi nadie se acuerda de que existen los otros, no es raro oír martillazos en plena noche: es gente colgando cuadros o acometiendo reparaciones. Pero, acostumbrado a tantos ruidos inexplicables, uno tiene la sensación de que los vecinos de arriba están clavando ataúdes, y piensa: “Ojalá sean los suyos”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de abril de 2006

domingo, abril 16, 2006

TCM: A libro abierto

Hoy 16 de abril, a las 21’50 horas, Javier Marías presenta dentro del programa A libro abierto la película A sangre fría, adaptación de la novela de Truman Capote, dirigida por Richard Brooks.
Y después se proyectará Fahrenheit 451, dirigida por François Truffaut y basada en la novela de Ray Bradbury.

jueves, abril 13, 2006

Joyas de la literatura

Lo que les gustan las listas a los anglosajones. Los libros del siglo, las mejores películas de todos los tiempos, los álbumes de rock imprescindibles. Periódicamente alguien (un editor, un empresario discográfico, una biblioteca pública) convoca a un grupo de «expertos» y les pone a fabricar una lista. Luego, en cuanto se publica o aparece negro sobre blanco, se cita como argumento de autoridad hasta la siguiente: los medios la comentan, las tiendas renuevan el escaparate, el público adquiere los discos, deuvedés o libros que le faltan, y el mercado la aprovecha durante las tres o cuatro semanas siguientes. Recientemente se han publicado en Gran Bretaña varios libros con nuevas listas de libros. El que más se está vendiendo es 1001 Books You Must Read Before You Die (Cassells), de Peter Boxall, un centón de 960 páginas profusamente ilustradas en el que se consignan las obras que, de acuerdo con el señor Boxall (avalado por Peter Ackroyd, que escribe el prólogo), uno debería leer antes de ocupar definitivamente la caja de pino. Me he tomado la molestia de explorarlo para ustedes y he encontrado que, entre las mil y una joyas de la literatura universal ordenadas cronológicamente -desde las Fábulas de Esopo hasta Nunca me abandones de Ishiguro- sólo figuran tres de autores españoles: Don Quixote, de Cervantes, Fortunata and Jacinta, de Pérez Galdós y A Heart So White (Corazón tan blanco), de Javier Marías. Eternamente agradecido a Boxall por facilitarme las cosas, ahora podré dedicar los últimos años de mi vida a la lectura de los varios centenares de libros escritos originalmente en inglés que toda persona culta debería leer antes de entregar su alma al Creador (o devolver su materia a la Naturaleza, como diría D'Holbach).

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

ABC de las artes y las letras
, 13 de abril de 2006

lunes, abril 10, 2006

LA ZONA FANTASMA. 9 de abril de 2006. Continuará el Capitán Trueno

Recuerdo que hace pocos años, cuando Fernando Savater publicó su autobiografía Mira por dónde, el titular de una de las entrevistas que se le hicieron con tal motivo entrecomillaba esta frase del filósofo o una que se le asemejaba: “Qué quiere, me eduqué con el Capitán Trueno”. Con ello venía a decir que si se había involucrado tanto, con riesgo de su vida, en la denuncia contra ETA y contra el nacionalismo vasco hipócrita que desde siempre la ha apoyado, en defensa de las víctimas y pese al alcalde socialista vasco que ahora brinda públicamente por el alto el fuego, cuando ha sido uno de los que más se ha escondido en la lucha contra el terrorismo; si había dedicado años a este combate, con dejación de asuntos que le eran mucho más importantes y provechosos, había sido en gran medida por un modesto modelo de infancia, tan modesto que no procedía de la realidad, ni siquiera de una gran o mediana novela, ni por supuesto de un tratado, sino de un tebeo, que sin embargo, en efecto, nos marcó a muchos miembros de una o dos generaciones. No era el único modelo de conducta admirable. Había muchos en el cine de aquella época, los años cincuenta, probablemente la más optimista e idealista de cuantas yo he conocido. Los héroes que encarnaban el mediocre pero prolífico Alan Ladd, o Gary Cooper, o John Wayne –uno de los mejores actores de la historia, vilipendiado por la inacabable legión de los tontos–, o James Stewart, Henry Fonda y hasta Randolph Scott, solían oponerse a las injusticias, defender a los débiles y ser magnánimos en sus victorias. Pero era el Capitán Trueno quien nos visitaba puntualmente cada semana a los niños de entonces, y lo hizo a lo largo de tantos años que fuimos sin duda los niños quienes, al no serlo ya tanto, lo abandonamos a él, sin que nos abandonara él nunca a nosotros.

