miércoles, mayo 31, 2006

JAVIER MARÍAS EN LA FERIA DEL LIBRO


Foto: Jon Aguirre

Este fin de semana Javier Marías acudirá a la Feria del libro de Madrid. Firmará el sábado día 3 por la mañana (12 a 14 horas) en la caseta número 264 de la Librería Aviraneta y por la tarde (19 a 21 horas) en la de la Librería Visor (n. 209), y el domingo día 4 por la tarde (19 a 21 horas) en la de la Librería Rafael Alberti (n. 52).

lunes, mayo 29, 2006

LA ZONA FANTASMA. 28 de mayo de 2006. Una del corazón

A veces hay noticias nimias que dan mejor idea del estado mental y ético de una sociedad que las de mayor resonancia y trascendencia. Todos nos congratulamos, por ejemplo, de la excelente reacción de los madrileños y los españoles tras los atentados del 11-M (bueno, de la mayoría: Aznar, Acebes y unos cuantos columnistas, también de este periódico, fueron caso aparte), y pensamos que el país era mucho más saludable de lo que habitualmente parece. Sin embargo, el afrontamiento de las grandes tragedias no es un dato muy fiable, ni cuando es bueno ni cuando es malo, valeroso o cobarde, solidario o egoísta, porque ante ellas es fácil que la norma se quiebre –hacia uno u otro lado–, precisamente por lo extraordinario y grave del acontecimiento. Y en ese sentido encuentro más significativas las actitudes normales, las que se observan en circunstancias apacibles y hasta anodinas. Las que no suelen ser, por tanto, ni siquiera noticias, o lo son tan nimias como la que me llamó la atención hace mes y medio.

Apareció en la sección de Gente de este diario, y relataba cómo la cantante Victoria Adams, mujer de David Beckham, “dejó con un palmo de narices” (obsérvense los términos de quien redactaba la nota) a “algunos de los miles de turistas que han visitado Segovia la pasada Semana Santa”, al abandonar un restaurante con sus tres hijos y salir pitando en su automóvil, al parecer en dirección prohibida. Antes (véase el agravio de su comportamiento), “se mantuvo distante entre guardaespaldas, masticando chicle”. Y a continuación venía lo que el redactor veía lógico y yo preocupante: “lo cual provocó la protesta airada de muchas personas que la querían fotografiar con cámaras y móviles, que la abuchearon tras la veloz huida” (los subrayados son míos). Es decir, la gente es “provocada”, protesta airadamente y abuchea a una mujer –todo lo famosa que se quiera– porque se le antojaba coleccionarla al vuelo en sus estúpidas cámaras y móviles y a la mujer no le venía bien o simplemente no le apetecía. Esa gente, en consecuencia, da por sentado que lo que ella quiere está por encima de lo que quieran los otros y que sus deseos han de ser satisfechos. Y si no es así, protestan y abuchean.

¿Qué está pasando, qué ha pasado para que cada vez más individuos consideren que sus apetencias son soberanas y que deben cumplirse, aunque involucren a otros que tal vez no estén por la labor que se les pide, o más bien se les exige? Los propios periodistas del corazón –quién no los ha visto y oído– establecen unas reglas unilaterales y absurdas según las cuales quienes se han prestado con anterioridad a reportajes rosas, amarillos o verdes, sobre todo si han cobrado por ellos, no tienen luego derecho a evitar ni a quejarse del acoso de los reporteros, como si cada vez no hubiera que llegar a un mutuo acuerdo y esos asuntos no dependieran siempre de dos partes, el famoso de turno y la revista o televisión interesadas. Es como si a un escritor le dijeran: “Puesto que usted escribió una vez un artículo para tal publicación, y lo cobró, queda ya obligado a escribirlos sin cobro para cualquier otra que se los solicite”. Un disparate.

En más de una ocasión he hablado de la progresiva infantilización del mundo y de la aspiración de todo quisque a carecer de responsabilidades y a ser menor de edad indefinidamente. Pero hay que matizar esto: en realidad todos quieren ser mayores de edad en principio, tomar iniciativas, no ser coartados, hacer lo que les venga en gana, disponer de su dinero como mejor les parezca, ir donde les plazca. Lo cual está muy bien y es, en efecto, lo propio de los adultos. Demasiadas personas, sin embargo, dejan de ser esto último en cuanto las cosas les salen mal o se tuercen, y entonces exigen volver a la condición de niños. Hay, así, la descarada tendencia a cambiar las reglas del juego a conveniencia, algo que nunca es aceptable pero que, extrañamente, cada día se impone más y se acepta. Los damnificados por las aparentes estafas de los sellos fueron libres de invertir sus ahorros e intentar hacer negocio con entidades mercantiles, no financieras, y por tanto no garantizadas igual que éstas. No pidieron permiso a nadie, pero ahora, cuando se descubre el timo, algunas voces están ya pidiendo el amparo del Estado, si no el adelanto parcial de lo perdido, a cargo de sus inocentes conciudadanos. Muchos turistas se van a países en los que hay guerrillas o mafias activas, y si allí los secuestran pretenden que sea el Gobierno quien los rescate. Muchos conductores se echan a la carretera cuando se anuncian nevadas, y si quedan atrapados por el temporal, se quejan a las autoridades de que no los saquen inmediatamente del atolladero. Si a unos españoles los pilla en Nueva Orleans el Katrina, se indignan con la Embajada de Washington si ésta no abandona todo en el acto para socorrerlos, pero esa Embajada no los instó ni invitó a viajar a esa zona de huracanes. Y lo peor es que, cuando antes o después las ayudas llegan, esos mayores de edad convertidos repentinamente en menores ni siquiera las agradecen, muchas veces. Me temo que la frecuencia y reiteración de estas actitudes habla, por desgracia, de una sociedad más bien caprichosa, consentida, exigente e ingrata. Como para preocuparse. Hasta por la comechicles Victoria Adams.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de mayo de 2006

sábado, mayo 27, 2006

Salvemos las librerías


Javier Marías y Antonio Méndez, Real Librero en España del Reino de Redonda, en la Feria del Libro de Madrid del 2005.
Foto: Jon Aguirre


Más allá de los tópicos que la consagran como «fiesta del libro» o privilegiado «lugar de encuentro de lectores y escritores», la Feria del Libro de Madrid sigue siendo un popular acontecimiento cultural cuya celebración marca cada temporada el final aproximado del curso libresco. Fundada en 1933, establecida con carácter oficial a partir de 1936, e interrumpida en diversas ocasiones durante la guerra y la posguerra, la Feria inaugura hoy su 65ª edición con un programa repleto de actividades y unas perspectivas de negocio cercanas a los 11 millones de euros. Su celebración es, como cada año, pretexto para algunas consideraciones acerca de la política del libro.

