lunes, julio 31, 2006

Carta a El País Semanal

A Begoña Lasagabaster

La diputada Begoña Lasagabaster, de Eusko Alkartasuna, se da sin duda mucha importancia. De mi escándalo ante las cincuenta y seis huecas, incorrectas e ininteligibles palabras que soltó ante las cámaras de televisión tras el anuncio del alto el fuego de ETA, concluye: a) que antes de decir nada en contra de su habla debería "repasarme" sus más de seiscientas intervenciones parlamentarias a lo largo de tres legislaturas; b) que de mi crítica a esas cincuenta y seis palabras suyas o, como dije, "horrendo galimatías", se desprende mi "escaso afecto al voto de los ciudadanos"; e) así como mi idea implícita de que "no todos los ciudadanos debieran tener derecho al voto, sólo unos pocos"; d) que soy un cobarde que en realidad no me atrevo a exponer las verdaderas razones ocultas para "desacreditarla" a ella "y probablemente a lo que represento". Lo raro es que no añadiera que mi rapapolvo a sus frases era un ataque a todo el pueblo vasco, y que el que le dediqué a Zaplana, del Pp, por otras semejantes, un ataque a toda España.

Los políticos españoles no tienen contento a casi nadie, en términos generales. Pero por lo menos deberían intentar no darse la importancia que no tienen y ser menos fatuos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de julio de 2006


Respuesta a Javier Marías

Me permito dirigirle esta carta en respuesta a su artículo Decir feamente nada, publicado el pasado 11 de junio, en lo que se refiere a mi persona.

Mi primera reflexión se ciñe a lo que usted alude como "huero trabalenguas" o "cincuenta y seis palabras impunes". La frase a la que usted hace referencia es tan sólo un pequeño extracto de una declaración de unos diez minutos, efectuada una media hora después del anuncio del alto el fuego permanente de ETA el pasado 22 de marzo. Responde, por tanto, a una primera valoración de urgencia y así lo señalé en la comparecencia. Me sorprende por ello su incisivo comentario cuando, si recurre a la hemeroteca, podrá comprobar que el noventa por ciento de las declaraciones efectuadas aquel día responden a un mismo patrón o esquema.

Señala usted que la frase carece totalmente de sentido. Más allá de la "corrección" o no, que dejo para aquellos momentos en los que debe primar esa cuestión o para los expertos, estas palabras transmitieron tres mensajes claros y coherentes, perfectamente inteligibles.

Soy de la opinión que una buena autocrítica es importante, máxime cuando el trabajo que desempeñamos es representar a los ciudadanos; pero me parece poco riguroso, amén de injusto, desacreditar toda mi trayectoria, tanto profesional como política, por el análisis de cincuenta y seis palabras. Quizá debiera, a través de la página web del Congreso, repasar mis más de seiscientas intervenciones parlamentarias realizadas a lo largo de los más de diez años, tres legislaturas, como diputada. No se me ocurriría calificar toda su obra literaria o su labor como articulista (que por cierto sigo) por tan solo cincuenta y seis palabras. Mi autocrítica me impediría llegar a una valoración tan inapropiada.

De su artículo, en mi opinión, se desprende el escaso afecto que tiene al voto de los ciudadanos a la hora de elegir éstos a sus representantes. Quizá usted pretenda con su reflexión señalar que no todos los ciudadanos debieran tener derecho al voto, sólo unos pocos, idea que en absoluto comparto. Por cierto, en las tres ocasiones que he sido elegida diputada nunca me he "quedado tan ancha", actitud que usted me atribuye con pleno convencimiento. He sentido alegría, satisfacción, pero también una gran preocupación ante la responsabilidad que los ciudadanos han depositado en mí.

Le animo a que sea valiente y escriba realmente lo que, según creo, subyace en su artículo, que le lleva a desacreditarme y probablemente a lo que represento. Sea honesto y valiente con las palabras y sobre todo con sus lectores. O al menos séalo consigo mismo.

BEGOÑA LASAGABASTER OLAZÁBAL. DIPUTADA DE EUSKO ALKARTASUNA POR GUIPÚZCOA

El País Semanal, 23 de julio de 2006

domingo, julio 30, 2006

LA ZONA FANTASMA. 30 de julio de 2006. Un cuento para releer

Cuando ustedes lean esto, es probable que ya se hayan apagado los prolongados ecos del incidente entre Materazzi y Zidane, del que se han ocupado casi todos los columnistas, hasta los que desdeñan o detestan el fútbol. Pero puede que no del todo, y que en realidad nunca se apaguen, y que ese asunto, por tanto, pase a formar parte de la memoria y el imaginario colectivos, no sólo de los futboleros. Si eso fuera así, sería el mayor éxito de Zinedine Zidane, en contra de las apariencias y de los actuales lamentos.

Pasada la primera y elemental impresión, hay que mirar el episodio desde el punto de vista más duradero, que es el de la ficción. Cuanto se recuerda en la vida adquiere con el tiempo, precisamente por ser recordado, un carácter narrativo, y acaba viéndose, según el caso, como una película, una novela o un relato. La despedida de Zidane da más para lo último, quizá. Tal como había ido la historia, el final parecía destinado a ser muy feliz o, en su defecto, bastante feliz. Para quienes gustan de los cuentos “bonitos”, esto habría sido lo ideal: Zidane, uno de los jugadores más exquisitos, campeón del Mundo con Francia en 1998 y de Europa en el 2000, de la Champions League con el Real Madrid en el 2002, ya con treinta y cuatro años, cansado del mal juego reciente de su equipo y de entrenadores bobos que no supieron sacarle provecho; un hombre que suele caer bien, solidario y nada demagógico fuera del campo, elegante, discreto, con una notable timidez pese a llevar un decenio o más siendo un astro, decide jugar sus postreros partidos con la camiseta de su país y retirarse para siempre. Vistas sus decepcionantes actuaciones de los últimos dos años, y lo gastados que andan la mayoría de sus veteranos compañeros, nadie espera apenas nada, ni de Francia ni de él. Al principio del Mundial de Alemania, se confirman los escepticismos: ni él ni su equipo brillan, son incapaces de ganar a selecciones inferiores como Suiza y Corea del Sur, les cuesta lo indecible derrotar a Togo. El siguiente rival es la bulliciosa y rejuvenecida España, y nuestros periodistas e hinchas, con sus proverbiales chulería y bravuconería, anuncian la jubilación de Zidane: quedará eliminado, dará sus últimos pasos de baile con un balón. Los españoles, como suelen, muerden el polvo, y el “viejo” les mete un gran gol. Luego caen los brasileños, grandes favoritos según los spots de publicidad, y les siguen los no menos soporíferos portugueses. Francia está en la Final. Contra todo pronóstico inicial, el cuento se encamina hacia el género infantil, o hacia una película de Disney.

