viernes, junio 30, 2006

Javier Marías entra en la Academia



Foto: Dani Duch

Javier Marías (Madrid, 1951) fue elegido ayer para ocupar el sillón R de la Real Academia Española en la primera votación por más de dos tercios de los miembros en posesión de plaza. Había sido propuesto por Gregorio Salvador, Arturo Pérez-Reverte y Claudio Guillén y ocupará la vacante que dejó Fernando Lázaro Carreter al morir en marzo de 2004. Fue Guillermo Rojo, secretario de la RAE, el que dio la noticia y comentó que fueron 31 los académicos los que asistieron a la cita, que seis enviaron su voto por correo y que, al ser favorables al ingreso dos tercios del total de miembros, no hizo falta una segunda votación. Celebró, además, que un escritor "tan leído" y "tan traducido" (a 34 lenguas y publicado en 44 países) vaya a enriquecer los múltiples desafíos en los que está inmersa la institución.

Justo una hora después de producirse la votación, Javier Marías se encontró con los periodistas en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. "Es un verdadero honor que una institución laica, culta e independiente me acoja como miembro. Tiene tres siglos de antigüedad y en toda su historia ha dado numerosísimos motivos de satisfacción. Ha sido independiente durante todo el franquismo. Mi padre, muerto hace seis meses, permaneció en la Academia durante 40 años. Por eso es para mí un honor por partida doble".

El nuevo académico contó que la primera propuesta le llegó hace 12 años, "lo agradecí pero estando mi padre consideré que no era correcto. No quería que nadie le acusara de nepotismo, algo que él aborrecía con todas sus fuerzas. Dije entonces que mientras estuviera él vivo había suficientes Marías en la Academia".

Con Marías, la Academia incorpora a un maestro del estilo, a un escritor que ha hecho de la frase, de su construcción y de sus ritmos internos, un arma de primer orden para provocar el discurso, para convocar los fantasmas de cada lector, para hurgar las heridas morales de una época desnortada, para celebrar la aventura o el sexo o el amor o el riesgo, para reconstruir y recuperar la memoria torcida de nuestra historia más reciente, acaso simplemente para encandilar.

Sobre el discurso que tendrá que pronunciar cuando formalmente pase a ser miembro de derecho, y sobre el trabajo que desarrollará en la institución, explicó que no ha pensado aún gran cosa. "Voy a ver qué tipo de trabajo me piden. En la Academia hay muchos expertos en diferentes campos y los escritores somos los menos útiles. Pero sí adelanto que estaré muy atento a los anglicismos innecesarios. Y sé que el plazo para el discurso es muy extenso. No será nunca antes de que concluya el tercer volumen de Tu rostro mañana".

El ocupante del sillón R añadió que de este tercer volumen lleva escrito la mitad y que éste será el más largo de los tres, y que no sabe cómo se titulará pero que llevará incluida la palabra veneno.

Marías dijo que ni le agrada ni le desagrada ser elegido el mismo día que Zapatero ha anunciado las conversaciones de paz con ETA. "También es el día de san Pedro y san Pablo. Son todo coincidencias".

Contó que supo el resultado de la votación por el director de la Academia, Víctor García de la Concha, quien le explicó que había sido elegido en la primera votación por dos tercios de los asistentes. Añadió que había pasado el día tranquilo tratando de escribir una nueva página de la novela. "Pero no he podido terminarla porque me he tenido que afeitar para estar con ustedes, cosa que hubiera hecho aunque no hubiera salido elegido y porque como vivo cerca del Ayuntamiento me he encontrado con una de las múltiples y ruidosísimas manifestaciones que cada día hay contra el alcalde Ruiz-Gallardón".

A la pregunta de si la elección como académico afectará al reino de Redonda y a su vida en general, dijo que no. "No creo que me afecte. No seré menos chinche ni menos pestífero, como dicen los italianos. Me han aceptado como soy y no cambiaré. Sé de algunos que incluso se han casado pero no creo que me dé ningún ataque de ese tipo".

Concluyó con un elogio de la libertad que siempre ha presidido la Academia. Le contaron que cuando en 1963 el secretario de entonces le comentó a Franco que se iba a presentar Julián Marías, éste respondió que lamentaba esa candidatura pero que no podía hacer nada. Y es que la Academia guardó incluso las plazas de los exiliados, como fueron Madariaga o Ayala. ¿Algo malo de la Academia? "Pues que nunca fuera miembro de ella María Moliner, autora individual de uno de los mejores diccionarios del español. Hay pocas mujeres y espero que eso cambie poquito a poco".

El director de la RAE, Víctor García de la Concha, comentó que Marías es uno de los escritores que forman parte del canon y que sus aportaciones serán riquísimas. Preguntado por un periodista si no había habido presiones del grupo PRISA para el ingreso de Marías, De la Concha contestó rotundamente: "Esa pregunta es casi un insulto, los académicos que han votado son muy heterogéneos".

Actualmente son 42 los académicos en posesión de su plaza, hay uno que está pendiente de pronunciar su discurso de ingreso (el médico Pedro García Barreno) y, desde ayer, se ha cubierto una de las tres que estaban vacantes (faltan por hacerlo las de Alonso Zamora Vicente y Julián Marías).

Javier Marías publicó en 1971 su primera novela, Los dominios del lobo (dedicada a Juan Benet), cuando tenía 19 años. Desde entonces forma parte del paisaje de la narrativa española y ha otorgado a ese paisaje una profundidad llena de matices, una hondura y densidad poco frecuentes, una originalidad en los tratamientos y las perspectivas, y una singular consistencia.

Todas las almas (1989), Corazón tan blanco (1993) y Mañana en la batalla piensa en mí (1996) llevaron la riqueza de la escritura de Marías al gran público. En 1998, en uno de los momentos de mayor éxito de su carrera, no dudó en aventurarse por nuevos caminos y publicó Negra espalda del tiempo, donde ensayaba nuevos recursos. Es lo que ha continuado haciendo en Tu rostro mañana, esa larga narración en la que todavía está embarcado.

A. GARCÍA / J. A. ROJO

El País, 30 de junio de 2006



SCIAMMARELLA

'Laudatio' de la puntuación

El ingreso de Javier Marías en la Real Academia Española es un motivo de regocijo para mí, como para el resto de sus amigos, y sin duda también para el propio Marías, en la medida en que supone el reconocimiento que varios países extranjeros le han otorgado reiteradamente y sin reserva, pero que el nuestro sólo le ha dispensado, al día de hoy, con cuentagotas y como a desgana. Al margen de esta consideración obvia, no creo que el ingreso en la augusta institución vaya a incidir de ningún modo en su obra. Es algo que no debería ocurrirle a ningún creador, pero mucho menos a Marías, cuya obra es, de todas, la que parece más ajena a los influjos externos. No me refiero a que la suya sea una obra ensimismada; menos aún a que sea un producto de laboratorio, aunque siempre ha habido en ella un componente importante de experimentación. En la narrativa de Javier Marías, especialmente en la que fluctúa entre la ficción y la crónica verdadera, aparece siempre un elemento personal a veces doloroso, y en todo lo que hace y escribe, narración o periodismo, hay un compromiso resuelto con la realidad. Lo que quiero decir es que el desarrollo constante y riguroso de esta obra responde a una lógica interna en la que no han hecho mella causas externas a la literatura, y desde luego no las opiniones, elogiosas o no, con que ha sido recibida. Nunca se le ha visto recular, ni tampoco buscar el beneplácito del público o la crítica allí donde sabe que le sería fácil conseguirlo. En dos palabras: Marías va a su aire. Y va con un paso que a lo largo de varias décadas no ha perdido vigor ni inventiva. Ni riesgo. Muchas cosas se pueden aprender leyendo las novelas de Marías, pero en este momento en que el ingreso en la Academia constituye una aparente sinecura (no remunerada) vale la pena destacar el empeño de Marías por meterse, literariamente hablando, en unos líos morrocotudos. Unos líos, todo sea dicho, de los que no siempre sale ileso pero siempre sale a flote, porque es osado e incluso temerario, pero no arrogante. Conoce o intuye sus limitaciones, a las que le gusta aproximarse, y es consciente de su extraordinaria y envidiable capacidad de maniobrar en un espacio increíblemente reducido. Traducido a términos no técnicos, esto significa que en el breve recorrido de una frase puede cambiar el ritmo narrativo, detener la acción o imprimir un acelerón a lo que parecía estancado, volver poético lo chocarrero, serio lo triste, o una combinación de lo anterior. Estas maniobras las consigue sin más medios que los que ofrece el diccionario y la gramática sucinta de la Academia en la que ahora ingresa. El resto es talento. Marías tiene el oído fino para el ritmo interno de las palabras y para el inusitado efecto apaciguador o sedicioso de los aparejamientos léxicos, para hacer que un término en un momento dado, sin que sepamos por qué, resulte perturbador. Es como si los párrafos, y no sólo los oscuros personajes que pueblan sus relatos, tuvieran un secreto que se resisten a revelar. No es ésta ocasión para entrar en un análisis más profundo de la obra de Javier Marías. Ahora sólo quería hablar del académico de la lengua; del que consigue construir un mundo que nos resulta real moviendo en un tablero de papel unas piezas que son letras y humildes signos de puntuación. Es en este terreno donde Marías hace sus mejores faenas. No sé si existe un estudio, en alguna remota universidad, sobre el uso de los signos de puntuación en la obra narrativa de Javier Marías. Si no lo hay, lo propongo a quien le pueda interesar. En resumidas cuentas, que con Marías entra en la Academia un hombre que sabe qué se puede hacer con el lenguaje. Su ingreso no debería ser el final de un trayecto, sino el principio de otro. Pero esto ya no incumbe a estas líneas apresuradas, que parecen ser una laudatio, porque eso es justamente lo que son.

EDUARDO MENDOZA

Soldados de sombra

La biblioteca de Javier Marías está protegida por un ejército en miniatura. Ha escogido húsares y cosacos con el esmero con que ordena sus libros. Su erudición en diversas literaturas adquiere así cierto aire de juguetería.

Marías persigue tomos esquivos en librerías casi secretas de las que ha dejado constancia en Todas las almas. Una vez que da con su presa, la coloca junto a un sargento diminuto, estimulante recordatorio de que escribir es un trabajo para valientes que regresan a la infancia.

No es casual que haya escrito páginas memorables sobre la percepción infantil (en el episodio inicial de Mañana en la batalla piensa en mí, el niño sabe lo que el adulto apenas intuye), que Negra espalda del tiempo explore el reverso de los sucesos a partir de la muerte de un niño (lo que no sucedió y sin embargo existe: lo que pudo haber sido), o que se refiera al fútbol, una de sus mayores pasiones, como "la recuperación semanal de la infancia". Todo fabulador requiere de cierta capacidad de retorno a la niñez para transformar los sentimientos primeros, las emociones más fuertes y formativas, en un tejido literario. Los libros protegidos por soldados de plomo hacen pensar en héroes de sombra, golpes de humor, aventuras bajo soles desconocidos, sangre imaginada.

Marías ha adquirido una estatura un tanto mítica en América Latina. Ajeno a la arena mediática, viaja a través de sus libros y sus artículos. Todo autor se convierte en personaje al ser leído, se traduce. No podía ser de otro modo con quien ha indagado los misterios de la traducción en su ejemplar versión de Tristram Shandy y ha imaginado desde la ficción los enredos lingüísticos de un intérprete del Rey. Negra espalda del tiempo narra, precisamente, las consecuencias del hecho literario, las historias que la realidad provoca a partir de lo que se ha escrito. En Bogotá, Caracas o el D. F. he estado ante lectores que discuten las novelas de Marías con el fervor del detalle y especulan sobre su persona con la acrecentada precisión que se le confiere a un protagonista literario. Saben que detesta los ruidos de Madrid, no navega por Internet y defiende los derechos cada vez más exiguos de los fumadores. Como Onetti, Marías escribe una prosa de musicalidades pausadas que sugiere las inhalaciones y los descansos del hombre que fuma: la frase fluye mientras el humo asciende. Recuerdo a Roberto Bolaño, otro eminente transformador del tabaco en historias, decir mientras encendía un cigarro: "Página por página, Marías es el mejor escritor de nuestra generación".

Tu rostro mañana
trata de un anticipador de destinos, inmejorable descripción del propio Marías. Sus novelas son travesías de conocimiento, investigan lo que no se ha pensado ni se ha sentido pero sólo puede pensarse y sentirse a través de la escritura.

Pocos autores han defendido su vocación -la isla del naufragio deliberado- con tanto celo como Marías. Si su cuidada biblioteca da cuenta de la dedicación al oficio, los soldados de plomo que la resguardan recuerdan que la literatura depende de estrategias sutiles. La conciencia de las palabras es una reflexión sobre la fuerza de lo que es frágil. Los adverbios y los juguetes ponen en evidencia a sus dueños. Nadie mejor que Javier Marías para ejercer en la Academia de la Lengua la tarea de acomodar una palabra con el tino de quien adelanta a uno de los suyos, imagina lo que podría pasar, le añade realidad y sueño, y gana una batalla.