Ni siquiera faltó a su cita cuando le salieron competidores e imitadores en la propia colección que lo albergaba. Yo probé a leer El Jabato y El Cosaco Verde, que, con ser agradables y ayudar a sobrellevar la impaciencia semanal por El Capitán Trueno, no eran más que sucedáneos de aquel héroe principal de la infancia. Leo ahora que el próximo 14 de mayo se cumplirán cincuenta años de la aparición del primer episodio, “¡A sangre y fuego!”, que tengo aún ante los ojos, aunque el depósito legal es de 1958 en mi ejemplar, luego debe de tratarse de una reedición temprana. Como relataba Jacinto Antón en su crónica de El País, en esa entrega inicial, Trueno (nunca supimos su nombre de pila, si lo tenía) llegaba a batirse deportivamente con el mismísimo Ricardo Corazón de León y no perdía, y en ella ya aparecía esa manera de hablar que todos los niños de entonces hemos reproducido en nuestra imaginación solitaria o en los juegos con los compañeros: “¡Pardiez, senescal, este no es vuestro día de suerte!” Era extraordinario que los personajes, durante las peleas, no pararan de hablarse y de lanzarse pullas, humanizado el combate: “¡Sus y al inglés!” (en toda la niñez no supe qué era eso de “¡Sus!”, presente sobre todo en la frase “¡Sus y a ellos!”, pero ni falta que hacía: los magníficos dibujos lograban que lo entendiera uno todo), o “¡Morded el polvo!”, o los insultos hoy tan ingenuos como ingeniosos: “chacales”, “fanfarrón”, “fantoche”, “bellacos”, “perros”, “arrapiezo”, “renacuajo”, “macacos”, “entrometido”, “miserable”, “gusano”. Ni un solo taco, no debían de estar permitidos y el Capitán no era malhablado.

No teníamos ni idea, entonces, de quién inventaba las historias o hacía los dibujos, ni nos importaba. Los personajes simplemente existían, para nuestro disfrute enorme, y ya en la tercera entrega sus responsables tuvieron la generosidad de brindarnos una novia, la Princesa Sigrid, que a las primeras de cambio intentaba apuñalar al héroe (y hundirlo en el mar acto seguido) y hablaba como los indios del cine pero con rico léxico: “¡Yo aborrecerte! ¡Matar en primera ocasión que tener!” Y conozco a alguna mujer cuyo novio inaugural, a su vez, no fue otro que el Capitán Trueno, por el que estuvo dispuesta a luchar con cualquier prima o amiga que se atreviera a disputárselo. No teníamos ni idea, digo, pero ahora que lo sabemos, Víctor Mora el creador y Ambrós el primer dibujante (hubo otros después, y no todos a la altura), no sé cómo podemos agradecerles tantas aventuras y emociones infantiles. Pero no sólo eso: como venía a señalar Savater en el titular mencionado, el Capitán Trueno, con sus inseparables Crispín y Goliath, también nos dio unas cuantas lecciones de ética práctica, aunque muchos de nuestra generación las hayan desaprendido: no se deben dejar pasar las mentiras ni las injusticias ni los abusos ni las opresiones; la amistad debe tenerse en mucho y jamás puede traicionarse; no hay que ensañarse, ni con los malvados, con los cuales cabe ser clemente si se logra derrotarlos; al enemigo hay que ofrecerle salida cuando depone las armas y ya no encierra peligro; y no hay que desesperar, porque siempre habrá una nueva viñeta, salvadora, después de la palabra mágica, “Continuará”, promesa de la felicidad venidera.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de abril de 2006

domingo, abril 09, 2006

TCM: A libro abierto

Hoy 9 de abril, a las 21’50 horas, Javier Marías presenta dentro del programa A libro abierto la película Carrington, dirigida por Christopher Hampton e interpretada por Emma Thompson, Jonathan Pryce, Steven Waddinton y Samuel West.
Después se proyectará Henry y June, dirigida por Philip Kaufman.