Con la totalidad de sus antiguas competencias transferidas a las Comunidades Autónomas, lo más que se le puede pedir a la Administración central es que ejerza eficazmente su papel de árbitro y moderador de un sector que, pese a su madurez y salud financiera, presenta algunas disfunciones, no siempre atribuibles a causas exógenas. En lo que respecta al Ministerio de Cultura, resultan todavía insuficientes o incompletas las estadísticas y bases de datos globales acerca de los hábitos de consumo de los productos culturales, una contextualización imprescindible si se quiere facilitar la labor de todos los agentes implicados. Y también es insatisfactoria, tímida o excesivamente lenta la tramitación y puesta en marcha de los instrumentos jurídicos necesarios para el establecimiento de un marco eficaz de funcionamiento para la cadena del libro: me refiero básicamente a la reforma de la ley de Propiedad Intelectual -más allá de meros ajustes para adecuar la existente a la normativa comunitaria-, y a la promulgación de una nueva Ley del Libro que enfrente con audacia los problemas más acuciantes; incluyo, entre ellos, la clarificación de la nebulosa situación del llamado «precio fijo», en tierra de nadie desde que el gobierno del Partido Popular decidiera excluir de la norma el libro de texto.

Pero, una vez que el Ministerio de Cultura ya no es responsable inmediato de la vergonzosa precariedad presupuestaria de las bibliotecas públicas, hoy transferidas, quizás el mayor reproche que pueda hacerse a su gestión sea la falta de apoyo eficaz a las librerías independientes como canal indispensable en la comercialización del libro. En nuestro país las librerías representan algo más del 34 por ciento de la cuota del mercado. Lejos -por ahora- de ese escaso 19 por ciento de las de Francia, donde los procesos de concentración -mucho más intensos y devastadores que en España- han podado dramáticamente la antaño tupida red de librerías independientes en beneficio de los cada vez más poderosos hipermercados y de las grandes cadenas de librerías, dos imponentes competidores que representan cuotas de mercado equivalentes. Y eso a pesar de que en Francia sigue vigente el precio fijo; si desapareciera no es improbable que la librería, tal como hoy la entendemos, se convirtiera en pintoresca arqueología cultural.

La desaparición de las librerías no es sólo, como proclaman ciertos liberales doctrinarios, un asunto de adecuación de viejas estructuras a las exigencias del mercado global. Con cada librería que desaparece -y en nuestro país lo hacen muchas cada año- se pone en peligro la necesaria diversidad de un mercado de ideas en el que lo que más se vende no tiene por qué ser lo mejor en términos de calidad. El auténtico librero, a diferencia del que vende libros como un producto más de una extensa gama o, incluso, como gancho para atraer al cliente hacia mercancías más rentables, lo suele tener presente. Por eso en sus mesas de novedades -o, al menos, en sus estanterías- todavía queda espacio para esos otros libros que los hipermercados ignoran en beneficio casi exclusivo de los superventas. Proteger la librería no es una cuestión de nostalgia, sino de pura y simple salud cultural. Y democrática.

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO, Real Cronista en Lengua Española, o Inca Garcilaso del Reino de Redonda

ABC, 26 de mayo de 2006

lunes, mayo 22, 2006

LA ZONA FANTASMA. 21 de mayo de 2006. Árboles y grosería

Ustedes saben que quienes escribimos en los suplementos dominicales lo hacemos con dos semanas de antelación, así que este asunto podría parecerles ya antiguo. Sería la mejor noticia: significaría que el peligro ha pasado, como ha anunciado Esperanza Aguirre, al decir que no se talará ningún árbol de Recoletos y el Paseo del Prado mientras ella permanezca en su actual cargo. Pero como la Presidenta de Madrid es una arboricida consumada en otras zonas de la ciudad, y a estas alturas no hay quien se fíe de la palabra de ningún político, no estará de más insistir, por si acaso.

Si hay un paisaje de Madrid que en verdad pertenece a todos, es el llamado eje Recoletos-Prado, porque allí está el museo más extraordinario del país, el del Prado, así como el Thyssen, el Jardín Botánico y edificios históricos como el Hotel Ritz y el Palace. Y si a la pobre y destrozada Madrid le queda un paisaje urbano bonito (una vez que se le escamoteó la visión del Palacio Real, cuya fachada ya no se contempla desde ningún punto, hay que plantarse ante ella para que se aparezca), es la magnífica arboleda de dichos Paseos. El Ayuntamiento, con el apoyo del PSOE y de IU –en esta cuestión todos los partidos están siendo vandálicos–, ha decidido cargárselo, bajo el ridículo pretexto de “recuperarlo” y “mejorarlo”. ¿Recuperar qué y para quién? Se trata, eminentemente, de convertir la zona en una especie de parque temático de museos, para los turistas: facilitar el aparcamiento de montones de autobuses abarrotados de ellos; ponerles una explanada, con pocos árboles, para que paseen y en verano se deshidraten; reducir el tráfico aumentándolo en zonas que harán peligrar la conservación de los cuadros; sustituir el actual suelo por un terrizo o albero de plaza de toros, que en Madrid no pega ni con cola y que levantará tanto polvo que asimismo dañará las pinturas; talar o quitar de en medio (“trasplantar”, lo llaman) casi setecientos árboles entre Cibeles y Atocha, árboles antiguos, altos, frondosos, y que sobre todo constituyen un paisaje que debe ser invariable, por emblemático y por querido por los madrileños tal como es y como está. Lo dijo Soledad Gallego-Díaz en una columna de este diario: la mayoría vemos un Paseo “muy hermoso que va a ser sometido a una intervención desproporcionada, innecesaria e injustificada”.