JUAN VILLORO

Multitud de voces

En 1972, Javier Marías publicaba Travesía del horizonte. La novela traía consigo una pequeña operación literaria en medio de las comprensibles exigencias sociales de la época, además de ofrecernos un relato de aventuras. La importancia de ese libro, ahora visto en perspectiva, era la de introducir en la frase de ficción española aires anglosajones. Pere Gimferrer habló entonces de un pastiche. Y eso era. Pero además también importaba la inclusión de Henry James y Joseph Conrad en un texto que jugaba con la intriga y que a la vez, como haciendo honor a los homenajeados, nos proponía un secreto indemostrable. Secreto es una palabra clave en la novelística de Marías. La mención de James y Conrad indica también algo más preciso en relación a su literatura. En su narrativa cuentan primordialmente dos componentes: la digresión y la construcción de las voces narrativas. El escritor madrileño no necesita inventar historias. No necesita inventar intrigas. Las lleva adosadas en el cruce de voz y digresión. Aquí se generan la ambigüedad y esa atmósfera de indagación, las grietas morales y la voracidad de conocimiento. Resulta curioso que en novelas posteriores, desde Corazón tan blanco hasta Negra espalda del tiempo, llegando incluso a las más recientes como Tu rostro mañana 1: Fiebre y lanza y Tu rostro mañana 2: Baile y sueño, el autor mantiene intactas obsesiones literarias, motivos recurrentes (en el sentido en que Borges repite símbolos, metáforas, ideas).

Otra cuestión que ha llamado la atención en la obra de Marías es la función del autor dentro de la ficción. Negra espalda del tiempo recibió severas llamadas de atención. El gremio desperdició demasiadas energías en descubrir claves, además de reprocharle falta de unidad novelesca. Yo creo que se trataba, como sucedía en ese espléndido compendio de autores que se llama Vidas escritas, de un ejercicio riguroso de verdad literaria, por encima de otras verdades o mentiras irrelevantes. En Vidas escritas, Marías trata a sus autores como personajes de ficción ("con afecto y guasa", declaraba), un método harto eficaz a favor de la ficción, como no lo fue menos su Literatura y fantasma, otro cúmulo de reflexiones y argumentaciones en defensa del arte de la invención.

La tarea de traducción de Javier Marías no es tangencial. Forma parte de su concepción de la literatura. Lo que traduce tiene que enriquecer el acervo imaginativo de la literatura a la que pertenece. Para el autor madrileño, la traducción no es ajena a una meditación (palabra benetiana) sobre el propio estatuto de la representación. La traducción como fingimiento y representación es un artículo que debería estar en todas las escuelas de traductores. Lo mismo podría decirse de su función como editor. En la tradición de los grandes editores españoles, como fue el caso de Carlos Barral: publican lo que conocen, admiran y aman. No quiero terminar esta nota sin incluir al Marías columnista. Es decir, el Marías que piensa y emite una incorrección o una ira sin corsé en el momento más oportuno. A veces es difícil no ver en sus columnas, como se puede constatar en la edición de ellas, Harán de mí un criminal, una cierta familiaridad con esas voces escondidas en las largas digresiones de sus novelas. Marías es uno de los pocos columnistas con el que da gusto disentir. Las inteligencias bien engrasadas, hasta cuando hieren la banalidad, el mal gusto o la hipocresía dejan una huella estética con la cual disfrutar.

E. AYALA-DIP

El País, 30 de junio de 2006

jueves, junio 29, 2006

RAE: Javier Marías, elegido académico en la primera votación


Foto: Dani Duch

El escritor Javier Marías, "uno de los grandes novelistas españoles contemporáneos", ha sido elegido esta noche académico de la Lengua, en primera votación y por amplísima mayoría, lo que demuestra el elevado grado de consenso que había suscitado su candidatura.

Marías (Madrid, 1951), ocupará la vacante de Fernando Lázaro Carreter en la Real Academia Española y su candidatura fue propuesta por Arturo Pérez-Reverte, Gregorio Salvador y Claudio Guillén.

Salir elegido en primera votación es muy difícil, porque se necesita el apoyo de dos tercios del total de académicos en posesión de su plaza, que actualmente son 42.

A la sesión de esta noche han asistido 31 académicos y seis votaron por correo. En esa primera ronda Marías necesitaba un mínimo de 28 votos y logró 29.

El secretario de la Academia, Guillermo Rojo, visiblemente satisfecho, ha afirmado que "es rarísimo" conseguir un consenso tan amplio como el logrado por el novelista, "aunque se sea candidato único", y ha destacado la importancia de la obra de Marías, traducida a 34 idiomas.

El escritor Javier Marías ha dicho que es "un honor" para él haber sido elegido miembro de una institución "ilustrada, civilizada, laica, culta e independiente como es la Academia de la Lengua, con tres siglos de antigüedad".

CNN +,29 de junio de 2006

La Academia vota hoy la candidatura del escritor Javier Marías

La Real Academia Española vota hoy la candidatura del escritor Javier Marías, la única que se ha presentado para cubrir la vacante dejada en esta institución por el filólogo Fernando Lázaro Carreter.

La candidatura de Marías, uno de los escritores españoles más reconocidos internacionalmente y cuya obra está traducida a 34 idiomas, fue presentada por los académicos Gregorio Salvador, Arturo Pérez-Reverte y Claudio Guillén.

Las votaciones tendrán lugar en la sesión plenaria de esta tarde. Para ser elegido en primera ronda, Marías necesitará el apoyo de los dos tercios del total de académicos, tanto de los que acudan a la Academia como de los que voten por correo.

En la segunda, tendría que lograr el respaldo de los dos tercios de los presentes y en la tercera, bastaría con los votos favorables de la mitad más uno de los asistentes.

De resultar elegido, Marías ocupará el sillón "R", vacante desde la muerte de Lázaro Carreter, en marzo de 2004.

La posible incorporación de Javier Marías (Madrid, 1951) a la Academia de la Lengua se produce cuando el escritor está embarcado en la redacción de la tercera parte de "Tu rostro mañana", uno de los proyectos literarios de mayor envergadura de los últimos años. La primera entrega de esta novela, "Fiebre y lanza", apareció en octubre de 2002, y la segunda, titulada "Baile y sueño", se publicó en noviembre de 2004.

Además de estas novelas, que han merecido el elogio de la crítica como muchas de las suyas, Javier Marías tiene una amplia obra novelística, en la que destacan títulos como "Todas las almas", "Corazón tan blanco y "Mañana en la batalla piensa en mí".
Hijo del filósofo y académico Julián Marías, fallecido el pasado mes de diciembre, el novelista ha ganado numerosos galardones, dentro y fuera de España, entre ellos el Herralde, el Premio Internazionale Ennio Flaiano, el Premio Ciudad de Barcelona, el de la Crítica y el Premio Internacional de Literatura IMPAC.

Es el único escritor español que ha merecido hasta ahora el Premio Rómulo Gallego y fue por "Mañana en la batalla piensa en mí", con la que también ganó el Premio Fastenrath de la Real Academia Española, el Premio Fémina otorgado en Francia a la mejor novela extranjera, y el Premio Internacional Mondello Cittá di Palermo.

Efe, 29 de junio de 2006

Marías, escritor de gran prestigio, podría ser académico mañana

El escritor Javier Marías, que mañana podría ser elegido académico de la Lengua, dado que es el único candidato a la vacante de Fernando Lázaro Carreter, está considerado uno de los autores de mayor prestigio internacional, con una carrera plagada de premios, que ha merecido el elogio de los grandes críticos.

Desde que publicó en 1992 Corazón tan blanco, Javier Marías (Madrid, 1951) se ha convertido en un verdadero fenómeno literario y editorial de ámbito internacional. Sus libros se han traducido a 34 lenguas, en 44 países, con más de cinco millones de ejemplares vendidos en todo el mundo.

Tan sólo de Corazón tan blanco se han vendido 1.700.000 ejemplares; de Mañana en la batalla piensa en mí, 1.100.000 volúmenes y 500.000 de su libro de relatos Cuando fui mortal, unas cifras que despiertan admiración, ya que Marías es lo más opuesto al creador de best seller.

Anque a Marías tampoco le faltan detractores en España e incluso algunos que le llegan a acusar de autor anglófilo o aburrido, lo cierto es que el escritor tiene una voz muy propia en todas sus obras, en las que experimenta con el concepto de novela, bordea límites, introduce reflexiones y toda clase de materiales que al lector se le mezclan con la trama y con el juego del tiempo.

También es conocida su faceta de hombre polémico, ya que sus desavenencias con uno de sus editores, Jorge Herralde, o con Elías y Gracia Querejeta que adaptaron al cine su obra Todas las almas bajo el titulo de El último viaje de Robert Rylands, y que no le gustó nada al escritor, fueron sonadas y públicas.

Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid, Marías está especializado en filología inglesa, y ejerció la docencia como profesor de Literatura española en Oxford (Gran Bretaña); y de Literatura y Traducción en Wellesley College, de Massachusetts.

Hijo del filósofo Julián Marías, fallecido el pasado mes de diciembre, Javier Marías publicó su primera novela, Los dominios del lobo, a los diecinueve años, bajo el auspicio de Juan Benet, un autor por el que Marías sentía veneración.

Tras esta obra, vendrían otras como Travesía del horizonte (1972), El monarca del tiempo, El siglo (1983), El hombre sentimental, galardonada con el Premio Herralde en 1986 y con el premio Internazionale Ennio Flaiano.

En 1989 publicó Todas las almas, Premio Ciudad de Barcelona y finalista del premio Médicis a la mejor novela extranjera publicada en Francia. La consagración llegó con Corazón tan blanco (1992), que fue calificada de "absoluta obra maestra" por el famoso crítico alemán Marcel Reich-Ranicki, que en varias ocasiones ha pedido el Nobel para el escritor madrileño.

Corazón tan blanco le supuso al autor el Premio Nacional de la Crítica en España y el Prix Femina Etranger a la mejor novela extranjera publicada en Francia. A esta obra le siguió Mañana en la batalla piensa en mi, Premio Fastenrath de la Real Academia de la Lengua en 1995 y un año más tarde le llegó el Premio Rómulo Gallego, concedió por primera vez a un español.

Ahora, la posible elección como académico, le llega al autor cuando está embarcado en la redacción de la tercera parte de Tu rostro mañana. La primera, Fiebre y lanza, se publicó en 2002 y la segunda, Baile y sueño, en 2004.

Autor de numerosos libros de cuentos y de artículos, Marías destaca también en la edición (ha creado la editorial Reino de Redonda en 2000) y en la traducción, faceta en la que sobresale su versión de Thomas Hardy El brazo marchito y la de La vida y las opiniones del caballero Tristán Shandy, de Sterne.

La candidatura de Javier Marías a la RAE fue presentada por Gregorio Salvador, Claudio Guillén y Arturo Pérez Reverte, y todo hace pensar que, salvo sorpresas de última hora, el escritor resultará elegido mañana académico, ya que es el único aspirante al sillón R, ocupado por Lázaro Carreter hasta su muerte en marzo de 2004. Las votaciones tendrán lugar por la tarde.

Terra Actualidad - EFE, 28 de junio de 2006

lunes, junio 26, 2006

El humor y lo serio

Javier Marías continúa y perfecciona en Baile y sueño el arriesgado experimento que inició con Fiebre y lanza (primer volumen de Tu rostro mañana). Experimento que consiste, entre otras cosas, en revisar el propio concepto de “novela”. Si un muy moderno Henry James entendió la novela como una especie de gran monstruo dado de sí, en el que cabía casi todo (loose baggy monster), así Javier Marías busca y prosigue su propio camino, ensanchando límites y pareciendo cómodo al hacerlo. Un lector centroeuropeo encontraría algunas similitudes metodológicas con escritores como el alemán Sebald, proclive también a construir obras en las que caben toda clase de materiales y a distribuir por ellas decenas de signos que el lector atento recoge y relaciona, pero, en mi opinión, este Marías maduro resulta más interesante, por disponer entre otras cosas de un arma que a aquél –a pesar de su también prolongada estancia en Inglaterra– le falta: un espléndido, anglosajón, sentido del humor. Por terminar estas consideraciones iniciales del método, mencionaré también un gran hallazgo de Baile y sueño: el asombroso juego de dilación del tiempo, de paralización o congelación que se vuelve apertura, cuyos resultados han sorprendido al propio autor. Marías maneja con maestría los hilos de su trama para detener la peripecia cuando, por decirlo así, va “lanzada”, y recoge sobre la marcha el guante de los muchos asuntos a los que ésta da pie. Esclarecerá unos, desarrollará otros, establecerá analogías, sacará conclusiones y después nos devolverá sin brusquedad a la pura aventura, eso sí: ahora más sabios. la impresión que hace años le causó una frase de Juan Benet acerca del tiempo como único lugar en el que podrían aparecer juntos vivos y difuntos y entrar en el diálogo, parece haber alentado un esfuerzo tan minucioso y titánico en el que la Historia entera, el pasado reciente y el no tan reciente –los políticos, los poetas, las víctimas y verdugos...– entran a formar parte del presente en el que la acción tiene lugar.