Imaginemos que Zidane no cabeceó a Materazzi y que aun así su selección perdió. Ahí tenemos el final bastante feliz. El magnífico héroe crepuscular ha estado a punto de lograr la proeza, y en todo caso se ha marchado disputando la Final de la Copa del Mundo, algo al alcance de muy pocos. Supongamos que Francia sí gana. Que lo hace mediante gol o pase de Zidane, o bien que, llegados a los penalties, él se encarga de marcar uno decisivo o no tanto –lo mismo da– de manera magistral, como ya hizo al inicio del partido. Como capitán de Francia, el ídolo fatigado recibe y alza el trofeo y desaparece sobriamente en su momento de apogeo, en la máxima gloria a la que puede aspirar un futbolista. Este cuento es precioso y le gusta a casi todo el mundo, incluyéndome a mí. Pero no da mucho de sí, no se puede releer, porque es de una pieza y algo empalagoso. De hecho tiene todos los ingredientes de los cuentos de hadas, o aún peor, de las historias edificantes, ejemplares, de “superación”. Si lo miramos con ojos literarios o cinematográficos, a lo que más se parece es a una película americana idiota o juvenil, si es que ambas cosas no quieren decir lo mismo hoy en América.

Tal como se ha desarrollado, en cambio, la despedida de Zidane resulta inquietante, turbia, adquiere densidad y dramatismo de buena ley. Como si fuera un jugador bisoño, el admirable Zinedine, que habrá oído de todo a lo largo de su carrera en el césped, cae en la provocación de un archiconocido archivillano italiano y le da un cabezazo en presencia del mundo entero. Echa a perder su final felicísimo cuando lo acariciaba con la punta de los dedos: estaba en su mano asirlo y crear la mejor leyenda. ¿La mejor? No lo creo. De no haber sido expulsado y haber vencido Francia, todo habría sido tan perfecto que no habría admitido lo que hace de veras que los hechos perduren: el enigma, el misterio, la ambigüedad, la posibilidad de fantasear interminablemente con lo que habría podido ser y se desperdició. Es decir, lo que llevamos haciendo muchos desde hace semanas, y lo que nos quedará para siempre como el hermoso final que se malogró. Esta otra película no es de Disney, sino quizá El buscavidas de Rossen, o Atraco perfecto de Kubrik, o La jungla del asfalto de Huston, o alguna compleja maravilla de Fritz Lang, cuyos personajes lo prevén todo para alcanzar sus metas y abandonan o fracasan en el último instante. Sí, en cierto sentido es una pena lo que ocurrió, pero en otro hay que agradecerle al gran Zidane que en su última hora nos haya dejado un relato hondo, extraño, quebrado, rugoso, y no una historieta tan previsible y tersa que no se pueda releer.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de julio de 2006

(Javier Marías descansará el mes de agosto, vuelve con sus artículos en septiembre)

lunes, julio 24, 2006

LA ZONA FANTASMA. 23 de julio de 2006. Como un caballero bueno

El pasado 22 de junio se murió en Oxford Sir Peter Russell, hispanista y lusitanista de enormes talento y prestigio, autor de magníficos estudios sobre Cervantes, La Celestina, el Príncipe Henrique el Navegante y La intervención inglesa en España y Portugal en tiempos de Eduardo III y Ricardo II, entre otras obras. Durante muchos años, y hasta su jubilación en los ochenta, ocupó la Cátedra Rey Alfonso XIII de Estudios Españoles de la Universidad de Oxford, y fue en esta ciudad donde lo conocí, al poco de haberse retirado, a través de su sucesor, Ian Michael, y de su discípulo y gran amigo (suyo y mío) Eric Southworth. Fue el primer ganador del Premio Nebrija, quizá la máxima distinción que pueden recibir los hispanistas. Pero todo esto, con ser mucho, es para mí secundario. Lo principal es que se me ha muerto un muy querido amigo, uno más de mis amigos viejos: el día de su muerte tenía noventa y dos años y casi ocho meses, y no hacía demasiado que se había comprado un coche nuevo, con el que salía a conducir encantado, tras haber recuperado el carnet tras un breve periodo en el que, por problemas de salud, se lo habían retenido. Eso es lo principal. Lo más extraño y turbador, sin embargo, es que también se me ha muerto un importante personaje de algunas de mis novelas, sobre todo de la muy larga que todavía no he terminado, Tu rostro mañana, de la que han aparecido los dos primeros volúmenes, Fiebre y lanza en 2002, Baile y sueño en 2004, y de cuyo tercero y último llevo escrita la mitad más o menos. Y en una novela antigua, Todas las almas, de 1989, ya me había inspirado en muchos rasgos de Russell para quien en ella se llamó Toby Rylands. Al poco de iniciar Tu rostro mañana, en septiembre de 1998, llamé por teléfono a Peter y le pedí permiso para utilizarlo como personaje, esta vez con sus datos biográficos verdaderos (incluida su pertenencia de años a los Servicios Secretos británicos del MI5 y el MI6) y hasta con su propio nombre. Pensaba atribuirle hechos, experiencias y conversaciones ficticias a alguien que en muchos aspectos sería él y que compartiría su vida, aunque no a todos los efectos, desde luego: mi personaje sería viudo, por ejemplo, y Russell permaneció siempre soltero. Dudó un instante respecto a mi utilización de su nombre, y entonces se me ocurrió proponerle recurrir al que había sido su apellido desde su nacimiento en Nueva Zelanda, en 1913, hasta su llegada a Inglaterra, a los dieciséis o diecisiete años (entonces se lo cambió, por razones que no vienen al caso). “¿Prefieres que lo llame Sir Peter Wheeler?”, le pregunté. Y en seguida lo aceptó, divertido: “Sí, eso me gustaría. Además, de ese modo sabré qué le pasó a ese Peter Wheeler, de quien me despedí hace tantísimo tiempo”. Porque su nombre oficial era ya Russell, como tal lo conocía todo el mundo y así firmaba sus libros. Sir Peter Wheeler es quizá el personaje principal del primer volumen de mi novela, y no tendrá escasa participación en el tercero. En ella hay otro personaje, Juan Deza, padre del narrador Jacques Deza, que a su vez está indisimuladamente inspirado en mi padre, de cuya historia tomé prestados unos cuantos hechos, y también bastante de su carácter. Los dos viejos, Russell y mi padre, tenían curiosidad y aun impaciencia por verse “ficcionalizados”, y esa fue la razón más poderosa –ahora puedo decirlo– para que decidiera ir publicando la novela en partes, en vez de esperar los años necesarios para terminarla y darla entonces entera a la imprenta. Sus edades eran ya tan frágiles (mi padre nacido en 1914) que temía que, si aguardaba, pudieran no llegar a verse así, como personajes. Ahora me alegro de haber tomado aquella decisión arriesgada, porque ambos alcanzaron, al menos, a leer esos dos primeros volúmenes. Sir Peter Wheeler y Juan Deza todavía han de aparecer y hablar en lo que me resta por escribir, y no sé de qué modo me influirá o me afectará que ahora hayan muerto sus dos modelos de la realidad, ni si los haré morir (a uno, a otro o a los dos) asimismo en la novela. Es seguro que, mientras vivían en la vida, no me habría atrevido, por susperstición justificada, dados sus definitivos noventa y dos y noventa y un años, respectivamente. Sé que Sir Peter Russell murió de repente, sin avisos ni agonía. Vivía solo y había logrado evitar ir a parar a una residencia, de lo cual estaba muy contento. Al parecer, el 22 de junio se levantó, recogió la prensa del felpudo, se preparó el desayuno, y con ambas cosas, desayuno y prensa, se volvió a la cama. Al no contestar a la rutinaria llamada de su médico, éste le pidió al portero que subiera a ver, y el portero lo encontró muerto apaciblemente, sin signos de sufrimiento previo. Como me escribió Eric Southworth, Peter murió “like a good knight, en su cama”. Como un buen caballero o como un caballero bueno, según se quiera. A mí no se me va del recuerdo la última imagen que de él tuve, cuando lo fui a visitar hace dos veranos, y al marcharme, ya en la calle, me volví hacia sus ventanas. Allí estaba él, alto y fuerte, con su pelo tan blanco, con su expresión siempre alerta hacia los otros e irónica hacia sí mismo, diciéndome adiós con la mano, pausadamente. Nos volveremos a ver en las páginas, en las que aún me faltan.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de julio de 2006