A la gente no se le puede cambiar la fisonomía de sus ciudades hasta hacerlas irreconocibles, ni siquiera si es supuestamente para mejor (casi nunca lo es). Meterle mano al Paseo del Prado sería como metérsela en París a los Jardines del Luxemburgo o en Londres a Trafalgar Square. ¿Que ambos lugares serían mejorables? Sin duda, todo lo es, y también empeorable. Pero, así como unos padres no dejarían que sus hijos fueran retocados quirúrgicamente para hacerlos más guapos, más altos o con ojos azules, nosotros no aceptamos que se destruya el ya casi único rasgo de identidad de Madrid para transformarlo en otra cosa, menos aún en un adefesio semidesértico, lo más probable a la vista del famoso y servil proyecto. Si los turistas vienen, bueno. Pero una ciudad no se puede hacer para ellos, ni tratar Recoletos y el Prado como si fueran Marina d’Or o Torrevieja o Marbella.

Pero además hay que decir algo sobre la grosería. La Baronesa Thyssen, bendita sea, ha sido quien ha dado la voz de alarma ante el desafuero. Y la reacción del Ayuntamiento, de la oposición, de los arquitectos y hasta del director del Museo del Prado, Zugaza (éste más por omisión), ha sido tan faltona que sólo se explica por el excesivo y sospechoso interés de todos por tirar adelante con las obras. El arquitecto Hernández de León ha dicho: “Detrás de esto hay una situación de capricho que se está transformando en un chantaje”. Pilar Martínez, edil de Urbanismo: “La Baronesa es una caprichosa intolerante que antepone su interés personal al de los ciudadanos” (!). Simancas, aspirante a la Presidencia de Madrid: “Aguirre y Gallardón se pelean por el favor de una Baronesa”. Y hasta el propio alcalde, normalmente educadísimo, ha perdido las formas: “Hay que hacer más caso a la inteligencia que a la aristocracia”, llamando así poco menos que tonta a la Baronesa. Ésta no es tal más que por un azar, por matrimonio, y en modo alguno es “aristocracia”. Se trata de Carmen Cervera, catalana que consiguió para Madrid y España una colección de pinturas inigualable. Convenció al marido, como sabemos todos, y cuando la venta se hizo efectiva, tras generoso préstamo, el Estado pudo adquirirla a un precio inferior al real, gracias a ella. Y aún hay quien, en estos días, ha dudado de sus motivos para oponerse al destrozo y ha insinuado, ofensivamente, que querrá ofrecerle “al mejor postor” el tercio de las pinturas aún pendiente de venta en firme.

A esta mujer debería tenérsele muy profundos agradecimiento y respeto, que ahora han brillado por su vergonzosa ausencia. La feísima impresión que han dado todos es la de haber pensado: “Ahora que ya sacamos lo principal de ella, podemos darle la patada”. Y con ello han demostrado, una vez más, que España es un país patanesco y no de fiar cuando hay por medio cemento, políticos, constructores y dinero. Y eso es lo que nos domina y define, lamentablemente, en el siglo XXI. Nuestro mayor problema, y no exagero.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal
, 21 de mayo de 2006

domingo, mayo 21, 2006

Defensa del presente

¿Quién quiere periódicos de ayer? La pregunta parece retórica pero no lo es tratándose de los textos periodísticos de Javier Marías, como queda ejemplificado por El oficio de oír llover, el quinto volumen de columnas de Marías en que se recopilan los artículos escritos durante los dos primeros años de colaboración en El País Semanal, revista que le invitó a retomar el hilo de la columna semanal que había escrito durante ocho años para El Semanal y que dejó por un flagrante caso de censura al que alude en uno de los artículos de este volumen “Los asuntos pringosos” (para más detalles véase Harán de mí un criminal).

No cabe duda de que los artículos reunidos en el volumen que me ocupa aquí cumplen con uno de los principales requisitos del género: se centran en temas actuales y cuestiones palpitantes. Teniendo en cuenta el periodo de publicación periodística (febrero de 2003-febrero de 2005) no es de sorprender que entre ellos destaquen la ilegítima guerra de Irak, la involuntaria participación de España en ella y los horrorosos atentados del 11-M. Estas circunstancias excepcionales explican, asimismo, la frecuencia y la ira con las que el autor comenta la política y los comportamientos del Partido Popular.

Predomina el tono amargo e indignado, vehículo del desengaño de un ciudadano que no siente afinidad ni simpatía por ningún partido político pero que, a pesar de ello, sigue votando y que se niega a zambullirse en el cinismo político (aunque sí aboga por el desprecio por los políticos) porque está convencido de que la política –lo queramos o no- es un constituyente decisivo de nuestra sociedades y, por ende, de nuestro mundo.

Teniendo en cuenta esta vinculación con la actualidad –inherente al género-, sería casi pertinente concluir que los artículos reunidos en este volumen tienen fecha de caducidad. La afirmación resulta, sin embargo, errónea, como queda evidenciado, sin ir más lejos, por el éxito de El oficio de oír llover, que a diferencia de lo que suele ocurrir con las recopilaciones de columnas, se reeditó en muy poco tiempo. ¿Cómo explicarlo? Una de las justificaciones de la publicación de los volúmenes anteriores –Mano de sombra (1997), Seré amado cuando falte (1999), A veces un caballero (2001) y Harán de mí un criminal (2003)- alegadas por el autor fue que el lugar de origen de los textos reunidos fue El Semanal, suplemento dominical de gran tirada pero sin difusión nacional. Éste sin embargo no es el caso de El País Semanal, por lo cual me parece apropiada la suposición de que los lectores de Marías no se contentan con la lectura periodística sino que prefieren un reencuentro con los artículos en forma de libro. Y con razón, y que leerlos en este formato no es una experiencia repetitiva ni efímera sino nueva y duradera. En este nuevo contexto, los textos de Marías tienen más posibilidades de convertirse en un estilo, en una visión del mundo, en un sentimiento de la vida, que podría resumirse como un profundo descontento con la realidad circundante, dominada por unos modales y una mentalidad infantiles, deshonestos, superficiales, estúpidos, apresurados, irresponsables y autocomplacientes.