Javier Marías retoma en este segundo volumen las peripecias de su Jacobo Deza en Londres, ciudad a la que llegó tras la separación de su mujer e hijos y donde trabaja en un edificio sin nombre para un servicio de inteligencia (¿para el MI5, para el MI6, para el gobierno británico, para la monarquía? A fin de cuentas siempre para intereses particulares –explicará con lucidez Marías– por mucho que se revistan de oficialidad). Las aventuras de Deza –con su particular don para adivinar qué puede esperarse a la larga de las personas que observa–, sus andanzas con el frío jefe Tupra y compañeros espías, parecerían, al inicio de la novela, la sustancia de este relato. Pronto se comprenderá, en cambio, que no es ésta sólo una historia ligera de detectives, aderezada y alentada en todo momento por un permanente sentido del humor (en este sentido es especialmente divertida la crítica a la España cañí, gritona, vulgar, patriotera, ejemplificada en la figura del diplomático De la Garza, o la parodia del matrimonio mafioso-vaticano, así como mil acertados detalles de buena percepción de la vida cotidiana). Pero lo más interesante de la obra es que, en realidad, las vicisitudes de estos personajes le sirven al escritor como punto de partida para lanzarse a una honda y seria reflexión sobre asuntos tan dispares como los límites temporales de la existencia humana, las siempre difíciles relaciones de pareja, el pasado de cada uno, los exilios, las ausencias, los imposibles regresos “al antes que no habrá esperado”, las esclavitudes y obligaciones que se tejen de por vida en las relaciones humanas, la preocupación por los hijos en un mundo siempre hostil, el temor a envejecer y a desaparecer sin dejar huella, etc. Y por mencionar el que considero el gran tema de esta obra: el análisis de la violencia y de la facilidad con que desde siempre se ejerce, pudiendo en la mayoría de los casos haberse evitado. Marías nos sitúa en los límites de lo civilizado frente a lo brutal en estado puro: así comparecerán en un espléndido fresco –casi juicio final– las víctimas y los verdugos de la Historia del género humano (desde los orígenes hasta las dos guerras mundiales y el actual conflicto de Irak), y especialmente los de la Guerra (y posguerra) Civil española, a través de los testigos directos e indirectos de tanta barbarie: uno de ellos, el padre de Deza –trasunto aproximado del padre del autor–, tomará la palabra y conseguirá conmovernos, estremecernos, causarnos verdadero temor y temblor, en las que quizá sean las páginas más magistrales de esta espléndida novela.

Concluiré diciendo que Marías escribe, hoy en día, en un estado casi de trance, de lucidez febril. El propio ritmo y decurso del pensamiento –visionario, acelerado, aparentemente errático pero a la postre certero– es fiebre. Fiebre y lanza, baile y sueño, para que comparezca (en el espacio creado tras cuatrocientas páginas, que no pueden no leerse de un tirón, contagiados nosotros de su mismo ímpetu) algún tipo de verdad, si la hay, sobre la existencia y los frágiles límites del ser humano.

ERNESTO CALABUIG

domingo, junio 25, 2006

LA ZONA FANTASMA. 25 de juniode 2006. Malas impresiones

Vaya por delante que este es un artículo de impresiones, no de conocimientos ni de afirmaciones que no estoy capacitado para hacer, como les sucede a la mayoría de mis compatriotas en el asunto del alto el fuego de ETA y de su posterior tramitación por parte de Gobierno y oposición. Es lo que a los ciudadanos nos queda cuando carecemos de datos suficientes y claros: nuestra impresión, en modo alguno desdeñable porque, a falta de algo más sólido, acabamos guiándonos por ella, hasta para votar.

La impresión que yo tengo del mencionado asunto es lamentable. La primera y la peor es que a los dos grandes partidos, PSOE y PP, les importa mucho menos la disolución efectiva de ETA y el fin de su terrorismo que las ventajas o desventajas que de ello o de su contrario puedan sacar. El PP resulta en verdad transparente: parece tener tanto pánico a que el Gobierno se apunte el tanto que antes preferiría que se fuera todo al garete y la banda rompiera su tregua y resurgiese con virulencia (insisto, es una impresión). Se trata del clásico grupo –también hay individuos así– al que cualquier iniciativa, medida, paso adelante o atrás le parecerá mal. Si el Gobierno actúa, lo criticará, pero si se queda quieto también. Si se reúne con Batasuna, lo acusará –no sé por qué hablo en futuro– de estar claudicando y asumiendo el proyecto de ETA, pero si no establece ningún contacto con el entorno etarra lo tildará de medroso, incapaz y agarrotado por la responsabilidad, y lo culpará de perder una oportunidad histórica para “alcanzar la paz”, a diferencia del audacísimo Aznar, que, como Presidente, no tuvo reparo en anunciar que “sabría ser generoso” ni en llamar a ETA y a Batasuna como ellas querían ser bonitamente llamadas, Movimiento de Liberación Nacional Vasca o algo similar. Parece creer el PP, erróneamente, que si el alto el fuego se consolida y ETA renuncia, eso será un triunfo del PSOE imposible de contrarrestar a corto y quizá a medio plazo, cuando, si eso ocurriera, el mérito no podría atribuírselo ningún Gobierno en exclusiva, sino que habrían de compartirlo todos los habidos desde el inicio de la democracia. Pero el PP no está acostumbrado a que la gente tenga en cuenta la verdad –ni lo quiere, normalmente–, y ante ese “peligro” parece desear con ahínco que el Gobierno se estrelle y la violencia vuelva, sólo fuera para presumir de tener razón.

El Gobierno, por su parte, da la impresión de tener una prisa contraproducente y loca por que el “proceso” culmine, asimismo en la creencia de que, si se lograra, eso le reportaría unos magníficos réditos que, vista la cerrazón del PP, no debería compartir con nadie y de los que disfrutaría en solitario: “Con nosotros se acabó la pesadilla”. A los dos meses del anuncio del alto el fuego –dos meses frente a cuarenta años de terror– se ha apresurado a juzgarlo real y verificado, lo cual es tan ridículo como pensar que a uno ya le ha tocado el gordo por haber adquirido un boleto que le da buen pálpito. En cuanto algún fantasmón de Batasuna declara que se están hartando de esto o aquello, y que el “proceso” se va a bloquear, el Gobierno se pone de los nervios y corre a aplacar a los irritables irritados, como si fueran éstos quienes aún tienen la sartén por el mango (y uno habría jurado que era al revés). Recuerda el Gobierno, en su alarmadiza actitud, al cortejador que, tras ser rechazado mil veces por la cortejada, ve un rayito de esperanza o una mínima rendija. Y que en vez de aguardar a que la rendija se ensanche, hasta convertirse en puerta abierta o por lo menos entornada, aprovecha el resquicio para redoblar sus lisonjas y ofrendas, sin variar un ápice su papel de cortejador rendido. Es decir, le puede más el temor a que la puerta vuelva a cerrarse del todo –lo cual no debería ser muy grave para alguien con aplomo, y hecho a la desesperanza– que la confianza en que, con algo más de paciencia y flema, se acabe de abrir por sí sola. Lo normal es que la cortejada saque grandes beneficios de esa actitud timorata, arranque al cortejador promesas sin fin y jamás abra la puerta de par en par. ¿Para qué, si la rendija le resulta tan provechosa, útil y cómoda?

Una última palabra sobre la impresión que Zapatero da últimamente. Lo peor que le puede pasar a alguien con suerte, o, como se decía antes, que haya nacido de pie, es creérselo a pie juntillas. De ahí a pensar que tiene baraka (la fortuna árabe que se atribuía a Franco, ay, y gracias a la cual era “inmune a las balas”), hay un solo paso, y parece como si Zapatero ya lo hubiera dado. El optimismo está bien en un político, pero no la superstición, menos aún si no es reconocida como tal. El que tantea siempre y se fía sobre todo de su intuición y de su buena estrella, el que empieza a creer que por ser él quien hace las cosas éstas van a salir bien, está condenado a acabar mal, porque lo que le sobreviene a continuación es algo muy antiguo y de nombre también extranjero, la hybris, la antojadiza soberbia que los dioses griegos veían crecer en algunos hombres, con complacencia a veces, y desde luego sin intervenir. Porque sabían que el que se confía es el más fácil de destruir.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de junio de 2006

viernes, junio 23, 2006

Ha muerto Sir Peter E. Russell, Duke of Plazatoro



Ayer por la mañana ha fallecido repentinamente Sir Peter E. Russell. Contaba 92 años, y seguía haciendo una vida muy activa, hasta el punto de que acababa de comprarse un nuevo coche que conducía todos los días por la ciudad de Oxford.

Había nacido en Christchurch (Nueva Zelanda) en 1913. A los dieciséis años se trasladó a Gran Bretaña. Estudió en el Cheltenham College. Se licenció en lenguas y literaturas románicas en el Queen's College de la Universidad de Oxford, donde fue alumno de Dámaso Alonso. Sus estudios de doctorado, en la Facultad de Historia, versaron sobre las intervenciones inglesas en la Península Ibérica durante la Guerra de los Cien Años. Se alistó en 1940 y fue asignado al Intelligence Corps. Entre 1942 y 1948 llevó a cabo misiones en el Caribe, África Occidental y el sudeste asiático. De 1946 a 1953 fue Fellow del Queen's College. De 1953 a 1981 fue titular de la cátedra Alfonso XIII en Oxford.

Fue director del departamento de Estudios Portugueses en la Universidad de Oxford. Ha realizado estudios sobre el Cid, La Celestina, el Quijote y otros temas medievales y renacentistas. Entre sus obras se encuentran: The English Intervention in Spain and Portugal in the Time of Edward III and Richard II (1955), Introducción a la cultura hispánica (1973), Traducción y traductores en la Península Ibérica (1400-1550), (1983), Cervantes (1985), la edición crítica de La Celestina (1991), Prince Henry "The Navigator". A Life (2000).

Ha sido profesor visitante en diversas universidades norteamericanas.

Era académico de la British Academy, de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona y de la Real Academia Portuguesa de la Historia, así como miembro de la Royal Historical Society.

En 1989 ganó el primer Premio Nebrija de la Universidad de Salamanca y fue nombrado Comendador de la Orden de Isabel la Católica. También era Comendador de la Orden del Infante Don Enrique.

Javier Marías le ha dedicado su novela, Tu rostro mañana, cuyo personaje Sir Peter Wheeler está inspirado en él.

lunes, junio 19, 2006

Javier Marías único candidato a la Real Academia Española para cubrir la vacante de Lázaro Carreter

El escritor Javier Marías ha resultado ser el único candidato propuesto por los miembros de la Real Academia Española para cubrir la vacante dejada por Fernando Lázaro Carreter, según informaron a Europa Press fuentes de la Academia. La candidatura de Marías, ha sido presentada por los académicos Gregorio Salvador, Arturo Pérez-Reverte y Claudio Guillén. La votación para la elección será el próximo 29 de junio y para obtener el quórum necesitará el voto de la mitad de los académicos más uno.

En declaraciones a Europa Press, Gregorio Salvador destacó su "personalidad literaria", el "prestigio" de su obra y aseguró que alguno de sus libros son "excepcionales". Entre ellos, resaltó su novela Mañana en la batalla piensa en mí. "Es una narración extraordinaria", reconoció.

Asimismo, el académico señaló que Javier Marías es uno de los escritores españoles más conocidos en el extranjero, y resaltó que su obra ha sido traducida a distintas lenguas. "Es uno de los pocos que tiene un gran cartel en América", alegó.

MÁS CANDIDATURAS

En este sentido, argumentó que cualquier candidato que sea presentado para ocupar alguna plaza en la Academia luego necesita como mínimo 17 y 18 votos, dependiendo de los académicos presentes ese día en la votación.

No obstante reconoció que, normalmente antes de presentar una candidatura nueva para ocupar un sillón vacante, ha habido ya un cambio de impresiones entre los académicos para ver si esa candidatura puede tener éxito.

En esta misma línea, recordó que Javier Marías ya fue propuesto como candidato hace unos años, pero el escritor rechazó la proposición porque su padre, Julián Marías, que todavía estaba vivo, también estaba en la Academia. Según comentó Gregorio Salvador, Marías explicó que dos Marías eran demasiado en la Academia y que no le parecía bien ingresar en esta Institución mientras su padre viviera.

Europa Press, 19 de junio de 2006

DIGITAL+: JAVIER MARÍAS EN EL MUNDIAL

A partir de las 8 de la tarde, en Digital +, Javier Marías hablará del mundial y comentará el partido de la selección española contra la de Túnez.