domingo, julio 16, 2006

LA ZONA FANTASMA. 16 de julio de 2006. Gañanes de espíritu

Si hace una semana hablé aquí del español cabal o rufián, según la distinción de 1845 del viajero Richard Ford, lo ocurrido el 27 de junio pareció algo a propósito para darle la razón y confirmar que, en algunos aspectos, estamos como entonces o peor. Ese día se disputaba en Hannover el partido España-Francia, y aún había esperanzas en nuestra selección. Como casi todo el mundo, me dispuse a verlo, pero ya antes de empezar pensé: “Vaya imbéciles, ahora es seguro que vamos a perder”. Los imbéciles eran la mayoría de los compatriotas hinchas presentes en el estadio –decenas de miles–, a los que no se les ocurrió otra sandez que silbar y abuchear, de principio a fin, el himno francés, La Marsellesa, hasta ni siquiera permitir que se oyera. “Vaya cretinos”, insistí en pensar, “con esto habrán cabreado de mala manera a los futbolistas franceses, que intentan cantarlo con emoción pese al inadmisible y grosero estruendo, y, si podían sentirse algo intimidados por el buen juego anterior de los españoles, ahora harán lo imposible por derrotarnos. Y, si lo logran, bien merecido lo tendremos, por gañanes, por zafios, por salvajes y por villanos”. No hace falta recordar que nos ganaron en buena lid. Pero, más allá del partido en sí, el hecho, que quizá pueda parecer menor, yo lo encontré gravísimo y sintomático del envilecimiento al que se ha llegado en nuestro país. Los forofos congregados en la Plaza de Colón, además, silbaron y abuchearon igualmente, y no se limitaron a eso, sino que ante la aparición de los numerosos jugadores negros de los llamados bleus, lanzaron los ya consabidos chillidos simiescos y racistas de tantas otras ocasiones. Los individuos de Madrid eran sobre todo adolescentes y jóvenes, cuyos desmanes se tienden siempre a disculpar, pero muchos hinchas de Alemania eran más bien talludos y tripudos, como nos hemos hartado de ver durante semanas en la televisión. Quiero decir con esto que ese envilecimiento no es cuestión pasajera ni “cosa de la edad”, sino que está instalado en el conjunto de la población, también de la adulta, y eso ya no se arregla con el mero paso del tiempo. De qué clase de gañanes se nos ha poblado el país. España nunca destacó por sus modales, pero desde luego no siempre fue tan incivilizada. Hasta hace un par de decenios, todo el mundo sabía que hay cosas que no se pueden hacer bajo ningún concepto ni en ninguna circunstancia, y una de ellas era permanecer sentado mientras suena un himno nacional, mucho menos abuchearlo y silbarlo hasta acallarlo. En ningún otro partido de este Mundial de Alemania ha habido muestra semejante de garrulería y desconsideración; ninguna otra afición ha escarnecido el himno del rival, y en eso hemos sido vergonzosamente únicos, los villanos del planeta, los irrespetuosos, los vándalos, los felones. He leído que no era la primera vez: en un partido contra Serbia ocurrió lo mismo, y se hubieron de pedir disculpas para evitar un incidente diplomático. Por menos se desataron guerras en el pasado, y por La Marsellesa en concreto –himno revolucionario– ha muerto mucha gente que luchaba por su libertad. Supongo que las hinchadas estaban en Hannover alejadas entre sí, porque no habría sido nada raro que más de un francés se hubiera liado a tortas o a navajazos con nuestros desalmados compatriotas. A muchos españoles les puede parecer que lo de los himnos y las banderas es una chorrada (no a un vasco ni a un catalán), y para un par de generaciones la Marcha de Granaderos y la antes llamada “rojigualda” están todavía un poco teñidas, por desgracia, por el abuso franquista. Pero hace falta ser muy bruto y muy cateto para no darse cuenta de que para los ciudadanos de otros países sus símbolos tienen otro cariz. Los jugadores se llevan la mano al pecho cuando suena su música, los espectadores la cantan o la corean, todos de pie. Nos guste o no, nos parezca algo arcaico o patriotero, aún es así. También podríamos saltarnos a la torera la inviolabilidad de las embajadas, pero si así lo hiciéramos y fueran asaltadas por la turbas de cada nación, la diplomacia se habría acabado. ¿Quién educa a los españoles actuales, que ni siquiera es capaz de meterles en la hueca cabeza las más básicas normas de convivencia y civilidad? Sería hora de que los Gobiernos hicieran campañas para inculcarlas, en vez de la enésima contra el tabaco o las drogas. Por ignorar y despreciar estas reglas nos encontraremos un día con un buen disgusto, no con una mera protesta diplomática. Lo que sí sé es que, si los hinchas franceses la hubieran emprendido a mamporros, los nuestros se habrían quedado estupefactos, temblando y con el grito en el cielo. Y es que una de las falsas ideas o convicciones instaladas en nuestra mentalidad de hoy es que nada tiene consecuencias, y que alguien nos librará de ellas si las hay. Debería recordarse, debería volver a enseñarse que la paciencia se agota, y que entonces las consecuencias no sólo existen, sino que son desastrosas para el infractor y para el gañán de espíritu, o es quizá vocacional.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de julio de 2006

En memoria de Peter Russell (Duke of Plazatoro) Hispanista y espía británico

Peter Russell fue el hispanista y lusitanista británico más importante de la segunda mitad del siglo XX, y sus alumnos llegaron a ocupar gran parte de las cátedras hispánicas en el Reino Unido, y algunas en Estados Unidos y otros países.