Este conflicto entre el yo y sus circunstancias no es nada nuevo en el género. Es más: a mi juicio, la mayoría de los columnistas, al plasmar su visión del mundo, acuden al paradigma del conflicto entre civilización (el yo columnista y sus lectores cómplices) y barbarie (los otros, el mundo circundante). Lo que sí me parece fuera de lo común en le columnismo mariesco es el sólido equilibrio entre razón y corazón con el que el autor madrileño elabora esta dicotomía. Por fuertes que sean, su indignación y su enfado siempre van acompañados de argumentos que brillan por su inteligencia, perspicacia y originalidad, lo que tiene como efecto que el lector no quiera saltar ni perder ninguna palabra de esa prosa magistral que no sólo en su fondo sino también en su forma frena el paso del tiempo y, de este modo amplía el presente. Así, estas columnas recalcan que no somos –o no deberíamos ser- un continuo llegar a ser y prescribir sino que somos –o deberíamos ser- un continuo ser. En las manos de Marías, el género efímero por antonomasia se convierte en una empedernida y valiosa defensa de un presente más duradero.

MAARTEN STEENMEIJER

Quimera
, abril de 2006

lunes, mayo 15, 2006

LA ZONA FANTASMA. 14 de mayo de 2006. Por qué no vuelven

Como ya he comentado aquí alguna vez, no es que yo vea cine español frecuentemente, y la culpa es, en gran medida, del exacerbado patriotismo de nuestra prensa y de nuestros críticos. Hace ya años que decidieron que tenía que haber varias obras maestras nacionales cada temporada, y, en el desconcierto sobre cuáles serían, optaron por ensalzar casi cualquier película. Si uno les hiciera caso, habría en nuestro país unas dosis de talento sólo comparables a las que circulaban por Hollywood en los años cincuenta, cuando allí trabajaban regularmente Hitchcock, John Ford, Billy Wilder, Anthony Mann, Otto Preminger, Joseph Mankiewicz, Huston, Stanley Donen, Minnelli, Fuller, Richard Brooks, McCarey y Orson Welles de tarde en tarde, por mencionar sólo a unos pocos. La realidad es otra, para mi gusto, y la mayoría de las veces en que me animo a ver una supuesta genialidad española, me encuentro con una cosa meramente lánguida, o cursi, o sandia, o pretenciosa, o chorras, o zafia, o bien con una copia de algo mucho mejor hecho hace tiempo y que, con el analfabetismo cinematográfico de las generaciones semijóvenes y la voluntaria desmemoria de las veteranas, nadie reconoce como tal copia (ha sido notable el caso de una de esas “obras maestras” recientes, que casi calcaba la atmósfera y los personajes de The Innocents, del inglés Jack Clayton, adaptación de La vuelta de tuerca, de Henry James, con Deborah Kerr en el papel de Nicole Kidman, y titulada en España en su día, absurdamente, ¡Suspense!). Así que uno acaba escarmentado y haciéndoles pagar el timo a todos.

Por eso quizá sea justo que, habiendo despotricado en más de una ocasión contra ese cine patrio sobrevalorado, señale una gran película cuando creo ver una, como Volver, de Almodóvar. No es la única que me ha gustado en el último decenio. Por lo menos hay tres más: Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, de Agustín Díaz Yanes; En construcción, de José Luis Guerín; y una que, si no me equivoco, y a diferencia de las anteriores, no gozó de tanto reconocimiento por parte de la crítica ni de los premios: Al sur de Granada, de Fernando Colomo.

Hace una semana hablé aquí de la antigüedad de los fantasmas, a propósito de una cita del Evangelio de San Lucas. A lo largo de los siglos no fue rara la creencia en esos seres que se resistían a dejar el mundo y no encontraban descanso más allá de la muerte. Hoy casi nadie cree ya en serio en ellos. Algunos lo fingimos un poco, más que nada para no desacreditar un género literario que sí que ha dado obras maestras. Otros los mezclan con los esoterismos varios que están de moda, pero quienes abrazan todas las creencias exóticas o anómalas de la historia (desde el horóscopo hasta las leyendas templarias), suelen ser individuos desnortados, ignorantes y escépticos que en realidad no creen nada y van probando. Volver es un relato de fantasmas y lo es hasta el final, porque pese a las explicaciones habidas en el penúltimo tramo, que todo lo ponen en su racional sitio, el regreso de la madre de Raimunda y Sole sigue funcionando como un encantamiento y sigue perteneciendo a la esfera de las fantasías, de lo improbable y lo portentoso. Si esta película conmueve tanto, a la vez que divierte y “cae en gracia” de principio a fin, es posiblemente porque habla con toda naturalidad de los fantasmas domésticos, que son los más buscados en los sueños, el único territorio en el que de verdad se aparecen.

Todos soñamos de vez en cuando con nuestros muertos. Los vemos con nitidez, oímos su risa, hablamos con ellos, y la representación es a veces tan vívida que, como dijo Milton en su soneto sobre su esposa muerta, es el día el que, al despertarnos, nos devuelve a nuestra noche constante. Existe una dimensión fantasiosa de la vida, que en modo alguno está reñida con la racional excepto si las dos se confunden, y en aquélla cabe imaginarlo todo, hasta lo sucedido efectivamente, que, desde mi punto de vista, sólo es real del todo cuando además se lo ha imaginado, es decir, cuando también nos lo hemos contado como si fuera un relato. Es esa doble dimensión, la de lo vivido-imaginado, la que explora la película de Almodóvar: en ella todo es normal y sin aspavientos, casi costumbrista, se presenta un mundo de mujeres habituadas a salir adelante ante las peores situaciones, con energía y pragmatismo improvisados, hay muchas así en todas partes. Y sin embargo, sin merma de esa normalidad, les ocurre algo extraordinario, algo fantástico o que como tal es vivido, y que es incorporado en el acto, sin contradicciones ni dificultades, con vitalismo casi, a la laboriosa existencia del día a día. Por eso deja un eco en el espectador, por eso resuena en la memoria, porque invita a fantasear, a imaginar lo vivible y a vivir lo imaginable, y a preguntarse lo que todos nos preguntamos de vez en cuando, algo ensoñados, al pensar en nuestros muertos: ¿Qué haríamos si volvieran? ¿Dónde los meteríamos? ¿Qué querríamos saber ahora de ellos? ¿Qué opinarían? Qué nos dirían. Por qué no vuelven.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal
, 14 de mayo de 2006