martes, abril 04, 2006

Cabra en Hollywood

Ya conocen ustedes el chiste de la cabra que come celuloide en Hollywood: "Me gustó más el libro". Javier Marías habló el domingo por la noche (TCM, en Digital +) de los libros que se hacen cine, abriendo la serie A libro abierto. Después de escuchar a Marías, este domingo pudimos ver una película pobladísima de libros, La carta final, basada en 84 Charing Cross, de Helene Hanff (Anagrama). Una historia de amor por los libros... y por los libreros, que además ha sido llevada al teatro en España por Isabel Coixet. Marías -da gusto oírle, sosegado, informado: ¿por qué no hará televisión Javier Marías?- se refirió a otras películas que no desmienten el chiste de la cabra pero que ennoblecen la experiencia del cine. Habló, por ejemplo, de la versión de Bajo el volcán (Malcolm Lowry) que hizo John Huston o de la de Madame Bovary (Flaubert) que firmó Vincente Minelli. Deploró esas adaptaciones (de Dickens, de Austen) que son meras ilustraciones de los libros, e hizo un canto a esos años dorados del cine que todos identificamos con el blanco y negro. Muchos autores temen que las versiones cinematográficas de sus libros interrumpan la imaginación que prolonga la lectura; los cuentos fueron durante años materia prima de grandes adaptaciones, y ahora, recordó Marías, Francis Ford Coppola estimula a creadores (entre ellos al propio autor español) a escribir cuentos que un día pueden ser carne de celuloide.

Fue esta emisión en la que Javier Marías se hizo cine un buen momento de televisión. Para mí fue prólogo de un desconcierto: vi en La Sexta un documental que adelantaba el primer debate orquestado por Helena Resano. El documental era sobre un instituto de Madrid, y debía dar para hablar de la situación en la educación secundaria. Un buen asunto, un interesante documental. Pero era de hace tres años. Ponerlo al día hubiera sido un homenaje a su importancia. No sé qué hubiera dicho la cabra.

JUAN CRUZ

El País, 4 de abril de 2006

lunes, abril 03, 2006

A libro abierto FOTOS




LA ZONA FANTASMA. 2 de abril de 2006. El Detector de Ficciones

Cuesta mucho creer que a estas alturas los diarios, las revistas, las radios y las televisiones no cuenten, junto con la ya conocida figura del Defensor del Lector, o del Oyente, o del Espectador, con otra que parece aún más imprescindible y que también podría dar explicaciones de vez en cuando o bien no darlas en absoluto y que cada cual dedujese y entendiese. Esa figura sería la del Detector de Fraudes Informativos, o, por abreviar, la del Detector de Ficciones. Y tanto cuesta creer que no exista que cabe preguntarse si no interesa que la haya, y cumpla con lo que para alguna gente anticuada –yo incluido– sería una fundamental tarea.