LA ZONA FANTASMA. 18 de junio de 2006. El prolongado limbo del Limbo

Hace más de seis meses leí una preocupante noticia de cuyo asunto, si no me equivoco, no se ha vuelto a saber. Un año antes de morir, el Papa Wojtyla convocó a una treintena de prestigiosos teólogos para “estudiar la suerte de los muertos sin bautismo” y revisar, por tanto, el interesante concepto del Limbo. Más adelante, una Comisión Teológica Internacional se reunió en Roma, a puerta cerrada, bajo la presidencia del Cardenal Lavada, sucesor de Ratzinger como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (más o menos la antigua Inquisición), a fin de debatir, entre otros, el problema del Limbo, al que Benedicto post-Ratzinger se inclinaba por restar importancia e incluso por “cerrarlo”, y “confiar a la misericordia de Dios” el destino de sus moradores. Lo cual, desde mi punto de vista, equivale a lavarse las manos y además es mucho confiar, dado que Dios suele ser tan inescrutable como impredecible y supongo que tendrá sus días de mejor o peor humor. Ya en 1984, según la noticia redactada por el admirable Enric González, Ratzinger se había mostrado despectivo con el Limbo y había declarado: “El Limbo no es más que una hipótesis teológica, una tesis secundaria al servicio de una verdad absolutamente primaria para la fe y la salvación: la importancia del bautismo”.

Tanta importancia se le dio tradicionalmente, en efecto, que San Fulgencio, discípulo de San Agustín, no quiso ni oír hablar de soluciones intermedias, ni de “bordes” ni de “orlas”, que es lo que significa en latín la palabra limbus: ha de creerse como verdad indudable, afirmó, que “no sólo los hombres con uso de razón, sino los niños que sin bautizar mueran, sea en el vientre de la madre o después del nacimiento, quedan condenados al infinito castigo del fuego eterno”. La cuestión se abordó en varios concilios, entre ellos el segundo de Lyon, en 1274, el de Florencia, en 1439, y el de Trento, entre 1545 y 1563. En este último fue llamativa la disparidad de opiniones sobre las características del Limbo, pues así como los dominicos sostenían que el limbus infantum era una oscura cámara subterránea sin llamas, los franciscanos lo situaban en una región luminosa por encima de la tierra. La diferencia no es nimia, considerando que los allí recluidos lo estaban a perpetuidad, es decir, a eternidad.

En cuanto al Limbus Patrum o de los Patriarcas o Padres, la cosa tampoco estuvo nunca muy clara. A ese limbo (parece que no del todo separado del de los niños) iban a parar los justos, u hombres buenos que, al haber cruzado el mundo antes que Cristo y no haber sido bautizados por tanto, no podían ganarse el Cielo pero tampoco se merecían los sufrimientos del Infierno. Dado que a este limbo también se lo ha conocido como Sinus Abrahae (Seno de Abrahán), es de suponer que allí vegetaban el propio Abrahán y Noé y Moisés, y Jacob e Isaac y acaso Salomón y David, aunque los dos últimos pecaron bastante. Pero también es probable que allí habitara gente mucho más atractiva: quizá Aristóteles y Platón, quizá Homero y Confucio y Buda, por no mencionar a una multitud de romanos paganos de enorme interés. El lugar, en suma, se presentaba como bastante apacible y provechoso: por un lado, niños pequeños; por otro –pues asimismo estaban allí, aunque la corrección política tienda hoy a omitir el dato–, idiotas, cretinos, irresponsables y similares, imagino que del género inofensivo; por último, hombres y mujeres bondadosos, y seguramente inteligentes, anteriores a Cristo o bien de otras religiones. Algunos teólogos, sin embargo, han asegurado que el tercer grupo ya fue sacado de su antigua morada y llevado al Cielo cuando Jesús descendió tras su muerte al Infierno, y que después de esta visita el Limbus Patrum habría quedado sin inquilinos y clausurado. Otros, en cambio, no ponen la mano en el fuego al respecto, así que hasta hace seis meses el Limbo podía estar lleno de personas severas (Moisés y los suyos), pero asimismo de filósofos y artistas (Homero y los suyos).

Fuera como fuese, no parecía un mal lugar, y creo que si me preocupo por su ahora azaroso destino es porque en una de mis novelas, al imaginar el horrendo guirigay del famoso Juicio Final, con la humanidad entera relatando miserias y atrocidades y cada individuo su caso particular, echándose las culpas unos a otros y buscando disparatadas excusas y atenuantes, me figuré que sería el Limbo el único sitio al que el Juez podría retirarse de vez en cuando a descansar del griterío, a sacudirse el hastío, la pena y el asco, y quizá a tomarse unas copitas y fumarse una cachimba con las que reponer ánimo y fuerzas antes de volver a la sala, atrio, parque o lo que quiera que tenga para celebrarlo. No sé: que pueda privarse a la deidad y a sus séquitos de un lugar inocente, plácido y probablemente ilustrado, resulta algo mezquino por parte de Lavada y Ratzinger y sus teólogos. No quisiera inmiscuirme, pero yo me lo pensaría dos veces antes de echarle el cierre. La única duda que me cabe respecto a sus virtudes es que, si allí iban también los idiotas y cretinos, no sería imposible que en los últimos años se hubiera producido una saturación u overbooking de ellos, y que el pobre Limbo se estuviera convirtiendo en algo quizá no peor, pero sí más pelmazo que el propio Infierno.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de junio de 2006

sábado, junio 17, 2006

HOY JULIÁN MARÍAS HUBIERA CUMPLIDO 92 AÑOS




Julián Marías en escorzo


Excmo. Sr. Presidente y Junta Directiva del Casino de Madrid, Excelentísimos señores, señoras y señores, queridos amigos:

No puedo comenzar estas palabras sino expresando, en nombre propio y en el de mi familia, nuestra más profunda gratitud por esta Sesión Necrológica que el Presidente y la Junta Directiva del Casino de Madrid han querido celebrar en recuerdo y homenaje a la figura de mi padre.

No saber decir “no” es una de las infinitas cosas que no logré aprender de mi padre. Y lo cierto es que lo lamento, porque hablar públicamente de él, cuando su muerte está todavía tan próxima, me resulta sobremanera difícil. Quizá por eso he optado por romper por una vez la tradición familiar para, en lugar de hablar, leer un texto previamente escrito.

Cierto es también que me he sentido incapaz de declinar la cordial invitación del Casino de Madrid, una casa por la que mi padre sintió gran simpatía y que tan generosa y acogedora fue con él en innumerables ocasiones.

Al mismo tiempo, no puedo dejar de sentir un gran pudor, porque las personas que me han precedido en este acto están infinitamente más cualificadas que yo para hablar de la figura intelectual y del pensamiento de mi padre. Así, esta breve intervención está llamada de antemano a ser tan agradecida como banal. ¿Qué les puedo contar yo sobre mi padre que la mayor parte de ustedes no sepan, acaso mejor que yo mismo?

Puesto que estoy aquí, no por mis méritos, sino como hijo de Julián Marías, pienso que lo más sensato es que les hable de mi padre como tal, que intente esbozarles algunos retazos de la personalidad o de la vida cotidiana de mi padre.

Fue mi padre -es fácil imaginarlo- un trabajador infatigable, pero lo fue de una manera extraordinariamente natural y placentera. Jamás lo vi cansado, jamás expresó fatiga ni hartazgo, jamás lo vi nervioso ni apresurado. Cuando volvía de sus frecuentes viajes por los Estados Unidos o Hispanoamérica, en los aviones de entonces, al volver se daba un baño y se ponía a trabajar, si es que no tenía que dar esa misma tarde una conferencia. El "jet lag" no iba, ciertamente, con él. Su fortaleza era sólo comparable a su salud férrea. Hasta los 85 años apenas nunca lo vi enfermo; ni siquiera se acatarraba cuando el resto de los madrileños andaban, como hoy mismo, moqueando.

Persona extremadamente desordenada en el espacio -al menos en lo que se refería a los libros y papeles, cuyo follaje selvático invadía la casa por doquier, hasta hacer difícil el acceso o la circulación por muchas zonas de su domicilio-, poseía una envidiable organización temporal. Parece imposible hacer tantas cosas y tan diversas al mismo tiempo, sin que unas interfirieran negativamente en las otras.

Piensen ustedes que mi padre era capaz en una misma jornada de escribir un fragmento de un libro de filosofía, de redactar un artículo de periódico (una “tercera” de ABC o del periódico de turno en el que pudiera publicar, lo que durante muchos años fue difícil y azaroso), quizá de dar una clase de literatura o de historia para sus jóvenes alumnos estadounidenses y, por la tarde, era probable que tuviera que dar una conferencia y quién sabe si no terminaría la jornada yéndose a un cine después de cenar, para poder dar cuenta del artículo de “Visto y no visto” de Gaceta Ilustrada, primero, o de Blanco y negro, años más tarde.

Lo increíble es que esta actividad frenética era cualquier cosa menos frenética. Todo eso y muchas más cosas eran llevadas a cabo, si no con parsimonia, sí con holgura. Mi padre insistía mucho en la necesidad de “vivir la vida con holgura”, cosa que cada vez nos resulta más difícil. Y lo cierto es que, en medio de todo este quehacer, nunca dejó de tener tiempo para las cosas que consideraba realmente importantes, para los aspectos de la vida a los que no estaba dispuesto a renunciar.

Porque, en una imaginaria jornada de trabajo como la que antes esbozaba, es probable también que hubiera encontrado un rato para ver a algunos amigos, que aparecían por su casa de manera cotidiana; es probable que hubiera encontrado un rato para sentarse en su sillón rojo de orejas, para sentarse... a pensar. “No os creáis que no estoy haciendo nada” -nos decía a veces a los hijos- “estoy pensando; hay que pararse a pensar y la gente muchas veces se olvida de hacerlo”. Quién sabe si ese mismo día, ya en la cama, no encontraría unos minutos para saborear las páginas de una novela, quizá para darse un paseo por las húmedas calles de París siguiendo los pasos del comisario Maigret.

Pensarán ustedes que estoy exagerando, que estoy haciendo ficción. De eso nada, y no faltará entre ustedes quien podría corroborar lo que afirmo. En mi casa -en casa de mis padres- quedaba siempre tiempo para la vida, pueden estar seguros. La jornada comenzaba con un desayuno, celebrado durante muchos años “en familia”, extraordinariamente copioso: fruta, queso con uvas o membrillo, pan con mantequilla, café con churros o buñuelos (de esos que ya no existen) . . . La comida, al mediodía, era sagrada; de no estar de viaje, mi padre no faltaba jamás, porque no sabía qué eran los hoy tan en boga “almuerzos de trabajo”. Era la hora del encuentro familiar, de la conversación: durante las comidas se hablaba, se hablaba interminablemente y se discutía, a veces muy acaloradamente. Y en casa de mis padres, hasta la muerte de mi madre, también se merendaba, casi siempre en compañía de amigos, y, desde luego, se cenaba, a la española y en horario español. No deduzcan que era una familia de comilones empedernidos, todo se hacía con mesura -mi padre fue un hombre extremadamente mesurado en todos los aspectos de su vida, al menos si exceptuamos la bibliofilia-, pero cada colación suponía un paréntesis, un momento para la convivencia, para el diálogo, con la familia o con las amistades.

Para entender todo esto hay que tener presente que mi padre jamás perdió el tiempo, como hacemos cualquier hijo de vecino, en tonterías. Dispuso de todo su tiempo para él y se supo liberar con mano maestra de estériles servidumbres. A pesar de viajar con frecuencia, pasaba gran parte de sus jornadas en casa, trabajando y disfrutando de la compañía y consejo de mi madre. Yo le decía a veces, medio en broma, que tenía una gran deuda con el franquismo; que la dictadura lo había librado de ser profesor universitario, lo que, en mi opinión, le habría hecho perder un tiempo y unas energías preciosas, le habría obligado a contemporizar con ideas y personas que no eran de su gusto. Julián Marías nunca tuvo un jefe y nunca tuvo subordinados “no me gusta mandar ni que me manden”, solía decir. Gran amante de la libertad, consiguió, a lo largo y a lo ancho de su vida, ser asombrosamente libre.

Se ha hablado en las últimas semanas de la veracidad de Julián Marías. No voy a abundar en ese tema. Sí, en cambio, me gustaría pasar revista a algunos rasgos de su personalidad. Uno de ellos fue su gran valentía. Le he oído muchas veces decir que “para vivir la vida con dignidad es imprescindible una cierta dosis de valor”. El siempre lo demostró, en la vida pública, en la intelectual y en la privada. Hacía falta ser valiente para comenzar en los años 40 una vida familiar -con “familia numerosa” en perspectiva- sin ningún género de emolumento regular. Entre las muchas cosas asombrosas que logró mi padre no fue la menor mantener una familia viviendo de “escribir filosofía” en España. Él insistía en que los españoles leían libros de pensamiento en mayor medida que los ciudadanos de otros países, en apariencia más civilizados. Ortega había impuesto, acaso también por necesidad, un estilo de filosofía capaz de resultar claro, asequible y atractivo, sin rebajar un ápice su altura intelectual. “En España, para convencer, es necesario antes seducir”, había dicho Ortega. Mi madre lo recordaba a menudo. El resultado es que los españoles se acostumbraron, se aficionaron, si quieren ustedes, a leer obras de pensamiento. He oído a mi padre muchas veces describir la perplejidad de algunos pensadores europeos cuando les contaba las ventas que tenían sus libros en España. Parece ser que en países como Francia, Alemania o Inglaterra era algo perfectamente impensable.