lunes, mayo 08, 2006

LA ZONA FANTASMA. 7 de mayo de 2006. Sermón del fantasma

Estaba yo el otro día en un bonito funeral que al parecer celebra anualmente la Real Academia Española, muy cerca de la descuidada casa en que vivió Quevedo, “por Don Miguel de Cervantes y cuantos cultivaron las letras hispanas”, con especial mención de los académicos muertos de abril a abril, entre los que este año se contaba mi padre, Julián Marías. Un grupo de voces blancas cantaba gratos fragmentos del Códice de las Huelgas, del siglo XIV, y todo discurría apaciblemente. Le tocó leer al oficiante un breve extracto de los Evangelios, y fue del de San Lucas, aunque en versión distinta de la que yo tengo a mano, pues donde en ella dice “espíritu”, él leyó siempre “fantasma”. Trata del momento en que Jesús se apareció ante los once apóstoles tras su resurrección (el hoy redescubierto Judas ya se habría colgado, y quizá cruzado con Jesús en el camino de los infiernos, el uno de ida y el otro de vuelta; quién sabe si se saludaron o ambos desviaron la vista, como si no se conocieran): “Mientras esto hablaban, se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Aterrados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Él les dijo: ¿Por qué os turbáis y por qué suben a vuestro corazón esos pensamientos? Ved mis manos y mis pies, que yo soy. Palpadme y ved, que un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Diciendo esto, les mostró las manos y los pies. No creyendo aún ellos …, les dijo: ¿Tenéis aquí algo que comer? Le dieron un trozo de pez asado, y tomándolo, comió delante de ellos”. En la traducción de Casiodoro de Reina, conocida como La Biblia del Oso, de 1569, la escena no difiere, aunque los discípulos le ofrecieron también “un panal de miel”, igualmente presente en la versión inglesa del Rey Jacobo, de 1611. En otra más moderna en esta lengua, el panal ha desaparecido, pero en cambio queda aún más claro que lo que convence a los incrédulos de que el Cristo no es un fantasma, es precisamente que hinque el diente, más que su efectiva corporeidad, pues se da por descontado que debieron de palparlo a base de bien, como él les aconsejó e invitó a hacer: “Seguían sin convencerse, aún preguntándose, porque parecía demasiado bueno para ser cierto. Así que él les preguntó: … y lo comió ante sus ojos”. Eso dice The New English Bible.

Fueron dos cosas las que, allí en la iglesia de las Trinitarias, me tuvieron distraído durante el resto de la ceremonia. Por un lado, Jesús habla en este pasaje, con toda naturalidad, de los fantasmas, espíritus o aparecidos, esto es, como algo común, existente, cierto y que no debería sorprender en exceso, aunque sí pueda asustar. Y no sólo eso, sino que parece estar al tanto de las características de estos seres, de los que se quiere diferenciar a toda costa. “Ellos no tienen carne ni huesos, yo sí, tocadme. Si fuera un fantasma, palparíais y no daríais con nada, pese a estar viendo mi figura”. Les muestra las manos y –excéntricamente– los pies, quién sabe si porque los espíritus, caso de presentarse incompletos, lo hacen sin extremidades y son sólo como torsos, o como bustos. Sea como sea, da la impresión de que Jesús esté bien al corriente de lo que los fantasmas tienen y no tienen, y hacen y no hacen. Y sabe, por ejemplo, que no comen en absoluto; por eso, para demostrar a los once que no deben dudar, les pide de comer y engulle el trozo de pez “ante sus ojos”, como fehaciente prueba de su recobrada carnalidad y como si les dijera: “Si me alimento no puedo ser un espíritu”.

A la luz de este pasaje, escuchado por casualidad, no puedo evitar preguntarme cómo es que las Iglesias cristianas, que se han dedicado a interpretar todo lo interpretable durante veinte siglos, y a regularlo, desde el famoso sexo de los ángeles hasta el posible bautismo de un feto en el vientre de la madre, mediante inyección, no han establecido como verdadera doctrina –que yo sepa– la existencia de los fantasmas (al fin y al cabo hay “palabra de Dios” al respecto) y no han dilucidado cuáles son sus funciones, su paradero, sus posibles santidad o condenación, su status en el reino de los cielos si es que allí están, el porqué de sus privilegios (lo es darse una vuelta de vez en cuando por el mundo dejado atrás y ver de nuevo a los seres queridos y fastidiar a los enemigos), y toda una serie de cuestiones de mucho mayor interés que las que suelen ocupar hoy a la mundana Iglesia. Lo serían, al menos, para la legión de entusiastas de los relatos de fantasmas, entre los que sin duda me cuento.

El segundo aspecto que me distrajo durante el funeral fue que el resucitado anduviera hambriento y pidiera de comer, pues no creo que atacara el pez y la miel sólo para convencer a los once. Debía necesitar picar algo, y eso, para mi gusto, denota cierto extraño prosaísmo, dadas las solemnes circunstancias y los lugares tremendos por los que acababa de atravesar. Pero bien mirado, y si a todos los efectos había recuperado la carnalidad, hay que tener en cuenta que el hombre se había pasado tres días de viaje y sin probar bocado; así que lo raro, en definitiva, es que no pidiera un jabalí (es un decir).

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de mayo de 2006

domingo, mayo 07, 2006

No sólo cuestión de árboles

Estoy a punto de escribir un artículo sobre este asunto, que no saldrá hasta dentro de dos semanas, en El País Semanal.