Peter Edward Lionel Russell Wheeler nació en Christchurch, Nueva Zelanda, el 24 de octubre de 1913, y en 1929 cambió su apellido por el de su abuelo materno, Thomas Russell, magnate de la prensa. Educado en Inglaterra y alumno del Queen’s College, Oxford, fue elegido en 1953 tercer titular de la cátedra como sucesor de Salvador de Madariaga y William J. Entwistle. Falleció tranquilamente en su cama, mientras desayunaba y leía la prensa, en Oxford el 22 de junio, a los 92 años.

En el verano de 1933 estuvo en la Residencia de Estudiantes, donde conoció de lejos a Federico García Lorca y su círculo, y desde donde pudo observar la quema de iglesias y otros desmanes del Bienio Negro en Madrid.

Ya licenciado en Románicas, estuvo un tiempo en Portugal preparando su tesis sobre las fuentes del cronista del siglo XIV Fernao Lopes, que mostró a un historiador portugués; su sorpresa fue luego verla puesta a la venta en edición pirata en Lisboa en 1941. En el verano de 1938 se encontró con un grupo de estudiantes oxonienses en Galicia, donde fue detenido en las islas Cíes fotografiando el Canarias, uno de los pocos buques de la Armada que se había entregado al servicio de los insurgentes nacionalistas. Llevado al hotel Atlántico de Vigo, fue interrogado por dos oficiales de las SS, quienes, al enterarse de que había estado en un campamento de las Juventudes Hitlerianas en Baviera en 1935, le invitaron a cenar con ellos. Después de una consulta con el Gobierno de Franco en Burgos, Russell fue llevado al puente internacional de Tuy para cruzar a Portugal, con un par de ametralladoras apuntándole para que no se desviara del camino. Más tarde comentaría que fue el paseo más lento y peligroso de su vida.

Tuvo unos meses muy agitados en 1940, primero al tener que acompañar a los duques de Windsor desde Madrid a Estoril a finales de junio, con órdenes de Churchill de evitar, con uso de la pistola en último recurso, que fuesen secuestrados por la Gestapo y llevados a Alemania. Por fin consiguió que se embarcaran en un buque de la Royal Navy que los llevó al Caribe para ser gobernadores de las Bahamas.

A mediados de octubre Russell fue enviado a Dakar (Senegal) provisto de viejos mapas del Almirantazgo británico para estudiar los mejores puntos para el desembarco de tropas en Gran Canaria y Tenerife, que el Gobierno británico se proponía invadir si el General Franco concedía permiso a Hitler, en la famosa reunión de Hendaya el 23 de octubre, para enviar fuerzas alemanas a capturar el peñón de Gibraltar. Avisado el ministro Ramón Serrano Suñer por el embajador británico en Madrid, sir Samuel Hoare, el caudillo se mantuvo firme. Después de un duro entrenamiento en Escocia en 1941, Russell fue nombrado director de seguridad de Jamaica en 1942, y hacia el final de la guerra fue despachado al Lejano Oriente: Rangún (Birmania) y Colombo (Ceilán) en 1944; a Indonesia fue después de la rendición del imperio japonés en agosto de 1945.

Durante sus vuelos secretos de la RAF por la costa noroeste de África y las islas atlánticas, Russell aprovechó el tiempo para comprobar y observar la geografía local, a la vez que, pensando en sus investigaciones históricas, ya esbozaba su famoso libro sobre La intervención inglesa en España y Portugal en tiempos de Eduardo III y Ricardo II, publicado por las prensas oxonienses en 1955, justificando así su elección algo prematura a la cátedra del rey Alfonso XIII en 1953.

Este libro fue también objeto de piratería, y circulaba y todavía circula en fotocopias no autorizadas por el autor en algunas facultades de historia en las universidades españolas, puesto que el único intento de Russell de publicarlo en Barcelona terminó en manos de su abogado cuando el historiador barcelonés que se lo había encargado aceptó una cantidad de dinero para traducirlo pero no lo publicó.

Su tercer libro historiográfico importante, empezado en 1960, fue El príncipe Enrique el Navegante: una vida, publicado en Chicago en 2000 y en Lisboa en 2005. Tal vez Russell haya más influyente en España por sus ensayos recogidos en temas de La Celestina y otros estudios (del Cid al Quijote) (Ariel 1978), Traducciones y traductores en la península Ibérica 1400-1550 (Universidad Autónoma de Barcelona, 1985) y su edición crítica de La Celestina (Clásicos Castalia, 1991, revisada en 2001).

El genio de Russell residía en su audaz aplicación de la documentación histórica a figuras históricas como el Cid o Enrique el Navegante, o a autores como Fernando de Rojas, para demoler las ideas falsas que se habían venido aceptando como veraces durante varios siglos: un iconoclasta en el mejor sentido de la palabra.

Durante su larga vida, recibió muchos honores: miembro de la Academia de la Historia de Portugal (1956), Real Academia de Buenas Letras de Barcelona (1972), y la British Academy (1977); doctor en Letras de Oxford (1981), y premio Nebrija de Salamanca y Encomienda de Isabel la Católica (1989), comendador de la Orden del Infante Dom Enrique (1993); y también duque del imaginario Reino de Redonda (1999) de Javier Marías. A quién sirvió de fuente de inspiración para el protagonista de cuatro de sus novelas.

Su alta estatura y su presencia juvenil le ganaron el epíteto del más guapo de la jeunesse dorée del Oxford de los años treinta, si bien sus facciones leoninas se intensificaron con la vejez. Para sus discípulos era la fuente de la sabiduría y objeto de respeto y adoración; siempre generoso tanto con su tiempo, libros y notas como con su ayuda financiera a sus alumnos, durante toda su vida constituyó el centro de una red informativa y social de extensión mundial.

IAN MICHAEL (Duque of Bernal)

El País
, 15 de julio de 2006

martes, julio 11, 2006

JM en la Academia

Javier Marías ha entrado en la Academia Española. Su señor padre escribía siempre con cuartillas y sobres con el membrete de la Academia, quizá la única institución española que le merecía respeto. Al mirar los nombres que le han precedido en el sillón R descubro al traductor exiliado en México, Enrique Díez Canedo, de ahí el prestigio de la institución, pues murió en México y no cubrió su plaza hasta su muerte en 1944. También fue el sillón de Donoso Cortés, qué cosas.

Pero el personaje más pintoresco de sus precursores es sin duda un majo tipo Oneguin, retratado por Goya, el Duque de San Carlos, que tenemos la inmensa fortuna de tener en el Museo de Zaragoza. Que yo sepa no fue escritor de campanillas, sino un embajador fatuo y pomposo al que Goya clavó en el lienzo como un entomólogo a una mariposa, como decía mi maestro Julián Gállego.