He recordado en muchas ocasiones, y quizá deba hacerlo una vez más, que, a finales de la dictadura, mi padre fue a Sevilla y dio una conferencia en la que hizo lo que hacía siempre: decir, de manera sosegada, lo que entonces nadie en España se atrevía a decir. Un comentarista sevillano escribió al día siguiente en el periódico que en Sevilla no se hablaba de otra cosa, lo mismo que el día en que Juan Belmonte, toreando en la Maestranza, había agarrado el cuerno de un toro de Miura por la mazorca, proeza que todos los aficionados tenían por imposible. Les diré que a mi padre aquel símil taurino le gustó de manera especial. Verdaderamente, Julián Marías fue más valiente que don Tancredo. Lo fue con la pluma, con la palabra, lo fue durante la guerra, lo fue en la cárcel y lo fue en la vida cotidiana. Les diré que con casi 80 años fue atracado en la calle, al volver de misa un domingo, y reaccionó de manera tan bravía que el atracador, con las manos vacías, puso pies en polvorosa.

Ya que el desordenado hilván de mis ideas me ha traído, sin pretenderlo, a hablar de toros, quiero dejar constancia, de pasada, de que mi padre, sin ser aficionado, no era en modo alguno “antitaurino”. Y quiero dejar constancia aquí, en esta tan taurófila casa, porque es tradicional dividir a los escritores españoles en “taurinos” y “antitaurinos”, y no quisiera que nadie dijera que Julián Marías perteneció a esta segunda facción. Es más, uno de los pocos caprichos que recuerdo me haya concedido –no era padre de conceder caprichos a sus hijos- fue llevarme a los toros, teniendo yo seis años, en el momento en que mi afición taurina se reveló, en compañía de mi madre y de uno de sus más entrañables amigos, el inolvidable Heliodoro Carpintero.

A lo largo de muchos años intenté estimular a mi padre para que escribiera sobre algunos temas a los que -creo- no había dedicado atención alguna. Uno de ellos era el deporte, y no porque ni a mí ni a él nos interesara lo más mínimo, sino porque me parecía un tema que inundaba de manera tan patológica y desproporcionada la realidad de nuestro tiempo, que merecía su análisis (creo que incluso en una ocasión, un profesor americano, llevado de su entusiasmo, lo arrastró a un partido de béisbol, lo que no pareció haberle dejado demasiada huella). Naturalmente que nunca me hizo caso -y creo que ustedes lo lamentarán conmigo- y me contestaba escuetamente: “no me gusta escribir sobre cosas sobre las que no entiendo”. Otro de los temas con los que andaba yo emperrado que atendiera, era el de los toros, de tan honda tradición orteguiana. Otro, lo pueden fácilmente imaginar, era el de la música, también tratado por Ortega en su célebre y polémico ensayo “Musicalia”. Naturalmente que tampoco en esto me hizo caso. Pero voy a aprovechar la ocasión para dejar bien clara la desconocida actitud de mi padre ante la música, porque es tradicional también etiquetar a los escritores españoles de “musicales” o “antimusicales”. Digámoslo brevemente: mi padre no era en modo alguno, por desgracia, amante de la música. Y digo por desgracia porque la música habría supuesto un consuelo inestimable en el momento en que el deterioro de sus ojos le impidió leer, uno de los golpes más duros que tuvo que afrontar. Nunca, o casi nunca, se le vio poner un disco, a pesar de haber comprado, para fortuna de los hijos, un excelente tocadiscos, verdadero lujo para los años 60. Él no ponía música, entre otras cosas porque los hijos bombardeábamos sus oídos, con músicas de toda laya, mucho más de lo que él habría deseado. Había asistido bastante a conciertos y óperas -y no sólo a los de su cuñado, el director Odón Alonso- y había tratado a no pocos músicos, entre ellos nada menos que al director Ernest Ansermet –que era un gran admirador de su filosofía- y a Pablo Casals, al que trató en los años de Puerto Rico. Lo curioso es que mi padre no sólo poseía una cultura musical más que regular -no había, por ejemplo, ópera del repertorio cuyo autor desconociera- sino que, además, no carecía de sensibilidad musical. El compositor al que estimaba por encima de todos era Mozart, cuya alegría y elegancia le producía entusiasmo. Y, cuando asistía a mis conciertos, sus comentarios eran siempre certeros, sutiles y dictados por el buen gusto. Recuerdo una ocasión en que asistió a un concierto del gran director Igor Markevitch, que ansiaba conocerlo. Después se fueron a cenar y mi padre comentó que el desarrollo de la música de Beethoven, que había dirigido Markevitch, era imprevisible pero, al mismo tiempo, completamente necesario. Recuerdo que esta sencilla apreciación provocó un entusiasmo, aparentemente desmedido, en Markevitch, uno de los intérpretes más inteligentes de nuestro tiempo, que no paró de darle vueltas, durante toda la noche, al juicio del profano que era mi padre.

Las palabras previas han hecho aflorar a mi veleidosa memoria una escena familiar que creo refleja el temple -evito la palabra “talante” por razones fácilmente deducibles- de mi padre. En la época en que mis hermanos rondaban la adolescencia y en la que yo era aún un niño, era corriente ver a mi padre trabajando, sentado ante su flamante máquina eléctrica IBM, en su inmenso salón, que ocupaba una alta proporción de los metros cuadrados de la casa. Allí estaban a menudo, semirrecostados por divanes y sillones -aún no invadidos por la vorágine libresca gracias a los constantes desvelos de mi madre- mis tres hermanos mayores, enfrascados en sus respectivas lecturas, a veces sobre el telón de fondo de alguna música que mi padre no había logrado acallar. Quiero pensar que mis hermanos tendrían el buen criterio de no asaetearle con músicas que abiertamente le repugnaban -como la de Bob Dylan o la de los Rolling Stones- y que se conformarían con Joan Baez, cuyo timbre de voz mi padre elogiaba. Es increíble que mi padre pudiera seguir alumbrando su obra en tales circunstancias; pero lo peor es que no acababan ahí las cosas. Cada uno de mis hermanos, sin levantar la mirada del libro, le lanzaba constantes preguntas. Pongamos por caso: “¿Qué quiere decir charrue?”. Mi padre, sin dejar de teclear, respondía a velocidad de ordenador: “arado”. A los pocos segundos caía otra consulta en inglés, en alemán, en griego, en latín. . . que mi padre respondía tan veloz como infalible. A veces protestaba un poco: “podíais, por lo menos, decir de qué idioma se trata”. Esa utilización como “diccionario viviente” creo que le producía a mi padre un secreto placer. Su capacidad lingüística era tan irritante que reconozco haberle tendido, con la peor de mis intenciones, múltiples trampas. Cuando leía en otro idioma, memorizaba las palabras más raras y, a la hora de comer, le espetaba a bocajarro: “¿Qué quiere decir foulon?”. Como la cosa más natural, contestaba: “Batán”, palabra cuyo significado desconocen, en español, la inmensa mayoría de los españoles. Otra vez fui aun más cruel: a la hora de los postres le coloqué delante de las narices el pasaje más enrevesado del enrevesado latín del Miles gloriosus de Plauto, aquél de cuyo sentido ni siquiera el catedrático de latín de mi facultad estaba muy seguro. Ante mi asombro, se puso a traducirlo a la misma velocidad y con la misma precisión con que podía traducir una novela de Dumas del francés. Después de aquello, me guardé durante una temporada de tenderle nuevas emboscadas lingüísticas. Todavía en sus últimos días, ya gravemente enfermo, se complacía en recitar versos en alemán, que nadie de la familia entendía, pero que le provocaban un íntimo placer.

Los versos, la poesía, siempre la poesía. Como telón de fondo, como cita constante, como piedra angular de la “educación sentimental”, como intimidad compartida con mi madre, como trasfondo de la vida. Así, la vida cotidiana se entreveraba constantemente de citas literarias, que acudían a su boca con la espontaneidad con que los refranes acudían a la boca de Sancho. Cuántas veces le hemos oído sentenciar con Machado “todo necio confunde valor y precio”; cuántas veces ha recordado las coplas de Jorge Manrique, que tan nítidamente cobran vida en mi memoria en estos momentos; cuántos versos, del Arcipreste a Lorca, de Quevedo a Salinas, del Marqués de Santillana a Rosales, lo acompañaron a lo largo y a lo ancho de su vida. Y es que para él, la cultura -su inmensa, inabarcable cultura- era una fuente de placer, un ingrediente de la vida, en las antípodas mismas del dato erudito o del ornato social. Contaba su discípulo Emilio Lledó que una vez cierto filosofastro se escandalizó de ver a mi padre comprando libros de poesía: “¡Un filósofo que compra poesía!”. Mi padre comentaba, risueño: “¡Qué imbécil!”. Por cierto, que recordaba también Lledó la gracia que le hacía, cuando iban “de libros”, ver que, si en un montón había uno suyo, lo cogía y lo ponía bien a la vista, en lo alto de la pila. Es un pecado venial que yo mismo practico cuando me topo con alguno de mis discos en una tienda.

Yo no sé si ustedes se estarán escandalizando del trato no demasiado respetuoso que los hijos nos permitíamos para con nuestro padre. Les diré que es probable que los hijos “nos pasáramos”, como creo que “se pasan” todos los hijos. Pero también les diré -y esto, creo, no carece de importancia- que mis padres habían decidido, de mutuo acuerdo, educar a sus hijos en la confianza. (Aprovecho para recordar aquí el hecho inaudito de que, hasta que nació el primer hijo, mi madre llamó a mi padre, con el que llevaba casada ya varios años, por su apellido, y se dirigía a él como “Marías”. Felizmente se dio cuenta a tiempo de la impropiedad de llamarlo así en una familia con hijos y empezó a llamarlo, un tanto a la fuerza, por su nombre de pila). Pues bien, retornando el caprichoso hilo de mi discurso, les diré haber oído comentar a mis padres que habían decidido no adoptar con sus hijos el modelo de “respeto reverencial” con que muchos hijos de intelectuales trataban a sus padres. Mis padres propiciaron la confianza y la proximidad, aunque no sé si en un grado del que pudieron llegar a arrepentirse un poco. Porque he de reconocer, no sin bochorno, que a mi padre le salieron cuatro críticos verdaderamente crueles -y vengativos, porque su parquedad en el elogio a cuanto hiciéramos podía resultar también irritante-. Así, cuando mi padre leía en voz alta su último escrito, podía estar seguro de soportar las impertinentes voces de cuatro boquirrubios bastante majaderos -éste era su insulto predilecto, junto con “macaco”- que apostillaban sin piedad: “Eso ya lo has dicho mil veces”, “vaya obviedad”, “eso no se entiende”, “¡qué disparate!”, “¡estás hecho un carcamal!”, etc., etc. Del mismo modo que, cuando proyectaba sus por lo demás excelentes diapositivas -uno de sus más placenteros pasatiempos-, se escuchaba un infame coro de aguafiestas que gritaba: “¡Foco!”, “mal encuadrada”, “pasada de luz”, “oscura” o sencillamente “¡qué señora tan horrible!”. Me tranquiliza pensar que, en alguna medida, él mismo se lo había buscado y quisiera no equivocarme al creer que tan despiadada diatriba, en el fondo, le producía algún íntimo regustillo.

Al escribir las palabras “¡qué señora tan horrible!”, sale al paso de mi accidentada vereda, como atracador de caminos, el entusiasmo de mi padre por las mujeres, y no precisamente por las horribles. Pocas veces he conocido a un hombre que sintiera tamaño entusiasmo por las féminas. No me mal interpreten, mi padre era lo más opuesto a un Bradomín, o “a un seductor Mañara”, para decirlo con Machado. Hace poco su entrañable amigo, el feliz y encantador centenario Pepín Bello, declaraba a un periodista: “¿Quién no ha tenido varios amores en la vida? Menos Marañón que, el pobre, estaba enamoradísimo de su mujer”. Pues bien, mi padre era otro de esos “pobres” enamoradísimos de su mujer, pero sentía un abierto entusiasmo por muchas otras mujeres. Mi padre tuvo muchos amigos, pero tuvo, sobre todo, amigas, docenas y docenas de excelentes amigas, a veces de una lealtad y una fidelidad conmovedoras. Tres de esas amigas, las conocidas hasta hoy como “las chicas”, a pesar de ser octogenarias, que habían sido tres alumnas adolescentes que mi madre había tenido allá por el año 40, se habían incorporado para siempre a la familia y fueron leales y fidelísimas contertulias de mi padre durante todas las tardes de domingo del resto de su vida.

Tuvo, como decía, mi padre infinidad de excelentes amigas, a veces compartidas con mi madre y a veces en diferentes grados de exclusividad. En medio de la pacatería de la vida española de la dictadura –“lo peor de Franco es esa mentalidad que tiene de señora española de la clase media”, decía sabiamente mi madre-, esa situación había sido asimilada con talento y naturalidad por su esposa. Era frecuente, pongamos por caso, que mi padre se fuera al cine con alguna buena –y a menudo guapísima- amiga, en el caso de que mi madre tuviera demasiados quehaceres o de que la película en cuestión fuera en exceso “terrorífica”. Como mis padres no ejercieron nunca de “modernos” ni, mucho menos, de “progresistas”, siempre creí que eran gente burguesa. No pueden imaginarse el susto que me llevé cuando, ya bien crecido, me encontré cara a cara con la burguesía.