Pero vaya por delante que la proyectada reforma del eje Recoletos-Prado no es sólo una cuestión de árboles, con ser ésta importante. Algo que no puede hacerse es cambiar la fisonomía de las ciudades sin más ni más, ni siquiera si fuera, supuestamente, para mejor. Hay elementos que deben ser invariables: los jardines del Luxembourg en París, Trafalgar Square en Londres o la frondosidad del paseo del Prado y Recoletos.

Además de eso, me parece alucinante la grosería con que las autoridades, la oposición y los arquitectos están tratando a una mujer que no es "una baronesa". Lo es sólo por accidente, y lo que es, en todo caso, es alguien a quien se le debería tener un enorme agradecimiento y un profundo respeto. Que los interesados en ese proyecto lo hayan perdido tan fácil e histéricamente ya dice mucho sobre su excesivo y sospechoso interés en sacarlo adelante.

JAVIER MARÍAS

El País, 7 de mayo de 2006

Llega una forastera

Buenas noticias para Alfaguara. Valerie Miles -a veces me equivoco y la llamo Vera, como la estupenda actriz de Centauros del desierto (The Searchers, 1956), uno de los mejores westerns de John Ford- se ha incorporado a la editorial que dirige Amaya Elezcano para hacerse cargo del catálogo de literatura extranjera. El currículo de Miles como editora literaria es más que notable. En Bronce y Emecé (grupo Planeta) publicó autores como Jumpa Lahiri, Cheever, Kawabata, Antonia Byatt, Richard Yates, Louise Eldrich, Monica Alí, Gao Xingjian y otros semejantes. Y es la editora, y codirectora (con el poeta y traductor Aurelio Major), de Granta en Español, una estupenda publicación que, al parecer, también se quedaría Santillana (lo que es otra excelente noticia). La señora Miles deberá intentar que Alfaguara vuelva a recuperar el esplendor que tuvo, en lo que respecta a la literatura extranjera, hasta finales de los noventa, antes de que se impusieran los criterios de máxima rentabilidad en el menor tiempo, se descuidara el fondo, no se renovaran contratos con autores importantes (incluyendo a Philip Roth) y todos los esfuerzos se orientaran a conseguir ese improbable mirlo blanco que algunos denominan «best seller de calidad». Mientras tanto, la prestigiosa editorial refundada por Jaime Salinas en los setenta, que sigue teniendo un gran catálogo de literatura hispánica, publica este mes un plato fuerte para la Feria del Libro: Travesuras de la niña mala, del maestro y «nobelizable» Mario Vargas Llosa. Esperemos que su seguro éxito les compense de algunas pérdidas llamativas (las nuevas novelas de Muñoz Molina y Millás) y de sustos cercanos largamente anunciados (Marías retira sus «bolsillos» de Punto de Lectura, la colección de bolsillo de Santillana, y se los lleva a Debolsillo, de Random House Mondadori). Ánimo y siempre a flote, que la vida es larga.

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

Abc de las artes y las letras, 7 de mayo de 2006

jueves, mayo 04, 2006

MARÍAS-MENDOZA EN MADRID




Los escritores no ganan talento con los años

Los escritores Javier Marías y Eduardo Mendoza coincidieron hoy en rechazar la experiencia como garantía de calidad literaria y señalaron que los autores no ganan talento a medida que avanza su carrera, sino que, por el contrario, pierden frescura.

En el transcurso de una charla celebrada con motivo de la publicación de la nueva novela de Mendoza, Mauricio o las elecciones primarias, enmarcada en el ciclo Literatura en persona del Centro Cultural Blanquerna, Marías indicó que "aunque te aseguran que con los años vas a adquirir más seguridad y que cada vez lo harás mejor, escribir novelas me parece cada vez más difícil, más raro, más absurdo y más impropio de un ciudadano".

Mendoza suscribió tales argumentos y añadió que "a medida que uno avanza en su carrera literaria no adquiere sabiduría, sino que va perdiendo frescura" y bromeó con que "tendría que haber un servicio de eutanasia de autores".

Marías y Mendoza, dos de los autores más reconocidos del panorama literario nacional, con más de tres décadas de éxito cada uno a la espalda, convinieron además en que "seguimos escribiendo posiblemente para ver si entendemos por qué nos pusimos a escribir un día".

El autor de La verdad sobre el caso Savolta (1975) no se resiste a su vocación, que considera unas "vacaciones continuas", y aborda en su nueva novela, publicada por Seix Barral, la situación de la Barcelona posterior a la Transición, entre las segundas elecciones autonómicas, que ganó Jordi Pujol, y la designación de la ciudad como sede olímpica.

El escritor teje una historia alrededor de la vida de un dentista de la ciudad condal que es tentado por los socialistas para participar en los comicios celebrados en 1984, lo que le da pie al autor para plasmar un desencanto por la política que comparte con sus personajes.

Mendoza (Barcelona, 1943) opinó que desde entonces "las cosas han cambiado notablemente, porque las etapas se queman muy deprisa y a nadie le sorprende ahora cosas que en esa época creaban crisis de conciencia, como el desencanto de la clase política al que ya nos hemos acostumbrado".

El ciclo Literatura en persona, que acoge la librería Blanquerna, tiene como objetivo establecer puentes entre autores catalanes y del resto de España y, en las próximas citas, participarán Francisco Casavella (17 de mayo) y la directora de la Biblioteca Nacional, Rosa Regás, (31 de mayo).

Terra-Efe, 3 de mayo de 2006


Marías alaba el humor de Mendoza y repasa los enigmas de su narrativa




"Eduardo Mendoza abrió con su primera novela (La verdad sobre el caso Savolta) una senda en la narrativa española. Dignificó el humor, exploró en nuevas técnicas narrativas y en géneros subestimados. Creó un territorio imaginario de Barcelona que todavía perdura". Con estas palabras, el escritor Javier Marías inició ayer la presentación del escritor catalán en el Centro Cultural Blanquerna de Madrid, donde ante más de un centenar de personas ambos conversaron sobre la última novela de Mendoza, Mauricio o las elecciones primarias (Seix Barral).

La presentación del libro de Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) forma parte del ciclo Literatura en persona, que organiza el Centro Cultural Blanquerna y que pretende establecer puntos de encuentro entre escritores catalanes y del resto de España. Entre los asistentes se encontraban los escritores Pere Gimferrer y Juan José Millás.