Se le ha reprochado a JM su gramática personal, pero supongo que si algo es el estilo es la interpretación libre de la gramática o arte de escribir. Uno de sus pianistas favoritos fue Glenn Gould, el genio canadiense de las “Variaciones Golberg”. Es posible que en su prosa novelesca consiga una o dos gotas de ese talento rítmico o desparpajo melódico imprevisible. Su maestro Juan Benet sostenía que ni en broma hay que analizar nuestros gustos, literarios o del tipo que sean, pues son la urdidumbre misma de nuestra vida. Pienso que gracias a JM ha entrado también en la Academia el gran Benet, y en cierto modo, es un doble motivo de alegría para quienes somos lectores afortunados y agradecidos de ambos.

CÉSAR PÉREZ GRACIA

Heraldo de Aragón, 7 de julio de 2006

lunes, julio 10, 2006

LA ZONA FANTASMA. 9 de julio de 2006. Español cabal o rufián

No recuerdo ahora la cita con exactitud, pero en alguna página de su extraordinario Manual para viajeros por España, de 1845, dice el inglés Richard Ford, que sabía de lo que hablaba porque se recorrió nuestro país entero a caballo, que a un solo español se le puede entregar y confiar todo, en la casi seguridad de que lo cuidará y guardará con la máxima honradez y lo defenderá con su vida, si es preciso. El equipaje, la fortuna, un secreto, la propia hija. Podrá uno creer en su palabra a ciegas, o por lo menos a tuertas, y rara vez se verá engañado o defraudado por él. Ese individuo aislado pondrá todo su empeño y asumirá riesgos para no fallar ni decepcionar, y tendrá a gala demostrarse a sí mismo y al otro que es sincero y fiable a carta cabal. Sin embargo, ese mismo español, juntado con cinco compatriotas más –no digamos con cincuenta–, se convertirá fácilmente en un rufián. El grupo se quedará con el equipaje y la fortuna, traicionará el secreto y abusará de la hija. Mentirá, timará, robará, no correrá el menor peligro por salvar lo custodiado, huirá ante los asaltantes o ante el enemigo, uno puede tener la cuasi certeza de que unos cuantos españoles en pandilla lo venderán o lo desvalijarán.

Con todas las reservas debidas ante este tipo de generalizaciones, siempre he pensado que la observación de Ford no era desatinada del todo, y me ha servido, durante años, para explicarme en parte nuestra tradicional tendencia al individualismo: tal vez no sea sólo que no nos fiamos de los demás, sino que no nos fiamos de nosotros mismos con los demás, como si supiéramos que en compañía nos maleamos y nos hacemos peores, traicioneros, más brutos, menos escrupulosos, más ruines, menos valientes y honrados, unos bribones. Y además, como también apuntara Ford, cuando estamos juntos nos peleamos, nos metemos el dedo en el ojo con causa o sin ella, somos históricamente proclives a la desunión.

Por eso me llama mucho la atención que, de un tiempo a esta parte, la mayoría de los españoles no es ya que busque desesperadamente estar e ir en grupo, sino en masa. En estas semanas del Mundial de fútbol hemos visto reunirse a las masas en la madrileña Plaza de Colón para ver así los partidos, prietas y en masa bajo el calor. Las hemos visto recorrer las calles alemanas con aspecto y actitud innobles: gritonas, bastas, carnavalescas, chuscas. Siento decirlo, pero de todos los forofos de los distintos países, los del mío me han causado la más penosa impresión, y eso que la competencia era fuerte en cuanto a penosidad. Admito que, por ser compatriotas y sentirlos próximos, es probable que los haya mirado con más severidad, por la vergüenza propia –más que ajena– que me producían. Pero no es sólo esta masa falsamente futbolera, dada por definición a la parranda zafia y al histrionismo en busca de cámaras que permitan a los paisanos ver en cada pueblo a cada vástago histrión. En España hay tantas manifestaciones diarias que no es normal. Raro es el día en que mi ciudad no es tomada por masas o por grupúsculos, tanto da, que protestan en alboroto “lúdico” por cualquier cosa. Dada la abominable situación de Madrid, que ellos hacen aún más odiosa, yo estoy casi siempre dispuesto a concederles a priori la razón –excepto cuando son los obispos, que desprecian ésta–. Pero cuando veo a esas masas en plan festivalero, con silbatos y tambores y bandurrias y bongos, con su vocerío de cancioncillas y pareados “divertidos”, a menudo disfrazadas de falleros o de chirigoteros, me cuesta tomármelas en serio y se me aparecen como un síntoma más de la enfermedad de andar en grupo, de juntarse en mogollón, de chillar en tropel, todo lo cual suele darse también en los fines de semana, en los botellones, en los centenares de festejos de cada localidad y hasta en algunas exposiciones de pintura, a las que demasiados parecen acudir tan sólo porque ven en televisión que allí acuden bastantes como para formar una bonita e insensata masa si nos animamos los demás.

En verdad es extraña esta pasión española actual. Si no por lo que señalaba Ford, sí al menos por lo siguiente: si uno aísla con la imaginación a un berreante forofo, o a un manifestante con estridente pito, o a un gañán de botellón, o a un beato desafinante en procesión, apenas le cuesta aceptar que podría entenderse con él, comprender sus motivos, mantener una charla sin dificultad. Las personas, una a una –de esto no me cabe duda–, son mucho más civilizadas, interesantes, gratas, razonantes, incluso más conmovedoras a veces. En grupo o en masa no son nada de esto, y sin embargo los españoles tienden, cada vez más, a no ofrecerse casi nunca en su individualidad. Parecen gustarse sólo cuando son indistintos, sólo así sentirse cómodos y a sus anchas. La masa, por supuesto, también da miedo, y en momentos pesimistas me pregunto si no será eso justamente lo que mis compatriotas, quizá sin saberlo, aspiran a dar. Eso sería lo peor de esta pasión o enfermedad, porque haría del todo certero, entonces, el ya viejo dictamen de Ford: agruparse para envilecerse, y no haría falta nada más.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de julio de 2006

otras ediciones


VOYAGE ALONG THE HORIZON
A novel by Javier Marías
Believer Books a division of McSWEENEY'S
Translation by Kristina Cordero
Cover ilustration by Jonathon Rosen

domingo, julio 09, 2006

Con la erre mayúscula de Rey


El azar se ha aliado con Javier Marías, que como nuevo miembro de la Real Academia Española ocupará el sillón erre mayúscula, que dejó vacante Fernando Lázaro Carreter al morir en marzo del 2004. Es la misma erre que por cuadruplicado acompaña a este Rey Republicano del Reino de Redonda: un islote situado en el Atlántico, que gobierna desde el 6 de julio de 1997 y donde se hallan censados ilustres como el nobel J. M. Coetzee y los cineastas Francis Ford Coppola y Pedro Almodóvar. Esta aventura nobiliaria es una más en la vida de este escritor nacido en Chamberí (Madrid) en 1951, predestinado a la literatura desde niño, pues su madre le recitaba la Odisea de Homero mientras le daba la papilla, según contaba su padre, el filósofo Julián Marías, fallecido el pasado diciembre. «No lo recuerdo y además suena algo pedante», afirma el autor, que sí rememora con agrado otro relato de infancia, El castillo de irás y no volverás: «Nunca lo he podido encontrar», lamenta. A esa edificante labor maternal hay que añadir la paternal, que le permitió disfrutar de una biblioteca familiar de 20.000 volúmenes, alimentada por su progenitor, durante años miembro de la RAE, motivo por el cual rechazó Marías en 1994 pertenecer a la institución. «Con un Marías era suficiente», dice.