Hablando del entusiasmo paterno por las damas, voy a cometer una incorrección que no sé si sería del gusto de mi padre, que fue la persona más discreta y menos cotilla que nunca conoceré. Se trata de una foto, de una bella foto en blanco y negro, que me temo se ha extraviado para siempre, que constituía un retrato vivo de la personalidad jovial y nada campanuda de mi padre. Era una foto de prensa, tomada en un “cocktail” o cosa parecida, de esos a los que mi padre acudía muy rara vez. Al lado izquierdo estaban tres escritores, el mentón sobre la palma de la mano, con ademán grave, sesudo y trascendente. Uno era, creo, Antonio Buero Vallejo; el segundo, su entrañable amigo Pedro Laín; del tercero no estoy seguro. En escandaloso contraste, a la derecha de la foto estaba mi padre, en ademán inusitadamente mundano, con una copa de champán en la mano y una sonrisa digna del pato Donald en las playas de Copacabana del “Loco Carioca”, al lado de una juvenil y exuberante Analía Gadé que lucía dos esplendorosos muslos apenas cubiertos por uno de aquellos “minipantalones” que estuvieron antaño de moda.

Les previne al comienzo, iba a ser superfluo y banal. Pero al menos he sido como fue siempre mi padre, optimista y jovial. Incomprensiblemente optimista y jovial, para tratarse de un filósofo que había tenido una vida muy dura y que había sido blanco de infinitas envidias y mezquindades. Un día, llegamos mi mujer y yo a su casa, a la hora de comer -tuvimos el inmenso privilegio de estar invitados a almorzar con él durante un cuarto de siglo-, y nos dijo muy sonriente: “Hoy me han hecho tres”. Se sobreentendía: tres... “faenas”, porque jamás dijo una palabra malsonante. Una de ellas era la declaración de un escritor, al que se habría podido suponer amistoso para con él, que escribía en un periódico: “Algunos intelectuales españoles deberían haber muerto hace 10 años, el primero de ellos es Julián Marías”. Las otras dos no se las contaré por no aguar el optimismo que me he propuesto. Pues bien, les cuento esto solamente para decirles que ese día mi padre comió con el mismo buen humor y excelente apetito de siempre.

Quizá les sorprenda que haya sido tan alegre en estos momentos en que me cuesta verdadero esfuerzo serlo. Creo que con ello soy fiel a mi padre, que fue un gran enamorado de la vida y que no perdió jamás las ganas de vivir, ni en las circunstancias más adversas y penosas. Creo que habría dicho, con el Arcipreste, aquello de “¡Ay muerte! ¡Muerta seas, muerta e malandante!”, de no ser porque no hablaba casi nunca de la muerte, cosa que quizá resulte sorprendente en un filósofo y en un filósofo que era profundamente católico. Sus alusiones a la muerte eran, al menos en familia, muy raras y superfluas. A veces, cuando los muchos años comenzaban a cobrarse su tributo, dejaba caer, risueño, una pequeña broma: “Claro que la otra opción es peor...”.

No quiero terminar estas palabras, ya demasiado largas, sin expresar mi gratitud. Sí, mi gratitud y la de mi familia hacia todos ustedes: hacia sus amigos, hacia sus discípulos, de manera especial hacia sus jóvenes discípulos, que tanta alegría y tanta ilusión le proporcionaron en los últimos años, hacia los "Amigos de Julián Marías", una institución de insólita espontaneidad y desinterés, hacia los oyentes de sus conferencias, hacia sus lectores. Mis hermanos y yo hemos recibido, a su muerte, varios centenares de cartas ciertamente conmovedoras, a veces de personas desconocidas, que reconocen agradecidas lo mucho que deben a mi padre. Yo me he propuesto firmemente contestarlas una a una, si es que no muero yo mismo antes de poder llevarlo a cabo. Pues bien, no dudo que todas esas personas hayan recibido mucho de mi padre, que fue para ellas como un faro, como un faro que ilumina pero que, al mismo tiempo, orienta; como un faro que en su giro lanza una ráfaga de luz en nuestras vidas pero que, a la vez, alerta de las amenazas, de los riesgos, señalando los escollos y arrecifes de la costa.

Pero quiero decirles también que mi padre les debe -sí, conjugo adrede en presente- también mucho a ustedes, a sus lectores, a cuantas personas, muchas veces modestas, sencillas, acaso desconocidas, escucharon su verbo. Ustedes han colaborado de manera inestimable, acaso sin saberlo, a que el río de su vida fuera a dar, felizmente, “a la mar que es el morir”, a que, con Jorge Manrique, podamos decir:

“Así, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados, [...]
dio el alma a
quien gela dio
( el cual la ponga en el cielo
en su gloria)
y aunque la vida perdió
dexónos harto consuelo
su memoria”.

Muchas gracias.

ÁLVARO MARÍAS

(Esta colaboración es transcripción literal de las palabras pronunciadas en la Sesión Necrológica que el Casino de Madrid celebró en recuerdo y homenaje a Julián Marías el 30 de enero de 2006)


Un sueño prestado

Aunque no soy nada partidario de las narraciones de sueños, sobre todo si aparecen en una novela o en una película –¿para qué me cuentan esto, si sólo es sueño y estamos ya en una ficción?, me pregunto–, hoy voy a relatar uno reciente de mi hermano mayor Miguel, a quien he pedido permiso y a quien entregaré, descuiden, por lo menos la mitad de lo que perciba por este artículo, en concepto de derechos oníricos. (Y esto no es una novela.)

Fue a los cinco días de la muerte de nuestro padre, que se despidió del mundo el pasado 15 de diciembre, hacia las diez de la mañana. Tal como Miguel me contó su sueño, me pareció que algo de deformación profesional o aficionada había en él, ya que, aunque en realidad es economista, se lo conoce más como crítico cinematográfico, y en su evocación vi “influencias” de Lubitsch (El cielo puede esperar), Powell y Pressburger (A vida o muerte), Mankiewicz (El fantasma y la señora Muir, una de mis favoritas de siempre) e incluso Capra (¡Qué bello es vivir!). Lo cierto es que Miguel veía a nuestra madre, que murió en la madrugada del 24 de diciembre de 1977, sentada en un banco de la Dehesa, como se conoce el bonito parque de la ciudad de Soria, en la que pasamos muchos veranos de nuestra infancia. Mi padre llegaba con sus andares por una de las alamedas y se detenía ante ella, que sostenía sobre su regazo a nuestro hermano Julianín, el mayor de los cinco nacidos, y muerto el 25 de junio de 1949 a los tres años y medio, aunque el niño no se le aparecía a Miguel (el único que llegó a conocerlo) física o corpóreamente; estaba allí, pero no se lo veía. Y entonces mi madre le dedicaba a mi padre un reproche en tono humorístico: “Hay que ver, Julián”, le decía, “mira que tardar casi veintiocho años. No sé si te das cuenta de lo que ha sido estar yo sola tanto tiempo con un niño de tres años. Anda, coge un rato al inquisidor y encárgate de contestar sus preguntas. Ya sabes que a estas edades no paran de preguntar cosas, por qué esto y por qué lo otro. Me tiene agotada”. Mi padre cogía al niño etéreo con su habitual torpeza para coger niños, bien conocida por Miguel, Fernando, Álvaro y yo, los cuatro hermanos vivos: era más o menos como si le pusieran en las manos un montón de platos que no pudiera depositar en ningún sitio. E intentaba justificarse por la tardanza: “No, si yo quería haber venido mucho antes, casi inmediatamente. Pero tú ya sabes lo que pasa, Lolita, se lían las cosas, y había libros que escribir, y la gente se pone muy pesada con esto y con lo otro. Total, hasta ahora no ha habido manera”. Al igual que Julianín, ambos tenían la edad de sus respectivas muertes, así que mi madre, que en vida era un año mayor que mi padre, se aparecía con sus casi sesenta y cinco, y mi padre con sus noventa y uno. “Mira qué gracia”, le decía nuestra madre, “ahora soy mucho más joven que tú. Y sí, ya sé, pero para tus asuntos eres muy impaciente, y para lo de los demás te tomas todo con mucha calma”.

Al cabo de ya muchas noches, lo que recuerda Miguel son retazos, pero por lo visto mi padre informaba a mi madre de lo ocurrido desde su ausencia, y ella, contradictoriamente, por un lado lo escuchaba con interés, y por otro venía a decirle que estaba al cabo de la calle (“No te creas que yo no me entero de nada”). “En algo has fallado”, le reprochaba sonriente, “para que ninguno de los chicos sea religioso”. No me consta de mis hermanos, porque nunca nos preguntamos por cuestiones tan personales; pero creo que algunas amistades pías y chismosas de mi padre criticaron que en las dos misas habidas tras su fallecimiento, ninguno nos acercáramos a comulgar, así que puede. Y mis padres sí eran creyentes, desde luego. “Ya”, contestaba él, “pero son todos bastante buenos”. “También podías haber convencido a Xavier de que se casara, ¿no?”, era el siguiente y guasón reproche de mi madre. “Bueno, ya sabes que siempre fue un poco picaflor; y aunque no cuenta mucho, creo que ahora está bastante emparejado, y con una mujer muy simpática y risueña, yo la he conocido”. “También están emparejados varios nietos”, insistía en chincharlo un poco mi madre, “pero no se casa ninguno”. A lo que nuestro padre respondía incongruente e insinceramente: “Bueno, pero es que ahora sólo se casan los homosexuales”, a lo que nuestra madre, bien informada desde su banco de la Dehesa, le contestaba: “No me vengas con cuentos. Se casan también ellos, pero se sigue casando todo el que quiere”.

Como sucede a menudo en los sueños, había una mezcla de verosimilitud –casi de escena doméstica– y de absurdo. A mí me ha hecho gracia que mi padre apareciera como un poco pillado en falta, aunque sin motivo real, el pobre, y que admitiera su excesivo retraso. Yo no soy religioso, en efecto, pero sí muy cinéfilo, y me gustan mucho las películas que he mencionado y otras de fantasmas y de gente a la que sigue importando lo que ocurre en el mundo que han dejado, así que el sueño de mi hermano me ha divertido y hasta aliviado. Y al fin y al cabo, hay un territorio –por llamarlo algo– en el que los tres, mi padre, mi madre y Julianín, sí se han unido, además de en la misma tumba: los tres son ahora pasado y memoria, y eso al menos comparten. Y no parece tan grave ser pasado, si bien se mira: es un tiempo, o quizá un sitio, lleno de personas interesantes, y también de algunas muy queridas.

JAVIER MARÍAS

(Artículo publicado en El País Semanal, 5 de febrero de 2006)


Ultimas palabras, últimos pensamientos


Puede entenderse que, al morir quien no abrió jamás la boca, o alguien que nunca escribió, sus últimas palabras cobren un especial significado, y no tanto porque lo tengan sino por que, entre manifestaciones escasas, son las últimas. Se me atraviesa el prestigio reverencial que se le da con frecuencia a lo postrero, como si fuese lo mismo que definitivo, como si las palabras sucesivas fuesen borrando las anteriores, día tras día, como si sólo quedase, valiese, ¿por qué?, lo último, lo que ya uno mismo no podrá continuar ¿o rectificar, matizar, precisar, ampliar o incluso contradecir?

Si se exagera con los ágrafos y los taciturnos, imagínense hasta qué extremo es injustificado ese entronizamiento de lo cronológica e involuntariamente último en el caso de quienes, no contentos con expresarse a menudo y con claridad, lo han hecho en público y en impreso. Puede suponerse que sus últimas palabras lo serán por casualidad, sin que eso las convierta en su última palabra sobre cuestión alguna, ni siquiera si en el último momento cambiaban de opinión sobre alguna cuestión para ellos esencial, y ello al menos por dos razones: porque poco pesa una palabra frente a muchas, articuladas y argumentadas, a lo largo de la vida, y esa vida misma, y porque no es el momento de la muerte, ni siquiera los días o meses de enfermedad que la preceden, el de mayor lucidez, voluntad más firme o ánimo más fuerte; más bien se diría lo contrario. Y no vale arrimar el ascua a la sardina de cada cual; siempre está feo, y más si el “ascua” es un muerto, frío ya el pobre, enmudecido, que no puede defenderse.