Las intervenciones de Marías y Mendoza, que hicieron gala de su particular sentido del humor, cautivaron a los presentes. "Mendoza es el autor con más gracia de la literatura española de los últimos 30 años", dijo Marías. Afirmación que provocó cierta cara de sorpresa en el autor catalán.

Marías reconoció tener "especial debilidad por la novela que ha ido construyendo Mendoza a lo largo de los últimos 30 años. Todas ellas son enigmáticas porque parece que las cosas no se cuentan y podían haberse contado y, sin embargo, están ahí. Dejan huella en la memoria y me han hecho reír en el acto de leer". El escritor madrileño realizó una exhaustiva descripción de la persona de Mendoza. "Agradable, educada, con un punto de ironía casi imposible de percibir, por lo educado que es. Muy enigmático, porque a la vez que está, parece no estar allí donde uno lo ve". Una vez que Marías analizó la figura y la narrativa de Mendoza, utilizó una reciente entrevista que había leído en una publicación mensual en la que le sorprendió al menos una de las respuestas que daba Mendoza sobre los políticos que le caían mal. "Primero citó a Berlusconi y luego a Bush, hasta ahí todo entendible; pero lo que no he conseguido explicarme es por qué le caen mal los políticos chinos". No hubo medias tintas en la respuesta, ni pensó en los nuevos mercados asiáticos. Fue contundente en su afirmación. "Visto uno, vistos todos, y me caen mal. Los chinos son muy lacónicos". La respuesta provocó cierta sonrisa en Marías.

Hablaron del oficio de escritor y fue entonces cuando Mendoza explicó que "en este trabajo, cuanto más avanzas, no adquieres más sabiduría y vas perdiendo frescura. Creo que seguimos escribiendo para ver si conseguimos entender por qué un día nos pusimos a escribir". La primera novela de Marías (Los dominios del lobo) se publicó hace 35 años y la primera de Mendoza hace 31. Ambos escritores centraron el resto de su intervención en la última novela de Mendoza, Mauricio o las elecciones primarias.

El escritor sitúa la novela en la Barcelona posterior a la transición, entre las segundas elecciones autonómicas que gana Jordi Pujol y la designación de la ciudad como sede olímpica. A través de Mauricio, un dentista con ideales pero sin carácter, que comparte protagonismo en la obra con otros dos personajes, Mendoza describe un país y unas gentes.

"¿Tendrá continuación?", preguntó Marías. "No tengo ni idea. Inicialmente, pensé que podía ser una trilogía, que la historia podía ir contándola de forma fragmentada, quería continuar con los mismos personajes, aunque algunos mueran, pero ahora realmente no sé qué hacer. Lo meditaré y ya veremos", sentenció Mendoza.

AURORA INTXAUSTI

Foto: Bernardo Pérez

El País
, 4 de mayo de 2006

La grabación del coloquio se puede ver en El boomeran(g)

martes, mayo 02, 2006

JAVIER MARÍAS-EDUARDO MENDOZA. DIÁLOGO EN BLANQUERNA

Mañana miércoles, 3 de mayo, a las 7,30 de la tarde, en la Librería Blanquerna de Madrid (Alcalá 44), Eduardo Mendoza hablará de su obra con Javier Marías. El Rey de Redonda y su Duke of Isla Larga conversarán sobre literatura y sobre la última novela de Mendoza.

Ray Bradbury en Redonda

Entre las virtudes del literario Reino de Redonda (un pequeño islote deshabitado en el Caribe) está el de dar un premio anual a un escritor o cineasta extranjero -y de lengua no española- al que se premia con 6.500 euros (que salen de la tesorería privada de Javier Marías) y con el título de Duke de este reino, cuyo lema es Ride si sapis (Si sabes, ríe). España es uno de los pocos países de cultura universal que no tiene un premio a la mejor obra extranjera. Este fallo que habla de nuestra inveterada cerrazón de otros tiempos- queda salvado -qué cosas- por la pura iniciativa privada y (¿por qué no decirlo?) la generosidad de un escritor de éxito, que lo paga de su bolsillo. Raro ejemplo.

Este año (el sexto en que se otorga el galardón, que inauguró Coetzee) ha recaído en el mítico narrador y guionista norteamericano, Ray Bradbury, un maestro de la ciencia-ficción (de hecho, un clásico ya en el género) que tiene 85 años y vive en California. ¿Cómo no iba aceptar un rey de la imaginación un ducado literario? Su título: Duke of Diente de León, en alusión al título de una novela suya -Dandelion Wine- que en España se tradujo como El vino del estío.

Yo no voté a Ray Bradbury (sino a Michel Tournier) y lo siento doblemente. Primero por casi olvidarme de él: ¿Vivía aún? ¡Hacía tanto tiempo que no oía de él! Pero además porque yo fui, alrededor de los 20 años, un fervoroso lector suyo en las ediciones Minotauro, todo hay que decirlo editadas en Argentina, pero que llegaban acá -no ocurre con los libros de hoy, un desastre- normalmente. Recuerdo Crónicas marcianas, prologado por Borges en 1954 (la edición original inglesa es de 1950), Las doradas manzanas del sol -un verso de Yeats- o Remedio para melancólicos, espléndidos títulos. Y hasta leí un libro sobre Bradbury (pionero aquí sin duda) de José Luis Garci, Ray Bradbury, humanista de futuro (1971). Bradbury escribió el guión de Moby Dick, la película de Huston y vio como Truffaut -otro clásico- convertía en obra maestra del cine su novela corta Fahrenheit 451. El libro es de 1953 y la película de 1966... ¿sí cuánto tiempo sin Bradbury! Uno casi debía ocultar que lo leía en la Universidad de 1970, porque sonaba a autor poco intelectual y nada comprometido: ¡Menuda pamplina! Se había adelantado mucho...