Tanto alimento intelectual, sumado al inolvidable arroz a la cubana de su abuela, le permitió a los 15 años publicar unos artículos en El Noticiero Universal y, ya con 19, editar su primera obra, Los dominios del lobo (1971; Alfaguara, 1999), a la que siguieron otras como Travesía del horizonte (1972; Alfaguara, 1999), El hombre sentimental (1986; Alfaguara, 1999) -Premio Herralde de novela 1986, que devolvió años después tras enemistarse con el editor Jorge Herralde-, Corazón tan blanco (1992; Crítica, 2006) -Premio de la Crítica, del que ha vendido cerca de dos millones de ejemplares- y Mañana en la batalla piensa en mí (1994; Alfaguara, 2000) -Premio Rómulo Gallegos, entre otros-.

Con semejantes credenciales, era inevitable su entrada en la RAE, que acogerá así a uno de los autores más polemistas -«me siento un poco justiciero y no está bien»-, aunque espera que su ingreso no le impida seguir siéndolo -«si me han aceptado como soy ahora no entiendo porqué tendría que cambiar»-. Famosas son sus disputas con Camilo José Cela y la familia Querejeta, pero ya entrado en la cincuentena, este devoto de Ann-Margret, la película Coronel Blimp y el Real Madrid parece más relajado en lo emocional que no en lo profesional, ya que está enfrascado en la tercera parte de la trilogía Tu rostro mañana, de la que han aparecido Fiebre y lanza (Alfaguara, 2002) y Baile y sueño (Alfaguara, 2004). Tanta actividad literaria no le impedirá seguir fiel a sus hábitos y manías, como vivir solo, hacer de Oxford su Yoknapatawpha County particular, continuar con su propia editorial, Reino de Redonda, -«si no me lleva a la bancarrota»- y con su máquina eléctrica, pasar del carnet de conducir y de asistir a tertulias -«hoy en día existe una cháchara increíble en las radios y televisiones»- y licitar en las subastas de internet, que le han permitido conseguir joyas de William Faulkner y Arthur Conan Doyle. Estas inversiones las realiza gracias a los cinco millones de ejemplares vendidos en todo el mundo de sus libros, traducidos a 34 idiomas. Y aunque muchos destacan sus inicios, él, afirma, nunca se obsesiona con ellos.

De su nombramiento seguro que se alegran amigos presentes y ausentes, como el escritor Juan Benet, una de las personas «más influyentes» en su vida, que solía pedir dinero en la calle junto al también autor Juan García Hortelano mientras un joven Marías hacía acrobacias. De él conserva un papel que le dio el penúltimo día que se vieron antes de su muerte. Es una cita de su puño y letra de Gilbert Murray: «Teo Pompo, fragmento 134 refiriéndose al rey Dionisio II de Siracusa: ‘El rey tenía la vista estropeada a causa de sus excesos con la bebida. Solía sentarse en las barberías a entretener a los clientes’». «Es muy graciosa y nada solemne, propia del humor de Benet», afirma el nuevo académico. El de la erre de rey.

OSCAR LÓPEZ

El Periódico, Libros, 6 de julio de 2006

sábado, julio 08, 2006

otras ediciones



YOUR FACE TOMORROW
2: Dance and Dream

Javier Marías
Chatto&Windus, 2006
London
Translated from the Spanish by Margaret Jull Costa

"To an unusual degree Marías manages to inhabit not only the popular but also the literary sphere, counting Coetzee, Rushdie and the late W. G. Sebald among his admires... Like Nabokov in his Antiterra, he has mapped our a country of his own, a Yoknapatawpha of the mind, full of tension between the desire to know and the fear of what knowledge costs."

New Yorker

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Cuando fui mortal y otros relatos
Javier Marías
Reclam, 2006
Stuttgart

viernes, julio 07, 2006

DIGITAL+: JAVIER MARÍAS EN EL MUNDIAL

A partir de las 11 de la noche, en Digital +, Javier Marías hablará de fútbol.

jueves, julio 06, 2006

Un rey en la academia

Desde hace casi una década mi amigo Javier Marías es rey de Redonda. Por una de esas voluntariosas carambolas literarias un escritor republicano se ha visto coronado rey de una isla fantasmal y fantástica. Ahora otro azaroso destino ha querido que Xavier I, H. M. King of Redonda, sea elegido miembro de número de la Real Academia Española. La primera parte de esta caballeresca acción podría ser muy bien el comienzo de un cuento de Borges, en el que un joven rey va a la busca de su reino, se pierde en un dédalo de corrientes marinas, y pese a intentarlo con perseverancia, el reino siempre le resulta inalcanzable.

Pero el que ese mismo rey que defiende el lema Ride si sapis, y que ya tiene una numerosa corte de lustrosos duques literarios, sea promovido a ingresar al coro de justos que cuidan la excelencia del idioma castellano es noticia de fuste, que alegra a quienes le quieren y le admiran más allá de las fascinaciones institucionales. Javier Marías tiene sobrados méritos como escritor cultísimo, excelente traductor, profesor y hasta articulista contundente, para formar parte de la Academia, pero además -y eso es lo que importa- ha tenido los votos de sus pares. Porque a la Academia no sólo se entra por méritos, hay que concitar además los votos. Algunos muy admirables, como don Juan Benet, se quedaron fuera por no reunir las papeletas suficientes.

He leído muchas de las novelas de Marías desde aquella primerísima Los dominios del lobo, cuando todos éramos niños y lucíamos magníficas cabelleras. Pronto Javier se hizo parte imprescindible de nuestras tertulias nocturnas en los primeros años 70, y Rosa Regás le publicó Travesía del horizonte, su segunda novela. El éxito llegó bastante después, pero él no era un buscador de éxitos, y cuando llegó lo recibió con resignación y prudencia. Hace ya muchos años que Marías se retiró de la vida social, entregado a sus libros, a los que escribe y a los que colecciona, y desde entonces nos hemos intercambiado algunas cartas o visto en encuentros casuales.