Permítaseme una hipótesis. Recuerdo que hubo quien pretendió convertir a D. José Ortega y Gasset en católico, al menos en creyente, en el último suspiro. No entro ni salgo (si es que alguien lo supo) en cuál pudiera ser, de tenerla, su convicción más íntima. Pero al final, ya débil, se puede ceder a la presión familiar, a la insistencia de amigos, a la propia debilidad, a la angustia, al miedo. Por tanto, desde un punto de vista intelectual, nada significaría su pretendida “conversión” de último minuto, en nada cambiaría sus escritos. Este mismo argumento, que con Ortega algunos no aceptarían, sería en cambio admitido por esas mismas personas, me temo, en el caso contrario: si un creyente público y confeso -aunque nada beato ni sermoneador, poco clerical aunque ajeno al anticlericalismo, crítico con la Iglesia cuando se metía donde no debía o se manchaba las manos con complicidades impropias-, como mi padre, hubiese abjurado, apostasiado o algo así en el último momento. Tranquilizo a quien pueda producir un sobresaltó la mera imaginación de tal cosa; no pasó nada parecido; pero tampoco habló de la muerte -de la suya nunca- ni en el último día que estuvo consciente al menos durante algunos ratos. Ni visiblemente rezó. Meses antes había recibido la extremaunción, y el pobre no tuvo mucha ocasión de pecar, ni siquiera cayó en la desesperación, porque yo creo que hasta el último día, con su incurable optimismo, pensó que “de esta se libraba”.

Por eso, no me valen nada sus últimas declaraciones por el hecho de serlo (o presentarse como tales), ni las últimas palabras que figuran con su firma. Hay abundantes escritos y entrevistas como para tener que recurrir a las pronunciadas cuando su resistencia y su voluntad de precisión estaban mermadas. Puede decirse que hasta el 13 de diciembre de 2005 mi padre estuvo consciente (cuando estaba despierto), y que conservaba su juicio y su mente en buenas condiciones. La memoria remota le permitía el 14 recitar poemas en alemán aprendidos cuando tenía veinte años. Pero eso no significa, como es lógico, que estuviese entonces, ni desde hacía meses e incluso años, en el mejor de sus estados.

Su vista se había deteriorado mucho, y cada vez más. Hacía años ya que no podía leer, más allá de los titulares de los periódicos; pedía que se le leyese lo que le interesaba en principio, interés que a menudo se disipaba en el curso de la lectura. Encontraba descabellados e infundados muchos comentarios alarmistas y catastrofistas que se han prodigado en prensa en los últimos meses. “¡Pero qué tonterías escribe la gente!” era uno de sus comentarios más frecuentes. Hacía esos mismos años que no podía escribir en su querida máquina, sintiendo las teclas, porque el número de pulsaciones erróneas se había hecho tan elevado que los originales, de tanta corrección, quedaban confusos; en consecuencia, dictaba y se hacía leer el texto. Por mucho que agradeciese a los que tomaban sus frases, y luego se las releían, no le gustaba nada la pérdida de contacto físico con la escritura, la imposibilidad de ver lo que escribía y lo escrito, y las correcciones. La falta de costumbre, además, le hacía escribir de otra forma, menos límpidamente clara. O incurrir en repeticiones, en una cierta circularidad. Cualquiera que haya leído sus artículos o asistido a sus conferencias de los últimos años, salvo fanatismo ciego, tiene que haber observado un cierto deterioro, una tendencia a decir cosas ya dichas anteriormente, a insistir en lo mismo dentro de un texto. A ninguno de los próximos se nos escapaba, y creo que a él tampoco. Sorprendentemente, el día que cumplió 90 años, es decir, el 17 de junio de 2004, nos anunció que ya había trabajado mucho y escrito mucho, y que no iba a volver a escribir -pues no quería ni repetirse ni decir tonterías-, salvo que tuviera algo nuevo e importante que decir. Espontáneamente, nunca más volvió a escribir, y cuanto con fecha posterior lleva su firma son brevísimos textos de compromiso, de respuesta, que había que sacarle con sacacorchos.

Del mismo modo, mi padre, que siempre había sido mucho más hablador que oyente, empezó desde hace unos tres años, y cada vez en mayor medida, a escuchar, a querer oír las voces -que cobraban especial importancia por proceder de rostros que apenas distinguía-, a desear que se le contasen cosas. Dejó de dominar las conversaciones, aunque de vez en cuando contase aún una anécdota o un chiste, hiciese un comentario. Pero fue tendiendo al monosilabismo, y al encogimiento de hombros. Cosas que antaño le hubieran sublevado no provocaban ya más que un indulgente "qué tontería"; no llevaba apenas la contraria -lo que siempre le había divertido- ni insistía en puntualizar su opinión acerca de cada uno de los puntos de un tema que se discutía. Agradeciendo la conversación y la compañía, no iba a discrepar abiertamente. “Sí...”, “Bueno”, “No creo”, “Más bien”, “Puede”, “No tanto” eran ahora sus comentarios. Si alguien exponía un pensamiento, en lugar de detallar con qué aspectos estaba de acuerdo y con cuáles no mucho y cuáles en absoluto, o no decía nada o asentía vagamente a aquella porción que le parecía más aceptable. Se hizo fácil, por primera vez en su vida, poner en su boca palabras que no había pronunciado, que jamás hubiera pronunciado. Cualquiera que escriba y hable en público tiene palabras y expresiones que le gustan, y otras que detesta, y que no pronunciará o escribirá mas que entrecomilladas, citándolas. Cualquiera que conozca el estilo, el léxico y la manera de pensar y ser de mi padre, puede tener, como yo la tengo, la “convicción moral” -como se dice ahora- de que ni dijo ni dictó algunas frases que se le han atribuido en los últimos meses, y de las que se subraya, precisamente, su carácter de “últimas”. De todas ellas, puedo garantizar la exactitud (aunque no espontánea) de las que yo tomé al dictado y de la transcripción de Leticia Escardó en el último número de Cuenta y Razón, porque, efectivamente, reflejan sus ideas, incluso la forma que adoptaban en los últimos meses de su vida. De las restantes fechadas en 2005 no, lo siento, no pondría la mano en el fuego por ninguna de ellas, más bien lo contrario. Y pienso que sería una perezosa traición resumir su pensamiento en un par de esas frases, que no le he oído jamás y que no puedo imaginarle pronunciando en ninguna circunstancia.

MIGUEL MARÍAS

(Estos textos están recogidos en el libro colectivo, La huella de Julián Marías: un pensador para la libertad, Fundación de Estudios Sociológicos, Madrid, 2005, pp.131-152)


Nota aclaratoria


Al hilo de lo que explica Miguel Marías en su texto, conviene aclarar lo siguiente: el prólogo del último libro publicado por Julián Marías, La fuerza de la razón (Alianza, Madrid, 2005), un recopilatorio de artículos en prensa, pese a estar firmado por el filósofo no fue escrito por él sino por un sacerdote amigo suyo. Así, dicho prólogo fue autorizado por Julián Marías y contó con su beneplácito, pero en ningún caso fue escrito ni dictado por él.

miércoles, junio 14, 2006

PUNTO RADIO. ENTREVISTA A JAVIER MARÍAS

El viernes día 16, aproximadamente a las 5 de la tarde, Concha García Campoy entrevistará a Javier Marías dentro de su programa "Campoy en su punto".

lunes, junio 12, 2006

LA ZONA FANTASMA. 11 de junio de 2006. Decir feamente nada

No sé si han hecho la prueba, yo la hago a menudo. No a mala idea, sino porque son muchas las veces en que estoy ocupado o fuera a la hora de las noticias en la televisión. Si ha ocurrido algo de especial interés, las grabo en vídeo y les echo luego un vistazo. Eso me permite volver a oír lo que, de haberlas visto en su momento, habría escuchado como una salmodia, distraídamente, sin fijarme mucho en lo que la gente dice ni en cómo lo dice, igual que la mayoría de los espectadores. Desde tiempo inmemorial se sabe que las palabras se las lleva el viento, y sin duda con ello cuentan quienes hacen declaraciones públicas frecuentes, en particular los políticos. Se los oye casi siempre como quien oye un sonsonete, un difuso y permanente ruido de fondo, carente de sentido las más de las veces, o cuyo sentido resulta indiferente. Quienes hablan dan por descontado que es así, y sólo así, como van a ser escuchados, no ya por los perezosos espectadores y oyentes, sino también por los periodistas que los interrogan. Hace dos años y medio escribí aquí sobre la contestación de Eduardo Zaplana, entonces portavoz del Gobierno de Aznar, en medio de una rueda de prensa –nada menos–, al preguntársele por la postura de España ante la orden dada por Sharon de desahuciar a Arafat. Tenía grabado el telediario en cuestión, por lo que pude atrapar sus palabras una a una y reproducirlas, lo cual vuelvo a hacer ahora, a modo de recordatorio: “Bien, el Gobierno, lo que piensa en ejtos momentos, ej que la situación requiere, medidas que contribuyan a disminuir la tensión, ¿no?, y no a incrementarla. Y con eso yo creo, puej que le digo, de forma más o menos clara, cuál ej la posición del Gobierno en ejtos momentos, ¿no?” Ante semejante vacuidad, con las improcedentes pausas que indican mis comas, ni los reporteros presentes en la sala, ni luego los de las redacciones, hicieron el menor comentario ni señalaron que Zaplana no había contestado, ni de forma más o menos clara ni más o menos oscura, a lo que se le había solicitado. Por eso titulé aquel artículo “El oficio de oír llover”: porque así se oye casi siempre el castellano en nuestros tiempos, en España.

A pocos parece preocuparles eso, pero a mí sí, y en el caso de los políticos todavía más. La manera de hablar, pese a los esfuerzos de muchos por que todo el mundo hable igual (no otro es el propósito de la corrección política), es uno de los mayores indicios de que disponemos todos para saber: a) si alguien dice la verdad o miente; b) si sabe algo del asunto sobre el que está disertando; c) si es un farsante (no les quepa duda, por ejemplo, de que lo son cuantos sueltan la hueca cantilena de “los vascos y las vascas”, “todos y todas” y demás redundancias supuestamente lisonjeras para una parte de la población; pero habría muchos más elementos para detectarlos); d) si esquiva la cuestión sobre la que se le inquiere; e) el grado de educación y de respeto del hablante hacia sus oyentes; f) si nos está tomando por personas normales o por idiotas; g) si tiene opinión sobre algo o ni puta idea de qué decir al respecto.

Hace unos meses me molesté en transcribir –había grabado las noticias– las primeras palabras de Begoña Lasagabaster, dirigente de Eusko Alkartasuna, sobre la declaración de alto el fuego permanente de ETA, y les juro que fueron estas: “Lo acogemos con alegría, con prudencia y con la responsabilidad que nos obliga a todos, esta puerta que al parecer se abre para proceder a realizar los pasos oportunos para que no se pueda volver a reproducir nunca más que los conflictos deriven en la utilización por parte de algunos en elementos o en estrategias violentas”. Y se quedó tan ancha tras este huero trabalenguas, y ahí sigue en su puesto, y lo más probable es que en las próximas elecciones vuelva a salir elegida esta persona incapaz de decir nada con sentido, corrección ni coherencia tras una de las noticias más anheladas de los últimos decenios.

¿Qué nos ocurre con la lengua? Por una parte, ante el éxito de las ediciones de la Real Academia y otras, y en particular del Diccionario Panhispánico de Dudas (que en modo alguno ha arrumbado, sin embargo, el más antiguo y magnífico de Manuel Seco), uno diría que hay una preocupación creciente por hablar y escribir bien y saber qué puede y conviene decirse. Por otra, en cambio, resulta evidente que la lengua se va pareciendo cada vez más a un magma informe del cual se puede extraer cualquier combinación, que la mayoría encontrará aceptable –o indiferente– por disparatada, vacía o carente de sentido que sea. Hace unos días, en un artículo de este diario debido a un catedrático universitario (!), me topé con el tremendo palabro “multidisciplinariedad”. No se molesten en contarlas, que ya lo he hecho yo: son veintiuna letras, nada menos, exactamente para decir nada, y además de manera fea. En el mencionado ejemplo de la dirigente Lasagabaster, fueron cincuenta y seis palabras impunes –un horrendo galimatías– para decir exactamente lo mismo: nada.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal
, 11 de junio de 2006

domingo, junio 11, 2006

JAVIER MARÍAS EN LE NOUVEL OBSERVATEUR

En el número 2169, correspondiente a la primera semana de junio, la revista francesa Le nouvel observateur entrevista a los escritores Javier Marías y William Boyd, les pide su opinión sobre Francia. Ambos escritores dialogan sobre "Comment peut-on être français?".

lunes, junio 05, 2006

Una colección reivindica la entrevista como género literario

Manolo Blahník, entrevistado por Elsa Fernández Santos; Javier Marías por Elide Pittarello y Maitena por Esther Tusquets, encabezan los primeros títulos de la colección Entrevistos. Milena Tusquets, editora de RqueR, cree que la nueva colección "cubre un hueco en el mercado editorial". Tusquets, que todavía anda dando vueltas a nuevos nombres para próximas publicaciones, no entendía muy bien por qué en España se publicaban tan pocos libros de entrevistas frente a Estados Unidos donde el género periodístico ocupa las principales estanterías.