Si no me equivoco en exceso, el periodismo empezó por ocuparse de lo que ocurría y era merecedor de atención por su importancia, excelencia, gravedad, anomalía, infamia, trascendencia o escándalo. Pero de lo que ocurría de veras, natural y espontáneamente, por el propio interés, diversión, altruismo, provecho o maldad de las personas. Bastante pronto, sin embargo, hubo ya periodistas que fabricaron noticias o se las inventaron, o las propiciaron, o las estiraron con artificio para que la curiosidad de los lectores se hiciera insaciable y explotar al máximo el filón que diera réditos y ayudara a vender ejemplares. Es decir, el fraude desde dentro de la prensa es seguramente tan antiguo como la prensa misma. Pero esto, al fin y al cabo, no sólo era fácilmente comprensible, sino que por lo menos estaba manejado por los profesionales del asunto, tenía sus límites y entrañaba sólo un relativo peligro, pues no se tardaba en ver a cada periódico su respectivo plumero. Por hacer una comparación no sé si buena, no es lo mismo que adultere droga alguien acostumbrado a ella, con nociones de química y sabedor de con qué no se puede mezclar una sustancia si uno no quiere provocar defunciones masivas, que si lo hace cualquier niñato que sin querer puede meterle algo mortal para los consumidores. Una cosa es el fraude cometido por el estafador resabiado que vende la mercancía, y otra muy distinta la ficción creada por el primer aficionado con acceso a los cargamentos.

Así, la función de ese Detector sería la de prevenir intromisiones e impedir que a los medios se les diera gato por liebre desde fuera (desde dentro es otra historia). Si yo poseyera un periódico, mi Detector sería feroz y no dejaría pasar ni una. Cada episodio o acontecimiento que él detectara como ficticio –esto es, organizado y llevado a cabo no por necesidad, gusto o codicia de sus autores, sino con el exclusivo fin de que apareciera en la prensa y las televisiones–, recibiría como castigo el más absoluto silencio, o a lo sumo una referencia breve en la que se explicaría por qué mi periódico no se hacía eco de ello. Hay millares de ejemplos de estas “noticias urdidas”, pero baste con uno reciente: un buen número de jóvenes más o menos prehumanos -no hay más que ver cómo semihablan y lo que semidicen- decidió convocar macrobotellones hace unos viernes en las ciudades de toda España. En ningún momento han ocultado sus artificiales y aun fraudulentos propósitos. Sólo algunos particularmente miméticos y pardillos han soltado frases del tipo: “Joé, tío, tenemos derecho a pasarlo cojonudo”, o “El mogollón nos mola”. Pero la mayoría ha confesado sin ambages que se trataba no sólo de batir la marca de otros prehumanos pioneros de Sevilla, que fueron los iniciadores de la “tendencia” y reunieron a cinco mil cabezas bebedoras, que no cerebros, sino sobre todo de salir en la televisión por la magnitud del “fenómeno”. “¿Vamos a permitir que los sevillanos salgan en el telediario y nosotros no?”, clamaban al parecer los prehumanos granadinos, y a ellos los siguieron como ganado sus congéneres de todas partes. Y lo que no se entiende es que, estando tan claro el verdadero objetivo de algo que entraña grandes riesgos para los participantes e increíbles molestias y destrozos para el resto de los ciudadanos, los medios de comunicación, lejos de desactivar las ficticias intenciones no haciéndoles ni puto caso a esos jóvenes y obsequiándolos con un monumental silencio, se pasaran semanas, por el contrario, dándoles cancha en sus páginas y pantallas, caja de resonancia perfecta del festorro artificioso.

Lo mismo ocurre con los prehumanos adultos que se gastan dinerales en organizar chuminadas con el único objeto de que las recoja el nefasto Libro de las Imbecilidades conocido como Guía Guinness de los Récords. Si yo dirigiera esa Guía (Dios lo prohíba), nunca daría cabida en ella a nada de lo concebido y realizado con el solo afán de ser incluido. Y otro tanto sucede, por desgracia, con cosas mucho más graves: no son pocos los asesinatos gratuitos que se cometen tan sólo para “ser noticia”, ni los atentados terroristas que nada más buscan el “eco mediático”, y no hacer verdadero daño a los verdaderos enemigos. Hace ya mucho tiempo que las noticias están, en gran medida, no en manos de los directores y dueños de los diarios y las cadenas, sino de niñatos, espontáneos y megalómanos, que son quienes en verdad deciden, demencialmente, lo que ha de salir en la prensa, para entonces llevarlo a cabo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de abril de 2006

domingo, abril 02, 2006

A libro abierto: TCM + MARIAS



Esta noche, a las 21:30, el canal TCM inicia su programación especial con motivo del día del libro. Se emitirá A libro abierto programa de producción propia que cuenta con un amante del cine como maestro de ceremonias: el escritor Javier Marías, que compartirá su mirada acerca de una serie de películas de claro trasfondo literario.