Pero sí que hubo un tiempo en que nuestra amistad era frecuentada y esa relación resultaba siempre fértil y enriquecedora. La noche nos reunía con Savater, Villena, Lourdes Ortiz, Rosa Pereda, y él nos puso el mote de The Quintet, un quinteto al que se incorporaba avanzada la noche, después de cenar para tomar una copa en la terraza del Dickens. Vivían los maestros, don Juan Benet y Juanito García Hortelano, a los que se escuchaba hasta cuando no tenían razón, y con quienes discutíamos sin llegar nunca a las manos. También estaba Guillermo Cabrera Infante en Londres, con una luz encendida en el bajo de Gloucester Road, a la que podíamos acudir confiados.

Compartimos juventud, proyectos, ilusiones y desencantos con otros muchos poetas, novelistas, gente del cine, novias, y después los años nos fueron colocando a cada uno en un sitio. Quizá en el sitio que nos correspondía. El tiempo y la vida han sido generosos con el rey de Redonda, una generosidad que se merecía.

MARCOS-RICARDO BARNATÁN

El Mundo, 6 de julio de 2006 (Noveno aniversario del nombramiento de Xavier I, Rey de Redonda)

domingo, julio 02, 2006

LA ZONA FANTASMA. 2 de julio de 2006. El misterioso alivio del fútbol

La maldición de las dos semanas de antelación con que escribimos en EPS se hace especialmente grave cuando uno sabe a ciencia cierta que el momento en que ustedes lean estas líneas no tendrá nada que ver con el de su redacción. Cuando yo las escribo, España tan sólo ha jugado su primer partido del Mundial, la rotunda y prometedora victoria ante Ucrania. Cuando les lleguen, estarán a punto de disputarse las semifinales del campeonato y, si nuestro equipo observa la tradición, habrá caído en octavos, o a lo sumo en cuartos de final, y la excitación de hoy parecerá cosa ingenua y remota. Ojalá no sea así, aunque no quiero ni imaginar cómo estarían los ánimos patrióticos si España continuara en liza el 2 de julio (y menos con esa pesadilla de locutor llamado Andrés Montes). Pero insisto, ojalá la tradición se haya quebrado: vale la pena soportar unas semanas de desmedida exaltación a cambio de dos ventajas. Una es sólo futbolística, ya que el Mundial resulta mucho más divertido para los países cuyas selecciones sobreviven hasta casi el final. La otra tiene que ver con el clima social y político, y en ese sentido no comprendo a quienes echan pestes de esta clase de acontecimientos. Es extraño y un tanto pueril, en efecto, pero lo cierto es que cuando ganan los equipos de fútbol de una ciudad o de un país, sus ciudadanos están más optimistas en general, y de mejor humor, y más distraídos que de costumbre, y más propensos a mostrarse amigables los unos con los otros, hasta con quienes los han agraviado o les caen fatal. Hay una tendencia a la armonía, o por lo menos al aplazamiento de las disputas. Como si se declarara tácitamente una tregua, que además podría influir en la reanudación o no de los combates.

Y España está tan necesitada de treguas que sólo puedo desear que los jugadores de Luis Aragonés no se hayan visto obligados a regresar ya de Alemania. Hay quienes se quejan de que durante treinta días no se oiga hablar más que de fútbol, y los entiendo en parte, si no les interesa ni gusta este deporte. Pero deberían tener en cuenta el alivio que para todos supone, incluidos ellos, que a lo largo de un mes nadie haga caso del Estatut soporífero, y poco de Batasuna y ETA, y que las ruidosas gárgaras de Rajoy, Zaplana y Acebes parezcan aún más dementes e intempestivas que por lo regular, y que las tonterías soltadas en reñida competición por el socialista Blanco y el popular Pujalte caigan en el más absoluto vacío de su tontuna; que las malas pulgas de Carod-Rovira le piquen tan sólo a él, y que las megalomanías y mezquindades de cada región (es un término impreciso, sí, pero no tanto como el sobado “nación” –a estas alturas dudo si yo mismo no seré una, sin querer–, no digamos esas acuñaciones fantasmagóricas como “realidad nacional” o “carácter nacional”) sean desoídas por la gran mayoría y ni siquiera irriten; que los locutores venados y los columnistas fanáticos del desmembramiento se vean forzados a hablar de Casillas, Torres, Xavi y Puyol para no quedarse sin oyentes ni lectores, y que además no los puedan insultar; que los nefastos Ayuntamientos ávidos, a los que para nuestra desgracia se les ocurren ideas sin cesar (con preferencia criminaloide por las obras públicas superfluas) se queden semiparalizados y sin sus iniciativas dañinas … No me digan los antifutboleros que a cambio de todo esto no merece la pena aguantar treinta días de inocua obsesión por el balón. Es más, creo que hasta ellos aprobarían que se celebrase un Mundial cada dos o tres años, en vez de los preceptivos cuatro. No sé si se han dado cuenta, pero cuando se jugó el anterior, en el 2002, aún ni se preparaba la Guerra de Irak, o no en voz alta. Eso da idea de lo lejos que queda.

El fútbol debería dar más que pensar. Pocas cosas hacen que millones de personas salten a la vez de alegría, en los estadios y en sus casas, por algo en lo que de hecho no han tenido participación –un gol– y que en modo alguno va a afectarles, para bien ni para mal, en sus vidas y problemas personales. Quien está en el paro lo seguirá estando al día siguiente; a quien ha perdido a un ser querido no va a volverle ese ser; quien se pudre en una cárcel no saldrá de ella por eso; quien vive perseguido o amenazado continuará así; y, de la misma forma, el rico no se arruinará porque su equipo pierda, ni el que acaba de ganar unas elecciones se verá destituido, ni el feliz recién casado asistirá a la destrucción repentina de su matrimonio. Y sin embargo los desdichados se pondrán contentos si su equipo vence (qué digo, darán brincos de júbilo), y los afortunados se pondrán mohínos si es derrotado (qué digo, cuántas lágrimas no habrán visto resbalar los estadios). Es inexplicable, de acuerdo, luego algo misterioso, y respetable por tanto, tiene que haber en el fútbol. Algo que lo asemeja a la literatura, al cine, a la música, que también son capaces de hacer reír, exaltarse, apiadarse, lamentarse y hasta llorar por historias y personajes y acordes que nada cambian de nuestra realidad, una vez que se cierra el libro o se encienden las luces o se hace el silencio. O quizá es que sí cambian algo, cuando tienen eco, lo mismo que en nuestra retina un inmenso gol sobrenatural.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de julio de 2006

Veo un mal futuro para el español


Foto: Gorka Lejarcegi

Elegido el pasado jueves para ocupar el sillón R de la Real Academia Española, Javier Marías (Madrid, 1951) tiene ya ideas muy claras sobre lo que puede ser su trabajo en esa institución, que él respeta profundamente. Está contento por el resultado de la votación -más de dos tercios de los académicos en posesión de plaza- y porque en su casa madrileña tiene los ejemplares de la edición de Tu rostro mañana, que ahora se publica en el mercado anglosajón. Entre partido y partido del Mundial de fútbol, el nuevo académico habla de la aventura de las palabras, de su pasión por las excursiones etimológicas, de lo mal que se habla en España porque la lengua está cada vez menos asida y no se maneja como algo propio, y de lo injusto que es que Ucrania pueda jugar en cuartos de final, cuando fue vencida por España.