Como método de trabajo optó por dejar total libertad a los entrevistadores para que abordaran al personaje y lo retratasen desde distintos ángulos. Su propia madre, la escritora y editora Esther Tusquets, viajó en coche desde Montevideo hasta la playa bañada por el Atlántico donde vive la dibujante Maitena con su hija Antonia de cinco años y su compañero Daniel. "Me hubiera gustado estudiar más, pero la vida me agarró como una ola. Antes de los veinte años, ya tenía marido, dos hijos, tres trabajos", cuenta Maitena en el libro en el que desvela una personalidad muy fuerte y una vida tan intensa que ya quisieran para sí cualquiera de las mujeres alteradas o superadas que pueblan sus viñetas. La autora de una historieta titulada Las mujeres nos enamoramos de Che Guevara y después le pedimos que se afeite la barba habla sin tapujos de política, de feminismo y de su vida amorosa: "He hecho cosas que se han considerado transgresoras socialmente, como ser madre soltera, o tener una pareja de mi mismo sexo; pero nunca me han criticado tanto como cuando me puse a vivir con Daniel. Cuando le robé el novio a una amiga, esa fue la acusación", apunta sorprendida.

"Las personas muertas que yo realmente echo de menos las tengo en la cabeza permanentemente", dice Javier Marías a lo largo de la entrevista, realizada en su casa de Madrid por Elide Pitarello, catedrática de Literatura Española en la universidad de Venecia, amiga y gran conocedora de la obra del autor de Mañana en la batalla piensa en mí. Junto a las fotos de su álbum íntimo, Marías se sincera sobre las relaciones con sus progenitores, la literatura, los sueños, los amigos y hasta su personal manera de enfrentarse a la vida: "Me gustaría reírme más, pero me gustan mucho las personas que ríen con facilidad e inteligentemente".

Y Manolo Blahník, desde el patio de su oficina de King'Road, aclara que "hoy todas las mujeres parecen iguales" y que no soporta la homogeneización de la belleza. La entrevista con el zapatero más famoso del mundo se realizó tras los atentados del 7-J en Londres con el ruido de fondo del motor de los helicópteros que volaban hacia el centro de la ciudad: "Lo que está ocurriendo en el mundo es tan terrible que sólo queda una salida: ¡ser rabiosamente frívolos!", aseguró en un momento de crispación a la periodista Elsa Fernández Santos. Luego más relajado contaría que Yves Saint Laurent solía decir que la prenda más bella que puede lucir una mujer son los brazos del hombre que ama. "Para las que no han encontrado la felicidad estoy yo", añade.

A. CASTILLA

El País, 5 de junio de 2006

LA ZONA FANTASMA. 4 de junio de 2006. Adiós a la educación

No sé si los menos jóvenes recuerdan un tiempo en que se enseñaba y apreciaba algo que la lengua coloquial solía llamar educación, aunque también tenía otros nombres: cortesía, buenos modales, urbanidad, civilidad. No se trataba, por suerte, de reglas estiradas y presuntuosas relativas al empleo de los cubiertos o a la indumentaria adecuada a cada ocasión social (pocas cosas más zafias, de hecho, que los “manuales” que pretenden dictar tales normas), sino de una convención mucho más simple, menos engolada y más o menos aceptada por todo el mundo independientemente de su clase, fortuna u origen: algo tan básico que en realidad estaba al alcance de cualquiera, y en parte lo estaba porque llevaba siglos instalado y asentado en el conjunto de la sociedad. Pedir por favor y dar las gracias era de lo primero que se enseñaba a los niños, a todos, con las sempiternas preguntas admonitorias, “¿Cómo se pide?” y “¿Qué se dice?”, que todos los padres de generaciones y generaciones han repetido a sus hijos pequeños hasta la saciedad, para que se acostumbraran. No digo que esto no esté aún vigente en muchos casos, es más, el noventa y nueve por ciento de las madres que hayan podido leer estas líneas habrá pensado: “¿Qué se cree este? Yo lo hago o lo he hecho así con todos mis críos”.

Puede ser. Y sin embargo, es obvio que en esta época esa clase de gentilezas –poco costosas, además– parecen muy prescindibles, una pérdida de tiempo e incluso algo no del todo bien visto por gran parte de la población mundial, aunque el desdén por ellas se acentúa en España más que en ningún otro país que yo conozca. No resulta fácil saber por qué la cortesía “cayó en desgracia” (¿se la asoció estúpidamente a una especie de servilismo?), siendo como era algo inocuo, que hacía la vida más grata y cuya ausencia, en cambio –al menos a quienes la hemos conocido casi omnipresente–, provoca irritación y ganas de llamarle la atención al grosero. Y si uno cede a esas ganas de vez en cuando, suele encontrarse con dos reacciones principalmente: a) estupor, como si estuviera hablando de una extravagancia incomprensible; b) indignación, como si esperar buenas maneras fuera una impertinencia y una ofensa. Lo más probable es que a uno le caiga una lluvia de insultos en su lugar, por lo que casi nadie se atreve ya a llamarle la atención a nadie. Es peor.

Ocurre en todos los ámbitos. Cuando me piden, por ejemplo, un artículo o una entrevista para una publicación, siempre me anuncian que me mandarán un ejemplar, pero casi nadie cumple, dejando bien claro que las amabilidades terminan en el momento en que se ha obtenido lo que se quería, y luego que me den dos duros. Cuando uno entra en una tienda, es muy frecuente que los dos o tres dependientes estén de charla entre sí y que uno les resulte invisible hasta que se inmiscuye, elevando de más la voz. Raro es desde luego el taxista que da los buenos días o noches y aún más raro el que agradece una generosa propina que los clientes aún no estamos obligados a dar, como en Nueva York. Tengo observado desde hace años que en las calles, al cruzarse la gente en un tramo no amplio (apenas los hay amplios en Madrid, todo lleno de chirimbolos, pivotes, contenedores y andamios), casi nadie hace el más mínimo gesto no ya de apartarse, sino de “estrecharse” un poco; si uno no se hace a un lado, recibirá probablemente un topetón, si es que no se verá arrollado. Esta es una costumbre, por cierto, de personas de toda edad, sobre todo de señoras talludas que avanzan por las aceras como si fueran el doble de anchas de lo muy anchas que son, o bien Rommel por el desierto, o bien princesas de cuento asiático, esto es, despóticas. No hablaré de nuevo –aunque tocaría– de las tremendas voces que se oyen todas las noches, procedan de las más finas gargantas o de los gaznates más brutales, chillan todos por igual.

Hace unas semanas, so pretexto de la victoria del Barcelona en la Copa de Europa (enhorabuena), centenares de descerebrados aprovecharon para arrasar Canaletas y las Ramblas, saquear comercios, pegarse con la policía y mearse en las fachadas: lo mismo que hacen los descerebrados de todas partes en cuanto se celebra un festejo de los que tanto gustan en España –masas a beber y hacer el chorras en la calle, no hay población que no tenga una semana de eso al año como mínimo, lo llaman “fiestas patronales” y lo financian los Ayuntamientos, asimismo descerebrados y maleducados–.

Una amiga barcelonesa y muy culé me preguntaba: “¿Qué se puede hacer con esta gente?” Mi respuesta no pudo ser más pesimista: a la larga, educar, pero ya es tarde para eso, ni siquiera hay interés por parte de los políticos en que vuelva a existir aquello antiguo, la educación; se la ha abandonado; y a la corta, aguantarse. Todo el mundo sabe que ser grosero y destrozar hoy sale gratis, y que a nadie se le cae el pelo por ello, por utilizar una expresión también antigua. La cortesía y la consideración son de otro tiempo, así lo quieren las autoridades. Sólo nos queda decirles adiós, y recordarlas.

El País Semanal
, 4 de junio de 2006

El equipo de Javier Marías

El novelista Javier Marías ha hecho una alineación futbolística con los escritores del siglo XX, según sus cualidades literarias. Marías recopiló sus textos sobre fútbol en Salvajes y sentimentales (Aguilar).

Portería. Dos que jugaron en su vida en esa posición: Vladímir Nabokov y Albert Camus.

Defensas. Lateral derecho Henry James por ser de largo recorrido. En el centro Dashiel Hammet que parecía un tipo duro. Y defensa izquierdo Malcolm Lowry que al ser bebedor sería uno de esos defensas duros que no dejan pasar a nadie.

Lateral izquierdo. Valle-Inclán, un autor muy vivo con malas pulgas a ratos.

Centro del campo. Tres de largo recorrido: Como trabajador Thomas Mann; como 10 y cerebro del equipo y mente clara y organizadora del juego Marcel Proust; y W. Faulkner que tiene mucho aliento.

Delantera. Jugaríamos con extremos: extremo derecho como siete Joseph Conrad, capaz en pocos metros de crear gran desconcierto y admiración; delantero centro Thomas Bernhard porque era muy agresivo; y con el 11, extremo izquierdo, uno de esos jugadores finos y creativos como Lampedusa.

Banquillo. En la portería Camus o Nabokov que se alternarían la titularidad con igual solvencia. Para momentos de crisis no estaría mal Conan Doyle que tendría gran capacidad de juego para el medio campo. Defensa, Raymond Chandler. Y delantera un poeta: W. Yeats.

El País, 4 de junio de 2006

sábado, junio 03, 2006

JAVIER MARÍAS, CANDIDATO A ACADÉMICO DE LA LENGUA

El novelista Javier Marías, candidato a la Academia de la Lengua

Javier Marías, uno de los escritores españoles más reconocidos internacionalmente y cuya obra ha merecido numerosos premios, ha sido presentado como candidato para cubrir la vacante dejada en la Real Academia Española por el filólogo Fernando Lázaro Carreter, fallecido en marzo de 2004.

La candidatura de Marías, autor de novelas como Todas las almas, Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí o Tu rostro mañana que han merecido el elogio de la crítica más rigurosa, ha sido presentada por los académicos Gregorio Salvador, Arturo Pérez-Reverte y Claudio Guillén, informaron a Efe fuentes próximas a la Academia.

Aún es pronto para saber si el novelista, cuya obra está traducida a unos treinta idiomas, será el único aspirante al sillón R, ocupado hasta su muerte por quien fue director de la RAE. El plazo de presentación de candidaturas finaliza el próximo 18 de junio y podría haber otras propuestas.

La elección del nuevo académico tendrá lugar el 29 de junio, en la sesión plenaria habitual de los jueves.

La posible incorporación de Javier Marías (Madrid, 1951) a la Academia de la Lengua se produce cuando el escritor está embarcado en la redacción de la tercera parte de Tu rostro mañana, uno de los proyectos literarios más ambiciosos de los últimos años. La primera entrega de esta novela, Fiebre y lanza, apareció en octubre de 2002, y la segunda, titulada Baile y sueño, se publicó en noviembre de 2004.

Hijo del filósofo y académico Julián Marías, fallecido el pasado mes de diciembre, Javier Marías publicó su primera novela, Los dominios del lobo, a los diecinueve años, bajo los auspicios de Juan Benet.

Tras esta obra, vendrían otras como Travesía del horizonte (1972), El monarca del tiempo (1979), El siglo (1983) y El hombre sentimental, galardonada en 1986 con el Herralde de novela y en 2000 con el Premio Internazionale Ennio Flaiano.

En 1989 publicó Todas las almas, que mereció el Premio Ciudad de Barcelona y fue finalista al Premio Médicis a la mejor novela extranjera editada en Francia.

Su consagración como novelista llegó con Corazón tan blanco, calificada de "absoluta obra maestra" por el prestigioso crítico alemán Marcel Reich-Ranicki, que en más de una ocasión ha pedido públicamente para Marías el Nobel. Este libro ganó el Premio de la Crítica en 1993 y fue seleccionado para el premio Aristeion 1993 de literatura europea. En el 97 mereció el Premio Internacional de Literatura IMPAC.

Su siguiente novela, Mañana en la batalla piensa en mí, le valió el Premio Fastenrath de la Real Academia Española en 1995; un año más tarde, el Rómulo Gallegos (concedido por primera vez a un español), y el Premio Fémina otorgado en Francia a la mejor novela extranjera. Esta obra ha sido galardonada, además, con el Premio Internacional Mondello Cittá di Palermo.

Autor de numerosos libros de cuentos y de artículos, Marías cultiva también la traducción, faceta en la cual destaca su versión de Thomas Hardy El brazo marchito, y la de La vida y las opiniones del caballero Tristán Shandy, de Sterne, que fue galardonada en 1979 con el Premio Nacional de Traducción Fray Luis de León.

Su novela Todas las almas fue llevada al cine por Gracia Querejeta bajo el título de El último viaje de Robert Rylands; una "adaptación libérrima" que no gustó al escritor y que lo llevó a presentar una demanda civil contra la productora por incumplimiento de contrato. Los tribunales dieron finalmente la razón al novelista.

Su pasión por los libros le condujo en 2000 a crear la editorial Reino de Redonda, en la que publica algunos de los títulos de sus autores favoritos.

Terra Actualidad – EFE, 2 de junio de 2006

viernes, junio 02, 2006

Nuevo Duque de Redonda: Pere Gimferrer


El escritor catalán Pere Gimferrer ha sido nombrado Duke of Arder, en clara referencia a su poemario Arde el mar.
Fue el primero en España en hablar del escritor y primer rey de Redonda M P Shiel en su libro Los raros, y uno de los primeros en publicarlo.