Pero yo me quedo, aún, con su desbordante y bello lirismo: el húmedo planeta Venus en el que no cesa de llover, y donde solo se ve el sol una hora al año (la hora fulgurante de todas las magias), o esa nave de terrícolas, convenientemente refrigerada, que viaja al Sol, para por medio de una larga cuchara, arrancar de su masa incandescente un pedazo del astro rey. Cuando los astronautas se van aproximando, la terrible e inmensa belleza de la gran luz los deslumbra como una gigantesca metafísica... ¿Qué hace Bradbury ahora? ¿Qué ha publicado después de 1965? En 1968 -es lo último que sé- escribió un guión de una película sobre Picasso (vivía el pintor), que no he visto: The Picasso Summer. Bradbury cómo no. ¡Cuántos bellos estíos!

LUIS ANTONIO DE VILLENA

El Mundo, 26 de abril de 2006

lunes, mayo 01, 2006

Bradbury deslumbra al público argentino con sus reflexiones sobre la novela

No baja del millón de visitantes desde 1999, la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires enciende el otoño suramericano. Mientras dura, la ciudad se transforma: los programas de radio transmiten desde allí y los escritores saltan a la televisión. Familias enteras (¡con mascotas de peluche incluidas!) disfrutan hasta el 8 de mayo de la 32ª edición con la tecnología como aliada. En uno de los actos más celebrados, Ray Bradbury, patriarca de la ciencia-ficción, fue teletransportado recientemente en la primera videoconferencia que ofrece la feria argentina y anticipó la publicación de tres novelas nuevas.

Trescientas personas vieron su sonrisa triplicada en tres pantallas gigantes, pero el mayor aplauso se lo llevó la fervorosa ocurrencia del autor de Crónicas marcianas (1950), quien a los 86 años anticipó tres novelas y expresó su fascinación por la ciudad con un "volveré y les haré el amor a todos ustedes".

Basta proponer un tema -¿la carrera espacial?, ¿Internet?, ¿el cine de John Houston?- para que Ray Bradbury (Waukega, Illinois, EE UU, 1920), tertuliano nato, teja como un prestidigitador una historia memorable en Los Ángeles (donde vive) o en la Luna (a la que sostiene que el hombre debe volver). "¿Y por qué no nos cuenta cómo llegó a publicar Fahrenheit 451 -la escalofriante antiutopía de una sociedad en la que los bomberos extinguen libros- en pleno macarthismo?", animó en la sala Gabriel Guralnik, experto en ciencia-ficción y co-conductor de la entrevista junto al editor Marcial Souto, responsable de la segunda época de Minotauro y traductor de Bradbury. Nada más hizo falta para que el escritor desempolvara su encuentro con Hugh Heffner: "Vino a verme un muchacho en 1953 que quería hacer una revista y me pidió cualquier historia que pudiera comprar por 300 dólares. 'Tome esta que nadie quiere publicar', le dije, y así es como todos los jóvenes del mundo están en deuda conmigo por haber contribuido con el nacimiento de Playboy", contó.

Autor de culto en todo el mundo, mientras esto sucedía en Buenos Aires, en España, Bradbury era galardonado con el VI Premio Reino de Redonda, "por sus extraordinarias narraciones fantásticas, en las que confluyen una inventiva tan original como poética, un profundo talante humanista y un desacostumbrado romanticismo". El fallo de la editorial Reino de Redonda del escritor Javier Marías destacaba el talento del autor de El hombre ilustrado (1951) para "crear verdaderos mitos modernos y lanzar acertadas visiones de un futuro a menudo amenazado por el riesgo totalitario que trae consigo la idolatría de la técnica deshumanizada". El reconocimiento, que se dio a conocer hace una semana, suma el nombre de Bradbury al de una selecta dinastía de duques artísticos (escritores o cineastas en lengua no española) iniciada en 2001 e integrada ya por Alice Munro, John Michael Coetzee, John Elliott, Claudio Magris y Eric Rohmer, ganadores de los años anteriores.

Un viaje literario

Entretanto, en Buenos Aires, lectores de todas las edades disfrutaban de su hora con Bradbury (exactamente eso duró el encuentro) y se revolvían en sus asientos anticipando el milagro de futuros viajes literarios. Aunque con grandes dificultades físicas (tiene parte del lado izquierdo del cuerpo paralizado tras dos derrames cerebrales), Bradbury sigue escribiendo y anunció esa tarde tres nuevas novelas a publicarse en el curso del próximo año. La primera de ellas, anticipó, saldrá en octubre y es Adiós estío, la segunda parte de El vino del estío (1957). Otra, En algún lugar toca una banda, contará la llegada de un hombre a un pueblo de inmortales y su amor "por una mujer que luce de 37 años pero tiene 150". "Empecé a escribirla hace 30 años para Katharine Hepburn, pero ella se aburrió de esperarme y murió. Creo que habría estado estupenda en el papel", aseveró el escritor, pensando ya en imágenes y rindiendo homenaje a otra de sus pasiones, el cine, para el cual ha trabajado como guionista en varias ocasiones. La tercera novela en cocción es Leviatán 1999, "algo así como Moby Dick en el espacio exterior", resumió, siempre inspirado, el autor.

"Imaginación, entusiasmo y falta de miedo a las emociones" caracterizan para Souto la obra de este "maestro viviente". "Lo que leemos en sus cuentos lo vemos, lo olemos... Su literatura apela a todos los sentidos", afirmó. Bradbury cree que la ciencia-ficción es un alimento para la imaginación altamente recomendable para niños. "Lo bueno de ella es que trabaja con metáforas y mitos, como los griegos, y a todos nos encantan esas historias. Gracias a un libro de Edgar Rice Burroughs y su serie de John Carter, yo conocí Marte a los 10 años y jamás volví", ejemplificó. Para los jóvenes escritores también tuvo palabras de luz: "He escrito todos los días de mi vida desde hace 80 años. ¿El secreto? Estar enamorado de todas las cosas. Nací como amante, así he vivido y moriré. Hay que enamorarse y permanecer enamorados. No escuchen nada que no sea su corazón y sigan ese camino. Si alguien no cree en ustedes y su futuro, apártenlo. Sean intensos y apasionados. Hagan eso y tendrán una vida feliz".

RAQUEL GARZÓN

El País, 1 de mayo de 2006