La entrevista se emitirá fragmentada durante todos los domingos de abril. Hoy se emitirá una parte más general, hablando de cine y literatura a las 21:30, y el resto de los domingos de abril a las 21:50 se emitirán introducciones de unos 10 minutos sobre aspectos más concretos (los artistas en el cine, Shakespeare, Lolita y A sangre fría)

Paso y peso de los días

¿Cuál es el peso de una idea? A 125 gramos el año publicado en fino papel satinado de suplemento dominical, echen la cuenta. Javier Marías (Madrid, 1951) lleva más de una década «intentando distinguir algo en medio del rumor manso o del ruido atronador (según los casos) de los acontecimientos». Captar las sonoridades de cuanto envuelve la sensibilidad de un escritor es de lo que trata El oficio de oír llover, que recoge artículos publicados en prensa entre el 2003 y el 2005. Algunas de esas ideas se acercan a ciertas obsesiones, como las incluidas en Donde todo ha sucedido. Al salir del cine, recopilación de textos sobre el séptimo arte. Pero es quizá en Entrevistos, la extensa entrevista que ha concedido a su amiga y catedrática de Literatura Española Elide Pittarello –responsable de la primera edición anotada de Corazón tan blanco, también de reciente aparición–, donde mejor se aprecia el paso y el peso de los días, donde muestra su interioridad como nunca. Una bocanada de aire mariano que permite vislumbrar la vida del fantasma y adentrarse en su intrahistoria a la espera del tercer volumen de Tu rostro mañana.

AMOR Y AMISTAD
¿Sufrir es un azar? Parece universalmente aceptado que el sufrimiento en sí mismo tiene mérito, cuando –constata Marías –el sufrimiento es azaroso. No así el daño infligido a otros a conciencia o en descuidos. Marías recuerda en El oficio de oír llover la insistencia de su madre Lolita en la frase: «Tenéis que tratar bien a las mujeres y respetarlas siempre, porque es fácil hacerlas infelices». Casi siempre por amor, o por su carencia. Tampoco se debe olvidar que «las amistades entre hombre y mujer siempre son sexuadas».

NARRADORES Y PERSONAJES
Para el autor es natural que en sus textos hable una voz masculina, porque el mundo lo ve desde su propio punto de vista. Sólo en el cuento Menos escrúpulos –en Cuando fui mortal (Alfaguara, 1996)– utilizó a una mujer. La incursión fue breve; no se sentía capacitado para hacerlo a lo largo de muchas páginas. Además, con los narradores masculinos a menudo recurre a apellidos de su familia. «Me sé unos 16 o 17. Los he utilizado para personajes que más bien solían ser villanos o mezquinos o gentes con pocos escrúpulos, gente inquietante, preocupante. Por ejemplo, he utilizado Custardoy o Ruibérriz de Torres o Baringo o Manera, apellidos no muy frecuentes, y ése es uno de los motivos por los cuales me sentía cómodo con ellos», explica. En El oficio de oír llover también recoge los de Aguilera, Sistac y Roy.

NEGOCIO LIBRESCO
«Yo no sé quién fue el imbécil que dijo por vez primera aquella cretinada de no irse del mundo sin plantar un hijo, escribir un árbol y tener un libro o viceversa o versavice, pero desde luego le hizo un flaco favor a la literatura». En su recopilación de artículos, humor e ironía están presentes asimismo sobre su mundo, el editorial, en un momento en que «los libros de los cuales queda memoria al cabo de unos meses de su nacimiento son muy pocos. Los libros tienen cada vez menos vida». Mala cosa, cuando además ya ha pasado el tiempo en que «las argumentaciones servían para algo».