Pregunta. Se ha dicho que sus novelas tratan de la aventura de las palabras.

Respuesta. Un crítico francés dijo que mis novelas relataban aventuras del pensamiento. Soy un tipo de escritor que se preocupa por el estilo y el ritmo de la prosa, pero procuro no olvidar que la novela es una representación con diálogos, vicisitudes. Me asusta eso de aventura de las palabras porque la gente puede pensar "pues vaya rollo". El protagonismo de la palabra se ha acentuado un poco más en Tu rostro mañana porque tiene la particularidad de que la mayor parte de la acción transcurre en Inglaterra. El narrador es español, pero hay personajes que no lo son. Ocurre que tienen conversaciones en español, pero hay observaciones sobre tal o cual palabra. Por ejemplo, el narrador dice que echó de menos una expresión en su lengua que es "sota, caballo y rey", porque no conoce el equivalente en inglés. Eso siempre me ha gustado. En algún otro libro he hecho alguna excursión de tipo etimológico.

P. La etimología le gusta mucho.

R. Es un mundo fascinante.Me gusta pararme a pensar de dónde viene una palabra. Conrad, que era polaco y aprendió inglés a los 21 años, tenía un dominio de esa lengua, que para él era aprendida, muy novedosa porque lo hacía de forma oblicua, en el sentido de que recogía todos los diferentes ecos que tiene una palabra. En mis novelas hay una gran atención a las palabras de una u otra lengua. Cuando se habla más de una, se siente la carencia y la nostalgia de las otras.

P. ¿Qué lenguas domina?

R. El inglés, que es de la única lengua que me he atrevido a traducir. Manejo bien el italiano y también el francés.

P. ¿Qué destino le espera al español?

R. Veo un mal futuro. Me refiero siempre al español que se habla en España, no al que se habla en América, porque no lo conozco mucho. Lo más grave ha ocurrido en los últimos 20 años, y poco puede hacer la Academia; es que se ha perdido lo que yo llamaría la instalación en la lengua.Tengo la sensación de que las palabras y la lengua no son algo que las personas tienen asido. Son algo que está flotando como un magma en torno a los hablantes. No hay una posesión verdadera. Antes se hablaba mejor o peor, con un léxico más o menos rico, pero la gente se expresaba con una cierta elocuencia siendo rico o pobre, instruido o analfabeto. Hoy mismo, en una entrevista para la radio, hablando del Real Madrid, equipo que me gusta y que está fatal, el periodista me ha dicho "no quiero restañarte en la herida", cuando lo que quería decir era que "no quería ahondar en mi herida". Esto es frecuentísimo. Se están perdiendo los verbos específicos. Otro ejemplo: hay quien dice hazme un beso en lugar de dame un beso. O hizo un crimen horrible, en lugar de cometió un crimen horrible. Se recurre al verbo hacer para casi todo. Se ha perdido el uso de palabras tan cómodas y fáciles de usar como "cuyo". ¿Qué pasa con esta sopa boba en la que la gente parece flotar?

P. ¿Tiene todo esto que ver con la política de enseñanza bilingüe que desde hace tiempo se imparte en algunas comunidades autónomas?

R. No lo sé. Puede que sí, aunque está demostrado que el bilingüismo no tiene que ser empobrecedor. Y el problema no ocurre sólo en Cataluña o en el País Vasco. En Madrid la gente habla como perros y los primeros son los políticos. Lo que dicen los políticos sale en los medios de comunicación todos los días, lo merezcan o no. Y aunque un político no sea una autoridad lingüística, sí tiene autoridad. La gente cree que si habla con la pomposidad o frases vacuas de los políticos va a ser más importante. Eso es una plaga. Y quiero añadir que, en estos últimos tiempos, los políticos se están metiendo en cuestiones que no les competen. ¿Quiénes son para decidir que se diga A Coruña y no La Coruña? ¿o Lleida y no Lérida? La Academia sugiere, orienta y aconseja, pero no ordena. ¿Quién es un concejal o un libro de estilo para dar órdenes?

P. ¿Conoce alguna palabra que le haga ilusión ver en el diccionario?

R. Chafardear. Se utiliza en el sentido de enredar, revolver, cotillear...

P. ¿Y palabras que no quisiera ver en el diccionario?

R. No querría ni ver ni oír en ninguna parte todas esas palabras o frases que son producto de lo políticamente correcto (ciudadanos-ciudadanas). Hay que llamar a cada cosa por su nombre. Es como si yo, que soy zurdo, protestara porque en el diccionario la palabra zurdo figura junto a siniestro. Hay que dejar que la gente hable como quiera, según le dicte su sentido común. La lengua es una de las pocas cosas libre y gratis que tiene todo el mundo. La lengua te permite jugar con ella, hacer juegos de palabras. La creación de vocablos que no existen en el diccionario es permanente. Hace un par de semanas utilicé "alarmadizo" en un artículo. Es una palabra que se explica por sí sola (si alguien puede ser asustadizo, también alarmadizo) y a mí me suena bien. Y siguiendo con las expresiones absurdas hay una que estos días se oye mucho en el Mundial y que es "la pelota al piso", en lugar de al suelo. Es una expresión que no se de dónde viene, pero que me pone de los nervios. Me repugna bastante leer palabras como "multidisciplinaridad", que el otro día leí en un texto de un catedrático publicado en El PAÍS. Es una plaga de pomposidad insoportable.

P. Hay manuales de cómo triunfar en la vida laboral en los que se recomienda el uso de ese tipo de lenguaje.

R. No es porque ahora sea académico, pero tengo previsto escribir sobre ello. Ya hice uno que titulé algo así como Guía para detectar farsantes. Analizaba algunos usos y modos que estaban en boga. Escribí que el que usaba esos términos era alguien al que no había que tratar, que era alguien no fiable. Uno de los elementos principales que tenemos para detectar cómo es la persona que tenemos delante es el lenguaje que utiliza. Por cómo habla sabemos si es un hipócrita, un fascista, un estalinista.

P. Y en el mundo del fútbol que tanto le gusta, ¿qué tal se habla?

R. Mal. No es que su misión sea enseñar, pero a veces utilizan palabras absurdas u horrendas, depende del momento. Pero no creo que los [periodistas] deportivos sean peores que los demás.

ÁNGELES GARCÍA

El País, 2 de julio de 2006