NOVELAR
«Contar una historia es lo opuesto a celebrar un juicio», confiesa a Pittarello. En su opinión, en un juicio lo que nunca cuenta es el relato del por qué esos hechos fueron llevados a cabo. Por el contrario, en una novela eso es precisamente lo que se muestra. Ahora parece que, por primera vez, Marías ha empezado a ver el hecho de novelar casi como un pequeño refugio con respecto a la realidad, algo que no había experimentado con anterioridad: «Estar solamente en el mundo me está pareciendo francamente desagradable, sin esa apoyatura de otro mundo de la ficción». Tal y como advierte en El oficio de oír llover, «en las temporadas trágicas uno cree entrever una razón añadida para la existencia de las ficciones: han de ser para compensar un poco la grosería y la idiotez de las realidades». Ficción compensatoria: no es una mala conclusión para alguien cuyos últimos libros cuentan cosas que él mismo ha oído, incluso de primera mano.

SOCIEDAD
La década que se ha dedicado al articulismo arroja luz sobre la faceta civil del autor. Por el camino ha manifestado quejas, desagravios y centenares de llamadas de atención. Un buen ejemplo: «Incluso habiendo sido un adulto precoz, en algunos aspectos por lo menos, no creo haberme encontrado con nada muy novedoso respecto a lo que viví en el colegio. Como si no ya en cada colegio, sino en cada clase de cada colegio, hubiera un microcosmos de lo que luego es el mundo». Pero hay más: «Un inconveniente es que hoy en día la gente no pierde el tiempo casi nunca o lo pierde de una manera que no es fértil. Tiene que llenar el tiempo y lo que no admite es perderlo pensando». Más: «La progresiva infantilización de nuestra sociedad se ha visto coronada por los teléfonos portátiles [...]. Es como si la gente tuviera una especie de pavor a que no haya testigos en su cotidianidad, de su existencia [...]. A la gente le gusta que alguien juzgue, para bien o para mal». Poco a poco, Marías va perdiendo las esperanzas de llegar a conocer un país como a él le gustaría que fuera. Todavía ve que «este país tiene a menudo un grado de mala fe o de mala leche que está ahí latente y que surge con excesiva facilidad». De ahí el siguiente consejo: «Cuanto más quiera saber el Estado, y mejores sus medios para averiguarlo, más le ocultaría yo y le mentiría», llega a sugerir en sus píldoras periodísticas.

VIDA Y MUERTE
Descubrir la muerte no es una experiencia gozosa. Así lo confirma el escritor: «A partir de los siete, quizá ocho años, sí cambié, me hice más taciturno, más sufriente por decirlo de algún modo. Y la verdad es que no tengo ni idea de por qué. Quizá, no estoy muy seguro, fue cuando los niños descubren la muerte. Quizá ese descubrimiento me pareció intolerable», desvela. Sobreponerse sin ceguera es entonces el objetivo, pues «la vida siempre oscila entre el ya no y el todavía».Y añade: «Lo que sucede es que en mi caso cada vez son más las cosas y las personas que son ya no. Pero yo sigo en el todavía».

ENRIQUE TURPIN


CINÉFILO

Javier Marías y el cine son un matrimonio de hecho. Y desde hace tiempo: «Uno de mis primeros ejercicios narrativos era contar a mis amigos del colegio, los lunes, las dos historias que habían pasado ante mis ojos el domingo o el sábado. Los relatos eran desde luego pedestres, pero no dejaban de exigir cierta ordenación mental, necesaria siempre para contar». Pero es un amor, en buena parte, por el cine de antes. El actual tiene algunas mezquindades. Así, Marías constata en El oficio de oír llover la llegada de la plaga de ese cine –y de esa literatura– «que sirve la buena conciencia del espectador». Quizá para huir de él, su decálogo es: El río, de Jean Renoir; El hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford; Campanadas a medianoche, de Orson Welles; El fantasma y la señora Muir, de Joseph L Mankiewicz; Coronel Blimp, de Michael Powell y Emeric
Pressburger; Cantando bajo la lluvia, de Stanley Donen; Con la muerte en los talones, de Alfred Hitchcock; El apartamento, de Billy Wilder; Grupo salvaje, de Sam Peckinpah, y Dublineses, de John Huston.

El Periódico, Libros, 30 de marzo de 2006

La palabra más bonita del español

Un mito desempolvado cuenta que primero fueron las palabras, y fueron ellas quienes crearon las ideas, los objetos, los seres y los sentimientos. Y que la vida sólo es su molde, su parte visible; aunque sólo las palabras más bonitas en sí mismas, por su sonido y estética, pertenecen a esa estirpe.

Ahora, desde el ciberespacio, se intenta descubrir cuáles son las palabras que descienden de ese génesis poblado de letras. La Escuela de Escritores de Madrid lanzó ayer en su web (www.escueladeescritores.com) una convocatoria para elegir "La palabra más bonita del castellano", cuyo resultado divulgará el 23 de abril, Día del Libro. Cada cibernauta pondrá su palabra preferida y argumentará su elección relacionada con su fonética, etimología, ritmo, armonía, gracia y demás resonancias estéticas, antes que con su significado, aunque no importa que en ella confluyan las dos valoraciones. EL PAÍS se ha unido a este juego lúdico-lingüístico-literario y ha preguntado a personas de la cultura de España y América Latina por su palabra más bonita.

Incertidumbre despierta esta convocatoria. E incertidumbre es una de las palabras elegidas por Javier Marías. Para el autor de novelas como Corazón tan blanco y la trilogía Tu rostro mañana, esa palabra no sólo es bonita y sonora, sino que además es portadora de un significado que le llama la atención. Aunque para su primera elegida hay que abstraerse de su significado: nauseabundo "es muy sonora y rotunda, además de tener suficiente longitud. Es una palabra que se amolda y acopla muy bien a lo que denomina".

[...]

WINSTON MANRIQUE

El País
, 1 de abril de 2006

sábado, abril 01, 2006

Pulso al corazón de Marías

Tullio Pericoli

Ya nadie se asusta (necesariamente) ante la noticia de una edición prologada y anotada porque seguramente hemos aprendido a hacerlas sin enigmáticos palabros y ortopedias indescifrables. Incluso algún lector no cautivo puede haber aprendido de veras cosas de valor leyendo algunas de estas colecciones universitarias, incluida esta que dirige Gonzalo Pontón Gijón en la editorial Crítica. Eso vale para las ediciones publicadas hasta ahora de El censor, de Ronda del Guinardó o de Los santos inocentes, y también vale para esta edición de Corazón tan blanco, a cargo de Elide Pittarello. Su estudio introductorio es minucioso y a pesar de alguna prolijidad en el comentario de los pasos de la novela, entrega excelentes análisis: en particular en la relación con el Macbeth de Shakespeare, uno de cuyos versos da título a la novela, y más en particular todavía, el apartado titulado “El estilo del corazón”. Ahí expone una óptima síntesis interpretativa, que traba con seguridad una propuesta de lectura de una novela compleja, de un autor complejo, incluso si uno no acaba de ver claro el uso de algunos conceptos freudianos como instrumentos de análisis.

Pero Elide Pittarello ha tenido que reprimir en el prólogo mucho de lo que sabe y le ha contado, en una extensa conversación, Javier Marías, y eso es lo que ocupa las ochenta páginas del libro dedicado a Marías en la colección Entrevistos, de RqueR. La antigua amistad de ambos da pie a una gran cantidad de información de, por, para y nunca contra el propio autor, como es natural. Y es ahí donde, por cierto, aflora algo del magisterio de Juan Benet en la obra de Javier Marías (tan ausente ese punto en el estudio de la novela), también su cultura y su arrogancia, episodios personales y biográfico-familiares y hasta una selección de fotos que a algunos y a algunas les puede hacer perder el sentido.

JORDI GRACIA

El País, Babelia, 1 de abril de 2006